Amor en Oklahoma ¿OTRA CITA?
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¿OTRA CITA?

—Buenos días —dijo Colt entrando en la cocina y sirviéndose una taza de café. Era refrescante ver que, en esa ocasión, Linda no huía de él y estaba desayunando.

—Buenos días —lo saludó la mujer mientras lo observaba. Colt apoyó el trasero en la encimera de la cocina—. ¿Has podido descansar?

—Sí, finalmente. Gracias.

—Me alegra que haya sido así —le sonrió.

—No creo que vayas tan elegante para salir a montar mientras vemos los campos —observó él—. Estás muy guapa, te queda bien el pelo así.

—Hoy venderé mi alma a Sterling Hayes y a esa maldita petrolera —suspiró ella, quejándose y obviando el cumplido de Colt.

—Es una buena opción, no te castigues —le dijo, sabiendo que ella sentía no ser capaz de sacar el rancho adelante sin necesidad de aquel contrato.

—Lo sé, sería estúpida si no firmara, pero… no lo sé. Mi abuelo se volvió loco cuando esos pozos de petróleo se secaron.

—No eres tu abuelo.

—Sí —suspiró—. Y no tengo su historial médico ni más información. Aunque puede que fuera solo por codicia al ver que el negocio se desvanecía.

—No te va a pasar.

Linda suspiró y se levantó, llevando el plato y la taza al fregadero.

—Eso espero. El dinero solo trae problemas.

—Pero también da mucha tranquilidad —sentenció Colt con una sonrisa.

***

Jacob observaba cómo Celeste miraba hacia Colt mientras el exmarine montaba a caballo después de él.

—La vida es curiosa, cuanto menos —dijo este, espoleando a su montura para que comenzase a caminar.

—¿A qué te refieres? —preguntó Colt, alcanzándolo para colocarse a su lado, mientras que ambos se alejaban de las edificaciones del rancho.

—Celeste Clayton, cómo te mira.

Colt tensó la mandíbula.

—No es lo que piensas —dijo el hombre, pensando si las atenciones de la joven en los últimos tiempos habían levantado ciertas sospechas en el capataz del rancho.

—Yo no pienso nada —desestimó—. Te han visto en Kingfisher con ella.

—Me la encontré, me pidió que la invitara a algo. Le pagué una copa, bebí la mía y me fui.

—Bien, si es solo eso.

—Me importa Linda, maldita sea —dijo en voz alta, dolido porque Jacob, quien se había convertido en un amigo en las últimas semanas, pensase que estaba jugando con las dos mujeres.

Jacob entrecerró los ojos y miró hacia su derecha. Colt cabalgaba a su lado, mirando al frente, con gesto serio y mandíbula apretada.

—Celeste se ha metido en el medio —observó el capataz.

—Me dijo que si no la invitaba a una copa te diría que me había visto más de media hora bebiendo en el bar durante el horario laboral —confesó Colt, harto.

Jacob tardó unos segundos en contestar.

—¿Y es cierto?

—Estaba lloviendo y solo me entretuve escribiendo un correo electrónico importante.

—La próxima vez que esa niñata haga algo así, le dices que lo haga. Estaré preparado para responderle si se le ocurre venir —respondió, molesto con la estrategia de Celeste—. Sé las horas que echas en este rancho y probablemente nosotros somos los que te debemos a ti.

—Gracias —respondió Colt, relajando la postura en el caballo, al notar que el otro hombre estaba de su parte.

—Si deseas algún día libre, para lo que tengas que hacer, no tienes más que tomarlo. No lo has hecho en todas estas semanas.

—Ahora que lo mencionas. ¿Recuerdas que tenía que agradecerle algo a alguien de la zona? Espero no tener problemas por tomar libre la tarde del viernes.

—Ninguno, adelante. ¿Necesitas una camioneta? —propuso Jacob y Colt cayó en la cuenta de que sí, que sería mejor opción que ir en autobús hasta Oklahoma City.

—Supongo que tendré que comprarme una propia en no demasiado tiempo.

—Puedes usar la mía siempre que quieras, más tarde te daré un juego de llaves —dijo Jacob, espoleando a su montura para que tomase más velocidad.

***

Linda se miró en el espejo de la entrada del despacho de su abogado, Dax Hollister.

Vio a una mujer profesional enfundada en un pantalón oscuro y una blusa clara.

El cabello recogido en una cola alta y un maquillaje suave pero impecable.

