Capítulo 19
Aiden
Pasé las dos horas de entrenamiento previas a la cena con la cabeza en cualquier parte menos en el balón.
El míster me echó una bronca de tres pares de cojones por varios goles de mis compañeros en el partidillo, pero me importaba una mierda.
Mi mente estaba fija en el mensaje de confirmación que Joyce me había mandado.
Iba a venir. Iba a estar en casa de Seb.
Cuando llegué con Ethan a la casa de Seb y Olivia, una impresionante villa acristalada en Richmond con vistas al Támesis que gritaba dinero por los cuatro costados, sentía que los nervios me carcomían las entrañas.
Noah y Maia ya estaban allí, sirviéndose copas de vino en la enorme isla de mármol de la cocina mientras Seb controlaba el horno.
Me apoyé contra la encimera, con un vaso de agua entre las manos, incapaz de sentarme.
—Tío, relájate, parece que vas a salir a jugar una final de Champions —me susurró Ethan al pasar por mi lado, dándome un toque con el codo.
No tuve tiempo de contestarle. El timbre sonó y mi cuerpo entero se puso en alerta. Escuché la voz de Jess en el recibidor, y un segundo después, aparecieron por el arco del salón.
Y entonces la vi.
Joyce llevaba unos vaqueros oscuros y una blusa escotada que le sentaba como un guante.
Iba sencilla, preciosa, pero tenía los hombros ligeramente tensos y los dedos apretando la correa de su bolso.
En cuanto cruzó la mirada conmigo, vi cómo sus ojos se abrían un milímetro y el color le subía al cuello, esa timidez tan suya que siempre me había vuelto loco.
Se sentía pequeña en este entorno de techos infinitos y lámparas de diseño, y me maldije internamente por no haber ido yo mismo a recogerla para protegerla de esa sensación.
—Joyce, qué alegría que hayas venido. —Olivia, la pareja de Seb, se adelantó con esa calidez natural que la caracterizaba.
Dejó su copa y abrazó a Jess, para luego rodear a Joyce con una sonrisa enorme—.
Jess me ha dicho que acabas de llegar a Londres para la Fashion Week. Menuda locura, bienvenida.
—Muchas gracias, Olivia. Tienes una casa preciosa —dijo Joyce con voz suave, forzando una sonrisa amable.
—Un dolor de cabeza para limpiar, créeme —bromeó Olivia, rompiendo el hielo al instante—. Ven, te presento al resto, aunque creo que los conoces a todos del otro día en casa de Ethan y Aiden.
Seb se limpió las manos en un trapo y la saludó con dos besos, igual de cercanos, seguidos por Noah. Cuando me tocó el turno a mí, el aire de la cocina pareció densificarse. Los chicos se quedaron de piedra al ver cómo me tensaba.
—Hola, Joyce —atiné a decir, dando un paso hacia ella. Mi voz sonó más grave de lo normal, rota por la proximidad.
—Hola, Aiden —respondió, sosteniéndome la mirada con un orgullo que casi me dolió.
Me acerqué para darle dos besos. Fue un roce mínimo, apenas el calor de mis labios rozando la piel sedosa de su mejilla, pero sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna.
Olía a vainilla y a la lluvia de Londres.
Al separarnos, mi mano buscó instintivamente el calor de su cintura, un gesto de pura inercia del pasado, pero ella se tensó sutilmente y dio medio paso atrás, cortando el contacto.
El rechazo me golpeó directo en el pecho.
Durante la cena, Olivia se aseguró de sentar a Joyce a su lado, llenándola de preguntas sobre su trabajo y haciéndola sentir parte del grupo, algo que le agradecí en el alma. Pero yo no podía concentrarme. Estaba sentado justo enfrente de ella.
Cada vez que Joyce levantaba la copa de vino, cada vez que se reía de alguna burrada de Noah, mis ojos volvían a ella.
Vi cómo evitaba mirarme, cómo se esforzaba por mantener los ojos fijos en Olivia o en su plato, como si yo fuera un peligro inminente.
Y lo era. Me moría de ganas de arrastrarla fuera de esa maldita cena y encerrarme con ella en una habitación hasta que me perdonara.
A mitad de la noche, Joyce se levantó discretamente al baño. Esperé exactamente dos minutos antes de ponerme en pie, ignorando la mirada de advertencia que me lanzó Ethan.
La intercepté en el pasillo que daba a la planta baja, un espacio en penumbra, lejos de las risas del comedor. Al verme aparecer, Joyce se detuvo en seco, pegando la espalda contra la pared de madera noble.
—Aiden, ¿qué haces? —susurró, con la respiración entrecortada.
Me acerqué hasta romper cualquier distancia de seguridad, acorralándola sin llegar a tocarla, aunque mi cuerpo entero lo suplicara. Podía ver el ritmo acelerado de su pulso en la base de su cuello.
