Capítulo 21
Aiden
El silencio que sigue al pitido final en un estadio en contra no es un silencio real. Es una vibración sorda, un zumbido denso que se te mete en los huesos y te deforma los pensamientos.
Todavía podía sentir el tacto del cuero resbalando entre mis guantes en el minuto noventa y cuatro.
Un mal cálculo, una fracción de segundo de duda y el balón besando la red por mi lado izquierdo.
El error del portero es el más democrático del fútbol: no importa que hayas hecho tres paradas imposibles durante el partido, si fallas al final, eres el único culpable.
Escuchar el rugido de la afición rival y, peor aún, los abucheos heridos de los tuyos mientras te diriges hacia el túnel de vestuarios es lo más parecido a caminar hacia el cadalso.
Sesenta mil personas gritándote al unísono que eres una puta basura es un sonido que no se te despega de los tímpanos fácilmente, por más fuerza mental que hayas desarrollado.
En el vestuario, apenas registré los rostros de mis compañeros.
Ethan me puso una mano en el hombro, pero su voz me llegó amortiguada, como si estuviéramos bajo el agua.
Me quité la camiseta sudada, ignoré la charla técnica del míster y me metí en las duchas.
No quería hablar. No quería las típicas palmaditas de consuelo condescendientes.
Me vestí a contrarreloj con ropa de calle oscura, me encasqueté una gorra negra hasta las cejas y salí por la puerta trasera del estadio antes de que la prensa se agolpara en la zona mixta o el autobús del equipo arrancara.
Apagué el teléfono del club y, tras dudar un segundo, también el personal.
Me importaba una mierda la multa de la directiva o los gritos que mi agente me pegaría por la mañana.
En ese momento, si escuchaba una sola frase de consuelo, iba a reventar.
Necesitaba desaparecer. Dejar de ser el guardameta del Kingsford. Volver a ser nadie.
Fui a casa en un Uber y cogí mi coche. Conduje sin rumbo durante casi una hora, esquivando las avenidas principales iluminadas de Londres, hasta que terminé cerca de la zona de South Bank, junto al río.
Aparqué el coche en un callejón oscuro sin saber qué demonios hacer.
Tenía las manos entrelazadas detrás de la nuca, los ojos fijos en el techo del coche y la respiración tan acelerada que sentía que el oxígeno me quemaba la garganta.
Sabía perfectamente que mi comportamiento era una jodida locura.
Sabía que al día siguiente querrían arrancarme la cabeza, que la directiva del Kingsford me impondría una multa histórica y que los medios me crucificarían por «comportamiento poco profesional e inmaduro».
Pero me importaba una soberana mierda. En ese preciso instante, el fútbol de élite, los millones y los contratos publicitarios me parecían una ejecución pública.
Cuando el balón me pasó por el lado izquierdo en el minuto noventa y cuatro, escuché el crujido de mi propia mente.
No había sido solo un error técnico; había sido el colapso.
Llevaba seis años construyendo un muro de frialdad para sobrevivir a la presión, fingiendo que era el puto hombre de hielo.
Pero la realidad era que estaba exhausto.
No paré ese balón porque una oleada de angustia me subió desde el estómago a la garganta; tuve ganas de vomitar y sentí un escalofrío que me recorrió la espalda.
Lo peor fue el pinchazo en la cabeza que me nubló la vista y me aflojó los miembros.
Me miré las manos en la oscuridad. Me temblaban de una forma violenta, descontrolada. El pecho me dolía tanto que estaba convencido de que me estaba dando un maldito infarto. No podía respirar. Sentía que las paredes del coche se encogían sobre mí, asfixiándome.
Abrí la puerta del coche de golpe, necesitado de aire, y la tormenta de Londres me recibió con un bofetón de agua helada.
Ni siquiera me importó cerrar el vehículo.
Caminé hacia el paseo, buscando la negrura del Támesis.
La lluvia fina de la noche londinense empezó a empaparme el abrigo, pero el frío en la cara era lo único que me mantenía anclado a la realidad.
Me apoyé contra la barandilla de piedra, contemplando los reflejos distorsionados de las luces de la ciudad sobre el agua oscura y densa.
Había buscado el éxito con una ambición ciega desde los quince años, convencido de que la cima de la Premier League solucionaría todas las carencias de mi vida.
Creía que los contratos de seis cifras, el respeto de la profesión y los estadios llenos llenarían el vacío que dejé en el norte. Qué jodido ignorante.
La realidad del éxito de élite era una jaula de oro asfixiante.
Una burbuja donde cada movimiento está calculado por un equipo de relaciones públicas, donde tus amigos son compañeros de negocio y donde la soledad en una mansión de cuatro plantas se vuelve tan pesada que a veces te cuesta levantarte de la cama.
Llevaba seis años construyendo un personaje, el «hombre de hielo», el portero imperturbable que nada podía afectar.
Sabía que mi nombre tenía un precio, me sentía como una mercancía que se podía comprar y vender igual que si fuera un teléfono o una barra de pan.
Jugaba bien mi papel, pero la verdad era que el muro se había agrietado hacía semanas, justo el día en que volví a ver a Joyce.
Recordar sus ojos castaños, fijos en mí con esa mezcla de desprecio y dolor cuando hablamos en casa de Seb, me provocó una punzada física en el pecho.
« Yo quería al Aiden de antes » , me había dicho.
Estaba convencido de que ese Aiden seguía en mí, ¿me estaba engañando?
Solo era un chico que quería jugar al fútbol y pasar el resto del tiempo con su mejor amiga, un chico que dejó entrar las promesas de un mundo ideal por la puerta de la vulnerabilidad y olvidó quién era.
