Capítulo 26
Joyce
Me pasé toda la noche dando vueltas en la cama, con las sábanas enredadas en las piernas y la cabeza hecha un auténtico caos. Las palabras de Aiden en el aparcamiento del pub seguían resonando en mi oído, ásperas y urgentes. « Tenemos que hablar. A solas » .
Me debatía entre la culpa y el instinto de supervivencia.
¿Había sido demasiado dura con él? Al fin y al cabo, acababa de sufrir una crisis de pánico brutal en Londres y había venido al pueblo buscando exactamente lo mismo que yo: un refugio, un poco de paz.
Quizá mi necesidad de marcar distancias resultaba desalmada después de la tregua que habíamos firmado en mi cocina.
Pero, por otro lado, ¿merecía la pena volver a abrir esa caja de truenos?
Justo ahora que mi vida en Londres empezaba a encajar, con el proyecto de los BAFTA sobre la mesa y mi propio apartamento a punto de caramelo, volver a caer en los brazos de Aiden era como caminar directa hacia un precipicio conocido.
¿Y si me volvía a abandonar? El juego era peligroso.
Aunque la pregunta que debía hacerme, insistía Anne, es si lo quería.
¿Cómo estar segura de si amaba a un fantasma, a un Aiden que ya no existía, y me daba cuenta demasiado tarde?
Cuando por fin logré salir de la cama, arrastrando el cansancio de haber dormido apenas cuatro horas, bajé a la cocina en pijama.
El olor a café recién hecho me guio hasta la encimera.
Mi madre ya se había marchado a hacer unos recados, pero junto a la taza humeante que me había dejado preparada, vi algo que me hizo detener el paso en seco.
Un trozo de papel cuadriculado, doblado en un cuadrado perfecto y pequeño.
Sentí un vuelco violento en el estómago antes de tocarlo.
Sabía perfectamente de qué se trataba. Era la forma exacta en la que nos mandábamos notas en el instituto, pasándolas de mano en mano por debajo de los pupitres para que los profesores no nos descubrieran.
Con los dedos ligeramente temblorosos, deshice los pliegues del papel.
La caligrafía inclinada y familiar de Aiden apareció ante mis ojos:
«Bajo el sauce. A las 12:00. Por favor, ven. A.».
El corazón me dio un vuelco limpio contra las costillas.
Clavé la vista en el papel, incapaz de procesar la oleada de recuerdos que me inundó de golpe.
Automáticamente, estiré la mano hacia la mesa para agarrar el teléfono móvil que había dejado allí la noche anterior.
Quería mirar la hora, pero al encender la pantalla, la fecha que parpadeaba en la parte superior me dejó sin respiración.
14 de febrero.
San Valentín. El estómago se me revolvió con una fuerza devastadora. Aquella fecha era una cicatriz mal curada en nuestra historia. Hacía seis años, ese mismo día, habíamos quedado en ese mismo sauce porque quería decirme algo, la cita a la que él nunca acudió porque ya se había marchado.
Una punzada de pánico puramente irracional me atenazó la garganta.
No soportaría que me pasara lo mismo dos veces.
No podría soportar volver a ese árbol, exponerme de esa manera, y revivir el fantasma del rechazo.
Sin embargo, una voz interna, un susurro testarudo que se negaba a morir a pesar de los años, me decía que fuera.
Que esta vez era él quien pedía la tregua.
Que él estaba herido, no jugando conmigo.
No sabía qué hacer. Las horas pasaron en un suspiro borroso mientras intentaba concentrarme en ordenar mis cosas. Seguía sumida en un mar de dudas absolutas, doblando ropa de manera mecánica, con la nota de Aiden quemándome en el bolsillo de la sudadera.
Cuando el reloj de la cocina marcó las once y veinte, la adrenalina tomó el control de mi cuerpo.
Casi sin pensarlo, me vestí a toda prisa con unos vaqueros cómodos, unas botas resistentes y mi abrigo más grueso para protegerme del viento helado de febrero.
Agarré una bolsa de basura industrial que había llenado por la mañana con cosas desechadas de las cajas de Liverpool y salí a la calle.
Necesitaba una coartada, aunque fuera para mí misma; si salía con la excusa de tirar la basura, no parecería que estaba corriendo desesperada hacia él.
