Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Epílogo
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Epílogo

Joyce

El caos de la alfombra roja de los BAFTA era exactamente el tipo de tormenta para el que me había estado preparando durante los últimos seis meses.

Desde la cabina de control técnico de la entrada del Royal Albert Hall, con los auriculares apretados contra las orejas y la escaleta de producción arrugada entre las manos, daba instrucciones a los regidores de suelo.

Faltaban diez minutos para el cierre del desfile de celebridades y todo salía a pedir de boca.

Las actrices de Hollywood desfilaban con sus vestidos de alta costura, los fotógrafos se desgañitaban en el foso y el nombre de nuestra agencia brillaba en cada rincón del evento.

Había conquistado Londres. Bajo mis propios términos, paso a paso, sin prisa pero con una firmeza que me enorgullecía cada mañana al abrir la puerta de mi piso en el Soho.

—Joyce, el último vehículo oficial acaba de entrar en el perímetro —me avisó la voz de mi ayudante por el intercomunicador—. Es el invitado de honor de la Federación de Cine Deportivo.

Me recoloqué la chaqueta del traje negro que había elegido para la noche y di un paso hacia la cristalera que daba a la avenida. El corazón, que ya iba a mil revoluciones por el estrés del directo, me dio un vuelco limpio y familiar en el pecho.

La puerta trasera del coche negro se abrió y él apareció ante las cámaras.

Cuando Aiden bajó del coche, el flash de los fotógrafos se multiplicó por mil en un pestañeo, tiñendo la noche de un blanco eléctrico.

Vestía un traje de etiqueta hecho a medida que resaltaba su imponente planta de deportista, con los hombros anchos y el porte relajado de quien ya no le teme a la luz pública.

Llevaba el pelo rubio peinado hacia atrás con elegancia, pero lo que realmente me detuvo el pulso fue su rostro.

Ya no quedaba ni rastro de la mirada cansada y los ojos esquivos de su época de crisis; sus facciones reflejaban una calma absoluta, una madurez que se había ganado a pulso tras una temporada impecable en la que se había coronado como el portero menos goleado de la Liga.

Aiden avanzó por la alfombra roja, atendiendo a los reporteros con esa amabilidad magnética que lo caracterizaba. Justo antes de entrar al recinto, a escasos metros de la prensa, se detuvo bajo el arco de luces y levantó la vista de manera deliberada hacia la cabina de control técnico.

A través del cristal, nuestras miradas se cruzaron en mitad del bullicio.

Aiden sonrió, una sonrisa de complicidad absoluta, y se llevó dos dedos a la sien en un saludo militar y privado que solo nos pertenecía a nosotros.

En mitad de la élite del cine y del ruido de la capital, habíamos podido crear nuestro propio refugio.

Aiden

La cena de gala transcurrió entre discursos, entregas de premios y copas de champán, pero yo solo mantenía la cuenta atrás en la cabeza para que el evento tocara a su fin.

En cuanto el patio de butacas comenzó a vaciarse y los invitados se dispersaron hacia las fiestas posteriores, abandoné la zona principal y caminé por los pasillos internos del Royal Albert Hall hasta la zona de producción.

La encontré de espaldas, guardando unos archivadores en una caja de transporte, con el pelo recogido en un moño alto del que ya se escapaban varios mechones rebeldes debido a las horas de trabajo. Se había quitado los zapatos de tacón y caminaba descalza sobre la moqueta del plató improvisado.

Me acerqué por detrás sin hacer ruido, la rodeé por la cintura con los brazos y la atraje por completo contra mi pecho. Joyce soltó un pequeño suspiro y se relajó al instante contra mí, apoyando la parte posterior de su cabeza en mi hombro.

—Ha sido un éxito absoluto, jefa —le susurré al oído, aspirando el aroma a vainilla de su cuello, el único olor que lograba resetear mi mente en un segundo.

—Hemos sobrevivido —corrigió ella, girándose entre mis brazos para rodearme el cuello con las manos. Sus ojos brillaban con el cansancio del triunfo—. Has estado impecable ahí fuera. La prensa deportiva no para de hablar de tu nominación al Guante de Oro de la temporada.

—Me da igual el Guante de Oro, Joyce —respondí con total honestidad, acortando la distancia para rozar sus labios con los míos—. Mi mejor parada de la temporada fue convencerte de que te subieras a ese coche en el pueblo.

Joyce sonrió, acunando mis mejillas con sus manos cálidas, desprovista de cualquier barrera. El amor nos desbordaba en mitad de ese pasillo vacío, un amor maduro que habíamos aprendido a cuidar lejos de la superficie y los focos.

—Ya no tenemos que huir de nada, ¿verdad? —preguntó en un susurro, buscando la certeza en mi mirada.

—De nada —prometí, justo antes de sellar la frase con un beso lento, profundo y cargado de futuro—. El juego es nuestro, Joyce. Y esta vez jugamos juntos. La prórroga nos ha dado la victoria.