Giré la cabeza, mirando el perfil difuminado de los edificios de la ciudad.
El Aiden de antes estaba enterrado bajo capas de trajes a medida, compromisos publicitarios y la presión inhumana de no poder cometer un solo error.
Había renunciado a ella para alcanzar esto.
Y ahora, parado bajo la lluvia en mitad de una ciudad de millones de habitantes, me di cuenta de que nunca había estado tan jodidamente solo.
Intenté respirar hondo para tragarme el nudo de la garganta, pero el aire se me atascó.
Un pinchazo agudo, como una aguja al rojo vivo, me atravesó el esternón.
El dolor fue tan súbito que tuve que agarrarme a la barandilla con fuerza para no perder el equilibrio.
Las luces del puente de la Torre empezaron a girar a mi alrededor y el sonido del agua chocando contra los pilares se transformó en un zumbido ensordecedor.
No era un infarto. Sabía perfectamente lo que era porque había pasado por ello en mi primer año en la academia de Londres, a oscuras en mi habitación de la residencia: un ataque de pánico.
El pecho se me contrajo con una violencia que me dejó sin aire.
El oxígeno entraba a bocanadas de manera errática por mi boca, pero mis pulmones se sentían colapsados, incapaces de retenerlo.
Mis manos, metidas en los bolsillos, empezaron a temblar tanto que perdí la sensibilidad en los dedos.
Sentí una oleada de calor asfixiante subirme por el cuello a pesar del frío invernal de la noche.
Estaba perdiendo el control de mi propio cuerpo en mitad de la calle. El pánico de volver a volverme loco me nubló la vista. Caminé a trompicones hacia el coche, con las piernas pesadas como si fueran de plomo, sintiendo que las paredes de los edificios se inclinaban sobre mí para aplastarme.
Subí al asiento del conductor, cerré la puerta de golpe y apoyé las manos temblorosas sobre el volante, intentando enfocar la mirada en el salpicadero.
No funcionó. El espacio cerrado del vehículo pareció reducirse, asfixiándome aún más.
Me faltaba el aire, la mandíbula me castañeteaba y sentía un terror primitivo, absurdo e incontrolable que me decía que me estaba muriendo allí mismo.
Joyce. Su nombre golpeó mi mente como un latigazo.
Quería ir a buscarla, cruzar la ciudad hasta su portal, suplicarle que me salvara, pero el rastro de lucidez que me quedaba me frenó en seco.
No podía hacerle eso. No tenía derecho a aparecer en su casa convertido en este despojo, a romper mi promesa de no molestarla arrastrándola a mi propio infierno.
Ella quería al Aiden de antes, y el Aiden de ahora estaba a punto de estallar en mil pedazos en el asiento de un coche.
Con los dedos rígidos por el frío y el temblor, busqué el teléfono personal en el bolsillo del abrigo. Lo encendí, ignorando las decenas de notificaciones de Ethan, de Simon y de la directiva que empezaron a saltar en cascada, iluminando el habitáculo.
Busqué en la agenda un número que no marcaba desde hacía meses.
Alguien que no me juzgaría por el gol encajado, ni por la multa del club, ni por mi incapacidad para gestionar mi propia vida.
El hombre que me había recogido del suelo cuando era un chaval de diecisiete años desbordado en la academia del Kingsford.
Le di a llamar. El tono de espera resonó en el coche, compitiendo con el ritmo desquiciado de mi propio corazón. Una, dos, tres veces.
—¿Aiden? —La voz pausada, profunda y extrañamente calmada de Graham respondió al otro lado de la línea, amortiguada por el rastro del sueño—. Son las tres y media de la mañana, chico. He visto el partido. ¿Dónde estás?
Intenté hablar, pero de mi garganta solo salió un jadeo seco, un amago de aire que se cortó antes de formar una palabra. Me tapé la boca con la mano temblorosa, avergonzado de mi propia debilidad, mientras las lágrimas me nublaban por completo la vista.
—Aiden, escúchame —la voz de Graham cambió al instante, perdiendo cualquier rastro de somnolencia y adoptando ese tono firme y seguro que tantas veces me había devuelto a la tierra—.
Estás teniendo un ataque de pánico. Lo sabes, ya hemos estado aquí.
No te vas a morir, te lo prometo. Necesito que dejes el teléfono en manos libres y apoyes los dos pies en el suelo del coche. Ahora mismo.
Hice lo que me decía a trompicones, soltando el móvil sobre el asiento del copiloto.
—Inspira en cuatro tiempos, vamos —ordenó desde el altavoz, marcando el ritmo con parsimonia—. Uno... dos... tres... cuatro... Retén el aire. No lo sueltes todavía. Ahora expulsa despacio. Muy bien. Otra vez. Dime tres cosas que puedas ver a tu alrededor en este momento, Aiden. Sal de tu cabeza.
—El... el volante —conseguí articular con la voz rota, pastosa, sintiendo cómo el pecho me crujía con cada intento de bocanada—. Las gotas de agua en el cristal. Las luces del puente.
—Bien. Sigue respirando conmigo. No estás solo, chico. El partido ya ha terminado. El estadio está vacío. Nadie te está mirando ahora. Solo somos tú y yo.
Me apoyé contra el respaldo del asiento, cerré los ojos con fuerza mientras me concentraba únicamente en el sonido de su voz, con la lluvia de Londres golpeando el techo mientras intentaba, milímetro a milímetro, recuperar las riendas de mi propio cuerpo.