Amor en Oklahoma AMBIENTE ENRARECIDO
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AMBIENTE ENRARECIDO

Linda dejó las botas en la puerta de casa y entró descalza, dirigiéndose al despacho a toda prisa. Cerró la puerta tras de sí sin ceremonias y se colocó en medio de la habitación, pasándose una de las manos por dentro del cabello.

¿A qué demonios venía la visita de Asher?

¡Una mierda estaba preocupado! Lo conocía.

Solo quería mantener el control sobre ella.

Estaba intentando volver a algo que ya conocía, decirle que la ayudaría y ofrecerle su protección.

La ponía enferma pensar lo estúpida que había sido la vez anterior.

¿Qué se arrepentía de haberla dejado marchar?

¡Ja! Seguro que de lo que sí se arrepentía era de no haberle metido las zarpas a su rancho, a pesar de que era la mitad de grande que el suyo.

¡Cabrón codicioso! ¿Aquel maldito hombre seguía creyendo que era tan estúpida como hacía cinco años?

Se movió hasta la bandeja de las bebidas.

Era demasiado temprano para beber, pero tenía los nervios a flor de piel.

¿Hasta cuándo podría resistir? ¡Si su padre estuviera vivo!

¡Cuánto lo echaba de menos! Añoraba la época en la que ambos cabalgaban el uno al lado del otro, viendo prosperar el rancho.

Se sentó sobre el escritorio. Podría llamar a su madre y hablar con ella, la mujer se había mudado a Florida después de la muerte de su marido.

—Mamá —dijo cuando supo que esta descolgó el teléfono.

—¿Linda? —preguntó la mujer al otro lado de la línea telefónica.

—Sí, mamá.

—¿A qué debo el honor de tu llamada? No he sabido nada de ti desde Año Nuevo.

Linda cerró los ojos con fuerza, era cierto.

—Solo quería saber cómo estás, charlar un poco.

—Bien, cariño. Tu tía Esther y yo estamos a punto de salir para una clase de aquagym.

—Me alegra que os lo paséis bien.

—¿Cómo van las cosas por Kingfisher? —preguntó su madre.

—Con algunos problemas. Ya sabes que…

—Te dije que un rancho no es lugar para una mujer —la cortó—. Mucho menos sin un hombre como Asher a tu lado.

Linda apretó la mandíbula y cerró los ojos. Si pensaba encontrar consuelo sobre sus problemas en el rancho con su madre, se había equivocado de teléfono y de persona.

—Estoy mejor sin el gilipollas de mi exmarido, mamá. Soy muy capaz de salir adelante sola.

—Justo por eso me estás llamando —dijo la mujer, sarcástica.

—No. Te estaba llamando para preocuparme por ti —mintió.

—Estoy bien.

—Ya lo veo. Pasadlo bien en el aquagym. Dale un beso a la tía Esther.

Linda colgó el teléfono, molesta, sin esperar respuesta de su madre.

Definitivamente había sido estúpida. ¿Cómo se le había podido ocurrir que encontraría consuelo en ella? Imogene Clayton se alejó de la vida del rancho en cuanto su padre estuvo a tres metros bajo tierra y no había vuelto desde entonces, excepto para su boda.

El teléfono volvió a sonarle en la mano, era su madre, seguro que le reclamaría que hubiera colgado sin dejarle decir la última palabra. Abrió el cajón del escritorio y lo metió dentro, cerrándolo con fuerza.

Como si no fuera poco todo lo que estaba pasando. No, no le apetecía lidiar con su madre en ese momento, no tenía fuerzas.

Se giró y miró por la ventana de la estancia. El cielo parecía estar cargándose, ojalá que esta vez fuera la buena.

***

Colt oyó el timbre de un teléfono primero y un golpe seco al llegar a la puerta del despacho. Esperó, pero nadie habló después. Linda llevaba largo rato allí dentro y le preocupó. Tocó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la voz de Linda unos segundos más tarde. Aún se la escuchaba molesta.

—Soy yo, Colt.

—Adelante —dijo ella, sin dejar de mirar a través de la ventana.

—¿Va todo bien? He oído un golpe —dijo, desde la puerta.

—Estoy bien —dijo ella sin mirarlo, desde su lugar en la ventana.

Colt entró en la habitación, cerrando la puerta.

—¿Necesitas algo? —se atrevió a preguntar, llegando al centro de la sala.

Linda no contestó, siguió observando al cielo a través de los cristales. Podía sentir la electricidad del ambiente, incluso dentro de la casa. O puede que solo estuviera reflejando su actual mayor deseo: la lluvia.

—Si quieres algo —volvió a hablar Colt—, estaré fuera. ¿Vale?

Linda sacudió la cabeza y salió de su ensimismamiento. Se giró y lo miró.

—Perdona —le dijo y él se detuvo a medio camino de la puerta. Ahora lo miró. El rostro de Colt se mostraba preocupado mientras le mantenía la mirada.

