Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Joyce

Las tres semanas siguientes a la cena en casa de Seb se convirtieron en un borrón difuminado de cafeína, ojeras y adrenalina pura.

La Fashion Week de Londres no era un trabajo; era una apisonadora que te exigía el cien por cien de tus capacidades y luego te pedía un poco más.

Mi vida se redujo a coordinar los timings de los diseñadores, lidiar con los egos del front row y sobrevivir a base de ensaladas de plástico y cafés dobles en el backstage, de la mañana a la noche sin descanso.

Entre la vorágine del trabajo, la búsqueda de piso y el cansancio extremo, apenas tenía tiempo para respirar, y mucho menos para pensar. O eso era lo que me repetía a mí misma como un mantra cada mañana frente al espejo.

Pero la verdad era que Aiden seguía ahí.

Era un runrún constante, una vibración baja y sorda en el fondo de mi mente que no se apagaba nunca.

Estaba en la forma en que mi pulso se aceleraba cada vez que el teléfono vibraba en mi bolsillo, en el escalofrío traicionero que me recorría la espalda cuando Jess mencionaba de pasada el partido del Kingsford, y en la maldita humedad que se instalaba entre mis muslos algunas noches, cuando el cansancio de mi cuerpo cedía el paso a una necesidad física y frustrante que tenía su nombre grabado a fuego.

Él había cumplido su palabra. No me había vuelto a llamar, ni a escribir, ni a buscar. Desaparecido. Y esa ausencia dolía de una forma sutil, pero jodidamente lacerante, como un corte con el filo de un folio.

Al acabar el evento de clausura y meterme en el taxi de vuelta a casa, lo único que deseaba era tirarme en el sofá.

No quería saber nada de moda, ni de desfiles, ni, ya puestos, del fútbol, ni de la Premier, ni de los sesenta mil espectadores que jalearían a Aiden en su partido contra el Arsenal, de hecho, no había vuelto a ver un partido desde que llegué a Londres y no pensaba hacerlo.

También me negaba a encender el móvil para ver los resultados, como había estado haciendo desde que Aiden entró en la Premier.

Si ponía distancia, tenía que ser con todas las consecuencias.

Llegué a mi apartamento, me quité los botines que me estaban destrozando los pies y, buscando un ruido de fondo que aplacara el silencio de la casa, encendí el televisor sin mirar qué ponía, mientras me desabrochaba el abrigo.

Me fui a la cocina a prepararme una infusión, pero la voz del presentador de la sección de deportes me congeló a mitad de camino.

— ...la peor noche para el guardameta del Kingsford.

Un partido desastroso que ha culminado con abucheos generalizados de su propia afición tras encajar un gol definitivo en el tiempo de descuento que les ha costado el derbi.

La presión parece estar pasándole factura al internacional, que abandonó el estadio visiblemente afectado y sin dar declaraciones a los medios tras el pitido final...

En la pantalla mostraron unas imágenes rápidas de Aiden. Tenía la mirada perdida, la mandíbula tensa y el pelo empapado de sudor mientras esquivaba los micrófonos con una expresión que me encogió el estómago. No era rabia; era puro desamparo.

El orgullo que me había servido de escudo durante semanas se pulverizó en un segundo. Me importaba una mierda la Fashion Week y mis estúpidas normas: en el fondo, lo seguía queriendo tanto que ver esa sombra en sus ojos me partió en dos.

Me costó decidirme, caminé de un lado a otro del salón debatiéndome entre el orgullo y la necesidad visceral de saber si estaba bien, hasta que no aguanté más.

Agarré el teléfono con los dedos temblorosos y busqué su nombre en los contactos.

Escuché la repelente frase de «este móvil está apagado o fuera de cobertura».

Lo intenté dos veces más y nada, no había señal.

La ansiedad empezó a arañarme el pecho. Me senté en el sofá justo cuando el teléfono vibró en mi mano, sobresaltándome. Vi el nombre de Jess en la pantalla y un pinchazo en el pecho me sugirió que no era buena señal.

—¡Jess! ¿Sabes algo de...?

—¿Joyce? No, soy Ethan —interrumpió una voz masculina, cargada de una respiración agitada y el ruido de fondo de tráfico—. Le he cogido el móvil a Jess para llamarte. Escúchame, ¿Aiden está contigo? ¿Sabes algo de él?

—¿Conmigo? No, lo acabo de llamar y no da señal. ¿Qué pasa, Ethan? ¿Está todo bien?

—Ha desaparecido, Joyce —soltó él, y se le notaba el pánico real en la voz—.

Después del partido se duchó a toda prisa, no esperó al autobús del equipo, ni a nadie.

Se marchó antes de que bajáramos del vestuario.

Llevamos dos horas buscándolo por los pubs a los que suele ir cerca del estadio y por la zona de casa, pero no está en ninguna parte. Tiene los dos móviles apagados.

Un frío glacial me recorrió la espina dorsal. Aiden jamás hacía eso. Por muy mala que fuera la prensa, él siempre daba la cara. Lo había visto hablar en nombre del equipo, justificarse a veces y disculparse frente a la afición cuando un partido había ido mal. Siempre salía.

—Tiene que estar en vuestra casa, o conduciendo... —intenté razonar, buscando aire.

—No está en casa, su coche no está en el garaje y Simon, su agente, junto con Olivia están como locos llamando y buscando —insistió Ethan, soltando un bufido de frustración—. Tú lo conoces bien, ¿se te ocurre algo?

—No, yo…, no creas que lo conozco tanto. No tengo ni idea.

—Dice Olivia que debemos esperar al día siguiente, que seguro que se le pasa el calentón y aparece en el entrenamiento de la mañana o en casa. Pero yo conozco a este tío. Algo no va bien. Si te llama o aparece por ahí, lo que sea, avísame, por favor.

Colgué el teléfono con las manos heladas.

Intenté meterme en la cama, pero era una misión imposible.

El silencio del apartamento se volvió asfixiante.

Me giraba de un lado a otro entre las sábanas, sintiendo los latidos de mi corazón en los oídos.

La imagen de su cara en la televisión no se me borraba de la mente.

Estaba tan desesperada que llamé a Anne. Sabía que en el pueblo ya estarían durmiendo, pero necesitaba una toma de tierra, alguien que conociera al Aiden real tanto como yo.

—¿Joyce? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —contestó Anne con la voz ronca por el sueño.

—Anne... Aiden ha desaparecido en Londres, ¿has visto las noticias? Ha tenido un partido horrible, lo han abucheado y nadie sabe dónde está desde hace horas. ¿Sabes algo de él?

Escuché el roce de las sábanas al otro lado de la línea mientras Anne se incorporaba.

—No, Joyce. Vimos el partido en el pub y nos quedamos helados al verlo salir tan abatido. De lo demás no sabía nada y dudo que su familia lo sepa. Su madre me habría escrito si hubiera pasado algo... Dios, ¿cómo que ha desaparecido?

—No lo sé —susurré, abrazando mis rodillas contra el pecho en mitad de la oscuridad, sintiendo cómo el miedo me devoraba—. Tiene los teléfonos apagados. Sus amigos lo están buscando, pero Londres es demasiado grande. Tengo un mal presentimiento, Anne. Muy malo.

Corté la comunicación poco después, sabiendo que nadie desde la distancia podía darme las respuestas que necesitaba.

Me quedé sentada en el borde de la cama, mirando la ventana empañada por la lluvia que empezaba a arreciar con fuerza sobre las calles de Londres, rezando en silencio para que el chico que me había prometido no volver a molestarme estuviera a salvo en alguna parte.