Amor en Oklahoma CENA ELEGANTE
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CENA ELEGANTE

Colt no tenía demasiada ropa a su salida de los marines.

No la necesitas cuando el tío Sam te provee de uniformes suficientes y no puedes hacer mucha vida fuera de la base o del barco en el que estás asignado.

Por suerte había comprado algunas prendas en el propio Kingfisher después de su llegada al rancho.

Aunque no habrían sido suficientes para un viaje como aquel o una cena en el prestigioso Toro Toro.

Por suerte para él, lo que sí tenía era la misma talla que Jacob, el capataz del rancho Clayton, que no había dudado, sin pedírselo, en compartir con él un par de trajes elegantes, camisas y chaquetas para ese viaje.

Eligió una camisa blanca con bordados negros, unos vaqueros negros, sus botas y una hebilla ancha.

Cuando se sintió listo para bajar, tocó a la puerta que le comunicaba con la habitación de Linda.

—No he terminado —respondió la voz de la mujer al otro lado—. ¿Puedes esperarme abajo en el bar?

—Te esperaré aquí —dijo él.

—No, ve bajando, por favor. No me pasará nada desde aquí hasta el bar, te lo aseguro. ¡Gracias!

—De acuerdo —dijo de mala gana. Aunque, pensándolo bien, podría echar una ojeada y ver si había alguien que le pareciera sospechoso en el lugar.

De resto, sabía que había cámaras de seguridad por doquier y un servicio de seguridad que a la más mínima sospecha intervendría.

Era la ventaja de los hoteles como aquel.

***

—¡Te voy a matar! —dijo Linda a su amiga Scarlett de forma telefónica.

—Y eso, ¿por qué va a ser? —respondió de forma divertida la mujer.

—Has puesto en mi maleta el vestido que te dije el otro día que no pensaba ponerme.

—He puesto en tu maleta cosas que no habías estrenado, que sé que te quedan divinas y que, si no te sientes obligada, quedarán relegadas en tu armario hasta el día de tu muerte con cien años —se defendió.

—¡Te odio! —gruñó Linda.

—¿Dónde vais?

—A cenar a Toro Toro. La petrolera nos lo paga.

—¿Colt y tú?

—Sí —Linda se rindió y se sentó en la cama.

—Vale, ponte el vestido rojo.

—Es muy…

—Es muy Toro Toro. Te quedará genial. Hazte unas ondas en el pelo y píntate los labios de rojo. Creo que te puse unos tacones cómodos también. No vas a tener mejor oportunidad para estrenarlo.

Linda lo miró expuesto sobre la cama y suspiró. No le quedaban muchas más opciones. Maldita fuera si había confiado en su mejor amiga para aquella tarea de la maleta y se le había olvidado revisar lo que había colocado en su interior.

—De acuerdo —dijo Linda, rindiéndose.

—¡Pásalo bien con Colt! ¡Disfruta!

Colt se pidió un bourbon texano mientras esperaba a Linda y tenía que reconocer que era muy bueno.

Se sentó en la barra y observó a las personas del lugar, todos parecían ocuparse de sus propios asuntos.

Había un poco de todo, turistas, hombres y mujeres de negocios, alguna pareja que probablemente estaban casados, aunque no entre sí y algunos texanos que solo acudían al lugar a disfrutar de la gastronomía del sitio.

Nada le pareció sospechoso a priori. Tomó un nuevo trago de su vaso y el bourbon le ardió en la garganta al ver a la mujer que acababa de aparecer en la puerta, buscando a alguien.

Su figura era rotunda, contundente, con unas curvas muy femeninas bien marcadas dentro de un vestido rojo ajustado y fruncido a ambos lados, que dejaba a la vista un más que generoso escote.

Lo más impactante de ella era que ya se conocían, aunque nunca antes la había visto así.

—Estás jodido, Colt —se habló a sí mismo sin dejar de mirar a la mujer. La temperatura del lugar debió subir varios grados, o quizá era él quién había empezado a arder por dentro al verla —. Muy, muy jodido.

—¿Señor? —le preguntó el camarero, atento a sus necesidades.

—Nada. Gracias, muchacho —dijo Colt y dejó una propina sobre la barra, antes de ponerse de pie para hacerse visible. Las bebidas también estaban pagadas por Cimarron Oil.

—Perdona por tardar —le dijo Linda, mientras se sentía observada por el marine, algo que en principio la hizo sentir incómoda. No estaba segura con aquel vestido, ni entendía por qué lo había comprado tiempo atrás. Quizá a él tampoco le gustase.

—Creo que ha merecido la pena —respondió con una sonrisa que, denotaba cierto nerviosismo. La recorrió con la mirada sin disimulo, deteniéndose en sus labios rojos. Para cuando la volvió a mirar a los ojos, sus pupilas ya habían confesado lo que pensaba—. Estás preciosa.

—¿Tú crees? Se sale de mi estilo habitual —añadió, pasando las manos por los muslos, para alisarse el vestido, algo nerviosa, aún.

—Me encanta tu estilo no habitual —replicó él, ofreciéndole el brazo con un leve gesto de cabeza—. Ven.

Linda apoyó la mano en el antebrazo que el hombre le ofrecía.