Una vez en la acera, arrojé la bolsa en el contenedor de la esquina y empecé a andar.
Mis pasos, de manera inconsciente, tomaron el sendero de tierra que bordeaba el río.
Me dejé llevar por el camino de siempre, el que mis pies se sabían de memoria desde que tenía diez años.
El aire invernal me azotaba las mejillas, pero apenas lo sentía.
Cuando las ramas desnudas y gigantescas del viejo sauce llorón aparecieron al final del sendero, miré la pantalla del móvil. Las 12:10. Llegaba con diez minutos de retraso.
Diez minutos suficientemente necesarios para permitirme el lujo de aminorar el paso y observar desde la distancia, oculta tras el recodo del camino, si él estaba allí, o si el pasado se repetía.
A través del entramado de las ramas desnudas del sauce, la silueta de Aiden se recortó contra el reflejo grisáceo del río.
Estaba sentado sobre una manta de lana escocesa extendida en el suelo húmedo, con una mochila a un lado y los hombros ligeramente caídos bajo el peso de su abrigo oscuro.
Tenía los ojos fijos en la corriente, absorto, con esa quietud concentrada de quien intenta mantener a raya los demonios de su propia mente.
Me acerqué con sigilo, amortiguando mis pasos sobre la tierra húmeda del sendero.
A pocos metros de distancia, lo vi levantar la muñeca izquierda para consultar el reloj.
El gesto, sutil y cargado de una callada resignación, me propinó una punzada de culpa directa en el estómago; me sentí verdaderamente mala por haberlo hecho esperar a propósito, por haber jugado con sus tiempos en un día que ya cargaba con demasiado peso histórico para los dos.
—Hola —saludé en voz baja, deteniéndome en el límite de la manta.
Aiden se giró al instante, rompiendo su rigidez como si mi voz lo hubiera devuelto a la vida.
Se puso en pie de un solo movimiento fluido, propio de alguien acostumbrado a tirarse al suelo y levantarse como si nada.
La expresión de incertidumbre que nublaba sus facciones desapareció por completo, sustituida por una sonrisa franca, limpia y desarmada que le iluminó los ojos verdes de una manera que no le veía desde hacía seis años.
—Has venido —dijo, y un suspiro de alivio puro se le escapó de los labios.
—He venido —respondí, esbozando una sonrisa tímida, sintiendo cómo mis barreras lógicas flaqueaban bajo la intensidad de su mirada.
Nos quedamos estáticos durante unos segundos interminables, con el viento de febrero agitando el flequillo rubio de su frente y el murmullo del agua llenando el vacío entre los dos.
Aiden dio un paso hacia mí, acortando la distancia, pero se detuvo justo antes de invadir mi espacio, respetando mi contención.
—Sé que estás molesta por lo de anoche, y por no haberte dicho antes que estaba aquí —empezó a hablar con una urgencia contenida, clavando sus ojos en los míos—.
Y sé perfectamente qué día es hoy. Llevo seis años queriendo explicarte lo que pasó ese catorce de febrero, Joyce, y venir a esa cita. Necesito que me escuches.
Asentí despacio, incapaz de articular palabra, permitiendo que por fin derribara los muros. Nos sentamos sobre la manta uno al lado del otro.
—Todo sucedió demasiado rápido —confesó, y su voz tembló ligeramente por la honestidad del recuerdo—.
En cuanto firmé el contrato con el club, mi vida dejó de pertenecerme.
Me metieron en una centrifugadora de entrenamientos, clases, sesiones de fotos, firmas y abogados.
No me dejaban ni un segundo libre, me confiscaron el teléfono personal para que no entrara en redes y me aislaron por completo bajo la coartada de protegerme del impacto mediático.
La novedad me arrolló, Joyce. Me superó por completo y me acobardé.
Tuve el primer ataque de ansiedad en esa época.
Cuando quise reaccionar y darme cuenta de lo que había dejado atrás, ya habías cerrado tu puerta.
Me he arrepentido cada bendito día de mi vida desde entonces. Cada uno de ellos.
Ver la vulnerabilidad cruda en su rostro, la misma que había intentado esconder bajo la fachada de la estrella perfecta de la Premier League, me rompió por dentro.
