Amor en Oklahoma MÁS PRESIÓN
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MÁS PRESIÓN

Sterling Hayes puso un pie sobre el cemento mojado y se apeó del vehículo, quedando bajo el paraguas que el chófer había abierto para él.

Miró a su alrededor, oteó las construcciones anexas a la casa principal y olió el aire del campo de Kingfisher.

En un tiempo pasado él había pertenecido a un lugar como aquel y sabía que los días de lluvia eran bienvenidos, como una bendición.

En esos momentos a él no le ayudaban en absoluto, ya que pretendía obtener buenos tratos y aquella agua, de no cesar, podría dar al traste con ellos.

Una de sus mayores apuestas era Linda Clayton, la dueña de la casa que se erguía ante él en esos instantes.

Tenía dos pozos de petróleo que llevaban al menos cincuenta años presuntamente secos.

Para otro podrían ser terreno yermo, para él, una oportunidad.

Sabía cómo era la composición de aquel suelo y lo que había albergado en el pasado.

Solo que la mujer se estaba mostrando más dura de lo que había esperado.

—¿Señor Hayes? —preguntó una sorprendida Linda cuando abrió la puerta del rancho viéndolo parado frente a ella.

—Señora Clayton —la saludó él, tendiéndole la mano.

La escrutó, no lucía el aspecto impecable que había tenido durante la reunión en el hotel de Houston.

A pesar de ello, veía a una mujer que se cuidaba y que, por su vestimenta, también era activa en las tareas del rancho.

Algo que no había esperado, pero respetaba.

—Creo que está muy lejos de Houston —le dijo ella y el hombre sonrió.

—Estaba por la zona y pensé en hacerle una pequeña visita para traerle un obsequio.

El hombre alzó la mano y otro hombre, uno que Linda supuso que era el chófer, le alargó una botella de Bourbon que, como no, era un Balmorhea de Garrison Brothers. Doscientos pavos la botella y el que se había convertido en su preferido, y el de Colt.

—Gracias, es muy amable —respondió ella, recogiéndola.

—¿Cree que… podría invitarme a entrar? —preguntó el CEO de la petrolera Cimarron Oil.

—¡Oh, sí, claro! ¡Perdón! —Linda se hizo a un lado y le mostró el camino hacia el interior de la casa. El hombre sonrió y entró.

—¿Estilo español? —dijo el CEO, admirando la construcción de la vivienda.

—Un leve intento de mi madre con la decoración.

—La otra señora Clayton, su madre, ¿nos acompañará?

—No, no está —dijo ella. Obviando decirle que no vivía en Oklahoma, que lo hacía en Florida.

—Una lástima, me habría encantado saludarla.

—¿Desea tomar algo? Puedo abrir el Bourbon si lo desea.

—No sería educado beber de mi propio obsequio.

—En ese caso puedo ofrecerle un café.

—Estaría bien, gracias. Solo, por favor.

—Puede pasar al despacho mientras lo preparo.

—Pensé que tendría personal de servicio —habló Sterling, mientras la seguía camino al lugar.

—Hay alguien que me ayuda, pero está fuera ahora mismo. Póngase cómodo —le dijo, abriendo la puerta.

¿Qué demonios querría el CEO de Cimarron Oil? Era evidente, una respuesta. Habían pasado varias semanas y ella no se había puesto en contacto con la empresa. Y, con la lluvia actual, estaba más que convencida que Hayes veía peligrar su negocio.

—Un café solo —dijo Linda con la bandeja en las manos, dirigiéndose a él con una sonrisa.

—Gracias —respondió, tomando la taza, mientras que se sentaba en uno de los sillones del lugar. Linda cogió la otra taza, antes de dejarla sobre la mesa y lo observó, mientras trataba de mostrarse despreocupada y tranquila, a pesar de que la presencia del hombre la mantenía en tensión.

—¿Conocía esta parte de Oklahoma, señor Hayes?

—Bastante bien.

—¿En serio? —preguntó Linda con un tono que denotaba cierta incredulidad.

—Así es —Sterling sonrió lentamente, mostrándole su blanca dentadura mientras se arrellanaba en el sillón—. En un tiempo pasado yo también pertenecí a este mundo, señora Clayton.

—No me pega con usted —Linda observó el traje sastre que llevaba el hombre, probablemente italiano y, además, seguramente muy caro, más que lo que costaban las pacas de alfalfa que le habían robado a ella. ¡Qué desperdicio!

—No se deje engañar por mi atuendo —supo que ella lo había escrutado y sabía lo que podría estar pensando—. Sé lo que es calzarse unas botas y llenarse de barro hasta las cejas en un día como hoy.

—¡Vaya! No lo esperaba, señor Hayes.

—Llámeme Sterling, por favor —le dijo con una sonrisa. Siempre era una buena idea el mostrar cercanía con los clientes. Y él tenía que ganarse a aquella mujer para poder conseguir que le dejase explotar sus pozos de petróleo.

