Capítulo 22 #2
—¿Joyce? Hola, soy Olivia, del departamento de prensa del Kingsford, ¿me recuerdas?
—se dirigía a mí con una educación impecable y un tono profesional que me hizo levantar las defensas al instante—.
Siento mucho molestarte en tu domicilio privado.
Graham nos ha informado de la situación de Aiden.
Necesito que, por favor, procures que vaya a la clínica del club entre las doce y las dos de la tarde.
El médico y el equipo de salud mental lo estarán esperando por la entrada privada del garaje.
No podemos permitir que ningún fotógrafo lo vea entrar en ese estado.
¿Podemos contar contigo para asegurarte de que asista?
—Él sabe que tiene que ir —respondí, intentando mantener la voz firme—. Yo misma se lo recordaré. No te preocupes.
—Por lo visto tuvo algunos episodios cuando estaba en la residencia, a poco de entrar en el equipo; yo no lo conocía aún. Desde que está en el primer equipo no ha tenido ninguna crisis. Es un buen jugador, todo irá bien.
—Gracias, Olivia.
Cuando colgamos, respiré hondo y caminé hacia el salón.
Aiden ya estaba despierto. Lo vi sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, sosteniéndose la cabeza.
Miré el reloj de la pared: las diez y media de la mañana.
Había dormido casi tres horas seguidas, un sueño pesado y sin interrupciones que parecía haberle devuelto un poco de color a las mejillas, aunque sus ojos seguían cargados de una fatiga inmensa.
—Hola —susurró, levantando la vista hacia mí. Su pelo rubio estaba alborotado y la camiseta gris le caía ligeramente por un hombro—. Lo siento.
—Hola. He preparado el desayuno —dije, señalando la cocina con la cabeza mientras intentaba mantener una distancia prudencial. No podía dejar que me ablandara más de lo que ya estaba.
Él hizo el amago de levantarse, abriendo la boca para decir algo, probablemente para disculparse por irrumpir de esa manera o para darme las gracias, pero lo corté antes de que la primera palabra saliera de sus labios.
Necesitaba poner las cartas sobre la mesa antes de que la química nos volviera a traicionar.
—Antes de que digas nada, Aiden —empecé, con los brazos cruzados y apoyándome en el marco de la puerta del salón—, tienes que saber que ha llamado la jefa de prensa del Kingsford.
Me ha pedido que te recuerde lo del médico.
Tienes que estar en la clínica entre las doce y las dos de la tarde.
Graham ya lo ha organizado todo con la directiva.
Él tensó la mandíbula y asintió lentamente, dejando caer los hombros.
—Y otra cosa —continué, y sentí cómo se me formaba un nudo en la garganta al ver lo vulnerable que se mostraba—.
Lo que ha pasado esta noche... sé que estás mal, y me alegro de haber estado aquí para ayudarte, pero esta situación es muy rara, Aiden.
Esto no cambia las cosas. Yo sigo pensando exactamente lo mismo que te dije el otro día en casa de Seb.
Tu mundo no es el mío, y no voy a volver a dejar que me rompas por la mitad solo porque ahora las cosas se hayan vuelto difíciles para ti.
Aiden me miró desde el sofá, en silencio, y la intensidad de sus ojos verdes me quemó la piel.
No se defendió, no contraatacó; simplemente se quedó allí, asimilando el golpe de mis palabras mientras el segundero del reloj seguía corriendo, recordándonos que el tiempo en nuestro pequeño oasis de tregua se estaba agotando.
Aiden no se movió del borde del sofá, pero sus ojos verdes se clavaron en los míos con una fijeza que me erizó la piel.
—¿Sabes que no es la primera vez? —soltó de pronto, con una voz tan baja y áspera que casi costaba oírla.
Descruzo los brazos lentamente, sosteniendo el peso de su revelación.
—Eso me ha dicho Olivia —respondí, intentando que mi tono sonara neutro, aunque por dentro el corazón me había dado un vuelco.
Me di la vuelta y caminé hacia la cocina para terminar de preparar el desayuno, necesitaba desesperadamente romper el contacto visual y hacer algo con las manos.
Sin embargo, escuché sus pasos silenciosos y descalzos siguiéndome.
Aiden entró en el espacio reducido de la cocina y se sentó en una de las banquetas de la barra.
Coloqué el plato con las tostadas y las tazas sobre la encimera.
En cuanto me quedé quieta frente a él, Aiden empezó a hablar.
Hablaba sin parar, como si hubiera abierto una presa que llevaba años conteniendo el agua, con una urgencia atropellada que no tenía nada que ver con su habitual parsimonia.
—Cuando llegué a Londres me sentí muy solo, Joyce —confesó, mirando fijamente sus manos apoyadas en la madera—.
Era un crío. El club lo controlaba todo.
