Amor en Oklahoma LA IRA DEL HURACÁN SCARLETT
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LA IRA DEL HURACÁN SCARLETT

—¿Por qué demonios me tengo que enterar en el pueblo de que han disparado a mi amiga y le han envenenado a la mitad de las vacas? ¿Es que no sabes usar el teléfono? —Scarlett lanzó aquellas dos preguntas nada más entrar en el dormitorio de su amiga Linda.

Su amiga se aplicaba crema hidratante en las piernas en aquel momento, justo después de tomar una ducha tras un largo día y vestida solamente con la ropa interior y una bata.

—Gracias por llamar a la puerta —dijo Linda, tratando de darle tiempo a que se calmara.

—¡No me vengas con monsergas! —exclamó Scarlett, dejándose caer en uno de los sillones del dormitorio.

—Como ves, estoy bien. Y no quería preocuparte. Sé que estás muy ocupada y estresada. Tampoco he tenido mucho tiempo libre con todo lo que ha pasado.

—Un mensaje, Linda. ¿Es mucho pedir? —el tono de la mujer se había suavizado.

—Tienes razón. Lo siento.

—Hazme el favor y cuéntame cómo ha sucedido todo, porque sé que en el pueblo se tiende a exagerar.

—He perdido seis vacas —dijo, para comenzar. No son pocas, pero por suerte para mí no es la mitad de mi ganado.

—De acuerdo. Quiero saberlo todo.

Linda se sentó en el otro sillón frente a su amiga y le hizo un breve resumen de todo lo acontecido.

La mujer respiró aliviada, pero no despreocupada.

Algo estaba pasando y ojalá ambos hechos no estuvieran relacionados.

O esperaba que al menos el primero hubiera sido fortuito.

Que te mataran seis reses no era poca cosa, pero que atentasen contra tu vida, ya eran palabras mayores.

—Tienes que llevar cuidado, Linda —le dijo.

—Ya lo llevo. Y además ahora tengo a Colt.

—Coooolt —Scarlett alargó su nombre, con intención y un tono sensual a la vez que sonreía.

—Sí, Cooooolt —rio Linda con su amiga, sabía lo que insinuaba. Se levantó a buscar ropa limpia para cambiarse y bajar a cenar.

—Está muy bueno.

—No está mal.

—Es el hombre más cañón que ha pisado este deprimente pueblo en mucho tiempo. Y estoy segura de que desnudo gana aún más.

—No metas esas imágenes en mi mente, Scarly —la riñó, mientras reía.

—¿Te tienta? —Se levantó y se colocó a su lado en el armario, mientras su amiga elegía las prendas apropiadas. Scarlett tomó una percha y se la mostró.

—No voy a ponerme eso —dijo Linda, mirando un vestido con un escote demasiado pronunciado. Lo había dejado allí, pero ni siquiera lo había llegado a estrenar, era demasiado evidente para su gusto. Ni siquiera sabía por qué se lo había comprado.

—Lo volvería loco y sé que nunca te lo has puesto, es hora de estrenarlo. A falta de ropa nueva…

—Es una cena normal de diario, en mi casa y no necesito que nadie se vuelva loco justo en este momento.

—¡Aguafiestas! —exclamó Scarlett y se sentó en el sillón de nuevo.

—Además, ¿qué pensarían Sofía o mi prima si me ven con ese escote?

—Que te quieres tirar al marine —respondió antes de reír y de que una camiseta le golpease la cara. Linda se la acababa de lanzar.

—¡Idiota! —dijo, antes de recoger la camiseta que le había lanzado a su amiga. Era la que se pondría esa noche.

—Pensarían que eres una mujer empoderada que no necesita de la aprobación de nadie acerca del escote que lleve o del trasero que le haga un vestido, ni de las decisiones que tome, porque es una mujer que maneja las riendas de su vida.

—¿Dónde está esa mujer? Creo que no la conozco.

—Gestionas un rancho de dos secciones completas tú sola, mil doscientos ochenta acres. Y lo haces de una forma impecable. Manejas a un puñado de rudos cowboys con mano firme y guante de seda. Yo misma te daría el premio a la mujer más empoderada del condado.

—Tu voto está viciado, eres mi amiga.

Scarlett le quitó la camiseta de la mano y volvió al armario, buscó y halló una blusa que le resultó menos informal y se la dio. Linda puso los ojos en blanco, pero tuvo a bien ponérsela.

—No, tantos botones abrochados, no.

—No pretendo acostarme con el marine, Scarly —se quejó Linda.

—Hace tres años que no estás con nadie, desde antes de divorciarte del cabrón de Granger.

