Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Joyce

El traqueteo del tren contra las vías marcaba el ritmo de mi regreso. Contemplé a través de la ventanilla cómo el paisaje gris, industrial y acelerado de los suburbios de Londres se transformaba de manera gradual en extensiones de campos verdes, colinas suaves y cielos abiertos. Volvía a casa.

Los últimos días en la capital habían sido un auténtico torbellino.

La agencia de comunicación e imagen me citó en sus oficinas centrales justo al terminar la Fashion Week.

Entré a la reunión con el estómago encogido, pero salí de allí flotando.

Los directivos se mostraron entusiasmados con mi rendimiento; valoraron mi capacidad para gestionar las crisis bajo presión y mi ojo para la estética.

Tanto fue así que me pusieron sobre la mesa una propuesta que me dejó sin habla: querían encargarme la coordinación integral del despliegue de imagen y prensa para los próximos Premios de Cine de la Academia Británica, los BAFTA.

Un evento gigantesco que paralizaba la ciudad.

Acepté enseguida, sin dudarlo un solo segundo. Era la oportunidad de mi vida.

Me dieron quince días de margen antes de incorporarme de manera oficial al nuevo puesto.

Aproveché esa ventana de tiempo para solucionar mi mayor quebradero de cabeza en Londres: la vivienda.

Tras varias visitas exprés, logré cerrar el contrato de alquiler de un apartamento pequeño pero acogedor en pleno centro, a apenas diez minutos a pie de las oficinas principales de la agencia.

El espacio ideal para olvidarme por completo de las aglomeraciones del metro.

Como la entrega de llaves no se haría efectiva hasta una semana después, tomé una decisión logística: cancelé mi estancia en el piso de alquiler vacacional, preparé las maletas y saqué un billete de tren hacia el pueblo.

Necesitaba esos días en casa de mis padres para organizar las cajas con tranquilidad, seleccionar la ropa y planificar la mudanza definitiva a mi nuevo hogar.

Aparqué mis cosas en la entrada de la casa familiar, donde mis padres me recibieron con los brazos abiertos y un orgullo desbordante, como si regresara de conquistar el mundo. Para ellos, ver que su hija se abría camino en las altas esferas de Londres era el mayor de los triunfos.

Durante la cena, entre risas y anécdotas sobre los desfiles, mi madre dejó los cubiertos sobre el plato y me miró con complicidad.

—¿A que no sabes quién está también aquí en el pueblo?

—¿Quién? —pregunté, mientras pinchaba un trozo de verdura sin darle demasiada importancia.

—Aiden —respondió mi padre—. Llegó hace unos días. Al parecer le han dado un descanso en el club por unos problemas físicos y ha venido a desconectar.

Un calor súbito me recorrió el cuello y me sonrojé hasta la raíz del pelo. Supe que mis mejillas ardían por la forma en que mi madre entrecerró los ojos, divertida. Intenté disimular con un trago largo de agua, pero el estómago se me tensó de inmediato.

«¿Aiden estaba aquí?».

La indignación sustituyó al bochorno en cuestión de segundos.

Habíamos cruzado mensajes casi todos los días desde su crisis de pánico.

Eran textos cortos, distantes, pero constantes, solo para comprobar que él se encontraba bien y que sus sesiones con Graham avanzaban por buen camino.

No nos habíamos contado grandes detalles de nuestras rutinas, de acuerdo, pero consideraba que el hecho de hacer las maletas y regresar al pueblo era una noticia lo bastante importante como para mencionarla. ¿Por qué demonios se lo había callado?

Me acosté esa noche con un humor de perros, molesta con él y sin entender en absoluto su actitud evasiva.

Me parecía absurdo que jugara al misterio a estas alturas.

«Eso por poner tanta distancia, ¿no le dijiste que te dejara en paz?

Pues eso ha hecho», decía la voz incordio de mi cabeza.

Di un par de vueltas en la cama de mi antigua habitación, contemplando el techo, hasta que la frustración me obligó a coger el teléfono de la mesilla.

Tecleé deprisa, sin filtrar las palabras:

Me han dicho que estás en el pueblo.

La respuesta tardó apenas un minuto en llegar, iluminando la oscuridad del dormitorio.

Aiden:

Sí. Graham y el club me han dado permiso para relajarme aquí unos días. Haciendo vida tranquila. Es parte de mi terapia.

Me incorporé sobre las almohadas, apretando los dientes ante la sobriedad de su mensaje. No se había disculpado, ni había mostrado sorpresa. Deslicé los dedos sobre la pantalla y respondí de manera cortante:

Yo también estoy aquí.