Ya no quedaba rastro del Aiden del pub, ni del jugador del Kingsford; era solo mi Aiden, el chico del pueblo que se había perdido en la gran ciudad y que ahora buscaba el camino de vuelta a casa.
Dejé caer los guantes al suelo. Me giré hacia él y le cogí la cara con ambas manos, acunando sus mejillas frías por el viento invernal. Él ahogó un gemido atrapado en la garganta y cerró los ojos, inclinándose hacia mi tacto como si fuera un oasis en mitad de su desierto.
—Aiden —susurré.
No me dejó decir nada más. Sus manos buscaron mi cintura, firmes y posesivas, y me arrastró hacia él justo cuando sus labios encontraron los míos.
El beso no tuvo nada de la timidez del reencuentro ni de la cautela de los días anteriores; fue un choque de necesidad pura, una colisión de seis años de añoranza, reproches mudos y un deseo que se había cocinado a fuego lento en la distancia.
Sus labios se abrieron contra los míos con una voracidad que me dejó sin aliento, recorriéndome con una urgencia que me hizo temblar las rodillas.
Le rodeé el cuello con los brazos, hundiendo los dedos en su pelo alborotado, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó un solo milímetro de aire frío entre nosotros.
El calor de su boca me abrasó la piel, borrando de un plumazo el invierno del pueblo, las maletas de Liverpool y la mudanza de Londres.
Aiden se separó apenas unos milímetros, jadeando, con la frente apoyada contra la mía y las manos apretando mis caderas como si temiera que me transformara en humo si me soltaba.
—Vente conmigo —pidió con la voz rota, rozando mis labios con los suyos con cada palabra—. Mi hermano me ha dejado las llaves de la cabaña del lago. No hay nadie allí, Joyce. Solo nosotros. Por favor.
No lo pensé. No evalué las consecuencias ni el proyecto de los BAFTA ni la tregua que acababa de saltar por los aires. Solo asentí, aferrada a su chaqueta.
Quince minutos después, el motor de su coche se apagaba frente a la pequeña construcción de madera oculta entre los pinos altos, al borde del agua helada del lago.
En cuanto Aiden abrió la puerta de la cabaña, la urgencia nos volvió a atrapar antes de que alcanzáramos a encender las luces o la chimenea.
Nos desvestimos a tropezones en mitad del salón en penumbra, despojándonos de las pesadas capas de ropa de abrigo, de los vaqueros y de los prejuicios, dejando un rastro de prendas sobre el suelo de madera.
Su piel ardía contra la mía cuando me empujó con suavidad contra el colchón que descansaba frente al gran ventanal.
La luz grisácea de la tarde invernal se filtraba por el cristal, dibujando las líneas de su cuerpo atlético mientras se posicionaba sobre mí.
Contemplé sus hombros anchos, las marcas del esfuerzo físico en su espalda y la intensidad devoradora de sus ojos verdes antes de que volviera a besarme.
Esta vez, el ritmo cambió. Aiden me recorrió con una lentitud deliberada, casi reverente, como si estuviera memorizando de nuevo cada centímetro de mi anatomía con la punta de los dedos y los labios.
Sus manos, grandes y cálidas, me acariciaron los costados, subiendo por mis costillas y despertando una electricidad que me recorrió la espina dorsal.
Cuando se hundió en mí, un gemido unísono se perdió en el silencio de la cabaña.
Me aferré a sus hombros, clavé los dedos en su piel mientras él marcaba un ritmo profundo, constante, que me arrancaba el aire de los pulmones.
Era una comunión física absoluta, desprovista de las tensiones de la fama o de los miedos del pasado; éramos solo dos cuerpos que se conocían de memoria, sincronizándose a la perfección como si el tiempo jamás hubiera transcurrido.
El roce de su piel sudorosa contra la mía, el sonido de su respiración acelerada en mi oído y la forma en que pronunciaba mi nombre entre suspiros rotos me arrastraron hacia una marea de sensaciones insostenible.
El placer nos alcanzó juntos, en una oleada violenta que me hizo arquear la espalda contra el colchón, mientras él se aferraba a mí con una fuerza brutal, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello mientras el mundo exterior terminaba de desaparecer por completo.