Amor en Oklahoma UNA NOCHE MUY LARGA
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UNA NOCHE MUY LARGA

Linda miraba por la ventana del hospital de Kingfisher.

El edificio constaba de una única planta baja y desde allí podía observar la noche, bañada con una luna llena impresionante.

En un par de días volvería a llover y le vendría muy bien para engordar el grano de sus cultivos.

Observó a Colt, su torso seguía cubriéndose de morado conforme pasaban las horas.

Pero al menos parecía descansar tranquilo.

El sheriff le había preguntado acerca de la cita de Colt de esa tarde.

Pero ella no sabía nada sobre el tema. ¿Acaso su prima habría conseguido salir con él?

Si así era, le consolaba saber que no había sido la única mujer plantada de la noche.

Volvió a mirar la bandeja de entrada de su correo electrónico.

No había noticias de Charlie. ¿O quizá la cita de Colt no era con Celeste?

¿Habría otra mujer? Pero… ¿Cuándo la había conocido?

Hacía solo un par de noches que él la había besado en el porche trasero del rancho.

«Te quiero en mi vida, Linda» volvió a escuchar las palabras del exmarine en su mente.

Cerró los ojos y se acarició los brazos, se le había erizado la piel al rememorarlo.

—Austin —la voz de Colt la sacó de la ensoñación. De nuevo aquel nombre. Supo que lo había escuchado en algún lugar antes, pero no recordaba dónde. Quizá se le hacía familiar por ser una ciudad de Texas, o una canción de Blake Shelton. No, era algo más, pero no recordaba el qué o quién era Austin.

Colt gruñó en el duermevela y ella se acercó a él, pensando si la inquietud significaba algo. El monitor de las constantes presentaba algunas alteraciones y su corazón iba más rápido. Le tomó la mano.

—Tranquilo, Colt, descansa —le dijo al acariciarle la mano, antes de tensionarse al escuchar cómo el hombre gruñía.  ¿Algo estaba comenzando a ir mal?

Solo unos segundos después una enfermera entró en el lugar y encendió la potente luz del foco del techo.

—Solo tiene dolores —le dijo, tras consultar las líneas de los monitores. Probablemente tras ver cómo el rostro de Linda se desencajaba de la preocupación—. Le pondré más calmantes.

Salió de la habitación a continuación y Linda le acarició el rostro y el pómulo magullado con ternura.

—Linda —dijo él ahora, sin despertar.

—Sí, esa soy yo —se acercó a su rostro para hablarle suavemente—. Y estoy aquí, contigo.

—Linda —volvió a repetir y casi pudo ver un gesto de tranquilidad en su rostro al nombrarla. Después se mostró desasosegado—. Perdóname.

La enfermera entró de nuevo, portando una jeringuilla preparada. Linda se separó del hombre y la dejó trabajar. Le introdujo el contenido a través de la vía que tenía en una de sus manos.

—Solo tardará un minuto en volver a relajarse —dijo con una sonrisa—. Es un hombre muy guapo, no se merecía que le hicieran esto.

—No, no lo merecía —convino Linda—. Gracias.

—Trate de descansar —le aconsejó.

—Sí, gracias.

La mujer abandonó la habitación después de apagar la luz del techo y Linda volvió al lado de Colt. ¿Por qué le pedía perdón?

—Perdóname, Linda —volvió a escucharle decir antes de caer en un nuevo sueño, esperaba que reparador.

—No importa —le dijo ella y le volvió a acariciar el rostro—. Solo descansa, ¿de acuerdo?

***

Aunque se había despertado en varias ocasiones, Colt se mantuvo tranquilo durante toda la noche y ella pudo descansar algo.

Los primeros rayos de la mañana se colaron por la ventana de la habitación y se levantó del sillón para observar a Colt.

Los morados eran de un tono más oscuro a la luz del día.

Se apoyó en la ventana, mirando hacia afuera; amanecía en el estado tempranero.

Colt abrió los ojos despacio, se sentía aletargado, no sabía el motivo, hasta que un dolor en el costado se lo recordó, la noche anterior le habían dado una paliza justo antes de dirigirse hacia Oklahoma City para su cita con Linda.

