Capítulo 27
Aiden
El maletero de mi coche nunca había estado tan bien aprovechado.
Colocamos la última caja de cartón de Joyce, que había precintado con esmero la tarde anterior, y empujé el portón hacia abajo hasta escuchar el clic de cierre.
Nos miramos por encima del capó y ella me regaló una sonrisa limpia, de esas que nacían directo en los ojos.
Por fin no se marchaba en tren. Por fin no la veía desaparecer en un andén mientras yo me quedaba estancado con la sensación de perder el último hilo que me unía a la vida real.
Los días en el pueblo habían sido una tregua bendita.
Pasamos esa semana viéndonos a diario, sin prisas, alejados de las miradas del mundo y del ruido de la Premier League.
Caminamos por el bosque, nos sentamos junto al río a escuchar el silencio y, sobre todo, hablamos.
Hablamos hasta vaciar los rincones más oscuros de estos últimos seis años.
Sanamos. Cada uno lo suyo, cada uno a su ritmo, pero con las manos entrelazadas debajo de la manta de la cabaña.
Había recuperado el aire en los pulmones y, a juzgar por el brillo de sus mejillas, ella había recuperado la certeza de que este catorce de febrero no había sido un error.
El viaje de vuelta a Londres en el coche fue un trayecto idílico, lleno de música suave en la radio, confidencias a media voz y sus dedos acariciando de vez en cuando mi nuca mientras conducía.
Entrar en la periferia de la capital ya no me produjo esa opresión en el pecho de las semanas anteriores; ahora tenía un escudo.
Nuestra primera parada no fue mi casa de Hampstead, sino las oficinas de la agencia de alquileres en el centro.
La acompañé a recoger las llaves de su nuevo piso.
Se había negado en redondo a la posibilidad de que se instalara conmigo en la mansión, y aunque mi primer instinto de futbolista sobreprotector fue insistir, entendí sus razones de inmediato.
—Está demasiado lejos de mi nueva oficina, Aiden —me había explicado con paciencia la noche anterior en el pueblo, acariciándome la mejilla—.
Y además, está Ethan allí. Es demasiado pronto para mudarnos juntos.
Necesito esto. Necesito valerme por mí misma, demostrarme que puedo conquistar Londres bajo mis propios términos y que vamos poco a poco, haciendo las cosas bien esta vez.
Me da miedo tu mundo y debo adaptarme a mi ritmo.
Tenía toda la razón. Su independencia era parte de lo que me volvía loco de ella, así que guardé mi orgullo y me convertí en su mejor aliado.
Aparqué frente al edificio de ladrillo visto en una de las calles colindantes al Soho.
Subimos los tres pisos cargados con las primeras cajas.
Al abrir la puerta principal, nos recibió ese olor característico a pintura fresca y a limpio de un inmueble recién acondicionado.
El apartamento era pequeño, un salón diáfano integrado con la cocina y una habitación al fondo, pero la luz de la tarde londinense entraba a raudales por los ventanales, dándole un aspecto acogedor.
Dejamos las cajas en mitad del salón. Joyce se giró sobre sus talones, contemplando las cuatro paredes que representaban su nuevo comienzo, y suspiró con una mezcla de orgullo y alivio.
Me acerqué a ella por la espalda, rodeándole la cintura con los brazos y atrayéndola hacia mi pecho.
—Bienvenida a tu nuevo hogar —le susurré contra el pelo.
Joyce se giró entre mis brazos para colgarse de mi cuello con una intensidad que me encendió la sangre en un segundo.
No hicieron falta palabras. El deseo, acumulado durante las horas de carretera, estalló entre los dos con la misma fuerza que en la cabaña del lago, pero esta vez con el trasfondo del rugido sutil de la ciudad a través de los cristales.
La arrastré hacia el dormitorio, donde la cama desvestida y el colchón nuevo nos esperaban en mitad de la estancia.
