Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Joyce

El lunes por la mañana, el teléfono rompió el silencio de mi habitación con un tono estridente. Cuando vi el prefijo de Londres, el corazón me dio un vuelco tan violento que casi se me cae el dispositivo de las manos.

—¿Joyce? Soy Lucy, del departamento de Recursos Humanos de la agencia Vanguard —dijo una voz eficiente al otro lado—.

Te llamamos porque el puesto de asistente en la organización de la Fashion Week es tuyo.

Nos ha encantado tu perfil en la entrevista.

¿Sería posible que te incorporaras en una semana?

Me quedé sin aire. El mundo pareció detenerse y volver a girar a mil revoluciones por minuto. Un puesto en la organización de la Fashion Week era una oportunidad de oro, pero también un billete directo a un torbellino de trabajo brutal.

Tras colgar con Lucy, la adrenalina me disparó las pulsaciones.

Lo primero que hice fue escribirle un mensaje a Jess para darle la noticia; ella me contestó de inmediato con varios emoticonos de celebración, recordándome que el lunes a primera hora me quería en las oficinas de Vanguard lista para el caos de la Fashion Week.

Cuando bajé a la cocina y se lo conté a mi madre, el salón se convirtió en una fiesta.

Me abrazó con tanta fuerza que casi me deja sin respiración, llamando a mi padre a gritos para darle la noticia.

Minutos después, estaba llamando a Anne, con las lágrimas ya secas pero la voz temblorosa por los nervios.

—¡No me lo puedo creer, Joyce! ¡Lo has conseguido! —gritaba al otro lado, tan emocionada como yo.

—Estoy feliz, Anne, de verdad, pero no sé ni por dónde empezar... —admití, sintiendo que el pánico empezaba a abrirse paso entre la euforia—. Tengo solo siete días. No tengo piso en Londres, no sé dónde voy a meter las maletas, los alquileres allí son prohibitivos para empezar desde cero...

Necesitaba buscar alojamiento cuanto antes, así que esa misma tarde me metí en una aplicación y alquilé un pequeño apartamento vacacional por semanas, a apenas quince minutos andando de las oficinas y desde allí buscaría algo mejor y más económico.

Quería mi propio espacio, un lugar neutral donde recluirme y donde nadie, absolutamente nadie, pudiera recordarme lo que había dejado atrás, igual que hice cuando me refugié en Liverpool.

Los días siguientes fueron un torbellino de hacer maletas y despedidas.

El sábado por la noche, mis amigos organizaron una cena de despedida en el pub de siempre.

Entre cervezas, abrazos apretados y promesas de ir a visitarme, el ambiente era agridulce.

Ninguno mencionó a Aiden, pero todos sabían adónde iba.

Justo cuando estaba brindando con Anne, el móvil vibró en mi bolsillo. Lo saqué con el estómago encogido. Era un mensaje de él.

Aiden

Enhorabuena por el trabajo, Joyce.

Te lo mereces más que nadie.

Te veo pronto y me cuentas.

Me quedé mirando la pantalla, apartándome un poco del grupo para teclear con rabia y vulnerabilidad contenidas.

Joyce

Gracias. ¿Te lo ha dicho Jess?

Aiden

¿Jess? No he hablado con ella. ¿Es que no te acuerdas

de que estoy en el chat del grupo?

Sentí que la sangre se me subía a las mejillas de pura vergüenza.

Me había autodelatado. El orgullo me había hecho asumir a la defensiva que él estaba intentando controlar mis pasos, cuando la realidad era mucho más simple y me golpeaba de frente con el pasado: Aiden estaba metido en el grupo de WhatsApp de mis amigos de toda la vida, ese en el que lo habían vuelto a incluir el mes pasado cuando vino al entierro de su abuelo.

Había bastado que Anne o cualquiera de los chicos pusiera un mensaje de celebración en el chat para que él se enterara, como uno más.

El domingo por la tarde, el tren me dejó en Londres.

Salir de la estación de King's Cross arrastrando mi enorme maleta fue como chocar de frente contra un muro de ruido, prisa y asfalto húmedo; un contraste violento con la paz letárgica del pueblo que me dejó sin aliento durante los primeros minutos.

Los nervios, que se me habían instalado como un nudo frío en la boca del estómago desde que subí al vagón, se mantuvieron a flor de piel durante todo el trayecto en taxi.

Miraba por la ventanilla los edificios grises, la marea de desconocidos que caminaban rápido bajo sus paraguas y las pantallas gigantes de publicidad, sintiéndome dolorosamente pequeña, como si Londres fuera un monstruo demasiado grande para mí.