¿Debería peinarse así para quedar con Charlie?

¿Le gustaría? Colt le había dicho que estaba muy guapa esa mañana.

Cerró los ojos con fuerza. «Mierda, Colt la había besado la noche anterior y ella tenía una cita con otro hombre distinto y… »

—¡Linda! ¡Qué gusto me da verte! —dijo Sterling Hayes saliendo de la puerta de la sala de reuniones del despacho de Dax para darle la mano de forma profesional.

—Sterling —sonrió ella, girándose hacia el hombre y sacudiendo mentalmente su cabeza para adoptar un tono neutro ante él.

—Pensaba que nos acompañaría el señor Sullivan —se refirió a Colt y recordó la reunión de Houston—. Como en la anterior ocasión.

—No, no lo hará. El rancho es mío —dijo ella, molesta porque Colt se colara en su vida en más ocasiones de las que debería, incluso en su mente unos instantes antes.

Sterling levantó imperceptiblemente una ceja y sus ojos parecieron tener un brillo peligroso.

—Entiendo —dijo—. Dax tiene los documentos listos, cuando quieras podemos pasar.

Sterling Hayes puso una mano delante, indicándole que pasara antes que él.

—Pensé que mandarías a algún abogado corporativo a la firma —dijo Linda al tomar asiento en uno de los sillones de la mesa de reuniones, observando que Dax Hollister aún no estaba en el lugar.

—Me gusta cerrar los tratos en persona —sonrió el hombre y se mostró repentinamente encantador—. Además, me da la oportunidad de volver a verte de nuevo.

Linda lo observó. ¿Estaba tratando de flirtear con ella?

¿En serio aquello le funcionaba? Bueno, había que considerar que Sterling era un hombre guapo con un buen cuerpo, de esos que requieren mucha disciplina y gimnasio, probablemente.

Por no hablar de los miles de dólares que debía gastar en su vestuario.

—Si no has cambiado nada desde el último borrador que me enviaste, voy a firmar, Sterling —dijo ella, dándole a entender que no habría necesitado tomarse tantas molestias.

Sterling Hayes tomó asiento frente a ella y la observó con una sonrisa cautivadora en su rostro.

—Buenos días, Linda —saludó Dax Hollister, entrando en la sala, seguido de su secretaria, que cargaba tres carpetas de cuero entre sus brazos.

—¿Qué tal, Dax?

El abogado tomó asiento a la cabecera de la mesa, entre las dos partes y observó cómo su asistente repartía las carpetas delante de ellos.

Sterling Hayes colocó en el centro de la mesa un trozo de papel rectangular, que no era otra cosa que el cheque de cien de los grandes.

Lanzó una fugaz mirada a Linda, que vio lo que era, leyendo los cinco ceros y su nombre.

Ella se la devolvió y centró la atención en la lectura del contrato por parte de Dax, que ya había comenzado.

Una vez concluida, pasaron a la parte de las firmas. Sterling firmó el documento, sin embargo, la mano de Linda se detuvo ante él con el bolígrafo entre sus dedos. El CEO detuvo la respiración y Dax observó a su cliente. ¿Sería posible que se echase atrás?

Sterling carraspeó y tocó con las yemas de los dedos el cheque de cien mil dólares que aún estaba en el medio de la mesa, acercándolo un poco más hacia ella, que levantó la vista hacia el magnate petrolero.

«No es solo dinero» pensó Linda y trató de respirar.

Sintió que le faltaba el aire. No era solo dinero, era el sustento del rancho, su supervivencia, así como la de todos los trabajadores del mismo.

Tragó saliva y bajo la atenta mirada de Sterling y de Dax colocó la punta del bolígrafo sobre la hoja de papel y comenzó a formar la primera letra de su nombre y a continuación el resto del mismo, rubricándolo.

Una, dos, tres veces. Era oficial: Cimarron Oil podría entrar en sus tierras y hacer el estudio para más tarde perforar a más profundidad y que el rancho Clayton volviera a escupir petróleo como en el pasado.

—Esto es suyo, señora Clayton —dijo Sterling, volviendo a adoptar un extraño tono formal mientras que levantaba el cheque de la mesa y se lo ofrecía entre dos de sus dedos.

—Eso parece, señor Hayes —respondió ella, tomándolo.

—Perdón, Linda —sonrió de nuevo, encantador.