A la que, no recordaba haber ido. Recordó torpemente algunas voces y algunas frases sueltas.

Sabía que había más, pero no podía recopilarlas todas en su mente en esos instantes.

Observó su mano izquierda, una vía le salía desde el dorso de la misma y varios cables de uno de sus dedos, el oxímetro, supuso.

Estaba en un hospital y maldita fuera, pero le dolía hasta el último centímetro de su cuerpo.

Supo que, si lo estaba sobrellevando, era gracias a las drogas que a buen seguro corrían por sus venas.

Trató de enfocar la vista para reconocer el sitio donde se encontraba y lo consiguió. Observó cada parte de la habitación y luego miró hacia la ventana. Allí halló a la persona que necesitaba comprobar que estaba bien: Linda.

—Mmmm estás preciosa —la voz sonó ronca y lenta, incluso en su cerebro.

Linda esbozó una sonrisa. Si el hombre podía pensar por sí mismo e hilar una frase coherente era una buena señal, ¿cierto?

—Gracias —dijo sonriéndole—. ¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera pasado una manada de caballos salvajes por encima.

Linda se acercó hasta él y Colt observó la ropa que llevaba puesta la mujer mientras caminaba hacia la cama. Una falda de vuelo marrón, botas altas, una blusa blanca con flores azules y un cinturón con una hebilla que recreaba la rosa de Oklahoma.

—El médico dice que es un milagro que no tengas nada roto —dijo ella.

—¿Has quedado otra vez con los de la petrolera? —preguntó.

—No, ¿por qué?

—La ropa.

—Es la de ayer —respondió ella y su sonrisa se desdibujó de repente. Recordó que Charlie Sierra la había plantado, pero que, en cambio, había estado allí para Colt—. Tenía una… algo que hacer en Oklahoma City.

Colt tragó saliva. Aquella era la ropa que Linda había elegido para la cita que iban a tener en la ciudad. Y él le había fallado. No podía imaginar cómo se podía sentir, sabiendo que la había plantado.

—Lo siento —dijo, mirándola a los ojos y sintiéndose culpable por el hecho.

—¿Por qué? —preguntó Linda, extrañada.

Colt mantuvo silencio durante unos instantes. ¿Y si… se lo decía?

«Aléjate de Linda» Aquellas tres palabras resonaron en su cerebro en una voz masculina que no era la suya. Uno de los hombres que lo atacaron la noche anterior las pronunció.

—¿Por qué, Colt? —volvió a preguntar Linda, tratando de que él volviera a la realidad.

—Lo siento —dijo el exmarine, reordenando sus pensamientos.

—¿Estás bien? —Linda se tensionó.

—Sí, es solo que… Solo dame un momento… Siento que… hayas pasado la noche aquí por mi culpa —dijo finalmente.

Linda giró la cabeza y entrecerró los ojos, tratando de comprenderlo, sin saber si aquel lapsus de Colt era debido a los medicamentos o si el golpe que había recibido en el cráneo le estaba afectando.

—No me habría quedado tranquila si no lo hubiera hecho. ¿Qué fue lo que pasó?

—¿Dónde está mi teléfono? —preguntó Colt de repente. Tenía que escribirle un mail a Linda para disculparse por haberla dejado plantada en The Jones Assembly.

—Te lo robaron, ¿recuerdas? —preguntó Linda, volviendo a mostrarse preocupada.

—¡Mierda! —exclamó Colt, suspirando. El correo electrónico tendría que esperar.

—¿Quieres llamar a alguien? Puedo dejarte el mío.

Colt guardó silencio. No quería llamar a nadie, quería enviar un correo electrónico, a ella. Y disculparse, sinceramente.

—¡Joder! —exclamó Colt, molesto con la situación. Alguien quería que se alejara de ella y, de nuevo no podía hablarle de Charlie, porque necesitaba que estuviera bien y había algo muy extraño en todo lo que había sucedido en el rancho y en el ataque de la noche anterior.

—Creo que voy a llamar al médico, no estás bien.

—No, por favor, estoy bien.

—No lo estás, desconectas.

