Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

Aiden

El aroma a campo de mi infancia se cortó en seco al entrar al White Horse, donde me dio la bienvenida un olor amargo a cerveza en cuanto empujé la puerta.

Entré detrás de Arthur y Steven, mientras Camila cerraba el grupo quejándose del frío de la tarde.

Veníamos de las canchas municipales; me habían arrastrado a verlos entrenar y a tomar una pinta rápida para ponernos al día.

Me estaba riendo de una burrada que Steven acababa de soltar sobre el cura del pueblo cuando levanté la vista hacia el reservado del fondo.

El aire se me congeló en los pulmones.

Allí, con una pinta de sidra a medio camino de los labios y los ojos abiertos de par en par, estaba Joyce.

La risa se me borró de la cara en un pestañeo.

El murmullo del pub, las bromas de los chicos y los comentarios de Camila pasaron a un segundo plano, amortiguados, como si estuviera debajo del agua.

Joyce llevaba un jersey oscuro que hacía resaltar su piel y tenía el pelo recogido de manera informal.

Estaba preciosa y la tenía allí, a diez metros de mí, después de pasarme toda la mañana enviándole mensajes a los que no obtuve respuesta.

—¡Hombre, mirad quién está ahí! —soltó Steven, dándome un codazo que me devolvió a la realidad—. ¡Si es Joyce!

Arthur y Camila miraron en su dirección de inmediato. Camila no lo dudó un segundo; esquivó a los chicos con paso ligero y enfiló directa hacia la mesa del fondo con una sonrisa enorme.

—¡Joyce! ¡Anne! No sabía que estabais aquí —escuché decir a Camila mientras las saludaba con dos besos.

Steven y Arthur me miraron. Yo permanecía estático en mitad del pasillo, con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera para que nadie notara el temblor de mi pulso.

No era el pánico de Londres; era esa descarga eléctrica que solo Joyce lograba provocarme con una sola mirada.

La última noche que pasamos juntos aún la tenía pegada a mi piel.

—Vamos, no te quedes ahí parado —me pinchó Arthur, avanzó y me obligó a caminar tras él.

Nos acercamos a la mesa. Joyce mantenía la espalda rígida, apoyada contra el respaldo del banco de madera. Su mirada cruzó la mía y detecté de inmediato ese brillo de irritación que tan bien conocía. Estaba molesta. Muy molesta.

—Hola, Joyce. Hola, Anne —dije. Mi voz sonó más baja y ronca de lo que pretendía.

—Hola, Aiden —respondió ella. Su tono fue un dardo de hielo, educado pero cortante.

—Nosotras estábamos celebrando que a esta mujer le han dado el proyecto de los BAFTA —intervino Anne, con una sonrisa que intentaba romper la tensión palpable que se había instalado en el ambiente—. Se muda definitivamente al centro de Londres en quince días.

La noticia me golpeó directo en el pecho.

La miré fijamente, buscando alguna señal en sus ojos, pero Joyce desvió la vista hacia su vaso.

Se mudaba. Se marchaba del todo y no me había dicho nada .

Aquel apartamento vacacional de Londres, el sofá donde me había refugiado hacía solo unos días, ya no existía en su mapa.

Y no me había dicho ni una sola palabra.

—¿Los BAFTA? ¡Eso es enorme, Joyce! —la felicitó Arthur, mientras tomaba una silla de la mesa de al lado para acoplarse al reservado—. Eso merece otra ronda. Steven, ve a pedir. Aiden, siéntate aquí.

Steven se marchó hacia la barra y Arthur se hizo a un lado para dejarme espacio en el banco contiguo a la mesa.

Me senté justo enfrente de Joyce. La distancia entre nosotros se redujo a la anchura de una tabla de madera desgastada.

Podía oler su perfume de vainilla por encima del aroma a tabaco y alcohol del local y nuestras rodillas casi se rozaban por debajo de la mesa.

Joyce entrelazó los dedos sobre la madera de la mesa y me dedicó una sonrisa suave, de esas que reservaba para las distancias cortas, desprovista de cualquier máscara para el público.

—Me alegra ver que estás mejor —dijo. Su voz sonó cálida, limpia de reproches, pero con una sutil línea de contención que solo yo supe descifrar.

Arthur y Camila se giraron hacia nosotros con una sonrisa, contagiados por la aparente normalidad del reencuentro.

En mi pecho, sin embargo, el aire pesaba de otra manera.

Sostuve su mirada fija, agradeciendo en silencio su discreción.

Sabía perfectamente a qué se debía esa pequeña barrera invisible: se había enterado de mi regreso por sus padres la noche anterior, tras nuestros mensajes cruzados, y esta mañana la había bombardeado a invitaciones improvisadas sin darle una sola explicación coherente.

—Sí, bastante mejor, gracias —respondí, forzando un tono tranquilo mientras buscaba sus ojos—. Llegué hace un par de noches, pero necesitaba asimilar el bache antes de salir de casa. Mi terapeuta insistió en que volviera a las raíces.

Joyce asintió despacio, con un gesto de absoluta comprensión. No había rabia en sus facciones; solo esa cautela natural de quien intenta protegerse mientras el terreno que pisa vuelve a temblar.

—Has hecho bien. Este sitio siempre cura —añadió ella con suavidad, dándole un pequeño sorbo a su vaso de sidra.

