PESADILLAS
Colt despertó, sobresaltado. En el sueño estaba gritando y esperaba que no hubiera sido real.
La figura del avión de Austin, su compañero, cayendo sobre el desierto de Siria, apareció ante él.
Aún recordaba la cara de su viuda en la puerta del hogar familiar cuando se presentó y ella supo lo que le iba a decir, derrumbándose a sus pies.
Se sentó en la cama y cerró los ojos con fuerza, tenía que superar aquello.
Paseó por la habitación como un león enjaulado y decidió salir de ella y tomar el aire en el porche del rancho.
Se apoyó en la balaustrada y miró la noche. Apenas si se veía solo unos metros más allá y las luces de algunas de las construcciones del rancho, los almacenes y las caballerizas, supuso.
Le vino a la mente una de las muchas conversaciones que había tenido con Austin.
Una en la que le decía que debía conocer a alguien y comprobar cómo era la vida fuera de allí cuando estás lejos de los marines, aunque solo fuera durante dos meses al año.
Y que cuando lo hiciera, estaría contando los días para su retiro.
Su amigo sí llevaba una cuenta atrás para su jubilación, pero se detuvo en aquella fatídica madrugada en Siria.
—¿Estás bien? —preguntó Linda, sobresaltándolo.
—Sí. Lo siento —Colt trató de esbozar una sonrisa, pero no convencería a nadie.
—Te dejaré a solas —ofreció la mujer.
—No, está bien. Hazme compañía, por favor.
Linda caminó hacia él y se cerró la bata de seda que vestía. La melena castaña le caía por los hombros y se apoyó en la balaustrada cerca del hombre.
—¿Pesadillas? —preguntó.
—Sucede cuando llevas mucho tiempo allí —dijo él, sintiéndose desnudo en parte, al confesárselo.
—Hay hechos que nos marcan, ¿cierto?
—Sí —respondió escuetamente.
Permanecieron en silencio durante unos minutos.
—A veces también sucede aquí —dijo Linda—.
Recuerdo cuando nos dijeron que mi hermano había desaparecido.
Me despertaba a menudo sobresaltada, siempre después de soñar con él.
En todos y cada uno de mis sueños estaba a punto de encontrarlo, pero nunca lo lograba, solo caía por un hueco y despertaba.
—Sabes lo que se siente —Colt se sintió comprendido. Sofía no le había hablado del hermano de Linda.
—En cierta forma. Sé que lo vuestro es duro, el cambio a la vida civil. ¿Cuántos tiempo llevabas en los marines?
—Veinte años.
—¡Vaya! Eso es toda una vida. ¿Por eso te has retirado?
—Entre otras cosas —dijo, siendo ambiguo.
—¿Quieres limonada? Sofía siempre la deja preparada antes de dormir, para el día siguiente.
—¿No se enfadará si tomamos un par de vasos?
—¡No! —Linda sonrió—. Solo dame un momento.
Linda entró en la casa y él sonrió. Hablar con ella lo había calmado, sentirse comprendido también.
Recordó por qué estaba en Kingfisher, la carta navideña de Linda y lo que había significado para él.
Lo que habían significado cada uno de los mails que habían intercambiado posteriormente.
Era la Linda que le devolvió la vida y supo que era mucho mejor en persona.
—Aquí estoy —la mujer apareció de nuevo en el porche y le cedió uno de los vasos.
Después tomó asiento en una de las mecedoras.
Colt la imitó y se oyó el crujido del material de la misma bajo su peso.
El silencio se mantuvo entre ambos durante unos minutos, y escucharon el ulular de una lechuza en la oscuridad nocturna.
—¿Puedo preguntar sobre tu hermano?
—Ryan —Linda le puso nombre—. Sigue desaparecido.
—¿Cuánto hace?
—Va a hacer cinco años.
—Lo siento. ¿Qué fue lo que pasó?