—Ha sido un buen trato, señores —el abogado se levantó del asiento, indicando tácitamente que habían terminado. Linda supuso que Dax probablemente tendría otros compromisos.

—Así es. Te va a ir muy bien, Linda —dijo Sterling alargando la mano hacia ella.

—Seguro que no mejor que a ti —respondió la mujer, mientras se la estrechaba con fuerza.

El siguiente paso de Linda estaba más que claro, ingresar aquel cheque en su cuenta corriente. A pesar de que estaba endosado a su nombre, no estaría completamente tranquila hasta entonces.

—Estás muy guapa hoy —escuchó la voz de la última persona que habría deseado encontrarse esa mañana—. Y hueles muy bien.

—Asher —dijo Linda, mostrándose demasiado seria para lo que él habría deseado.

—Haciendo negocios, por lo que veo —dijo el otro ranchero, viendo que su exesposa sostenía en la mano un cheque. Era la siguiente en la ventanilla del cajero.

—Así es. ¿Y tú? —preguntó, más para que dejara de indagar sobre ella que porque le interesara.

—Solo quería echar un vistazo a mis inversiones.

—Bien.

Por suerte, la cajera gritó «¡Siguiente!

» y no tuvo más que mostrar una sonrisa de compromiso a Asher para deshacerse de él.

Tres minutos más tarde, el dinero estaba ingresado en la cuenta del rancho y ella salía por la puerta del banco, mientras que Asher probablemente estaba en el despacho del director.

Aprovecharía y haría algunas compras en el pueblo.

—¿De dónde has sacado cien mil pavos? —era la voz de Asher de nuevo detrás de ella, mientras miraba unas blusas en la tienda de ropa del pueblo.

—Dirijo un rancho y hago negocios, por si no lo habías notado.

—Es mucho dinero para ti —observó él.

«Y más que voy a tener» sintió ganas de contestarle. ¡Aquel maldito codicioso de Asher Granger!

—Apuesto a que más del que te gustaría que tuviera —dijo, mordaz.

—No he querido decir eso.

—¿En serio?

—Me alegro por ti, Linda —dijo en cambio—. Solo que no me gustaría que te metieras en líos. Sé que tu rancho está pasando momentos difíciles. Y si necesitabas dinero, podrías habérmelo pedido.

«Por encima de mi cadáver» volvió a pensar Linda.

—Gracias, eres muy generoso, Asher —se obligó a decir, con un punto sarcástico—. Pero tengo mis propios métodos.

—Espero que no hayas hecho algo de lo que…

—Sería asunto mío, ¿no crees?

—Soy tu…

—Exmarido —se apresuró a decir ella con una sonrisa, antes de que él volviera a decir la palabra marido y se le revolviera el estómago demasiado pronto ese día.

Asher la miró ceñudo. Después sus ojos brillaron y sonrió.

—Eres una mujer orgullosa, Linda Clayton —le dijo.

—Solo cuido de mí misma.

—Y solo porque tú quieres hacerlo sola.

—¡Exacto! —Linda rio.

—¿Ya no tienes a ese tío? El tal… Colt.

—¿Y esto te importa por…? —Linda giró la cabeza, como un cachorro tratando de entender las palabras de su humano.

—No me gusta ese tío.

—Bueno, supongo que a quien debe gustarle es a mí, ¿no?

—Ten cuidado, Linda.

—¡Por favor, Asher! —exclamó, cansada.

—Aparece casualmente para «salvarte» —entrecomilló la palabra con los dedos—. Pero después no dejan de pasar cosas en tu rancho. Lo de Travis, lo de las vacas… demasiada casualidad.

—Una mala racha, sin más —desestimó ella.

—No lo es y lo sabes.

—Si tienes pruebas de algo de lo que dices, creo que la oficina del sheriff está abierta a esta hora.

—O puede que solo quiera tu dinero.

—¡Ja! —exclamó Linda, sabiendo que eso era del todo improbable, porque no había mucho dinero en el Clayton.

—Yo que tú no dormiría con la puerta abierta por la noche.

—Cerraré la puerta si eso te hace sentir más tranquilidad. Ahora, si me disculpas, tengo que volver a casa.

Asher asintió con la cabeza y vio cómo la mujer se despedía con una sonrisa de la dueña de la tienda y abandonaba el local. Dirigió la vista hacia las blusas que había estado mirando su exesposa y sacó una en una percha para observarla más detenidamente.