Bloqueé el móvil con fuerza y lo dejé boca abajo sobre el colchón. El tablero de Londres se había trasladado por completo a las calles estrechas y los bosques de nuestra infancia, y esta vez ninguno de los dos tenía una coartada para esconderse.

A la mañana siguiente, el despertador me devolvió a la realidad del pueblo, una realidad mucho más lenta y silenciosa que las mañanas aceleradas de Londres.

Había quedado con Anne para tomar un café por la tarde, justo cuando ella saliera de trabajar, así que decidí aprovechar las horas de la mañana para adelantar la mudanza.

Me enfoqué en las cajas de cartón que había dejado amontonadas en un rincón de la casa de mis padres, cerradas con cinta de embalar desde que regresé de Liverpool.

Verlas allí, con mi propia letra descolorida especificando el contenido, me produjo un pellizco de nostalgia.

Me senté en el suelo de mi habitación y me pasé horas abriéndolas y clasificando mi vida: qué merecía la pena llevarse a mi nuevo piso de Londres, qué se quedaba guardado en el pueblo y qué iba directo a la basura.

Encontré libretas de la carrera, carpetas con recortes de prensa de mis primeras prácticas y todo el menaje que compré cuando me fui.

Durante todo el proceso, tomé una decisión drástica: mantuve el móvil completamente apagado.

No quería distracciones, pero, sobre todo, no quería la tentación de mirar la pantalla cada cinco minutos para comprobar si Aiden había respondido a mi último mensaje de la noche anterior.

Si él quería jugar al misterio, yo sabía jugar a la indiferencia.

A las cuatro de la tarde, me duché y me vestí para ir a buscar a Anne. Justo antes de salir por la puerta, encendí el teléfono por si ella me había escrito para cambiar la hora o el lugar del encuentro.

La pantalla se iluminó y comenzó a vibrar, pero las notificaciones no eran de Anne. Eran de él.

Aiden me había enviado varios mensajes a lo largo de la mañana, todos con una distancia de un par de horas, invitándome a unirme a los distintos momentos de su nueva rutina de desconexión.

Aiden

Voy a dar un paseo por el bosque con el perro de mi hermano. Por si te apetece caminar.

Ahora me voy un rato junto al río. Graham me ha mandado hacer unos ejercicios de meditación y respiración aquí. Se está bien.

Un poco de carrera y algo de deporte antes de que caiga el sol. Avísame si estás libre.

Me quedé mirando los textos con el bolso colgado al hombro y las llaves en la mano.

Sentí una punzada de alivio en el estómago por haber decidido tener el teléfono apagado.

Me alegré muchísimo porque gracias a eso no había visto esos mensajes a tiempo; de haberme ahorrado el debate mental de si debía ir o no, y, sobre todo, de no haber tenido que rechazarlo activamente.

Verlo intentar encajarme en sus planes de recuperación me resultaba tierno, pero a la vez me recordaba que la distancia que yo misma había impuesto seguía siendo necesaria.

Él estaba intentando sanar, y yo estaba intentando no enredarme.

Guardé el móvil en el bolsillo de la chaqueta, respiré hondo el aire limpio del pueblo y salí a la calle.

Caminar por las aceras de siempre, cruzarme con vecinos que me saludaban por mi nombre y enfilar el camino hacia el pub me ayudó a sacudirme la sombra de Aiden de la cabeza.

Al menos por unas horas, solo iba a ser Joyce, la amiga de Anne, rememorando los viejos tiempos y celebrando mi nuevo contrato en Londres. El resto del mundo podía esperar.

El White Horse no había cambiado absolutamente nada desde nuestros años de instituto.

El pub mantenía ese olor característico a madera vieja, cerveza derramada y chimenea de turba que te envolvía nada más cruzar la puerta.

Las paredes de piedra vista estaban decoradas con fotos en blanco y negro del equipo local de rugby de los años ochenta y el suelo de parqué crujía bajo mis botas con un sonido familiar y reconfortante.

A esa hora de la tarde, el ambiente era el típico de un martes: cuatro vecinos de siempre acodados en la barra discutiendo sobre el clima, el camarero limpiando vasos con un trapo gris y una luz mortecina que entraba por las ventanas emplomadas, tiñendo el lugar de un tono dorado y nostálgico.

Anne me esperaba en el reservado del fondo, junto a la ventana. En cuanto me vio, se levantó de un salto y me rodeó el cuello con los brazos, aplastándome contra su jersey de lana de ochos. Olía a su perfume de siempre, a hogar.

—¡Mírate! —exclamó al separarse, escaneándome de arriba abajo con una sonrisa enorme—. Traes el brillo de la gran ciudad en la cara. Definitivamente, Londres te sienta de maravilla.

