Capítulo 17
Aiden
Me desperté de golpe, estirando el brazo por instinto hacia el lado derecho de la cama. Frío. Vacío.
Abrí los ojos por completo y me incorporé en el colchón, desorientado por la cruda luz de las siete y media de la mañana.
La habitación del hotel estaba sumida en un silencio sepulcral que me erizó los vellos de la nuca.
Miré a mi alrededor, buscando su jersey, sus botas, cualquier rastro de ella, pero no quedaba nada.
Solo la sábana revuelta y, sobre la mesita, una nota escrita a toda prisa con el membrete del hotel.
La arranqué de la mesa con los dedos temblando.
Mi tren sale ya. Gracias por lo de ayer. Necesito pensar.
—No, no, no... Joder, Joyce, no —gruñí, tirando el papel al suelo mientras saltaba de la cama.
Me pasé las manos por el pelo, desesperado.
Había huido. Después de la noche más increíble de mi vida, después de haberla tenido entre mis brazos y haber creído que el mundo volvía a tener sentido, se había marchado sin despedirse.
Quise vestirme y correr hacia la estación de King's Cross, pero el despertador de mi propio móvil empezó a sonar con saña.
Las ocho de la mañana. Tenía exactamente cuarenta y cinco minutos para presentarme en las instalaciones del Kingsford antes de que el míster me metiera un expediente disciplinario.
Estábamos a dos días del partido contra el Manchester y el club funcionaba como una puta prisión militar en las horas previas.
Ese miércoles y el jueves fueron un infierno.
En la ciudad deportiva del equipo rige una norma estricta: teléfonos móviles prohibidos en los vestuarios, en el gimnasio y en las comidas.
Nos requisan los dispositivos en cuanto cruzamos la puerta para evitar filtraciones a la prensa.
Cada vez que lograba escabullirme un segundo al baño para encender el terminal, marcaba su número.
Una, dos, diez veces. Saltaba el maldito buzón de voz.
Le grabé mensajes de audio que rozaban la súplica y le mandé textos explicándole que la disciplina del club me tenía atado de pies y manos, que necesitaba hablar, explicarle que lo de anoche no había sido un arrebato de nostalgia, sino lo que llevaba conteniendo seis años.
No hubo respuesta. El silencio de Joyce me estaba machacando la cabeza más que cualquier delantero de la Premier.
Y por si fuera poco, el viernes llegó la puntilla.
—Aiden, no me mires así. Es un compromiso firmado hace ocho meses —me espetó mi representante en el camerino del hotel de la gala, mientras yo me abrochaba los puños de la camisa del esmoquin de mala gana.
—No me jodas, Simon. No estoy de humor para pasearme como un mono de feria —le respondí, con la mandíbula tensa.
—Vas a salir ahí, vas a sonreír y vas a posar con Federica.
La marca de la colonia ha pagado millones por esa campaña y el contrato exige que los dos rostros de la fragancia hagáis la entrada juntos en la gala benéfica.
Es una puta foto, Aiden. Dos minutos en la alfombra roja y te puedes ir a la barra a beber agua si quieres.
Cuando el coche oficial se detuvo ante la marea de fotógrafos, sentí una claustrofobia insoportable.
Las puertas se abrieron y el estallido de los flashes me cegó.
Federica, una modelo espectacular que medía casi lo mismo que yo y vestía un traje de alta costura que quitaba el hipo, deslizó su mano por mi brazo de manera experta.
Era una coreografía ensayada al milímetro por los patrocinadores: la pareja perfecta, el portero de moda y la cotizada modelo internacional vendiendo una fantasía de lujo.
Avancé por la alfombra roja arrastrando los pies, fingiendo una sonrisa automática que no me llegaba a los ojos.
Cada flash me quemaba por dentro. Mientras Federica se inclinaba para susurrarme un comentario casual al oído, buscando la complicidad que los fotógrafos devoraban, yo solo podía pensar en el tacto de la piel de Joyce bajo mis dedos unas mañanas atrás.