—No pasa nada —la tranquilizó él con una leve sonrisa.

Colt estaba ahí para ella.

—Estaba mirando el cielo —le dijo y trató de esbozar una sonrisa—. No quiero hacerme ilusiones, pero por primera vez en mucho tiempo, parece prometedor.

—Sí, a mí también me lo ha parecido hace un rato.

—Creo que puedo sentir la electricidad en el ambiente —dijo ella.

—Sí, yo también —dijo él y sonrió. No era solo la atmósfera meteorológica.

Linda guardó silencio unos instantes. ¿Podría expresarle a él lo que pasaba?

—Asher ha venido —dijo ella.

—Lo sé, lo he visto. ¿Cómo estás?

—Cabreada.

—Te vi patear un juguete de perro.

—Habría preferido que fueran las pelotas de Asher, pero sigo siendo una dama.

Colt rio y ella esbozó una sonrisa.

—¿Quieres un café? —ofreció él después de reír, tras otros instantes de silencio.

—Por favor —le pidió.

—De acuerdo. Ahora lo traigo.

Linda se sentó en uno de los sillones del despacho y estiró las piernas sobre la mesa pequeña del conjunto.

Colt volvió a entrar en la estancia unos minutos más tarde con dos tazas de café y le pasó una a ella.

—Siéntate conmigo, por favor.

Colt eligió el extremo del sofá que estaba más cercano a ella y permaneció en silencio degustando el oscuro líquido mientras miraba los gestos de la mujer, que, de vez en cuando, perdía su vista al otro lado de la ventana que había tras el escritorio.

—No me gusta nada ese tío, Asher —le dijo él.

—Apúntate al club.

—¿Puedo preguntar qué quería?

—Hacer el papel de marido doliente, diciendo que sentía mucho lo que estaba pasando en el rancho y, por supuesto, ofreciéndome su hombro para llorar y su casa para quedarme.

—¿En serio? Pensaba que lo vuestro estaba terminado.

—Lo está. Pero no puedo evitar que de vez en cuando me diga cuánto se arrepiente de haberme dejado marchar.

—¿Quiere que volváis? —se extrañó Colt.

—Quiere que vuelvan mi rancho y mis activos.

—Creía que ese tipo estaba podrido en dinero.

—Lo está, pero siempre quiere más y, sobre todo, desea mantener el control.

—¿Sobre ti?

—Fui un negocio que le salió mal. No le gusta eso, créeme.

Colt guardó silencio unos minutos.

—¿Sospechas de él? Sobre lo que está pasando en el rancho.

—No lo sé. Pero si yo muero no le sirvo de nada, no tendría sentido que quiera atentar contra mi vida.

—La bala no tenía previsto matarte —le recordó.

—¿Y lo de la camioneta?

—Travis está magullado, pero vivo.

Linda sopesó la situación, no sabía qué pensar al respecto. Solo sabía que, si seguía dándole vueltas en esos momentos, se iba a volver loca.

—Creo que le dejaremos las conjeturas al sheriff.

Se oyó el sonido amortiguado y lejano de una llamada telefónica.

Linda se levantó del sillón, abrió el cajón, miró la pantalla y volvió a cerrarlo. Era su madre de nuevo y endureció el gesto. Bordeó la mesa y apoyó el trasero en el borde de la misma.

Colt dejó la taza de café sobre la mesita y se acercó hacia ella.

—¿Todo bien? —preguntó, poniéndose frente a ella, observando el rostro de la mujer. Quién sabía por qué, pero no deseaba contestar a aquella llamada. Solo estaba claro que la castigaba en el fondo del cajón, porque la sobrepasaba en ese momento.

—Es mi madre y no preguntes —le informó.

—De acuerdo —convino Colt.

La miró unos instantes y los marrones ojos de ella se posaron sobre los iris verdes de Colt.

Después se desviaron y fueron escrutándole todo el rostro al exmarine, hasta posarse en sus labios.

Linda esbozó una suave sonrisa y exhaló el aire que había retenido en sus pulmones, fruto del enfado que la asolaba.

Se sentía mejor con él a su lado y se volvió a preguntar de repente qué habría pasado si él la hubiera besado en Houston hacía un par de semanas.

Colt se tensó, la electricidad apareció entre ellos y no era solo la de la tormenta que parecía prepararse fuera de la vivienda, era algo más intenso y que cada día le costaba más.

—Creo que iré a tomar una ducha —dijo él tras carraspear, separándose de ella.

Caminó hacia la puerta.

—Colt —lo llamó y este se detuvo, mirándola.

—Gracias. Por estar aquí.

El exmarine sonrió, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago.

—Siempre que tú quieras, Linda.

La mujer curvó los labios hacia arriba. Él supo que era la primera sonrisa relajada que le veía desde que Asher Granger había hecho acto de aparición en el rancho ese día.

Colt abandonó la estancia y Linda se fue hasta el sofá, dejándose caer en él antes de volver a exhalar.