—No lo sé y probablemente nunca lo sabremos —respondió y vio la cara de interrogación de Colt—. Era Navy SEAL. Desapareció en Yemen. Busqué en internet y no sé más allá de que puede que estuviera infiltrado en una operación de contrabando o terrorismo o Dios sabe qué y lo descubrieran.
—En ocasiones nos preguntamos por qué unos seguimos aquí y otros no —dijo sinceramente él, recordando que era lo que sentía siempre cuando pensaba en la familia de su amigo.
—No lo hagas —le dijo. Sabía que se castigaba con ello—. Cada uno de nosotros tiene un destino y una misión en la vida. Y cada uno tiene una hora para irse.
—Quizá tu hermano no se haya ido. Hay casos de…
—Hay un uno por ciento dentro de mí que me dice eso mismo. Puede que esté en algún lugar —reconoció Linda—. Pero no quiero darle alas a esa idea y que me duela como la primera vez si uno de estos días…
Tragó saliva y sus dedos jugaron con el borde del vaso de limonada, bajando la mirada hacia él. «Si uno de estos días, encontraban sus restos», había querido decir y no había podido verbalizar. No había hecho falta, Colt la había comprendido aun sin palabras.
—El tiempo lo dirá —trató de consolarla.
—Lo sé —Linda se levantó de la mecedora, dispuesta a ir a dormir.
—Gracias —Colt alzó el vaso hacia ella, agradeciéndole la limonada y de forma velada la charla que habían mantenido.
La mujer sonrió y se acercó hacia el marine, le puso la mano sobre el hombro y se lo apretó.
—Gracias a ti, por hacer que siga viva.
Colt la miró, sintiendo una opresión en el pecho parecida a una profunda caricia.
Sí, podría decirse que esa había sido su última misión.
Pero ella también lo había hecho con él y no lo sabía.
Linda lo había salvado en Siria solo con unas profundas palabras escritas sobre una hoja de papel.
Ahora que la tenía tan cerca, podría jurar que aquella carta también olía a ella.
—Linda… yo… —Colt abandonó el vaso sobre la mesa, dispuesto a confesarle que era Charlie Sierra. El peso de aquella verdad pugnaba por salir de su garganta. Pero la voz de Sofía interrumpió el momento como un disparo el silencio de la noche.
—¿Va todo bien? —Sofía blandía un bate de béisbol que bajó al verlos—. He oído algo, a alguien gritar, no lo sé, estaba dormida. Puede que solo lo haya soñado.
—Todo va bien, Sofía. Gracias —Linda sonrió.
—En ese caso, volveré a la cama —dijo la mujer después de observar la escena.
—Te acompaño. Buenas noches, Colt.
—Buenas noches, señoras —dijo el hombre, irguiéndose.
Linda pasó el brazo alrededor de los hombros de Sofía y ambas entraron en la vivienda.
—Lo siento tanto, señorita —se lamentó la mujer cuando estuvo lo suficientemente lejos del invitado del rancho.
—¿Por qué, Sofía?
—He interrumpido.
—No importa, solo estábamos hablando. Y creo que nos hemos puesto un poco sentimentales —sonrió con un halo de timidez.
—¿Iban a besarse?
—No —Linda rio—. No, no es eso. Colt se acaba de retirar y me temo que arrastra un dolor profundo, probablemente ha perdido a algunos compañeros. Ya sabemos cómo es eso.
—Es un buen hombre, señorita.
—Sí, eso creo.
—Llévelo a trabajar en unos días, el trabajo físico siempre ayuda con el dolor del alma. Sé que lo necesita.
—Pero está herido, Sofía.
—Sigue teniendo dos piernas, un brazo y mucha determinación —dijo la mujer, recordándole lo que el propio Colt había dicho.
—Buenas noches, Sofía —la joven le dio un beso en la mejilla para despedirse de ella, como cuando era más pequeña y ella le había enseñado aquella costumbre tan latina que su madre despreciaba.