Capítulo 16
Joyce
La luz cruda de la mañana londinense no tenía piedad. Se filtraba por las rendijas de las cortinas, iluminando la ropa esparcida por la alfombra y el cuerpo de Aiden, que dormía boca abajo a mi lado, con una sábana cruzándole la cintura.
Me senté en la cama despacio, apoyé la espalda contra el cabecero, y me abracé las rodillas. El calor y la paz absoluta de la noche se habían evaporado con la salida del sol, dejando en su lugar un frío helador en el estómago. «¿Qué demonios he hecho?», fue lo primero que pensé.
Me apoyé sobre el codo, conteniendo la respiración para no romper el silencio de la habitación, y me dediqué a recorrerlo con la mirada bajo la luz suave de las siete de la mañana.
Aiden dormía boca abajo, con la sábana blanca enredada a la altura de la cadera, dejando al descubierto toda la inmensidad de su espalda.
Era un cuerpo esculpido por el nivel más salvaje del deporte de élite: la musculatura ancha y tensa de los hombros, la línea perfecta de la columna que moría en su cintura y los brazos potentes que unas horas antes me habían sujetado con una fuerza desmedida.
En su piel bronceada aún quedaban las marcas tenues de mis propias uñas de la noche anterior, un rastro de nuestra urgencia que me hizo dar un vuelco al corazón.
Verlo así, tan imponente y a la vez tan extrañamente vulnerable en la penumbra del hotel, me pareció casi irreal.
Tenía el aspecto de un titán cansado, el portero imbatible de las portadas desarmado sobre un colchón, y la tentación de alargar la mano para delinear cada relieve de sus músculos me quemó los dedos.
Anoche parecía todo tan sencillo bajo la luz tenue del restaurante y las sábanas.
Nos habíamos dejado llevar por la nostalgia, por los seis años de vacío, por una atracción que llevábamos conteniendo desde la adolescencia, intensificada por el vino.
Pero ahora, con el sonido del tráfico de Londres de fondo, la realidad me golpeó con la fuerza de un camión.
Él era el portero del Kingsford. Su vida estaba aquí, en los estadios, con los focos, los contratos millonarios y un futuro brillante.
La mía estaba en vilo, estancada, esperando una llamada de una agencia de eventos que probablemente nunca llegaría.
¿Y si para él solo había sido un ajuste de cuentas con el pasado?
¿Una noche para cerrar una etapa con la chica del pueblo antes de seguir con su vida de estrella?
El pánico se me agarró a la garganta. No podía quedarme a ver cómo se despertaba y aparecía la incomodidad, o peor aún, la compasión en sus preciosos ojos verdes.
Miré el reloj de la mesita de noche: las siete y cuarto. Mi tren de vuelta a Liverpool salía a las ocho y media. No había tiempo para esa conversación que se iba a quedar pendiente entre nosotros y, en el fondo, lo agradecí. Tenía que volver a mi realidad.
Me deslicé fuera de la cama con un cuidado milimétrico.
Me vestí en silencio, recogiendo cada prenda del suelo con el corazón dándome golpes salvajes contra las costillas.
Me puse las botas, cerré la maleta y me colgué el bolso y, justo antes de abrir la puerta de la habitación, me detuve a mirarlo por última vez.
Dormía tan profundamente que ni siquiera se había movido.
Quise llorar, de rabia, de miedo, de pura confusión. Cogí el bolígrafo de cortesía del hotel y, en un trozo de papel del escritorio, le dejé una nota escueta sobre la mesa:
Mi tren sale ya. Gracias por lo de ayer. Necesito pensar.
Cerré la puerta detrás de mí con un clic casi inaudible.
El viaje de vuelta en el tren fue una tortura de tres horas en las que la cabeza no paró de darme vueltas.
Cuando crucé la puerta de la casa de mis padres, en el pueblo, la realidad de mi situación se me cayó encima con un peso insoportable.
Había vuelto al punto de partida, al lugar del que tanto había querido huir, sin saber si seguir buscando trabajo o esperar la llamada de la agencia de Londres.
Pasaron los días. Uno, dos, tres... y el silencio en mi antigua habitación de la infancia se volvió ensordecedor.
