SABOTAJE
—Señora, hay un problema con las vacas —dijo Dylan, uno de los cowboys llegando hasta las caballerizas, donde Linda, Jacob y Colt descabalgaban, después de otro día en el que había repasado las alambradas en el siguiente recinto donde pastaría el ganado.
—¿Qué problema? —Linda se alarmó. No necesitaba más problemas en el rancho.
—Será mejor que me sigan. El cowboy tenía el quad arrancado en la entrada. Tanto Jacob como Colt siguieron a la dueña del rancho al exterior y todos montaron a caballo, siguiendo al cowboy hasta el actual recinto donde pastaban las vacas.
—¡Maldita sea! —exclamó Linda al ver tres reses que yacían muertas sobre el terreno y otras tres más echadas, una de ellas luchando por respirar—. ¿Qué demonios ha pasado?
—No lo sé, venía de revisar los cultivos y las vi tiradas en el campo.
Linda fijó su vista en el animal que trataba de respirar con dificultad.
—Jacob, trae un arma —ordenó a su capataz.
Colt asistía con preocupación a la escena que allí se desarrollaba, no sabía por qué, pero no creía que hubieran caído enfermas casualmente. Miró alrededor y no vislumbró a nadie, aunque el que hubiera hecho aquello no se habría quedado a contemplarlo.
Jacob se acercó a Linda con el arma y se la tendió, mientras que la mujer apretaba la mandíbula, eran sus reses y aquello le dolía, independientemente de los meses de trabajo que suponía y de la pérdida económica.
Linda la cogió y se acercó hasta la vaca, Colt caminó rápidamente hasta ella y deslizó la mano por el brazo de la mujer para quitarle el revólver, antes de que ella tan siquiera lo amartillase o apuntara a la cabeza del animal.
Se miraron durante una fracción de segundo en la que ella entendió sus razones y fue la mano del exmarine la que amartilló y disparó en la cabeza a la res de una forma certera, haciendo que tras la detonación su sufrimiento se detuviera.
Linda lo miró un segundo y endureció la mirada.
Ella lo habría hecho, pero agradecía que Colt hubiera tomado la iniciativa.
La mujer volvió a apretar la mandíbula y dio nuevas órdenes.
—Jacob, llama a la veterinaria, quiero que venga, para ayer. Que intente salvar a las dos que aún están vivas y después que tome muestras de las vacas muertas y que las analice. También del agua.
—Sí, señora —respondió Jacob.
—Dylan, llama a los otros muchachos, hay que cerrar el paso al agua actual. Traeremos bebederos portátiles y agua nueva hasta saber qué les ha ocurrido o si el agua está en condiciones. Colt, ayúdales en lo que puedas, ya me entiendes —se refirió a su herida.
—Yo iré a llamar al sheriff —dijo finalmente, dirigiéndose hacia su montura para desaparecer poco después.
La tarde en el rancho no había sido sencilla, la cena había pasado tan a un segundo plano que nadie había probado bocado.
El sheriff no tardó demasiado en llegar y permaneció en el lugar mientras la veterinaria trataba de salvar la vida de una de las vacas y pedía que llevasen a otra de ellas a un granero para examinarla más detenidamente.
El agua estaba bien y no fue necesario usar los bebederos portátiles.
Lo que les hubieran hecho, había llegado a ellas de otra manera.
Una vez que todo el mundo abandonó el rancho, Linda agradeció a sus trabajadores el esfuerzo complementario y se dirigió hacia la vivienda principal, donde subió las escaleras, tomó una ducha y se introdujo en la cama.
Mañana sería otro día y rogaba para que no fuera como aquel.
***
Colt se despertó demasiado temprano y bajó al piso de abajo de la vivienda, vio cómo la puerta del porche trasero estaba abierta y supo que era Linda la que estaba allí. Decidió preparar café antes de reunirse con ella.
—¿Estás bien? —Una cálida mano masculina se posó sobre su hombro, deslizándose por el brazo en una larga caricia. Delante de ella, apareció otra mano con una taza de humeante café y supo que solo podía tratarse de Colt.
—Trato de estarlo, gracias —dijo, suspirando y agradeciendo el gesto del hombre. Había dormido, pero su sueño no había sido ni mucho menos profundo, recordando que habían matado a seis de sus reses. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de sus vacas tendidas inertes en el campo venía a ella.
—¿Has dormido? —le preguntó.
—No demasiado, si te digo la verdad —Linda bebió café y se sintió algo más reconfortada.
—¿Y si te vas a la cama y duermes un poco más? Es temprano y puedo ocuparme de lo que me pidas —le ofreció Colt.
—No creo que pudiera dormir, pero gracias. Y gracias por lo de ayer —le dijo, antes de volver a beber otro poco de café—. Por apretar el gatillo.
—No hay de qué. Eran tus vacas, sé que no resulta fácil hacerlo.
Colt vio cómo Linda apretó la mandíbula de nuevo, al igual que lo había hecho el día anterior.
Luchaba por no venirse abajo a cada segundo que pasaba.
Entendía la conexión emocional con sus animales, aunque su destino final estuviera en un plato, alimentando a las personas, pero morían sin dolor, de una forma justa.
No como había sucedido el día anterior, envenenadas.
Sintió un fuerte deseo de cubrir la distancia hasta donde estaba la mujer y abrazarla, decirle que todo iba a salir bien en adelante.
Darle el cobijo y el apoyo necesario para que se derrumbara sobre su pecho y expresara todas las emociones que sabía que se estaba guardando para sí misma, quizá desde hacía demasiado tiempo. Cargaba un gran peso sobre sus hombros.
