Amor en Oklahoma LA MAÑANA SIGUIENTE
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LA MAÑANA SIGUIENTE

Linda no había dormido bien. Le preocupaba lo sucedido la noche anterior. ¿Alguien quería herirla? ¿Por qué?

—¡Buenos días! ¿Qué tal? —preguntó Celeste en un tono insinuante, sentándose a la mesa donde su prima tomaba café. Tomó un croissant, le quitó un trozo con los dedos y esperó una respuesta.

—¿Te has caído de la cama? —preguntó a continuación Linda.

—He madrugado.

—Ya veo. ¿Y a qué se debe el que quieras ver el sol antes de que esté en lo más alto del cielo?

—Quiero saber cómo fue todo con el hombre que trajiste anoche al rancho.

—Le preparé el cuarto de invitados y lo dejé allí. Espero que siga vivo o que no nos haya robado la plata —respondió Linda. La imaginación de su prima había volado mucho más lejos y no había creído ni por un momento que realmente tuviera negocios con Colt.

—¿En serio? ¿No te lo tiraste? ¡Joder, si estaba muy bueno! Déjame decirte, querida prima, que eres una mojigata.

—De acuerdo, te lo contaré, porque supongo que te enterarás tarde o temprano —dijo Linda, harta del asunto.

—Soy toda oídos —Celeste esbozó una amplia sonrisa, esperando otro tipo de historia.

—Lo traje a casa porque está herido, no sé si te percataste de que llevaba un brazo en cabestrillo.

—¿Ahora rescatas cachorros heridos? —se burló.

—Celeste… —dijo, tratando de ser paciente—. Había quedado en el bar con Dax, me iba a ir cuando alguien disparó y casualmente yo estaba en la trayectoria de la bala, Colt se dio cuenta y me apartó. Tuvo la mala suerte de recibirla él.

—¿Te han disparado? —preguntó, extrañada.

—Eso parece.

Celeste frunció los labios, pensativa.

—¿Por qué? —preguntó.

—No lo sé, pero si lo averiguas, puedes decírselo al sheriff.

—¿Alguien quiere matarte o fue accidental?

—Tampoco lo sé.

—¡Mierda! Tendrás que llevar cuidado, prima.

—Eso creo.

—¿Y él la recibió por ti? ¡Qué mono!

—Buenos días, señoras —dijo Colt llegando al comedor de la casa antes de que Linda dijese que no era mono, pero sí valiente. Aunque probablemente, solo había sido un acto reflejo de un marine entrenado.

—Buenos días —Celeste se atusó el pelo y sonrió hacia el hombre, mostrándose encantadora.

Linda no pudo evitar poner los ojos en blanco y negar con la cabeza.

—Buenos días, Colt —dijo la dueña del rancho Clayton—. ¿Cómo has dormido?

—Si te digo la verdad, no demasiado bien. Necesito un analgésico y un café bien cargado. Si no es mucha molestia —dijo, aún de pie.

—¡Vaya! ¡Este es nuestro héroe! —dijo otra mujer de unos sesenta años al llegar al lugar con una sonrisa y una cesta con flores, mientras miraba al hombre.

—Señora Clayton, es un placer conocerla —respondió Colt, extendiendo la mano para saludarla.

—No es mi tía, ella solo trabaja para nosotras —apuntó Celeste, aclarando aquel punto.

—Es Sofía, nos ayuda con las cosas de la casa y la cocina, no podríamos funcionar sin ella —añadió Linda, a quien le molestaba que Celeste fuera clasista en ocasiones.

—Encantado de conocerla, señora. Yo soy Colt.

—Es un placer, muchacho. ¿Quieres unos huevos rancheros para desayunar?

—Con un café estará bien, señora. Debo coger el próximo autobús a Kansas.

—¡De eso nada! Linda me ha contado lo que pasó ayer y no te irás de esta casa hasta que estés totalmente recuperado —dijo Sofía.

—Secundo la moción —dijo Linda y sonrió.

—Yo también. Ni siquiera puedes abrocharte bien la camisa, Colt —apuntó Celeste, mirando al hombre y haciendo que él también se mirase a sí mismo.

—¡Oh, lo siento! —se disculpó este, tratando de arreglarlo, había confundido el orden de los botones. Pero no le había resultado una tarea fácil, la piel del brazo, recién pellizcada por la herida de bala, le tiraba y dolía si forzaba los movimientos.

—Deja que te ayude —se ofreció Celeste, acercándose hasta él, para desabrocharle toda la fila de ellos de uno en uno, tomando tiempo en ello, mientras lo miraba a los ojos y le sonreía pícaramente.

Colt se dijo que, si no llevaba cuidado con ella, la pelirroja lo podía meter en más líos que un francotirador en medio del desierto.

—¡Celeste! —la llamó Sofía inmediatamente—. ¿Podrías por favor, traerme las tijeras de podar? Creo que las he dejado olvidadas al lado del rosal blanco del camino.

—¿Tiene que ser ahora? —se quejó la interpelada, nada más desabrochar el último botón, dejando al descubierto el pecho del hombre.

—Son muy importantes para mí —dijo la mujer.

La joven dejó la camisa de Colt a regañadientes, antes de salir de la estancia.