Nos despojamos de la ropa con una urgencia febril, dejando que las prendas cayeran sobre el parqué reluciente.
Hacer el amor allí, entre paredes desnudas y cajas por abrir, lo viví como el verdadero bautismo de nuestra nueva etapa.
Mis manos recorrieron su piel con una adoración lenta, disfrutando de cada gemido que Joyce ahogaba contra mi hombro, mientras me hundía en ella con una entrega absoluta.
Ya no había fantasmas del pasado, ni contratos de fútbol, ni miedos al qué dirán; solo éramos nosotros dos, reclamando el tiempo perdido en el corazón de la gran ciudad.
Más tarde, con la luz dorada del atardecer tiñendo el techo del dormitorio, nos quedamos abrazados sobre las sábanas improvisadas. Joyce apoyaba la cabeza en mi pecho, siguiendo el ritmo tranquilo de mis latidos con la yema del dedo.
—Te amo, Joy —le dije a la oscuridad naciente, besando la coronilla de su cabeza—. Esta vez no voy a dejar que nada nos destruya. Te lo prometo.
Ella se incorporó despacio, mirándome con esos ojos limpios que eran mi único norte en el mundo.
—Yo también te amo, Aiden —respondió, y su promesa quedó flotando en el aire del piso nuevo, sellando nuestro regreso definitivo—. Esta vez lo haremos bien.
Los días siguientes a nuestro regreso se convirtieron en un ejercicio de equilibrismo perfecto.
Yo volví a los entrenamientos con el Kingsford.
La primera mañana, al pisar el césped de la ciudad deportiva, mis compañeros me miraron buscando algún rastro del colapso de hacía quince días, pero solo encontraron a un hombre renovado.
Graham me dio el alta definitiva tras comprobar mis niveles de ansiedad; el pueblo me había devuelto el eje, pero saber que Joyce dormía a unas pocas millas de mí era lo que realmente mantenía mis pulsaciones en calma.
Por su parte, Joyce se sumergió de cabeza en el caos absoluto de la preproducción de los BAFTA.
Pasaba diez horas al día entre reuniones de escaleta, llamadas con agentes de actores de Hollywood y diseños de alfombras rojas.
Me encantaba verla así: independiente, brillante, construyendo su propio imperio en Londres sin que nadie en sus oficinas supiera que era la mujer que ocupaba el corazón del portero estrella de la Premier League.
Sin embargo, el verdadero examen de fuego llegó el sábado siguiente, en el primer partido en casa tras mi baja médica.
Me había empeñado en que Joyce asistiera.
No quería que se escondiera, ni quería ocultar la parte más ruidosa de mi vida.
Le conseguí un pase para el palco de familiares y zona VIP del estadio.
Sabía que para ella era un trago amargo; significaba rozar el entorno que menos le gustaba de mi vida actual, un mundo lleno de cámaras, marcas de lujo y un famoseo que le resultaba ajeno y superficial.
Menos mal que estaba Jess para que fuera menos duro.
Desde el césped, durante el calentamiento, busqué con la mirada la cristalera del sector VIP.
La vi en segunda fila, vistiendo un abrigo largo impecable y manteniendo una postura elegante mientras sostenía una copa de champán que apenas probaba.
A su lado, varias de las novias de mis compañeros de equipo, algunas modelos e influencers con cientos de miles de seguidores, reían con fuerza, posando para selfis coreografiados y comentando el último cotilleo de la prensa rosa de Mayfair.
Ver a Joyce en mitad de ese despliegue de vanidad me encogió un segundo el estómago.
Temí que se sintiera fuera de lugar, que la presión la hiciera querer huir de nuevo.
Pero Joyce no era la chica asustada de diecisiete años.
Manejó la situación con una madurez que me dejó sin respiración.
Charló con corrección cuando le hablaron, sonrió ante las banalidades sin comprometer su autenticidad y mantuvo esa distancia aristocrática y magnética que la hacía destacar por encima de cualquier vestido de diseñador en la sala.