—Pues ha elegido el mejor momento para regresar, desde luego —intervino Camila, apoyando los codos en la mesa con entusiasmo—. Aunque a Joyce la vamos a disfrutar muy poco esta vez. ¡Que se nos va a coordinar los BAFTA!

—Bueno, solo como asistente —rectificó ella.

—Da igual, por ahí se empieza —señalé—. Me alegro mucho.

El anuncio me obligó a enderezar la espalda en el banco, que disimulé con la calidez de mis palabras.

Ella también había omitido esa información.

Estábamos empatados. La miré de golpe, pero Joyce mantuvo la vista fija en la mesa, concentrada en trazar círculos imaginarios con el dedo sobre la condensación del cristal de su pinta.

Aquel piso vacacional de Londres, la tregua que habíamos construido en su cocina, la noche del hotel...

todo se desvanecía a marchas forzadas de su horizonte.

Arthur soltó una carcajada limpia y ruidosa, rompiendo el hechizo que nos mantenía aislados del resto del pub.

—Pues con más razón hay que celebrar. ¡Steven, mueve el culo con esas cervezas! —gritó.

Steven llegó por fin a la mesa portando una bandeja de madera cargada de pintas que golpearon la superficie con un sonido sordo.

El ambiente en el reservado se transformó de inmediato en una celebración ruidosa, pero para mí el espacio seguía reducido a los pocos centímetros que me separaban de Joyce.

Tenía el cuerpo en tensión, rígido sobre el banco del pub.

Verla allí, tan cerca y a la vez inaccesible tras la barrera invisible que había colocado entre los dos, me provocaba una necesidad física que me costaba horrores disimular.

Contemplé de reojo la curva de su cuello, la forma en que se mordía el labio inferior al escuchar a Camila y cómo se le escapaba una pequeña risa sincera con alguna ocurrencia de Anne.

Deseaba estirar la mano por encima de la mesa, rozar sus dedos con los míos, recordarle el calor de nuestro abrazo de hacía apenas unas noches y borrar de un plumazo esa distancia tan educada que me estaba matando.

La quería a mi lado. La quería en mi cama.

La quería en mi vida, sin contratos de por medio ni fechas de mudanza a la vista.

Sin embargo, Arthur me sacó de mis pensamientos de un guantazo en el hombro.

—Venga, Aiden, suelta algo —insistió, dándole un trago largo a su cerveza—. Nos tienes en ascuas. ¿Es verdad lo que dicen los medios de que el vestuario del Kingsford es una fiesta constante? ¿Qué tal las modelos que van a los palcos VIP?

—Eso, cuenta —se sumó Steven, apoyando los codos en la mesa con los ojos abiertos—. El otro día leí que tu delantero centro sale con una actriz francesa y que las celebraciones en su mansión son de película. ¿Te dejas caer mucho por allí o qué?

De reojo, noté cómo Joyce se tensaba de inmediato.

Cambió de postura en el banco, fijó la mirada en su vaso de sidra y su mandíbula se apretó de una forma que delataba su incomodidad más absoluta.

Odiaba ese mundo. Odiaba la superficialidad, la prensa rosa y todo el circo que rodeaba a la Premier League; el mismo circo que seis años atrás nos había destrozado.

Al ver su reacción, decidí cortar el tema de raíz. No iba a permitir que se sintiera fuera de lugar por culpa de las fantasías de los chicos.

—No os creáis ni la mitad de lo que publica la prensa, de verdad —respondí, forzando una sonrisa ligera mientras negaba con la cabeza—.

La mayoría de los días terminamos tan reventados después de los entrenamientos que lo único que hacemos es ir directos a casa a jugar a la consola o a dormir.

El vestuario es mucho más aburrido de lo que imagináis.

Y sobre las fiestas... os aseguro que prefiero mil veces una tarde de tranquilidad aquí que cualquier discoteca de Mayfair.

Joyce levantó la vista despacio y me miró. En sus ojos ya no había barreras, solo una chispa de gratitud silenciosa por haber desviado el golpe. Sabía perfectamente por qué lo había hecho.

La conversación derivó entonces hacia temas más locales: los arreglos del campo del pueblo, las novedades del trabajo de Arthur y los planes de Camila. A pesar de la distensión general, yo permanecí alerta, midiendo cada segundo, esperando el momento de la despedida.

Casi una hora después, el grupo comenzó a dispersarse.

Arthur y Camila se marcharon primero alegando que tenían que preparar la cena, y Steven se quedó un rato más charlando con el camarero en la barra.

Anne se adelantó unos pasos para salir al aparcamiento del pub, dejándonos a Joyce y a mí un par de metros por detrás en el pasillo de salida.

El aire frío de la noche nos golpeó de lleno al cruzar el umbral. Joyce se encogió dentro de su chaqueta, buscando calor, y caminó con paso rápido hacia el coche de su amiga.

No la dejé marchar. Aceleré el paso, recortando la distancia entre los dos hasta colocarme justo a su lado.

Aprovechando la penumbra del lateral del edificio y que los demás estaban distraídos, me incliné hacia ella.

Sentí el aroma a vainilla mezclado con el frescor de la noche e invadí su espacio personal, lo suficiente como para que mi pecho rozara ligeramente su hombro.

—Tenemos que hablar —le dije al oído. Mi voz sonó como un susurro bajo, cargado de una urgencia contenida que me raspó la garganta—. Por favor, Joyce. A solas. No me voy a marchar de aquí sin hablar contigo.