—Son meses de trabajo —dijo Linda tras exhalar el aire que retenía en sus pulmones—. Y cerca de quince de los grandes esfumados. Tres terneros que no nacerán y seis nodrizas menos.
—Te recuperarás, lo sé.
—Y otro día más sin llover —se lamentó, mirando al cielo. Ni siquiera aquello ayudaba.
—Está ese asunto de la petrolera —le recordó Colt.
—Sí, creo que se me acaban las opciones. O alguien quiere que se me acaben.
—Puedes escuchar y valorar la oferta —volvió a decir Colt.
—Llamaré a mi abogado más tarde. Ahora iré a vestirme, tengo que ir a ver a las vacas.
—Te acompañaré.
—Es muy temprano y no puedo pagarte horas extras —le dijo.
—¡A la mierda las horas extra! Soy un marine retirado que sufre jet lag y quiere tener algo que hacer, como ocuparme de que estés bien —le dijo, con una sonrisa que ella le devolvió antes de entrar en la casa de nuevo.
Cuando Linda comprobó que todo estaba en orden con las vacas en el rancho, se dirigieron a la consulta de la veterinaria.
—El veneno estaba presente en el pasto —le informó Virginia Williams, enseñándole una fotografía de unas hojas que había sacado del estómago de uno de los rumiantes muertos.
—¿En el pasto? —se extrañó Linda—. Entonces, el resto de vacas…
—El resto de vacas está a salvo. No es de tu campo, alguien les trajo forraje seco mezclado con hierba mora. Murieron las primeras que se acercaron a comerlo. Y pudo suceder hace un par de días, no en el momento en el que las encontraste. No es tan rápido.
—¡Joder! —exclamó Linda, pensando en el disparo y en las vacas, dos hechos con tan poco espacio de tiempo.
—Le llevaré las muestras y preparé un informe para el sheriff.
—Te lo agradezco, Virginia.
—Y siento decirte esto, pero debes incinerarlas, no puedes vender su carne para ningún subproducto.
—Sí, lo suponía —respondió, sabiendo que si habían sido envenenadas era lo siguiente que pasaría.
—Lleva cuidado, Linda. Es la primera vez que veo algo así en este condado. —La veterinaria se mostró preocupada.
Linda y Colt caminaron en silencio hacia su vehículo, harían algunas compras y regresarían al rancho. La mujer levantó la cabeza y halló a la última persona que quería ver ese día, dirigiéndose hacia ellos.
—¡Mierda! —exclamó Linda.
—¿Qué ocurre? —preguntó Colt, que no se había despegado de su lado esa mañana.
—Que no parece que el día vaya a ser ideal.
Colt siguió la mirada de Linda y se preguntó quién sería aquel hombre que caminaba hacia ellos. De lo que estuvo seguro era de que no despertaba ninguna simpatía en Linda, que se tensó automáticamente. Cuando llegó a ellos, la mujer no disimuló su desagrado.
—¡Linda! ¿Cómo estás? Me preocupé mucho cuando supe lo que te había pasado —dijo el recién llegado, simulando preocupación.
—¿De veras? —Linda arqueó una ceja, incrédula.
—¡Claro! ¡Después de todo lo que hemos compartido! Me he enterado de que te han disparado hace unos días y me acaban de decir que han envenenado a tu ganado.
—Los ranchos tienen sus días malos, Asher —respondió Linda, restándole importancia.
El recién llegado observó al hombre que estaba a su lado y se preguntó qué relación podría unirlos.
—¿No nos presentas? —Asher sucumbió a la tentación. Quería saber quién era.
—Colt Sullivan —se adelantó el exmarine, ofreciéndole la mano.
—Asher Granger —contestó él, estrechándosela—. Soy su marido.
—Exmarido —lo corrigió Linda al instante, con un tono cortante.
—Se me olvida —sonrió—. Fueron tiempos intensos, ¿verdad?
Colt se fijó en Linda, que esbozaba una sonrisa tensa e irónica hacia él.
—Intensísimos —ironizó ella.
—Pensé que no ibas a contratar a nadie más —Asher miró a Colt, suspicaz.
—Yo solo le estoy echando una mano —dijo Colt, poniendo un brazo alrededor del hombro de Linda para acercarla a él.
—Así es —Linda hizo lo propio y pasó el suyo por la cintura del hombre—. Está bien contar con algo de ayuda de alguien como él.
—No lo sabía —dijo Asher, entre escéptico e incrédulo.
Linda sonrió y se anotó mentalmente un punto. Linda uno, Asher cero. No podía evitar disfrutarlo.
—Si nos disculpas… —comenzó a decir la mujer—. Tenemos que hacer unas compras en el pueblo.
—Sí, yo también. Venid un día a cenar al rancho, para ponernos al día —los invitó.
—Claro —dijo Linda—. Hasta luego, Asher.
El hombre quedó plantado en la calle mirando a la pareja alejarse, entrecerró los ojos y se preguntó desde cuándo Linda salía con alguien y por qué él no se había enterado.
—Lo siento si me he excedido —se disculpó Colt—. Pero me ha parecido muy pedante lo de presentarse como tu marido.
—No lo sientas, es un gilipollas pedante y, si te soy sincera, verle la cara cuando ha pensado que estamos juntos, es lo único que me ha alegrado el día hoy, te lo juro —dijo Linda y Colt esbozó una sonrisa.
—La próxima vez puedo besarte delante de él —le propuso Colt, bromeando.
—Creo que no hará falta que lleguemos tan lejos —dijo Linda sonriendo, pero poniendo espacio entre ellos. A pesar de que la idea de ser besada por el marine no la disgustaba del todo.
—Sí, señora —convino Colt y volvió a sonreír. Era una pena.