Llegar al apartamento vacacional fue un proceso mecánico.

Subí las escaleras arrastrando la maleta, giré la llave en la cerradura electrónica y me encontré con un espacio pequeño, funcional y extrañamente impersonal.

Dejé el equipaje junto a la cama, me acerqué al ventanal que daba a una calle secundaria y contemplé el cielo gris de la ciudad.

Mi teléfono vibró sobre la encimera de la cocina. Era él otra vez.

Aiden :

¿Has llegado bien?

Miré la pantalla durante un largo minuto. La tentación de escribir algo más, de preguntarle por la gala o por cómo estaba, me arañó la garganta, pero me contuve. Tecleé con rapidez.

Joyce

Sí, todo bien. Gracias. Instalándome.

Dejé el móvil boca abajo y me apoyé contra el cristal frío de la ventana.

El silencio del apartamento se me echó encima, denso y cargado de recuerdos.

Estar sola en mitad de esta ciudad gigante hacía que el dolor del pasado, que tanto me había esforzado por sepultar bajo capas de rutina en el pueblo y luego en Liverpool, cuando ya creía haberlo superado, supurara con una fuerza insoportable.

Me senté en el borde de la cama, encogiendo las piernas contra el pecho, y me asaltó de golpe el recuerdo nítido e hiriente de los meses posteriores a su marcha cuando éramos adolescentes.

Recordé la larga espera en el lago el día de los enamorados, la agonía de vivir pegada a una pantalla las semanas siguientes, los domingos eternos esperando una llamada o un mensaje que se retrasaba horas, las excusas desgastadas sobre entrenamientos y exigencias del club que me contaban sus padres, orgullosos de su estrella, y esa humillación silenciosa que te va carcomiendo por dentro al darte cuenta de que, a medida que su nombre empezaba a brillar con fuerza en las alineaciones de la Premier, yo me iba volviendo cada vez más pequeña.

Pasé de ser su mundo entero a convertirme en un secreto incómodo de su antigua vida, una nota a pie de página que no encajaba en su nuevo y deslumbrante universo.

Me pasé las manos por la cara, obligándome a respirar hondo para disipar los nervios que me hacían temblar las manos. No. No iba a volver a hacer esto.

Me levanté de la cama de un salto y caminé por el pequeño apartamento, decidida a sacudirme la melancolía de encima.

Tenía que grabármelo a fuego en la cabeza: estaba en Londres por mi trabajo, exclusivamente por mi trabajo.

La oportunidad en Vanguard con la Fashion Week era el billete que tanto tiempo había esperado para labrarme mi propio nombre, mi propio futuro.

No había cruzado el país para desenterrar viejos amores que volvían a dejarme de lado en cuanto el éxito asomaba por la puerta.

La gala del viernes con esa chica deslumbrante había sido la prueba definitiva de que, cuando los focos se encendían, yo volvía a ser invisible para su mundo de élite.

Miré el teléfono apagado sobre la encimera. No podía permitirme el lujo de flaquear. No iba a ser la chica que esperaba en la sombra mientras él tocaba la gloria. Ya sabía lo que era romperse en mil pedazos por su culpa, y esta vez, con mi carrera en juego, no me iba a arriesgar de nuevo.

Me abracé de nuevo a mí misma, sintiendo un escalofrío.

Me lo volví a repetir: No había venido a Londres a desenterrar un viejo amor que solo sabía doler cuando los focos se encendían.

Había venido por mí, por mi carrera, por la Fashion Week.

Tenía una oportunidad de oro en Vanguard y no pensaba echarla a perder por volver a arriesgar el corazón con alguien que ya me había demostrado cómo sabía soltarme la mano cuando la gloria llamaba a su puerta.

El lunes por la mañana, las oficinas de Vanguard me demostraron que la Fashion Week era una máquina implacable.

Pasé las primeras horas conociendo al equipo después de firmar el contrato y enseguida me metieron en una reunión de coordinación de la que salí con una lista tremenda de tareas antes de estrenar mi mesa de trabajo.

Las siguientes horas me vi sumergida en un torbellino de correos, llamadas de proveedores y la organización de los pases de prensa.

Apenas tuve tiempo de asimilar el papeleo cuando vi a Jess salir del despacho de su asistente personal.

Al verme en mi mesa, su rostro se iluminó y caminó decidida hacia mí.

—Ven, Joyce. Te invito a un café. Necesitas un respiro antes de que esto se vuelva completamente loco —me dijo, haciéndome una señal para que la siguiera a la zona de descanso.

