Capítulo 23
Aiden
Salir del apartamento de Joyce fue como desabrocharse el chaleco salvavidas en mitad de alta mar.
Antes de marcharme, me enfundé de nuevo en la ropa del día anterior con la idea fija de cambiarme en el club por una equipación limpia nada más llegar.
A Joyce la llamaron de la agencia y tuvo que irse a una reunión, justo cuando le iba a pedir que me acompañase.
El trayecto en coche hasta la clínica privada del Kingsford se me hizo eterno.
Conduje en un silencio sepulcral. Mantuve las manos firmes en el volante, pero fijé la mente en el olor a vainilla y café que impregnaba la tela gris de mi vieja camiseta.
Su abrazo en la cocina me devolvió a la vida, pero el peso del mundo real cayó sobre mis hombros en cuanto entré en la zona norte de Londres, donde estaba la ciudad deportiva del Kingsford.
Seguí las instrucciones de Olivia al pie de la letra.
Crucé la barrera de seguridad trasera, esquivé la entrada principal donde los periodistas ya hacían guardia tras mi desaparición de la noche anterior, y bajé la rampa del garaje subterráneo.
El espacio de hormigón gris se descubrió frío y aséptico ante mí.
Allí me esperaba Graham apoyado contra la pared y con una expresión seria que no auguraba nada bueno. Al verme bajar del coche con las ojeras marcadas y la cara de haber dormido tres horas, exhaló un suspiro largo.
—Tienes mejor voz que la de las tres de la mañana —dijo a modo de saludo, al tiempo que me daba una palmada firme en la espalda—. Entremos antes de que baje alguien de la directiva. El jefe médico nos espera arriba.
El centro de alto rendimiento del Kingsford parecía un hospital de la NASA. Pasillos blancos, luces LED impecables y un olor a desinfectante que me revolvió el estómago. Aquí yo no era una persona; era una máquina de precisión que costaba demasiado dinero si permanecía parada.
La evaluación duró casi una hora. Análisis de sangre para descartar cualquier problema físico, medición de niveles de cortisol, electrocardiograma y, finalmente, la ronda de preguntas en el despacho del doctor Evans.
Graham ocupó el asiento a mi lado e intervino cada vez que las preguntas del médico se volvieron demasiado incómodas.
—Los niveles de estrés están por las nubes, Aiden —concluyó el doctor Evans, mientras se ajustaba las gafas con la vista fija en los gráficos de la pantalla—.
Físicamente eres un toro, estás perfecto, pero tu sistema nervioso ha dicho basta.
El episodio de anoche fue una respuesta clásica de saturación.
Si te meto el sábado bajo los palos contra el Chelsea, te rompes del todo.
Y no nos podemos permitir una baja de larga duración.
—No voy a romperme —repliqué. La vieja arrogancia del portero titular intentó asomar la cabeza, aunque me sonó falsa incluso a mí—. Fue un momento de debilidad. Un mal partido.
—No juegues conmigo, chico —me cortó Evans con firmeza, pero sin malicia—.
Graham me ha pasado tu historial de la academia.
Sabes perfectamente lo que hay. El club va a emitir un comunicado oficial con el informe de que has sufrido una "microrrotura en el abductor" durante el entrenamiento.
Te da la coartada perfecta ante la prensa y te compra diez días de margen.
Diez días de baja médica total. Sin entrenamientos con el grupo, sin ruedas de prensa, sin cámaras.
Miré a Graham. Él asintió levemente con la cabeza.
—Es lo mejor, Aiden —intervino mi psicólogo, con un tono más suave—.
Necesitas resetear. Tienes diez días para limpiar la cabeza, trabajar conmigo en las sesiones y bajar las revoluciones.
Si te presionamos ahora para volver al césped, el próximo ataque te dará en mitad de un partido televisado, y eso no lo quiere nadie.
Firmé los papeles de la baja con una mezcla extraña de sensaciones: una parte de mí experimentó una vergüenza espantosa por bajarse del barco en mitad de la temporada, pero la otra, la que todavía guardaba el calor del abrazo de Joyce, obtuvo un alivio inmenso.
Diez días de tregua. Diez días de silencio.
Al salir de la clínica por el mismo garaje subterráneo, el teléfono personal me vibró en el bolsillo. Lo saqué con la idea de que sería otra bronca de mi agente o un mensaje de Ethan, pero el nombre en la pantalla detuvo mi pulso de golpe.
Joyce .
¿Ha ido bien en el médico? Dime que estás bien, por favor.
Me detuve junto a la puerta del coche con los ojos clavados en la pantalla, que parpadeaba bajo la luz fluorescente del parking.
Por primera vez en seis años, el mundo del fútbol me obligaba a parar, y la única persona que esperaba al otro lado para recoger las piezas rotas era la misma que me había prometido no volver a caer por mí.