—Lo he visto en el pueblo hoy —dijo Linda—. Se ha preocupado por mí y lo que me estaba sucediendo.

—Sabes que es mentira, ¿no?

—Lo sé, todo en Asher es mentira. ¡Pensar que fui tan estúpida para casarme con él!

—Linda terminó de vestirse y se sentó, echando la cabeza hacia atrás en el sillón, siempre se había considerado una mujer lo suficientemente inteligente, excepto en esa ocasión.

Asher Granger había sido su mayor tropiezo en la vida.

—Debe estar disfrutándolo, eso si no ha sido él quien ha envenenado a las vacas. ¿Casualmente fue cerca de las tierras que colindan con las suyas?

—No, no fue allí.

—Yo tendría cuidado con él, le salió mal lo de unir vuestros ranchos por las buenas.

—¿Crees que sería capaz?

—No lo sé, pero esas vacas no se han envenenado solas y esa bala no vino de la nada.

—¿Te quedas a cenar? —preguntó Linda a su amiga.

—¿A qué crees que he venido? Especialmente sabiendo que está Coooolt —de nuevo arrastró las letras de su nombre de una forma sugerente y su amiga volvió a reír antes de que ambas salieran de la habitación en dirección al comedor.

Linda supo que, con Scarlett y Colt bajo el mismo techo, la noche prometía ser de todo menos aburrida.

***

—Gracias —escuchó decir a la voz de Scarlett, a sus espaldas.

Colt estaba en el porche de la casa, tomando una copa antes de ir a dormir. Había escuchado a Linda y Scarlett charlar y reír y se alegró, porque era justo lo que la mujer necesitaba después de los duros días que llevaba.

—¿Por qué? —le preguntó Colt, girándose hacia ella, extrañado.

—Por recibir la bala por ella.

—No fue nada.

—Sí que lo es. No conozco a muchas personas que hubieran hecho algo así.

—Realmente no pretendía que me diera a mí.

—Pero la salvaste. Y te has quedado.

—Linda me obligó —dijo Colt, señalando el lugar donde lo habían herido.

Scarlett bebió de su propia copa sin dejar de observarlo, al igual que lo había hecho durante la cena.

—Sigues aquí. Te preocupa Linda.

Colt sonrió, bajando la mirada hacia su copa.

—Digamos que, es una mala costumbre profesional de un marine recién retirado del servicio.

—Digámoslo —concedió Scarlett—. Digamos también que Linda te gusta.

Colt la miró y sonrió de una forma neutra.

—Digamos que puede que aún no quiera volver a casa.

—¿Con tu mujer y tus cinco hijos? —inquirió Scarlett con sorna.

Colt soltó una carcajada.

—Tienes una gran imaginación.

—No lo creas —replicó Scarlett con una sonrisa ladeada.

—Solo hay una hermana que dirige un rancho. Pero hace tanto tiempo que no estoy allí que… no estoy seguro de que aquel sea mi sitio.

—¿Estás buscando tu sitio en el mundo después de los marines?

—Puede.

—No le hagas daño —le dijo Scarlett, mirándolo a los ojos y refiriéndose claramente a Linda. Colt abrió la boca para responder, pero no le dio tiempo a hacerlo.

—Dax acaba de llamar —anunció Linda, saliendo al porche y aludiendo a su abogado—. La reunión con la petrolera será pasado mañana en Houston.

—¿Houston? —preguntó Scarlett—. ¡Por Dios! Deben ser unas diez horas en coche.

—Puedo acompañarte y conducir —se ofreció Colt.

—Solo hasta el aeropuerto —le dijo Linda—. Enviarán un avión privado hasta Kingfisher.

—¡Wow! —exclamó Scarlett—. Esa gente trata de impresionarte.

—Lo sé, pero ellos no saben que no soy fácilmente impresionable.

—Piénsalo bien antes de decirles que no —le advirtió su amiga. Sabía que no le gustaba lo que estaba haciendo la mayoría de las petroleras en el condado.

—Lo sé —dijo Linda, tratando de mantener la mente abierta, algo que le costaba—. Llamaré a Jacob para decírselo. Espero que aún esté despierto.

Linda volvió a entrar en la casa, teléfono en mano.

Scarlett bebió un último sorbo de la copa.

—Iré a ayudarla con la maleta —dijo y salió tras su amiga al poco tiempo.

Colt asintió con la cabeza y le dedicó una leve sonrisa a modo de despedida. Bebió el resto de su copa en silencio y, tras unos segundos contemplando la oscuridad del rancho, decidió que era hora de irse a dormir.

