DECISIONES Y CITAS
Linda se dejó caer pesadamente en el sillón del escritorio de su despacho mientras encendía el ordenador.
Acababa de llegar de la cita con Dax, su abogado.
Había sentido curiosidad acerca de la «sorpresa» que le había prometido Sterling Hayes en el contrato.
Mucha más cuando su picapleitos la había llamado para decirle que debían verse con urgencia porque había algo que tenía que saber.
Hayes había cumplido y ¡hasta qué punto!
Había sorprendido al propio Dax y a ella.
Los royalties que le ofrecían sobre la posible extracción de los pozos ahora eran del veinticinco por ciento.
La cantidad máxima que, según el propio Dax, se había ofrecido a alguien de aquel condado.
«Estarías loca si rechazas esta oferta, Linda» le había dicho su abogado.
Estaba claro que con lo ocurrido en las últimas semanas en su rancho y la reticencia a lo que pasaría con ella si de los pozos manaba de nuevo abundante petróleo había hecho que su respuesta se alargase en el tiempo.
Sterling Hayes era un hombre de negocios y, por alguna razón que se le escapaba, no quería dejar atrás sus dos viejos pozos.
A pesar de que estaban secos y de que, si no fuera por la fe que demostraba el hombre, dudaría seriamente que pudieran volver a escupir crudo.
—Buenas noches, Linda —la mujer escuchó el saludo nada más descolgar la llamada de su teléfono móvil.
—Buenas noches, Sterling —dijo con calma Linda, reconociendo la voz al instante.
—Espero que haya sido de tu agrado la oferta —fue directo al grano.
—Es muy generosa, la verdad.
—Me alegra que opines así —lo oyó sonreír al otro lado de la línea telefónica—. ¿Significa eso que tenemos un trato?
Linda cerró los ojos con fuerza y se frotó el entrecejo, tomando tiempo antes de responder.
—Sí, lo tenemos.
—Es una gran decisión, Linda. ¿Qué te parece si te llamo mañana y le ponemos fecha a la firma?
—Me parece bien.
—De acuerdo. Estaremos en contacto.
—Hasta pronto —dijo ella y colgó la llamada.
Acarició el teléfono móvil sobre la mesa.
Era oficial: se había vendido a una petrolera, por más que había renegado de ello en los meses precedentes.
Pero, aquel trato significaba la permanencia del rancho Clayton y asegurar el sueldo de los trabajadores de su plantilla y de sus familias, entre otras cosas.
Aunque aún no había decidido si debía desear que los pozos estuvieran secos tras el estudio y quedarse con aquellos cien de los grandes o si escupiesen crudo como condenados, engrosando su cuenta corriente con más de medio millón de dólares cada año, durante Dios quisiera, mucho tiempo.
O al menos, el suficiente para que el rancho recuperase el esplendor de antaño bajo su mano.
Encendió la pantalla del ordenador y se dirigió a la pestaña del correo electrónico y lo vio:
De: Charlie Sierra
Asunto: Re: Hey, soldado
¡Charlie le había respondido!
Respiró hondo y con mano temblorosa hizo clic con el ratón a la respuesta del marine.
Leyó con atención las palabras del hombre. ¡Charlie aceptaba quedar en persona! Y como buen caballero, ponía en sus manos la elección de lugar, día y hora. Sonrió con el detalle.
Leyó con deleite la parte en la que le decía que se había convertido en alguien muy importante para él y suspiró, poniéndose una mano en el pecho.
Permaneció largo rato mirando la respuesta, releyéndola una y otra vez. Estaba a un solo paso de conocer en persona a Charlie. Y estaba emocionada con el asunto.
¿Cómo sería físicamente? Nunca se lo habían preguntado y nunca se habían descrito el uno al otro.
Siempre quiso pensar que lo más importante de su relación estaba en el interior de ambos.
Y que el físico no era relevante. Y más le valía, ya que su propia figura no era nada estilizada, era una mujer con unos kilos de más.