—He de suponer que no lo echas de menos, Sterling —convino ella, aceptando el tratamiento.

El hombre emitió una carcajada.

—Cuando conoces este otro lado, te aseguro que no, Linda. Si me permites que te llame así —dijo en tono suave y conciliador, con una intensa mirada.

Ella asintió con la cabeza y tomó asiento frente a él.

—A mí me gusta trabajar en el rancho y no me importa ensuciarme. Sí, los días de lluvia son incómodos, pero también necesarios para los cultivos. Es parte del proceso y de la vida.

—Lo respeto profundamente, créeme.

—Pero… a ti no te vienen tan bien y quieres convencerme de que acepte el trato antes de que llueva demasiado —sonrió ella.

—¡Touché! —dijo Sterling esbozando una amplia sonrisa—. Solo tienes que cederme el suelo para hacer el estudio, y puede que no haya nada.

—Pero tú sí que crees que lo hay —le sostuvo la mirada. Si no fuera así, no se habría tomado tantas molestias con ella.

—Y tú no —él se la mantuvo mientras bebía café.

Linda pensó que, realmente lo que temía era que sí lo hubiera, y enfrentarse a lo que se enfrentó su abuelo que lo volvió loco y acabó con él.

—No lo sé, realmente —dijo, en cambio.

—¿Qué te parece si me dejas hacer el estudio y salimos de dudas?

Linda se mostró pensativa.

—¿Tienes un rancho, Sterling? —le preguntó, tratando de ganar tiempo.

—No, aún no he decidido invertir en ello —respondió él.

—Entonces puede que no sepas lo que se siente teniendo uno.

—Trabajé en uno —dijo, de repente. Odiaba recordar aquella parte de su vida, aunque fue lo que lo impulsó a superarse y ser el hombre en el que se había convertido—. Recuerdo perfectamente cómo era y sé por lo que estás pasando, Linda.

La mujer sonrió sin dejar de observarlo. Él se mostró incómodo al recordarlo y sentía curiosidad de saber por qué.

—¿No fueron buenos tiempos?

—Es una vida demasiado dura para repetirla. Por eso… me siento tan cercano a los problemas de los rancheros.

—Y por eso nos quieres ayudar —dijo Linda, y no pudo evitar un deje sarcástico.

Sterling sonrió y se puso de pie antes de colocar la taza en la bandeja que estaba sobre la mesa.

—No voy a esconderme, es un negocio, y yo ganaré dinero. Pero a cambio, tú también lo ganarás. Y sé que te hace falta, he oído que no lo estás teniendo fácil en los últimos tiempos. Más lo que sucedió con tu ganado.

—También me han robado forraje recientemente —dijo ella, tratando de ver la reacción del hombre y si podía borrarlo de su lista de sospechosos.

—¡Vaya! —Sterling pareció genuinamente sorprendido con la noticia—. Los problemas nunca se detienen en un rancho.

—Así es.

Sterling la miró unos segundos y mantuvo silencio, luego se dirigió hacia la estantería y tocó el lomo de algunos de los libros que allí descansaban.

—Imagina la tranquilidad que podrían darte los ingresos de los pozos, podrías hacer frente a contratiempos como este, y otros. La maquinaria envejece, necesita arreglos. Las viviendas también —miró hacia el techo de la sala buscando alguna imperfección.

—Y las sequías son imprevisibles —dijo Linda, levantándose del asiento para moverse por la sala mientras él seguía ojeando, aparentemente distraído, los títulos de los libros. Llegó al escritorio y se apoyó en él.

—Voy a ser franco, Linda. Me gustaría obtener una respuesta pronto. Las oportunidades no esperan eternamente.

—Sé que lo estoy pensando demasiado —admitió ella, sintiendo la presión del hombre.

—Entiendo tus razones —dijo Sterling tratando de suavizar su advertencia—. Es tu tierra y te gustaría seguir como hasta ahora. Pero ambos sabemos que los tiempos han cambiado y nada es tan sencillo como hace veinte o treinta años. Me temo que es algo que has visto en los últimos tiempos.

—Lo sé, soy consciente.

—¿Qué me dices si le envío el contrato a tu abogado y lo estudiáis juntos?

—De acuerdo.

—Y para asegurarme de que lo harás y no lo dejarás en su despacho —Sterling sonrió—. Te diré que vas a encontrar una grata sorpresa que no estaba en el anterior.

Linda entrecerró los ojos y sonrió. Aquel tipo sabía negociar.

—Eres muy bueno en tu trabajo, ¿verdad?

Sterling le sonrió de una manera encantadora sin dejar de mirarla a los ojos para después tenderle la mano.

—No lo dejes pasar, Linda.

La mujer le estrechó la mano al hombre antes de conducirlo hasta la puerta, donde el chófer lo esperaba, abriendo un paraguas a la salida del porche hasta que el CEO se introdujo en el vehículo de nuevo y abandonaron la propiedad.