Nos sentamos con dos tazas humeantes en un rincón apartado de la cristalera. Jess me miró con curiosidad, apoyando los codos en la mesa.

—¿Estás contenta? Esto es de locos, pero se pasa muy bien y se aprende mucho.

—Lo es, te debo una. No sabes cuánto te lo agradezco.

—Aún me desconcertaba estar delante de una de las influencers de moda más conocidas de las islas, con más de 6 millones de seguidores en Instagram y que tantas veces había visto en mi teléfono.

Sentía que me había caído de una vida normal a un mundo de magia y purpurina que solo existía en los sueños. Pero no, era real.

—No me debes nada, tranquila. Por cierto, ayer estuve hablando con Aiden —soltó de golpe, con una sonrisa ligera—. Me contó que erais muy buenos amigos en el pueblo, antes de que lo fichara el Kingsford.

Sentí que el pulso se me aceleraba y una punzada de calor me encendió las mejillas. Intenté mantener la voz firme, aunque por dentro me estaba desmoronando.

—Sí... Fuimos muy amigos durante toda la adolescencia. Luego él se vino a Londres y perdimos el contacto. Ya sabes cómo son estas cosas.

—Pues se le notaba un montón que te tiene muchísimo cariño —continuó Jess, totalmente ajena al vuelco que me había dado el corazón—.

Mira, hemos hecho un grupo de amigos muy majo aquí con la gente del club: Seb, Noah y unos cuantos más.

Nos juntamos de vez en cuando para cenar y desconectar de toda la presión de la Premier.

De hecho, esta noche vamos a casa de Seb y Olivia a cenar, justo después de que los chicos terminen el entrenamiento.

Vente con nosotros, Joyce. Te vendrá genial para empezar a conocer gente en Londres.

El rubor me tiñó el cuello por completo. Me encogí de hombros, asaltada por una repentina timidez que me hizo sentir extremadamente pequeña. El mundo de Aiden en la élite del fútbol, rodeado de estrellas de su nivel, me parecía un universo inalcanzable.

—No sé, Jess... Muchas gracias, de verdad, pero es que no conozco a nadie. Ir allí así, de repente... Me da un poco de vergüenza, no pinto nada en esa cena.

—¿Pero qué dices? Si eres mi amiga y además Aiden se va a alegrar un montón de verte. Piénsalo, ¿vale? Luego te llamo —me guiñó un ojo, levantándose para volver a su reunión.

El resto de la jornada fue un no parar. Cuando por fin salí de las oficinas de Vanguard , estaba exhausta, con los pies destrozados y la mente embotada. Me subí la cremallera del abrigo para protegerme del frío de la tarde londinense y saqué el teléfono, que no había podido mirar en todo el día.

Tenía varios mensajes de mi madre preguntándome cómo había ido el estreno, y un audio de Anne exigiendo detalles. Les contesté con rapidez mientras caminaba por la acera, esquivando a los peatones. Pero al deslizar la pantalla hacia abajo, el corazón me dio un vuelco.

Había un mensaje de Aiden. Había sido enviado hacía una hora.

Aiden

¿Qué tal tu primer día? ¿Te apetece que te recoja y  nos vemos?

Me detuve en mitad de la calle, soltando un suspiro tembloroso que se convirtió en vaho.

Cerré los ojos un segundo. Sabía que si me negaba, si seguía huyendo y poniendo excusas cada vez que él intentaba acercarse, Londres se iba a convertir en un incordio insufrible.

No podía pasarme los próximos meses escondiéndome en mi apartamento y en el trabajo, inventando excusas para no encontrarme con él.

Tarde o temprano tendría que afrontarlo, y quizás era mejor hacerlo rodeada de más gente para amortiguar el golpe.

Resignada, pero con el estómago lleno de mariposas nerviosas, le tecleé la respuesta.

Joyce

Jess me ha invitado a casa de Seb y Olivia.

La respuesta de Aiden llegó de inmediato, como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano.

Aiden

Genial. Iba a decirles que no iba para quedar contigo. Nos vemos allí entonces.

Guardé el móvil en el bolsillo, sintiendo una mezcla de terror y una expectación secreta que me electrizaba la piel. Le escribí un mensaje rápido a Jess para confirmarle que aceptaba su invitación y me pasé por mi apartamento a cambiarme a toda prisa.

Media hora después, el coche de Jess frenaba frente a mi portal. Me subí al asiento del copiloto con el corazón desbocado, sabiendo que, en cuanto llegáramos a casa de Seb, ya no habría muros en los que esconderme de él.