De la agencia de eventos no sabía absolutamente nada; la asistente de Jess no había vuelto a contactar conmigo y la bandeja de entrada de mi correo seguía vacía, lo que aumentaba mi sensación de que la entrevista había sido un fracaso absoluto y de que estaba condenada a seguir atrapada en la misma rutina de siempre.
Para colmo, disimular en casa se estaba volviendo una tarea imposible.
Mis padres no quitaban ojo a mi plato durante las cenas, intercambiando esas miradas cargadas de una preocupación silenciosa que me hacía sentir todavía más culpable; sabían que Londres había sido mi última bala para salir a flote y verme regresar con los ojos apagados los estaba matando.
El pueblo entero parecía haberse confabulado para recordarme mi estancamiento.
Cuando salí a tomar algo el jueves al pub de siempre, mis amigos de toda la vida intentaron animarme entre cervezas, hablando de los cotilleos locales y de planes a corto plazo en la zona, pero me sentí más desconectada de ellos que nunca.
Sus vidas, con sus rutinas y sus aspiraciones sencillas, ya no encajaban en la mía, y el miedo a haberme quedado en tierra mientras el resto del mundo avanzaba se me clavó en el pecho como una espina.
Me sentía entre dos mundos, entre dos vidas en las que no encajaba y me empezaba a asfixiar.
Al día siguiente no aguanté más la claustrofobia de la casa de mis padres y llamé a Anne.
Quedamos en la cafetería de la esquina, lejos del bullicio del pub de la noche anterior.
Ella me dejó hablar de la entrevista, de la falta de noticias de la agencia y de mis miedos a quedarme atrapada en el pueblo, escuchando con esa paciencia infinita que siempre había tenido.
Sin embargo, cuando rodeé mi taza con las manos y me quedé mirando el fondo del café en silencio, Anne dejó su taza sobre la mesa con un golpe seco. Ella no iba a ser como los demás. Ella no iba a ignorar al elefante en la habitación.
—Joyce, mírame —pidió con suavidad, pero con firmeza. Levanté los ojos—. El resto del grupo no se atreve a abrir la boca por no meter la pata, pero yo te conozco. Sé cómo te fuiste a Londres y sé cómo has vuelto. ¿Le viste? ¿Viste a Aiden?
Me guardé el secreto dos segundos enteros, pero la mirada de Anne me desarmó. Solté un suspiro largo, rindiéndome.
—Sí —confesé en un susurro, asegurándome de que nadie nos oía—. Me invitó a cenar la noche de la entrevista. Fuimos a un restaurante italiano en un reservado.
Anne abrió los ojos de golpe, inclinándose sobre la mesa, con la curiosidad encendida pero con una genuina ternura en el rostro.
—¿Y qué tal? Joder, Joyce... Después de seis años. ¿Cómo fue?
—Fue... raro al principio, pero luego muy natural —noté cómo las mejillas me ardían un poco al recordarlo—.
Me contó lo mucho que le costó adaptarse al ritmo de la Premier al principio, lo solo que se sentía en Londres y lo mucho que me echó de menos.
Y yo... yo le conté lo mal que lo pasé cuando se marchó y lo mucho que me ahogaba aquí.
Hablamos de verdad, Anne. Con cariño. Como antes.
Él no se acordaba de que me dejó colgada y que no le había perdonado todavía.
Anne me observaba fijamente, analizando cada uno de mis gestos. Su expresión pasó de la sorpresa a una fijeza analítica que me puso nerviosa. Había algo en la forma en que entornaba los ojos que me delataba.
—¿Y ya está? —preguntó, bajando el tono de voz, escaneándome la cara—. ¿Solo hablasteis?
—Sí, cenamos y ya —mentí, desviando la mirada hacia la ventana de forma instintiva.
—Joyce, no me jodas —soltó Anne con una media sonrisa, atrapando mi mano sobre la mesa—. Te conozco desde los cuatro años. Te cambia el brillo de los ojos, la forma de respirar... estás temblando. Ahí pasó algo más. Cuéntamelo, por favor.
Me mordí el labio inferior, sintiendo que la coraza se me terminaba de romper por completo ante mi mejor amiga. No podía ocultárselo; la noche con Aiden me apretaba demasiado en el pecho y necesitaba soltarlo antes de volverme loca en la soledad de mi habitación.
Para colmo de agobios, Aiden no dejó de intentarlo.
