RECUERDOS DE UNA NOCHE
Linda se había levantado temprano para tomar café y no tener que cruzarse con Colt en la cocina.
Seguía lloviendo en el rancho Clayton y esperaba que en todo el condado.
Eso la hacía feliz y sonrió mientras veía caer la lluvia desde la ventana del despacho.
¡Cuánto tiempo había pasado desde la última vez!
Se llevó la mano a los labios y supo que ahora estaba pensando en la última vez que alguien la había besado.
Habían pasado siglos y se sentía extraña.
—¿Estás bien? —la voz de Scarlett la sobresaltó.
—Sí, solo estaba viendo cómo llovía —dijo ella, observando a su amiga, parada en la puerta.
—¿Desde qué hora estás aquí?
—No sé, hará un par de horas.
—¿No podías dormir?
—Estaba haciendo tareas de oficina —señaló al ordenador.
—Si la lluvia continúa, tendrás mucho tiempo para hacer trabajo de oficina.
—Ojalá sea así —dijo, melancólica.
—¿En serio estás bien? —preguntó Scarlett, notando algo extraño en su amiga.
—Sí, en serio.
Unos nudillos tocaron a la puerta del despacho, que estaba abierta. Las dos mujeres se giraron y vieron a Colt.
—Buenos días —dijo el exmarine, pasando brevemente por la imagen de Scarlett para centrarse en Linda con una suave y sexi sonrisa y una mirada diferente en él.
—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó la mujer, nerviosa de repente al volver a verlo. La tranquilidad de la que parecía hacer gala el hombre, obraba el efecto contrario en ella.
—Jacob quiere consultarte algo, para cuando puedas, en el granero del heno.
—De acuerdo, me cambio y ahora voy.
—No hay prisa —Colt sonrió una vez más y salió de la habitación.
—¡Qué profesional! —dijo Scarlett, haciendo una mueca con la cara y asintiendo con la cabeza.
—Trabaja aquí.
Scarlett observó a su amiga. Cuando Colt apareció, se había tensado visiblemente y después jugó con un lápiz entre sus dedos. Ahora lo colocaba en su lugar original.
—Uuuuuy —dijo, mirándola con los ojos entrecerrados.
—Iré a ver qué necesita Jacob —habló Linda, pasando por el lado de Scarlett. Estaba nerviosa y su amiga la conocía demasiado como para obviar que algo estaba pasando. Por eso no pensaba permanecer allí, así evitaría la batería de preguntas.
Linda caminó bajo la lluvia con un gran paraguas.
La tierra llevaba tantos meses seca que le costaba filtrar el agua, pero si las precipitaciones persistían, lo haría, de poco en poco.
Para ello necesitarían que fueran insistentes pero serenas.
Entró en el granero principal del forraje y cerró el paraguas, dejándolo por dentro, a un lado.
Caminó y solo vio la poderosa figura de Colt al lado de una pila de paquetes de heno.
El exmarine la miró de arriba a abajo de forma intensa y Linda volvió a recuperar el nerviosismo del que había tratado de desprenderse al salir de la casa.
—Has madrugado —dijo Colt, sabiendo que cuando él se había levantado, el café ya estaba hecho y solo podía haber sido ella.
—Así es —corroboró Linda, tratando de hallar a Jacob en el lugar. No lo veía.
—¿Has dormido mal? —quiso saber ahora el exmarine.
—No. He dormido muy bien. Tenía trabajo que hacer —mintió, mostrándose claramente a la defensiva con él.
Colt tragó saliva y perdió el aplomo del que había hecho gala. La mujer parecía molesta y de repente no entendió el motivo. El beso que habían compartido había sido cosa de dos. Sí, admitía que él lo había iniciado, pero ella había colaborado en él.
—Linda, yo… —comenzó a hablar Colt, sin saber qué decir realmente. ¿Debía disculparse? Ella había estado hablando de deseos bajo la lluvia y besarla había sido el suyo. ¿Había algo de malo en ello?
—¿Dónde demonios está Jacob? —preguntó, dirigiéndole una mirada fría, cortándolo.
—Estoy aquí —dijo la voz del hombre, apareciendo tras una pila de paquetes de alfalfa. Miró con el ceño fruncido a su jefa. El tono que había usado había sido muy distinto al habitual, parecía estar de mal humor.
Linda apretó la mandíbula y se dijo que era estúpida por pensar que Colt había pretendido verla a solas con un engaño como el de Jacob.
—Pensaba que querías verme —le dijo al capataz, tratando de serenarse.
—No pensaba que tardarías tan poco tiempo. Le dije a Colt que no te metiera prisa —miró al hombre, que también había cambiado su rictus.
—Así fue —lo defendió Linda—. Perdona, Jacob.
—¿Estás bien, Linda? —preguntó el capataz, preocupado por la joven. La notó nerviosa.
—Estoy bien. Tenía la cabeza en otro lado —se disculpó y vio cómo su capataz entrecerraba los ojos, preguntándose dónde—. Llevo un par de horas haciendo facturas. Eso es todo.
Se dijo que esto también lo añadía para Colt, al que dedicó una fugaz mirada. No quería que él pensara que era por su causa.
—Más tarde puedo echarte una mano con ellas —se ofreció Jacob.
—No, está bien. ¿Para qué me querías?
Linda quería terminar con aquello y salir del granero y de la vista de Colt.
—Creo que nos faltan unas pacas grandes de alfalfa —dijo Jacob.
—¿Perdón? —Linda se mostró sobresaltada.
—Las he contado varias veces y apostaría a que faltan unas cuantas. No es algo de lo que nos daríamos cuenta habitualmente, pero dadas las circunstancias…
—¿Cómo demonios pueden desaparecer pacas de más de mil libras de peso sin dejar rastro? —se preguntó Linda.
—No tengo ni idea —el capataz se encogió de hombros—. Y no puede haber sido en los últimos días. Esto pudo haber sucedido después de que las trajeran. Las suelo contar cuando eso sucede y en ese momento estaban todas.
—Puede que fuera mientras estuvimos en Houston —añadió Colt.
—Tendría sentido. No siempre estuve en el rancho. Travis estaba en el hospital y el resto de los chicos supongo que, en sus casas, en el pueblo.
—Sofía no me ha dicho que escuchase nada fuera de lo común —dijo Linda.
—Quizá si lo oyó no le prestó atención. A veces trabajamos hasta tarde por aquí.
—¿Cuántas pacas pueden ser, Jacob? —preguntó Linda.
—No lo sé seguro, puede que unas diez.
—Genial —Linda fue sarcástica—. Dos mil pavos menos.
—Lo siento. Le preguntaré a los chicos.
—Yo lo haré con Sofía y Celeste —añadió ella.
—¿Quieres que llame al sheriff? —intervino Colt.
—Aún no. Veamos antes qué nos tienen que decir el resto de empleados primero. Además, no me apetece tener al sheriff llenándome todo de barro justo hoy.
Jacob tuvo a bien hacer un inventario de todos los consumibles del rancho, aprovechando que ese día y los siguientes se antojarían lluviosos.
Si las pacas de alfalfa habían sido hurtadas, y era algo demasiado grande para desaparecer, no quería pensar si algún amigo de lo ajeno había llegado hasta los productos fitosanitarios o los medicamentos.
El asunto lo hacía sentir culpable en cierta forma, ya que, durante la ausencia de Linda del rancho, él había salido al pueblo.