—¿Vas a ir sola? —preguntó Scarlett a su amiga tras entrar en el despacho del rancho y cerrar la puerta tras de sí.

—¿Quieres venir? —Linda ladeó la cabeza—. Pensaba que estabas hasta arriba de trabajo.

—Y lo estoy —se sentó en el sofá.

—Puedes llevar a alguien.

—No puedo prescindir de Jacob en el rancho.

—¿Y Colt?

—¿Quieres que lleve a Colt? —Linda entrecerró los ojos, tratando de comprender aquel punto.

—Puede cuidar de ti.

—Sé cuidarme sola, gracias.

—Linda, por si no te has dado cuenta, te han disparado en los últimos días.

—No creo que vaya a seguirme un francotirador por el país, Scarly.

—No sabemos quién o quiénes son ni lo que pueden hacer.

—Llevaré un spray de pimienta, si eso te tranquiliza.

—No me tranquiliza. Colt ha sido marine, estaría bien que te lo llevaras.

—¿Lo pongo a dormir en el suelo de la habitación del hotel? ¿A los pies de mi cama? Porque te aseguro que no puedo permitirme pagar una habitación extra en el lugar donde me alojaré, según Dax. Lo paga la petrolera.

—Siempre podrías… —Scarlett sonrió y se mordió el labio.

—¡No lo digas! —le rebatió Linda, alzando el dedo índice. Su amiga le proponía que compartiera la cama con Colt.

—Estaría bien —opinó, encogiéndose de hombros.

—No, no estaría bien.

—¿Charlie Sierra otra vez? —se quejó Scarlett.

—Siento que… no sé —se dejó caer en el sillón al lado de Scarlett. No sabía cómo explicar aquella relación que mantenía a distancia con el marine.

—¿Le debes algo? ¿Por intercambiar cuatro correos electrónicos después de que le enviases una carta y una caja de galletas caseras?

—No son cuatro mails, han sido varios meses de contacto.

—¿Habéis tenido cibersexo?

—¡No! —Linda se escandalizó—. Jamás haría algo así, todo lo que hagas delante de un dispositivo electrónico se puede grabar, no soy estúpida.

—De acuerdo ¿Te ha hablado de un futuro juntos?

—Nuestras conversaciones han sido más… mundanas. Solo que… siento que conectamos desde el primer mail. Y no sé si soy estúpida.

—No eres estúpida. Te sientes sola, aunque no te lo quieras admitir. Y Charlie Sierra ha sido el primer hombre «seguro» —entrecomilló con los dedos—, que has conocido tras el cabrón de Asher.

—Es posible, no lo sé —suspiró, exhalando aire.

—¿Has hablado últimamente con Charlie?

—No, hace más de una semana que no sé nada de él. Debe estar en alguna misión.

—O puede que esté de permiso en su casa de Kentucky con su esposa, fabricando a su sexto hijo.

—No lo sé —Linda cerró los ojos y se recostó en el respaldo del sofá.

—Escríbele y dile que quieres verlo en persona en su próximo permiso. Cuando vuelven a casa, ellos saben tocar los hilos necesarios para aterrizar en la base que quieran sin coste extra.

—No sé si estoy preparada para eso.

—Para lo que no estás preparada es para ser monja, amiga mía. Elige a un hombre, disfruta de la vida y olvídate de Asher Granger. Para problemas… bueno, para problemas, ya ves lo que ha ido pasando en los últimos días en tu rancho.

—Lo sé.

—Dime que le vas a escribir a Charlie Sierra.

—Lo haré —afirmó con la cabeza.

—Y solo por si no te contesta —señaló hacia la puerta—, ahí tienes a otro marine y este está muy bueno. Además, te ha mirado el escote durante la cena. Y, considerando que Celeste también llevaba escote y no le ha prestado el más mínimo interés, creo que debe significar algo.

—Sí, significa que le ha parecido excesivo —Linda se abrochó un botón, casi había olvidado que su amiga le había sugerido que no lo abrochara.

—Considera lo que te he dicho, ¿vale? Tu vida no vale lo que una habitación de hotel extra, Linda —Scarlett se levantó del sofá y se inclinó hacia su amiga para darle un beso en la mejilla antes de irse—. Volveré mañana para ayudarte a hacer la maleta.

—Sé hacer la maleta yo sola —se quejó Linda.

—Quiero cenar gratis, no me estropees el plan —le dijo antes de cerrar la puerta, lo que ocasionó que Linda riera y sacudiera la cabeza. Agradecía la presencia de Scarlett en su vida.