En su respiración entrecortada. En la forma en que siempre había sabido leer mis silencios con solo mirarme.
Cada flash me quemaba porque sabía exactamente el mensaje que le estaba enviando al mundo, y sobre todo, el que le podía llegar a ella.
El esmoquin, la modelo, el champán... todo ese circo absurdo nos estaba alejando todavía más, cavando una fosa idéntica a la de hace seis años.
Y yo estaba atrapado en mitad de la alfombra roja sin poder gritarle que nada de lo que veía era real.
Toda esta opulencia me pareció de repente un decorado de cartón piedra, una mentira ruidosa.
Me sentía un impostor con este esmoquin a medida.
La gente aplaudía a la estrella del Kingsford, pero por dentro yo seguía siendo el chico de pueblo que solo encontraba su hogar en una mirada limpia y sin dobleces.
En su mirada. Sabía perfectamente el mensaje que esta pantalla le estaba enviando al pueblo, el muro insalvable que estaba construyendo entre los dos sin quererlo, y la impotencia me arañaba el pecho.
Una vez dentro del salón, en cuanto Simon se distrajo hablando con uno de los directivos de la marca, me zafé del grupo.
Busqué el rincón más oscuro del vestíbulo, junto a unos ventanales enormes que daban a un Londres lluvioso y ajeno.
Saqué el teléfono personal del bolsillo interior de la chaqueta.
No me quedaba dignidad, ni orgullo, ni rastro del tipo duro que se plantaba bajo los palos cada domingo.
Volví a abrir su chat, viendo la fila de mensajes míos sin responder, y tecleé con los dedos torpes, con el corazón apretándome la garganta:
Sé lo que parece la televisión, Joyce. Sé que todo esto asusta. Pero te juro por mi vida que la única verdad de mi semana fue lo que pasó en esa habitación contigo. Por favor, no te vayas otra vez.
Me quedé mirando la pantalla fijamente, esperando un milagro entre el murmullo de la música de jazz y el tintineo de las copas de champán, sintiéndome el hombre más extrañado y solo de toda aquella puta ciudad.
Nada. Ninguna respuesta.
Guardé el teléfono despacio y apoyé la frente contra el cristal frío del ventanal, cerrando los ojos.
El ruido de la fiesta, las risas de fondo y el tintineo del cristal me llegaban amortiguados, como si estuviera bajo el agua, hundiéndome.
En ese preciso instante, el peso de los últimos seis años cayó sobre mí con la fuerza de un derrumbe.
Me di cuenta de la verdad más amarga de todas: la había vuelto a perder.
Y esta vez no había sido porque un tren me alejara del pueblo, sino porque el monstruo en el que se había convertido mi propia vida la había empujado a huir.
La otra noche, mientras la tenía entre mis brazos, creí ingenuamente que el amor de nuestra adolescencia seguía intacto, protegido en una burbuja inmune al tiempo.
Qué estúpido. La había mirado con el egoísmo de quien necesita desesperadamente su faro, sin pararme a pensar en lo que mi mundo le hacía a ella.
La televisión, Federica, los focos, Simon controlando cada uno de mis pasos...
Todo este circo la hacía sentirse insignificante, cuando ella era lo único real que me quedaba.
La había arrastrado a mi realidad solo para recordarle por qué nos dolió tanto rompernos la primera vez.
—¿Aiden? Te están buscando para la foto con el presidente del comité —la voz de Simon a mi espalda sonó firme, implacable, devolviéndome a mi prisión de oro.
Me giré despacio, tragándome el nudo que me asfixiaba la garganta.
Me reajusté los puños del esmoquin y me obligué a ponerme la máscara del portero estrella del Kingsford.
Caminé hacia los flashes con el alma rota y el pecho vacío, sabiendo que esa noche, mientras yo dormía en una mansión fría de Londres y ella en su antigua cama del pueblo, la distancia entre nosotros ya no se medía en kilómetros.
Se medía en el silencio insalvable de dos personas que se amaban con locura, pero que ya no sabían cómo salvarse.