—¡Linda! —ordenó Sofía.

—Ajá —respondió la mujer, levantando la vista del teléfono, estaba consultando sus mails.

—Ayuda a Colt con los botones. ¿Qué me dijiste que ibas a desayunar, muchacho?

—Café, por favor.

—¡Linda! —volvió a repetir la mujer, para que se levantara de la silla y dejara el teléfono a un lado.

—¡Voy! No es mi madre, pero como si lo fuera —masculló con una sonrisa, para dirigirse hacia Colt, que trataba de abrocharse los botones.

—Puedo hacerlo yo, gracias.

—Me pregunto cuánto tiempo has tardado en ello antes de bajar. Déjame a mí, anda —Linda se acercó al hombre y comenzó a abrochárselos.

—Algo menos que en ducharme —reconoció él.

—Te dije que podía llamar a alguien para que te ayudase.

—Estoy bien, es solo el primer día. No quiero causar molestias.

—No son molestias —le dijo, levantando la vista para mirarlo a los ojos. Tragó saliva. Dios, ¡qué guapo era!

—Me gusta hacer las cosas por mí mismo —respondió, perdiéndose en la mirada marrón con motitas ámbar de los iris de la mujer.

—Te entiendo. Cuando se convierte en costumbre, cuesta delegar o aceptar ayuda.

—¿Experiencia propia?

—¿Tú qué crees? —sonrió ella, una vez terminó la tarea, él la aprobó y le devolvió la sonrisa.

—Gracias.

—Y aquí ese café bien cargado —dijo Sofía.

—Subo un momento a por un analgésico y te lo traigo. Tengo que ir a cambiar unas vacas de pastos —Linda salió corriendo escaleras arriba mientras que Colt tomaba asiento. Vio las cosas de otra manera después de que el cálido sorbo del café le recorrió la garganta. Era un bálsamo para su cuerpo.

—Está delicioso, Sofía.

—Una no puede llevar cuarenta años trabajando en un rancho sin saber hacer un buen café.

Colt sonrió, le caía bien la mujer.

—Aquí tienes —Linda bajó tan rauda como había subido y le tendió un bote de ibuprofeno—. Más tarde me encargaré de comprar las recetas que te dio el doctor anoche.

—No es necesario, esto es solo el jetlag.

—¿Acabas de regresar? —preguntó una sorprendida Linda. Que era nuevo en el pueblo estaba claro, pero no sabía que venía de tan lejos.

—Así es —confirmó él, mientras que Linda le acercaba un vaso de agua.

—Puedes descansar, Sofía no te molestará hasta la hora que desees.

—No, con esto bastará —tragó la pastilla—. Necesito hacer vida normal en esta zona horaria.

—Tómatelo con calma hoy. Voy a rotar el pasto con unas vacas, pero si necesitas algo, Sofía sabe cómo localizarme —dijo yendo hacia la puerta.

—Te acompaño.

—Estás herido —Linda esbozó una sonrisa incrédula, aunque le agradecía la intención.

—Puedo montar a caballo.

—¿Con un brazo menos?

—Sigo teniendo dos piernas y otro brazo funcional.

—¿Y si te desmayas? Hará calor.

—No lo haré —dijo, obstinado y seguro de sí mismo.

—¿Y si me ayudas a mí hoy, muchacho? —intervino Sofía—. Querría lavar algunas cortinas, necesitaría de alguien como tú para descolgarlas y volverlas a colgar. Los cowboys del rancho siempre están demasiado ocupados para mí.

Linda agradeció el gesto de su empleada para suavizar la situación.

—Claro, señora —respondió Colt.

—Mañana podrás ir con ella —dijo la mujer.

—Bueno, ya veremos —agregó Linda y recibió una mirada retadora de parte de Colt.

—No irás sola a cambiar las vacas, ¿verdad?

—¿Crees que no soy capaz de hacerlo? —la joven levantó la barbilla hacia él, en un gesto de orgullo.

—Jacob y algún muchacho irán con ella —volvió a intervenir Sofía.

—Bien —convino Colt, rindiéndose. Sabía que la había herido en su orgullo con aquella pregunta. Le preocupaba que la escena de la tarde anterior pudiera repetirse. Un rancho era un lugar mucho más sencillo para esconderse y disparar un arma contra alguien—. Espero que estén atentos, por lo de ayer.

—Todos lo estaremos —respondió Linda, entendiendo y agradeciendo la preocupación de Colt acerca de su seguridad.

—Es una muchacha orgullosa —habló Sofía, una vez que la joven salió de la casa.

—Me he dado cuenta —convino Colt.

—No lo ha pasado bien —dijo la mujer en un suspiro—. Pero siempre sale adelante. Me preocupa que alguien quiera dispararle.

—Puede que solo fuera casual —divagó Colt, sabiendo que a la mujer le preocupaba la salud de su empleadora.

—Puede, pero tú no lo crees —desveló Sofía. Lo había leído en él y en la insistencia que tenía en acompañarla a cambiar las vacas de pastos, más allá de querer ser útil o ganarse la estancia en el rancho Clayton—. Vayamos a lavar esas cortinas, no bajarán solas.