Capítulo 22
Joyce
El zumbido del timbre rasgó el silencio del apartamento con la violencia de una alarma de incendios.
Di un respingo en la cama, con el corazón golpeándome con tanta fuerza las costillas que me dejó sin aliento.
Me había quedado dormida apenas una hora antes, en ese duermevela tenso y fragmentado en el que las pesadillas se mezclan con la realidad.
Alargué la mano hacia la mesilla para mirar el reloj: las seis de la mañana.
El terror de la noche anterior me inundó de golpe. Pensé en Aiden, Ethan, en Anne... Pensé en un coche estrellado en una cuneta, en una llamada de la policía, en lo peor. Me eché una manta por encima de los hombros y corrí descalza por el pasillo, con las piernas temblándome de puro pánico.
No miré por la mirilla. Abrí la puerta de golpe, dispuesta a encajar el golpe de la peor noticia de mi vida.
Pero era él.
Aiden estaba apoyado contra el marco de la puerta, con la cabeza baja.
Tenía la gorra en la mano, el pelo rubio completamente empapado y pegado a la frente, y los hombros hundidos bajo un abrigo oscuro cubierto de agua.
Cuando levantó la vista, se me cortó la respiración.
Sus ojos verdes, habitualmente brillantes y felinos, estaban apagados, inyectados en sangre y rodeados de unas ojeras profundas que nunca le había visto.
Tenía los labios agrietados y una palidez enfermiza en las mejillas.
No había rastro de la estrella de la Premier League. Parecía, otra vez, el chico de diecisiete años que buscaba refugio en mitad de la tormenta.
—Joyce... —su voz fue un susurro roto, una súplica ahogada que me atravesó de parte a parte.
No dije nada. El orgullo, las barreras que tanto me había costado levantar en Londres y mis estúpidos reproches se esfumaron. Agarré su brazo tembloroso y tiré de él hacia el interior del apartamento, cerrando la puerta a su espalda para dejar fuera el frío de la ciudad.
—Estás helado, Aiden —murmuré, sintiendo la humedad de su ropa traspasar mi manta—. Pasa al baño. Quítate todo eso y sécate. Te prepararé un café.
Él asintió vagamente, como si no tuviera fuerzas ni para llevarme la contraria. Entré en mi habitación, busqué en el fondo del armario una camiseta de algodón gris, vieja y tres tallas más grande de lo normal, que solía usar para dormir, y se la dejé en el baño junto a una toalla limpia.
Mientras el agua de la cafetera empezaba a borbotear en la cocina, Aiden salió al salón.
Llevaba solo mi camiseta y un pantalón de chándal gris húmedo.
Verlo así, despojado de los trajes a medida y de la armadura corporativa del Kingsford, me dio un vuelco al corazón.
Mi camiseta vieja se tensaba contra la brutalidad de su cuerpo fuerte y trabajado; sus hombros anchos, los músculos esculpidos de los brazos y el pecho firme que tantas veces me había quitado el sueño.
Pero no había arrogancia en su postura. Estaba encorvado, con las manos metidas en los bolsillos del chándal, buscando mi mirada como un náufrago.
Nos sentamos en el sofá, uno frente al otro, con las tazas de café humeando en la mesa baja. La distancia entre nosotros era de apenas unos centímetros, pero el silencio pesaba toneladas.
—¿Qué ha pasado, Aiden? —pregunté bajito, envolviendo la taza con mis manos para contagiarme de su calor—. Ethan te ha estado buscando toda la noche. Estaban como locos. Pensaban... pensábamos que te había pasado algo grave.
Él soltó una risa amarga, seca, y fijó la vista en el fondo negro de su taza.
—Me pasó. Tuve un ataque de ansiedad bajo los palos, me ahogaba, y luego uno de pánico en el coche, junto al río —confesó en voz baja, y el dolor que desprendían sus palabras me encogió el estómago—.
No podía respirar, Joyce. Sentía que me moría.
Llamé a Graham, el psicólogo del club que me trató cuando llegué a Londres por primera vez.
Él... él me ayudó a salir del bucle, me ayudó a respirar de nuevo, pero no tengo fuerzas.
No tengo fuerzas para volver a casa. No tengo fuerzas para ser el tío que todos esperan que sea.
Se llevó la taza a los labios, dio un trago largo y luego se tumbó hacia atrás en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo. Cerró los ojos con un suspiro pesado.
Verlo así, tan jodidamente vulnerable, me deshizo por dentro. El portero invencible, el chico que era tan admirado, estaba roto en mi sofá.
—Graham se está encargando de todo —añadió sin abrir los ojos—. Llamará hoy al club para que me den el día libre por el ataque de ansiedad. Pero tengo que ir al médico del club a las doce para que evalúen qué coño me pasa.
El espacio entre los dos pareció acortarse. Lo oí respirar profundo, un sonido rítmico pero cansado que llenó el salón.
—¿Quieres ir a la cama a dormir? —le pregunté, con la voz suavizada por una ternura que intentaba contener.
—No —susurró con los ojos cerrados—. Solo así. Tranquilo. Contigo. Cinco minutos.