—No, no, es solo que… estoy cansado y probablemente con muchos medicamentos. Es completamente normal. Créeme, sé cómo me siento.

—El sheriff vendrá en cualquier momento, anoche tuve que dejarlo entrar para que viera que estabas dormido y que no podía interrogarte. También te robaron la cartera.

—Parece que estaré ocupado cuando salga de aquí.

—¿Qué fue lo que pasó?

Colt trató de acomodarse en la cama y emitió un quejido al moverse.

—Acababa de recoger algo, lo había dejado en la camioneta y alguien preguntó por mi nombre y me dijo que tenía una entrega especial para mí. Cuando me giré oí cómo se amartillaba un arma y luego, supongo que me golpearon y me llevaron a otro sitio, pero no recuerdo dónde.

—Un callejón —le informó Linda.

—Sí —Colt trató de recordar algo. Lo que más deseaba era ver las caras de los tres malnacidos que lo habían golpeado—. Recuerdo que luego me despertaron y me dijeron algunas cosas, luego me patearon y perdí el conocimiento, varias veces más.

—Es horrible —dijo Linda.

—Me siento estúpido, se supone que llevo veinte años siendo marine.

—Si te golpean por la espalda y entre varios no tienes muchas opciones, ¿no crees?

—Como lo hacen los cobardes; con armas y por la espalda —masculló entre dientes.

—¿Qué te dijeron?

Colt cerró los ojos y recordó algunas frases.

—Que este pueblo no era lugar para mí, algo así.

—¿A quién le puede importar que estés aquí?

—Parece que a más personas de las que crees.

El sheriff McCoy entró en la habitación.

—Buenos días, capitán Sullivan —saludó el sheriff McCoy.

—Colt, por favor —le pidió este—. Buenos días, sheriff.

—Tengo buenas noticias —dijo el hombre, blandiendo algo en su mano; la cartera de Colt—. Comprueba si está todo. Dinero no había.

—No me sorprende —dijo, tomándola en su mano para abrir y comprobar que todas sus tarjetas e identificaciones estaban allí, pero efectivamente, no el dinero.

—No había huellas. ¿Cómo estás?

—Si te dijera que como si me hubieran pegado una paliza, ¿me creerías? —bromeó Colt y el sheriff esbozó una sonrisa.

—Al menos no has perdido el humor. ¿Qué te parece si me respondes a unas preguntas y luego te dejo descansar?

El sheriff comenzó el interrogatorio mientras que Linda permanecía en un segundo plano, volviendo a escuchar lo que le había contado a ella. Colt no iba a ser de mucha más ayuda, si te golpean por la espalda y pierdes el conocimiento no puedes recordar demasiado.

—Anoche tenías una cita —dijo el sheriff con tranquilidad. Linda miró al exmarine, el hombre se mostró confuso y desvió la mirada hacia ella. La mujer se fijó en el monitor, el ritmo cardíaco había subido.

—Creo que no… —dudó él.

—Vimos las flores en la camioneta de Jacob —aclaró Wyatt.

—Pero… —volvió a dudar.

—Solo quiero saber su nombre.

Linda observaba al monitor y a Colt por turnos, había vuelto a subir la frecuencia. Así que era cierto, Colt tenía una cita con otra mujer y no quería que ella lo supiera. Si no le hubiera importado, su corazón no estaría latiendo así. Colt seguía dudando.

—Un nombre —insistió el sheriff.

El monitor volvió a subir cinco latidos más por minuto y no eran pocos a esas alturas.

—Creo que esperaré fuera mientras termináis —dijo Linda, saliendo de la habitación.

—Linda —la llamó Colt, pero la puerta se cerró tras ella, sin escucharlo.

—Esto no lo esperaba —aseguró Wyatt McCoy, sorprendido por la situación. A él tampoco le habían pasado desapercibidos los datos cardiacos del monitor de Colt, que se quitó el oxímetro, molesto. Ni la incomodidad patente de Linda.

—Espero que sepa ser discreto, sheriff —dijo Colt, sabiendo que, llegados a aquel punto, había unas cuantas cosas que debía confesar al representante de la ley en Kingfisher.