El mismo miércoles mi teléfono ardió con sus llamadas y mensajes que no me vi con fuerzas de responder.
« Joyce, ¿qué significa esto?», «Hablemos, por favor», «Dime al menos que has llegado bien » .
No contesté. ¿Qué iba a decirle si yo misma no tenía una respuesta?
¿Que me aterraba descubrir que seguía teniendo el mismo poder sobre mí que cuando éramos adolescentes?
¿Que verlo había destrozado la coraza que tanto me había costado construir?
¿Que lo amaba, pero que lo nuestro no era posible?
Por la noche, tras despedirme de Anne, la realidad de su mundo me abofeteó la cara de la forma más cruda posible.
Estaba sola en el sofá de casa, mis padres habían salido, con una taza de té entre las manos, pasando los canales de la televisión sin prestar atención, hasta que un programa de crónica social me hizo congelarme.
Era la gala benéfica anual de la Premier League en Londres, un despliegue de opulencia retransmitido en directo que parecía sacado de otra galaxia.
De repente, la cámara lo enfocó a él. Aiden acababa de bajar de un coche de alta gama en mitad de una alfombra roja abarrotada de fotógrafos, acompañado de una chica espectacular, de larga melena rubia y un vestido verde tan pegado a su cuerpo que no hacía falta adivinarlo.
Llevaba un esmoquin negro impecable que le sentaba de escándalo, el pelo perfectamente peinado y esa sonrisa deslumbrante de los días de partido, mientras saludaba con familiaridad a otros futbolistas, modelos y celebridades del país.
Verlo allí, rodeado de destellos de flashes, copas de champán y un lujo que a mí me quedaba gigantesco, me hizo encogerme en el asiento.
Me miré las manos, los vaqueros desgastados y el sencillo salón de mis padres, y sentí una punzada de inferioridad que me vació el estómago.
Yo jamás sería como esa chica, jamás encajaría en su mundo ni como amiga.
Ese era su día a día. Una realidad deslumbrante y blindada donde cada paso se medía al milímetro y donde yo no pintaba absolutamente nada.
Un mundo en el que podía elegir pasar cada noche con una mujer diferente, con curvas imposibles y juventud perenne, a la que yo no quería ni aspirar.
Mientras mi cuerpo aún guardaba el calor de sus caricias en la intimidad de aquella cama de hotel, la pantalla me gritaba que el Aiden de aquella noche era un espejismo, que lo que pasó fue saldar viejas cuentas y nada más.
Estábamos bajo el mismo cielo, sí, pero su mundo era demasiado grande, demasiado inaccesible, y la distancia que nos separaba empezó a doler de verdad.
Mientras los días pasaban en un silencio asfixiante, mi propio cuerpo se encargaba de boicotear mis intentos de mantener la cabeza fría.
Bastaba con que me quedara un segundo ensimismada mirando por la ventana para que el recuerdo de sus manos en mi cintura me recorriera la espina dorsal como una corriente eléctrica.
Aún podía sentir la presión firme de su pecho contra el mío, la urgencia de su boca devorando la mía y ese calor abrasador que había borrado de golpe seis años de invierno en apenas unos segundos.
No había sido solo deseo acumulado; por dentro, el impacto había sido devastador.
Sentir la ternura con la que me acunaba el rostro entre las sábanas, como si fuera lo más valioso que había tenido nunca, me había removido los cimientos de una forma que me aterraba admitir.
Fue una rendición en toda regla, un recordatorio físico de que, por mucho que me hubiera empeñado en enterrar el pasado, el hilo que me unía a Aiden nunca se había desgastado.
Debajo de la coraza que me había construido a base de soñar con otra vida, seguía latiendo la misma Joyce que se moría por él desde los catorce años, o quizás antes; nunca lo sabré porque siempre estábamos juntos y no sé cuándo empecé a verlo de otra forma, como un hombre al que amar.
Recordar cómo se le entrecortaba la respiración al oído mientras pronunciaba mi nombre me llenaba el pecho de una nostalgia dolorosa, una calidez preciosa que se mezclaba con el miedo más absoluto.
Me había acostado con mi mejor amigo, con el chico que me rompió el corazón, y ahora que estaba lejos, la certeza de que seguía completamente enamorada de él me quemaba por dentro.