No me dejaban el móvil cuando yo quisiera, solo nos lo daban ratos sueltos y prácticamente solo para llamar a mi madre.
Estaba aislado. Varias veces llamé a casa llorando, diciéndole que quería volver, que no aguantaba más, y ella me decía que aguantara, que era la oportunidad de nuestra vida para cumplir mi sueño.
Una tarde, después de un entrenamiento salvaje en el que nos habían exprimido al máximo, llegué a la habitación de la residencia y caí desplomado en la cama.
Me quedé mirando las cuatro paredes del cuarto...
y de repente pensé: «¿Qué coño hago aquí?
». Sentí que las paredes empezaron a acercarse a mí, que el techo bajaba.
Me ahogaba, Joyce. Me dio una crisis de pánico tremenda.
Se le cortó la voz un segundo, tragó saliva con dificultad antes de continuar a revivir el horror de aquel recuerdo.
—Entró un compañero en ese momento al oírme gritar desde el pasillo.
Yo estaba en el suelo, completamente fuera de mí, y me llevaron a la enfermería del club a toda prisa.
Me moría de vergüenza —admitió, levantando la vista hacia mí, con los ojos empañados—.
Pensaba que no era digno de estar ahí, que era un débil, y a la vez solo quería mandar todo a la mierda y volver al pueblo.
Quería la vida sencilla de siempre, con vosotros...
contigo. Te echaba de menos y no podía decírtelo porque ni siquiera me dejaban tocar el puto teléfono.
Graham empezó a tratarme a partir de ese día.
Él me enseñó a respirar, a entender lo que me pasaba y me ayudó a salir de todo eso.
Me quedé helada, con la cafetera a medio limpiar en la mano. Lo miré, asimilando la brutalidad de lo que me estaba contando.
—Aiden... yo no tenía ni idea. Pensaba que estabas viviendo un sueño —conseguí articular. Un pinchazo de culpabilidad por todos los años que me había pasado guardándole rencor sin saber el infierno que cruzaba en la distancia, se me clavó en el pecho.
—Es lo que el club vende hacia fuera —siguió él, sin detenerse, desesperado por hacerme entender—.
Dices que este mundo de lujo y focos no es para ti...
Joyce, es que para mí tampoco lo es. Mírame.
¿Crees que me importa todo esto? No tengo redes sociales propias, no me he hecho ni un solo tatuaje para encajar con el perfil de futbolista moderno, no voy a fiestas VIP salvo las que son estrictamente obligatorias por contrato o por patrocinio.
Yo solo quiero jugar al fútbol. Amo estar bajo los palos, amo el juego, pero a la vez quiero una vida sencilla en cuanto salgo de un estadio.
Sé que es difícil compaginar las dos cosas, sé que el entorno empuja hacia el otro lado, pero sé que es posible si tengo un anclaje real.
Algunos se dejan llevar por todo lo que les trae el dinero y la fama, pero hay muchos otros que llevan una vida normal.
Yo quiero ser de los segundos y por eso sigo viendo a Graham, para no perderme.
Sus palabras flotaron en el aire de la cocina.
No sabía qué decir. Me quedé completamente desarmada, atrapada en una encrucijada emocional terrible.
Por un lado, me sentía más cerca de él que nunca en los últimos seis años; el Aiden del pueblo, el chico real al que yo había amado, estaba ahí mismo, desnudándose emocionalmente en mi cocina.
Pero, por otro lado, el miedo seguía arañándome por dentro.
El miedo a confiar, el miedo a que la maquinaria de la Premier League volviera a engullirlo y me dejara a mí abandonada otra vez, esperando a un Aiden que nunca iba a llegar.
Lo miré fijamente. Vi el temblor en sus dedos, la súplica silenciosa en su mirada y la necesidad imperiosa de comprensión que emanaba de cada poro de su piel.
Dejé lo que tenía en las manos, rodeé la barra de la cocina y me acerqué a él. Aiden no se movió, solo me observó con el pecho agitado. No pensé en el futuro, ni en el pasado, ni en lo que pasaría a las doce cuando fuera al médico. Simplemente abrí los brazos y lo abracé.
Me subí un poco en el taburete para envolver su cuello con mis brazos, pegando su cabeza contra mi pecho.
Aiden reaccionó al instante, rodeando mi cintura con una fuerza casi agónica, escondiendo el rostro en mi cuello mientras exhalaba un suspiro tembloroso.
Sabía que en esos momentos eso era exactamente lo que necesitaba.
Sobraban los reproches, los consejos, y que le dijeran cómo parar un gol.
Solo necesitaba sentirse querido por ser él.
Sin focos, sin contratos, sin sesenta mil personas juzgándolo.
Solo Aiden, el chico flacucho con el que pasaba las tardes junto al río, el que me abrazaba y disfrutaba del fútbol cada tarde.
Aiden, hecho un hombre refugiado en mi regazo. Mi Aiden.