Era cálido y firme. Sus dedos temblaron levemente, Colt la estaba haciendo sentir especial.

Casi no recordaba la última vez que había sucedido.

Había sido con Charlie Sierra, en uno de sus últimos mails.

Pero Colt no era un nombre tras una pantalla, sino que estaba allí, su imponente presencia se lo recordaba a cada momento.

Era sólido y real, muy real. Algo que lo hacía también, muy peligroso.

—Me gusta tu camisa —le dijo Linda, mientras esperaban el primer plato. Colt la estaba poniendo nerviosa, porque no dejaba de mirarla en silencio con una leve sonrisa, en su rostro y en sus ojos verdes, que se mostraban chispeantes.

—Sí —sonrió—. Me la ha prestado Jacob.

—¡Vaya con Jacob!

—Es un tipo con estilo. Puede que le pregunte dónde la compró.

—Nunca habría pensado que tuvierais la misma talla —dijo Linda. Y se dijo que eso era porque nunca se había fijado en Jacob como lo hacía con Colt. Y esa noche, se estaba fijando demasiado en él.

El marine la miró a los ojos, sonrió y tragó saliva.

¿Cómo demonios iba a salir vivo de allí esa noche?

Ni en sus más de cuatro mil horas de vuelo en la US Navy había sentido el vértigo que sentía estando sentado frente a Linda en Toro Toro.

¡Maldita fuera! Fue consciente de que no había ido a Kingfisher a agradecerle nada.

O no solo a eso, la mujer le gustaba más allá de lo que lo había hecho con su carta en Navidad, solo que él, siempre práctico, se dijo que no podía sucederle algo así, porque ya no era un adolescente.

¿En serio? Porque se estaba comportando como uno esa noche.

No podía despegar la vista de ella. Solo esperaba que la comida llegase pronto para tratar de distraer sus sentidos.

—¡Colt! —lo llamó Linda.

Al parecer le había preguntado algo, solo que él no la había escuchado.

—Te preguntaba acerca del bourbon de Texas —dijo ella, frunciendo levemente el ceño, preguntándose qué le pasaba o por qué se había convertido en memo de repente.

—Con carácter y clase —dijo él.

—Suena bien, puede que tengamos que quedarnos a la degustación —sonrió Linda, pensando en que le vendría bien una copa de aquello, porque se le estaban acabando los temas y Colt parecía demasiado distraído esa noche.

O era solo que la estaba mirando de una forma que…

Que la aspasen si aquello que veía en aquellos perturbadores ojos verdes del marine no era otra cosa sino deseo.

Hacía tanto tiempo que ningún hombre la miraba de esa manera que casi lo había olvidado.

¿Le gustaba sentirse deseada? Sí, maldición.

Solo que, hasta hacía no mucho, había fantaseado con que quien la mirase de aquella forma fuera Charlie Sierra.

Linda bajó la mirada a su regazo y tocó los bordes de la servilleta, rogando una vez más que la cena llegara pronto.

La comida había aplacado en gran parte aquello que bullía entre ellos. Los sentidos de ambos se habían centrado en la experiencia culinaria del lugar y en los sabores que degustaron esa noche.

—Parece que quieren comprarme con comida —bromeó ella.

—Pues conmigo lo están consiguiendo. ¿Qué es lo que tengo que firmar? —dijo Colt y ambos rieron.

—Supongo que en los marines no se debe comer así.

—No se come mal, solo depende de dónde estés destinado —Colt la miró y lanzó una afirmación—. No creo que sea tu primera vez.

—¿Mi primera vez? —preguntó frunciendo el ceño. Esperaba que no hubiera creído lo que había dicho Celeste la primera noche que lo llevó a su casa.

—En un restaurante así —Colt pinchó un trozo de carne con el tenedor—. Supongo que tu exmarido y tu ibais a sitios elegantes, como este.

—A él le gusta vivir bien, sí. Y le gusta pavonearse delante de otros. Pero se lo puede permitir, su rancho es de cuatro secciones.

—Esos son muchos acres —convino Colt.

—Exactamente el doble.

—Supone mucho trabajo también.

—No para él, te lo aseguro.

—¿Es uno de esos que no se mancha de barro?

—Asher piensa que nació para ser rico. Es hijo único y siempre logró hacer lo que quiso con sus padres.

Su madre falleció antes, pero su padre murió hará unos diez años.

Desde entonces lo dirige él, con un puñado de hombres que sinceramente, no te los querrías cruzar a medianoche.

Pero no lo verás curándole la herida a la pata de un caballo.

—Parece todo un dechado de virtudes.

—En efecto.

—¿Y sin embargo te casaste con él?

Linda lo miró, endureciendo el gesto. No se sentía orgullosa de aquello.

—Lo siento —volvió a hablar Colt, puede que hubiera ido demasiado lejos.

—No importa —dijo Linda, respirando hondo—.

No es culpa tuya, fue mía. Podría decir que estaba en un momento difícil y sería cierto, pero la realidad es que fui estúpida.

Sabía cómo era y su capacidad de manipular a las personas para lograr lo que quiere y, aun así, consiguió hacerlo conmigo.

Hasta que desperté, gracias a Dios, a tiempo.

—¿Infiel? —preguntó, más por compromiso que por no saberlo. Sofía se lo había dicho.