—No me has mirado en toda la noche, Joyce —le recriminé en voz baja, con la frustración arañándome la garganta—. Viniste porque Jess te insistió, ¿verdad? Si fuera por ti, seguirías fingiendo que no existo.
—Estoy intentando ser educada —replicó ella, clavando sus ojos enfurecidos y heridos en los míos, con esa valentía que siempre me desarmaba—. Este es tu mundo, Aiden. El lujo, las cenas en mansiones, tu vida perfecta. Yo estoy aquí por mi trabajo. Te dije que no quería mezclar las cosas.
—Me importa una mierda este mundo si tú no estás en él —solté, dando un paso más, tan cerca que mi pecho casi rozaba el suyo.
Bajé la mirada hacia sus labios, perdiendo el control por un segundo—.
Me estoy volviendo loco desde que te encontré en aquel hotel de Liverpool, Joyce.
No me pidas que actúe como si fueras una desconocida cuando sé perfectamente cómo tiemblas cuando te toco.
Joyce contuvo el aliento, con las mejillas encendidas de puro rubor y los ojos brillantes por la emoción contenida.
Levantó una mano temblorosa y la apoyó en mi pecho, no para empujarme, sino como si necesitara sostenerse ante la tormenta que estábamos desatando.
El calor de su palma atravesó mi camiseta, quemándome.
—No hagas esto —suplicó en un hilo de voz, con una vulnerabilidad que me destrozó, una vez que Ethan desapareció de nuestra vista—. Ya me rompiste una vez cuando elegiste todo esto. No voy a volver a caer.
Esas palabras me golpearon como un puñetazo físico. El orgullo y la frustración que llevaba conteniendo semanas me estallaron en el pecho, nublándome la vista. Di un paso atrás, soltando una risa amarga que resonó fría en las paredes del pasillo.
—¿Que elegí todo esto? ¿De verdad piensas eso de mí, Joyce? —le espeté, con la mandíbula tan tensa que me dolían los dientes—. ¿De verdad crees que todo lo que fuimos de niños, todo lo que te demostré año tras año, no significaba nada? ¿Que lo cambié por un coche deportivo y una cuenta corriente?
—¡Si tanto significaba, no te habrías ido sin más!
—me gritó ella en un susurro furioso, con los ojos empañados en lágrimas que se negaba a dejar caer—.
Te marchaste, Aiden. Acudí a nuestra cita y no apareciste.
Lloré durante días. Pero tú te viniste a Londres y te olvidaste de mí en cuanto las cosas te fueron bien.
Yo no quiero este mundo tuyo, no pinto nada aquí.
Yo quería al Aiden de antes. Al chico del que me enamoré.
—¡Sigo siendo el mismo! —le corté, agarrándola del brazo con suavidad pero con una desesperación que me quemaba las manos—.
Mírame, joder. Sigo siendo el mismo maldito chico.
Solo que ahora juego en un estadio con sesenta mil personas, pero por dentro sigo siendo el que te cogía de la mano en el río, el que se subía a los árboles contigo y al que ayudabas con las matemáticas.
El problema no es que yo haya cambiado, Joyce.
El problema es que tú te has empeñado en odiarme sin darme ni una oportunidad.
Joyce clavó la mirada en mi mano sobre su brazo. Su respiración era errática, un sube y baja violento que delataba lo rota que estaba por dentro.
—Suéltame; no fui yo la que se largó y me dejó esperando en una cita a la que nunca acudiste —pidió, y esta vez su voz no tenía rabia, solo un cansancio infinito—. No voy a volver a jugar a esto. No puedo.
La solté despacio, sintiendo cómo los dedos se me congelaban al perder su calor.
La miré fijamente, tragándome la última pizca de orgullo que me quedaba, transformando todo el dolor en una coraza de frialdad.
Estaba harto de arrastrarme, harto de suplicar por un perdón que ella no estaba dispuesta a darme.
—Está bien. Tú ganas —sentencié, dando un paso atrás y metiendo las manos en los bolsillos para que no viera cómo me temblaban—. No voy a molestarte más, Joyce. Te lo prometo. Ya tienes la distancia que querías.
Ella no dijo nada. Se dio la vuelta a toda prisa y caminó hacia el salón.
La seguí a unos metros de distancia, viendo cómo ponía su mejor sonrisa falsa para despedirse de Seb, de Olivia y de Jess, poniendo una excusa sobre el cansancio del primer día de trabajo en la agencia.
Nadie sospechó nada, pero Ethan me clavó una mirada de absoluta advertencia desde la barra.
En cuanto la puerta principal se cerró tras ella, el silencio de la casa se me cayó encima como una losa.
Me quedé de pie en mitad del salón, ignorando las conversaciones de los demás, con el sabor amargo de su desprecio en la lengua.
La había recuperado solo para volver a perderla, y esta vez, por culpa de mi propio orgullo, sentía que la distancia entre los dos era un abismo imposible de salvar.