Nos sentamos y pedimos dos pintas de sidra. No tardé ni cinco minutos en soltarle la bomba de los BAFTA. Anne ahogó un grito, llamando la atención de los señores de la barra, y me agarró las manos por encima de la mesa de madera desgastada.

—¡No me lo puedo creer, Joyce! ¡Los BAFTA! Dios mío, vas a codearte con toda la élite del cine. Sabía que lo conseguirías, estaba cantado que esa agencia no te iba a dejar escapar.

—Tengo unos días para organizar la mudanza definitiva —le conté, saboreando el primer trago de sidra, que me supo a gloria—.

Ya he cerrado el alquiler de un piso pequeño en el centro.

Está cerca de las oficinas, así que podré ir caminando y olvidarme del metro de una santa vez.

Me entregan las llaves la semana que viene, por eso he venido a hacer cajas y a desaparecer del mapa unos días.

Anne me miró fijamente, apoyando la barbilla en las manos. Su expresión cambió en un segundo; esa chispa de alegría dio paso a una mirada analítica que me conocía demasiado bien.

—¿A desaparecer del mapa... o a huir de cierta estrella de la Premier League? —soltó con una ceja levantada.

Resoplé, dejando la pinta sobre la mesa con más fuerza de la cuenta.

—Él está aquí, Anne. Llegó hace un par de días. Mis padres me lo soltaron anoche en la cena como si tal cosa.

—Lo sé —asintió ella, suavizando el tono—. En el pueblo no se habla de otra cosa. Dicen que está lesionado, pero la gente murmura que se le veía demasiado tenso últimamente en los partidos. ¿Has hablado con él?

—Me ha frito a mensajes toda la mañana. Que si un paseo por el bosque, que si meditar en el río...

—negué con la cabeza, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso solo de recordarlo—.

Tuve el móvil apagado mientras hacía limpieza de cajas y me alegré de no haberlo visto a tiempo.

No quiero líos, Anne. Se lo dejé muy claro en Londres antes de venir.

Su mundo y el mío no encajan, y ahora que tengo este proyecto de los BAFTA y mi piso nuevo, no pienso dar un paso atrás.

Me voy a marchar definitivamente. Lo nuestro es pasado.

Anne suspiró, estirando el brazo para darme un apretón cariñoso en los dedos.

—Te estás protegiendo, y lo entiendo perfectamente, Joyce. Pero ten cuidado de que ese muro tuyo no sea tan alto que te impida ver lo que realmente pasa. Aiden nunca ha sido de los que tiran la toalla fácilmente cuando algo le importa. Y nunca ha dejado de quererte.

—Pues va a tener que aprender a vivir sin mí, que no se le ha dado nada mal estos seis años, Anne. Si tanto me quería, ¿por qué desapareció? —sentencié, convencida de mis propias palabras.

Justo en ese momento, la campana de latón que colgaba sobre la puerta del pub tintineó, anunciando nuevos clientes.

Una ráfaga de aire frío de la tarde se coló en el local, agitando las cortinas de terciopelo rojo.

El murmullo habitual del White Horse se cortó de golpe, sustituido por el sonido de unas risas masculinas y ruidosas que llenaron el espacio al instante.

Giré la cabeza por puro instinto, con la taza de sidra a medio camino de los labios.

La silueta de Steven cruzó el umbral primero, seguido de Arthur y Camila. Pero mi mundo se detuvo por completo cuando la figura que iba detrás dio un paso hacia el interior del pub.

Era Aiden.

Vestía unos vaqueros oscuros y una sudadera negra con capucha que le enmarcaba las facciones, haciéndolo parecer más joven, más parecido al chico del que me había enamorado a los dieciséis años.

Llevaba las manos metidas en los bolsillos y el pelo rubio ligeramente alborotado por el viento.

Se estaba riendo de algo que Steven acababa de decir, una risa limpia y relajada que no le había visto en meses.

Entonces, como si una fuerza magnética tirara de él, Aiden levantó la vista y recorrió el pub con los ojos.

Nuestras miradas se cruzaron en mitad del reservado.

La risa se le borró de los labios en un pestañeo, y sus ojos verdes se abrieron con una mezcla de sorpresa y una intensidad tan brutal que me dejó sin respiración.

Se quedó estático bajo el marco de la puerta, ignorando por completo que sus amigos seguían avanzando hacia la barra.

Si reaccionara así en la portería, le encajarían todos los goles.

Anne carraspeó a mi lado, pero yo ya no podía escuchar nada. Aiden nos había visto, y la distancia que yo tanto había ensayado se desmoronó antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.