Aunque nunca escuchó a ningún hombre quejarse de ello, ni siquiera a Asher.
Scarlett decía que sus curvas eran bien proporcionadas y atractivas.
Pero ella era su amiga. La cosa era ¿le gustarían a él?
Unos nudillos tocaron a la puerta entreabierta del despacho y se sobresaltó, minimizando la pestaña abierta en el ordenador.
—¿Sí? —respondió, nerviosa de repente, mirando hacia la puerta.
—Sofía me manda a decir que la cena estará lista en unos quince minutos —era Colt, que la escrutó.
—Gracias —dijo, después de carraspear y aclararse la voz. La había pillado desprevenida, con la guardia baja y pensando en otro hombre. Se pasó la mano por el cabello, aparentando normalidad.
—¿Va todo bien? —Colt frunció el ceño, notándola extraña.
—Sí, sí. Solo… estaba algo… distraída. Estaba… haciendo unas cosas… leyendo mails… —dijo, aún nerviosa.
Colt la siguió escrutando. ¿Quizá había leído el suyo? El que le había enviado unas horas antes, el de Charlie Sierra. ¿Por eso se mostraba tan nerviosa?
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó.
—No, gracias —dijo ella, ahora apagando la pantalla del ordenador y levantándose del sillón del escritorio para salir de detrás de él. El exmarine había entrado en la habitación y la miraba desde unos metros más allá.
—De acuerdo.
—La petrolera me ofrece un veinticinco por ciento de regalías sobre los barriles extraídos —dijo de repente.
No sabía si porque deseaba tener una segunda opinión acerca de la decisión que había tomado, si porque Colt se había convertido en alguien en quien confiaba o si por el mero hecho de que no pensase que era mema en esos instantes.
Colt silbó, sorprendido.
—Es un gran trato, Linda —él esbozó una amplia sonrisa, complacido por la noticia.
—Sí. Mi abogado dice que las petroleras nunca ofrecen más que eso y que nadie de la zona ha obtenido tal oferta.
—Sí, eso tengo entendido. El hacerte de rogar ha funcionado. Eso sube ampliamente tus beneficios.
—En caso de que haya algo que extraer —Linda se mostró escéptica otra vez.
—Sé que aún falta todo eso del estudio, pero ese tipo, Hayes, sospecha que estás plantada sobre una buena bolsa de crudo.
—Lo sé.
Linda apoyó el trasero en la mesa del escritorio y observó a Colt, cruzándose de brazos. El hombre se alegraba genuinamente por ella y una punzada le pinchó en el estómago, dándose cuenta una vez más de que le importaba.
—¿Sigues dudando?
—Me gusta mi rancho tal cual.
—Tu rancho seguirá aquí.
—Lo sé. Y sé que es bueno, que me dará tranquilidad y estabilidad.
—Exacto —convino él con una sonrisa.
—Creo que le doy demasiadas vueltas a las cosas —Linda sonrió y se descruzó de brazos.
—Vas a ser una mujer rica, Linda Clayton —dijo él, mostrando el optimismo que ella no se permitía.
—Lo que me recuerda que el CEO me ha regalado una nueva botella de bourbon, del que nos gusta.
Colt la miró intensamente y sonrió, recordando que el sabor del bourbon y el de ella estaban íntimamente ligados en su memoria. El sabor de la boca de Linda bajo la lluvia.
—Sofía pregunta qué demonios estáis haciendo que no vais a la mesa —era Celeste la que ahora hablaba desde la puerta del despacho.
—Estábamos… —comenzó a decir Colt.
—Hablando de negocios —terminó la frase Linda.
Celeste subió una ceja. La mirada que el exmarine le cernía a su prima no era de negocios.
—¿Me acompañas, Colt? Me gustaría tu opinión sobre un video que he hecho para el Memorial Day —dijo la más joven, enlazando el brazo del hombre mientras buscaba algo en su teléfono con la otra mano y salía con él del despacho del rancho.
Linda frunció el ceño y recordó lo que le dijo Scarlett sobre su prima y Colt.