Ella no necesitaba encajar; tenía su propio peso.
Cuando el delantero rival se plantó solo frente a mí en el minuto ochenta y ocho, el estadio entero contuvo la respiración.
El marcador iba uno a cero a nuestro favor y un empate a esas alturas del partido habría sido devastador.
El tipo armó la pierna derecha y sacó un disparo cruzado, potente y envenenado, directo a la escuadra.
No lo pensé. Dejé que el puro instinto tomara el control de mi cuerpo.
Me estiré cuan largo era, volando hacia mi izquierda en una estirada imposible, y rocé el balón con la punta de los dedos lo justo para desviarlo.
El esférico pegó en el poste y salió despedido fuera del área chica mientras yo caía sobre el césped, escuchando cómo el estadio de los Kings estallaba en un rugido ensordecedor que hizo temblar los cimientos del campo.
Mis compañeros corrieron a sepultarme en un abrazo colectivo, golpeándome la espalda y gritando de euforia. Habíamos salvado los tres puntos.
En cuanto me liberé de la piña, me puse en pie, me sacudí la hierba de los guantes y alcé la vista hacia el palco familiar.
Busqué la cristalera VIP a través del mar de bufandas y camisetas que celebraban la victoria.
Joyce estaba allí arriba, pegada al cristal, aplaudiendo con una sonrisa enorme que le iluminaba toda la cara, abrazada a Jess.
No era la cortesía diplomática de antes; era orgullo puro, una sonrisa real y exclusiva para mí.
En mitad de las sesenta mil personas que coreaban mi nombre, mi única portería a cero milagrosa cobraba sentido porque ella la estaba disfrutando conmigo.
Dos horas después, tras ducharme y atender a la prensa, esquivé la zona común de recepción donde los jugadores solían quedarse a alternar con los patrocinadores y los invitados VIP. Sabía que Joyce me esperaba en el aparcamiento privado inferior, lejos del bullicio.
La encontré apoyada en la puerta de mi coche, con las manos metidas en los bolsillos y las mejillas ligeramente sonrojadas por el aire frío del subterráneo.
—¿Sobreviviste? —le pregunté con una sonrisa, acortando la distancia y rodeándole la cintura con los brazos en cuanto estuve lo suficientemente cerca.
Joyce soltó una risa suave y apoyó las manos en mi pecho, mirándome con complicidad.
—He sobrevivido, sí. Aunque creo que la novia de uno de tus centrocampistas ha intentado explicarme tres veces los beneficios de un tratamiento facial de oro de tres mil libras.
He tenido que morderme la lengua para no decirle lo que cuesta la crema facial de leche de cabra de los pastos de Wirral. Estoy por traerles muestras del pueblo.
Solté una carcajada limpia, pegando mi frente a la suya. El contraste entre el lujo desmedido de arriba y la sencillez arrolladora de la mujer que tenía entre mis brazos era lo que me mantenía cuerdo.
—Eres increíble, ¿lo sabes? —le susurré, dejando un beso corto y tierno en sus labios—. Gracias por estar ahí hoy. Sé que no es tu ambiente favorito.
—No lo es —admitió ella, rodeando mi cuello con los brazos y afianzando el agarre—. Pero tú sí eres mi lugar favorito, Aiden. Y si tengo que sonreírle a la aristocracia de Londres para verte jugar, lo haré. Siempre que luego me lleves a mi piso a cenar pizza fría en el suelo.
—Hecho —prometí, besándola de nuevo, esta vez con la lentitud de quien sabe que ya no tiene que huir de nada.
Subimos al coche y dejamos atrás el estadio flotando en una nube de luces y cámaras. Londres seguía siendo una jungla ruidosa y complicada, pero por primera vez en la vida, teníamos las reglas del juego claras. Estábamos listos para lo que viniera porque no necesitábamos nada más que nuestro amor.