Al verlo así, tan expuesto y desarmado descansando en mi sofá, sentí que algo se me deshacía por dentro. Imité su movimiento y simplemente me recliné yo también, dejando caer la cabeza contra el respaldo.
Fue entonces cuando Aiden, al notar que me acomodaba a su lado, extendió su brazo largo hacia mí.
Sin previo aviso y con una necesidad casi desesperada, me cogió por los hombros y me atrajo con firmeza hacia su cuerpo, obligándome a apoyarme en su regazo.
Me pegó por completo a él, atrapándome en su espacio y envolviéndome con sus brazos como si necesitara asegurarse de que no me iba a ir a ninguna parte.
Giré sutilmente la cabeza y quedé con la mejilla apoyada en su pecho.
Podía escuchar el latido constante de su corazón bajo el algodón de mi camiseta, notar la respiración pausada que me subía y bajaba, y percibir ese calor abrasador que desprendía su piel, un calor que tantas veces había deseado en la clandestinidad de mis noches de insomnio.
Era adictivo. Era el lugar exacto donde quería estar.
Pero, de fondo, esa maldita vocecita interna que se empeñaba en protegerme volvió a susurrar en mi mente: «Esto no puede ser».
Aiden se movió ligeramente, inclinó el rostro y me plantó un beso suave, pausado y cálido en la sien. Su respiración se volvió más profunda y pesada a los pocos minutos, cuando se quedó completamente dormido, abrazado a mí como si fuera su único anclaje al mundo.
Con un movimiento milimétrico para no despertarlo, alcancé mi móvil con la mano libre. Le escribí un mensaje rápido a Jess:
Jess, dile a Ethan que Aiden está conmigo en mi apartamento. Está bien, pero se ha quedado dormido. Por favor, que no lo busque nadie. Dejadlo descansar.
Bloqueé la pantalla, dejé caer el teléfono sobre el cojín y me acomodé mejor contra su pecho, dispuesta a guardar su sueño el tiempo que Londres nos lo permitiera.
Me moví con una lentitud milimétrica un rato después, incapaz de dormirme, conteniendo el aliento cada vez que sus músculos se tensaban ligeramente bajo mi peso.
Deslizarme fuera de su regazo fue casi un dolor físico; su cuerpo desprendía un calor tan atrayente que alejarme de él era como salir a la intemperie.
Con un cuidado infinito, agarré la manta que había dejado en el brazo del sofá y lo tapé hasta los hombros.
Aiden ni siquiera se inmutó; dejó caer la cabeza hacia un lado, exhalando un suspiro largo y pesado, completamente vencido por el cansancio.
Me metí en el baño y encendí la ducha, enseguida el vapor inundó el espacio pequeño y cerrado.
Cuando me desvestí y me coloqué bajo el agua caliente, cerré los ojos, pero no sirvió de nada.
El tamborileo del agua contra los azulejos se transformó en mi mente en el eco de la lluvia de aquella noche en el hotel el día de la entrevista.
Dios, esa noche.
Recordé la urgencia de sus manos en mi cintura, la forma en que me había levantado contra la pared como si el mundo se fuera a acabar al segundo siguiente, y cómo nos habíamos amado con una desesperación que iba muchísimo más allá del deseo físico.
Había sido real. Había sido el Aiden que yo conocía.
Pero ahora, con el agua resbalando por mi cuerpo, las dudas volvieron a rugir con la fuerza de un huracán.
¿Qué estábamos haciendo? El Aiden que estaba durmiendo en mi salón era el chico vulnerable del pueblo, sí, pero en cuanto el reloj marcara las doce y cruzara esa puerta, volvería a ser la propiedad multimillonaria del Kingsford. Yo no encajaba ahí.
Al salir, envuelta en la toalla y con el pelo húmedo, cogí el teléfono. Necesitaba una toma de tierra antes de volver a mirarlo a la cara. Marqué a Jess. La Fashion Week había terminado y todavía no me habían dicho si seguía con ellos.
—¿Joyce? Menos mal —respondió al segundo tono, con la voz ahogada—. ¿Cómo está? ¿Está bien?
—Está durmiendo en mi sofá, Jess. Ha tenido un ataque de pánico brutal. Estoy... no sé ni cómo procesarlo.
—Escúchame, te van a llamar de la agencia para una reunión. No hace falta que vengas hoy. Espera, que Ethan quiere hablar contigo, está aquí al lado.
Hubo un ruido de interferencias y la voz grave y apurada de Ethan llenó la línea.
—¿Joyce? Gracias a Dios que está contigo.
Graham, el psicólogo, ha hablado con la directiva y ha conseguido capear el temporal por ahora, pero las cosas están tensas.
Oye, ¿te importa si le doy tu número a Olivia?
Ya la conoces, la novia de Seb. Es la directora de comunicación y nuestro ángel de la guarda. Ella te dirá qué hacer.
—Sí, dáselo —asentí, frotándome la sien—. No hay problema.
Colgué y, tal y como Ethan había predicho, el teléfono volvió a sonar apenas unos minutos después. Era un número desconocido.