Esbocé una sonrisa cansada pero real, y empecé a teclear.
Miré el cursor parpadear en la pantalla. Borré tres respuestas antes de decidirme por la definitiva. No quería agobiarla, ni que pensara que utilizaba mi colapso para retenerla a la fuerza. Tenía que respetar la distancia que me había pedido en la cocina, por mucho que me desgarrara las entrañas.
Todo bien. Me han dado diez días de baja médica por una supuesta lesión. Graham dice que necesito limpiar la cabeza. Gracias por lo de esta mañana, Joyce. De verdad. No sé qué habría hecho si no me abres esa puerta.
Guardé el teléfono en el bolsillo del chándal, subí al coche y arranqué el motor. El rugido del vehículo reverberó en las paredes de hormigón del garaje.
Mientras conducía de vuelta a la casa que compartía con Ethan, el estómago se me aflojó un poco.
Al menos no me tocaba enfrentarme a cuatro paredes vacías en mitad de ese silencio sepulcral.
Sabía que Simon llamaría en cualquier momento para coordinar la mentira de la lesión con los medios, y que el propio Ethan aparecería por la puerta en cuanto terminara el entrenamiento del día para comprobar de primera mano que no seguía al borde del abismo.
Cumpliría con el protocolo, iría a las sesiones con Graham y me tragaría el orgullo.
Haría todo lo necesario para no volver a perder el control de mi propia mente.
Llegué a la vivienda, dejé las llaves sobre la mesa de la entrada y subí directo a mi habitación antes de que Ethan regresara. Necesitaba un momento de aislamiento total. Me deshice de la ropa de chándal sucia y, antes de meterme en la cama, miré el teléfono personal.
Busqué el contacto de mi madre. Dudé un par de segundos con el dedo suspendido sobre la pantalla, pero la necesidad de escuchar una voz que me recordara de dónde venía fue más fuerte que mi orgullo.
Pulsé el botón de llamada. Respondió al segundo tono.
—¿Aiden? Hijo, vi el partido anoche... —Su voz llegó cargada de esa preocupación instintiva que solo las madres tienen—. ¿Cómo estás? Te noté rarísimo en la televisión.
—Estoy bien, mamá. Bueno, más o menos —tragué saliva, buscando las palabras exactas—. El club me ha dado diez días de baja. Dicen que es una sobrecarga, pero en realidad Graham me ha ordenado parar. Necesito limpiar la cabeza.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, un suspiro lleno de comprensión.
—¿Otra crisis de ansiedad?
—Sí, pero no puedes decirlo a nadie.
—¿Qué necesitas, mi cielo? ¿Puedo hacer algo? ¿Quieres que vaya? Puedo cogerme unos días libres…
—¿Me acogeríais unos días en el pueblo? —solté de golpe, y sentí un alivio inmenso solo por verbalizarlo—.
Necesito huir de Londres, mamá. Necesito pasear por el bosque sin que nadie me mire, comer tu comida casera, dormir en mi cama de siempre, leer delante de la chimenea...
volver a ser alguien sencillo por un par de días. ¿Os viene bien?
—¿Pero qué pregunta es esa? Esta es tu casa, Aiden. Siempre lo va a ser —la firmeza en su tono me templó los huesos—. Vente cuando quieras. Te prepararé tu habitación y haré ese estofado que tanto te gusta. Olvídate de la Premier League unos días, ven a respirar aire puro.
—Gracias, mamá. Hablo con Graham para organizar las sesiones a distancia y salgo para allá mañana. Te quiero.
Al colgar, me metí bajo el edredón con el cuerpo extrañamente ligero, despojado por fin de la obligación de ser perfecto el próximo sábado. El plan de regresar al norte me dio una paz que no recordaba haber sentido en años.
Justo cuando cerraba los ojos, el teléfono vibró sobre la mesilla. Lo agarré con rapidez.
Joyce .
Me alegro de que te den ese tiempo. Lo necesitas. Aprovecha para descansar.
Dejé caer el móvil contra mi pecho y clavé la vista en el techo blanco del dormitorio.
No había promesas en sus palabras, ni invitaciones, pero el simple hecho de que se preocupara por mi salud después de todo fue suficiente para calmar el runrún de mi cabeza.
Ella seguía ahí, en la misma ciudad, respirando el mismo aire frío de Londres.
Con eso, y con la perspectiva de volver a pisar las calles de mi pueblo, me bastaba para empezar a recomponer las piezas.
Aunque en el fondo de mi corazón, deseaba pasar ese tiempo con ella.
Cerré los ojos con el cuerpo laxo por el cansancio y, por primera vez en meses, el aire entró en mis pulmones sin quemarlos.