Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Aiden

El trayecto de vuelta al hotel transcurrió en una quietud extraña, una de esas calmas que preceden a la tormenta, donde el zumbido del motor parecía el único sonido en kilómetros a la redonda.

Pensé que estaría cansada por el madrugón, el viaje y los nervios, y no hablé para no molestarla, aunque por dentro sentía que las dudas y el miedo a que me rechazara me estaban retorciendo el estómago.

Conduje despacio por las calles iluminadas de Londres, estirando los minutos todo lo posible.

Escucharla hablar de lo mal que lo había pasado cuando me fui, de su necesidad de huir del pueblo y de cómo se había reconstruido sola en Liverpool, me había dejado una mezcla de orgullo y una necesidad imperiosa de protegerla que apenas podía controlar.

Aparqué en doble fila justo frente a la fachada de su hotel. Las luces de la entrada se reflejaban en los cristales tintados, aislándonos por completo del exterior.

Joyce se soltó el cinturón de seguridad y se giró hacia mí. Había una suavidad diferente en sus ojos, una barrera que por fin había caído después de toda la velada.

—Gracias por la cena, Aiden. De verdad. Me ha venido muy bien hablar contigo así —dijo con una sonrisa sincera. Vi que llevaba la mano a la puerta y la abordé.

—Joyce, espera.

No la dejé reaccionar. Apagué el motor y me acerqué a ella en el espacio confinado del asiento delantero.

Antes de que su cerebro pudiera levantar un nuevo muro, alargué las manos y le acuné el rostro, hundiendo los dedos en su pelo suelto.

Tenía la piel cálida y, al notar el contacto, sus ojos se abrieron de golpe, fijos en los míos.

—No te vayas todavía —susurré a milímetros de sus labios.

No esperé a que me diera permiso; me lo di yo mismo.

Mis labios buscaron los suyos con la fuerza de un dique que se rompe tras seis años de contención, una descarga de necesidad salvaje mezclada con una ternura que me dolió en el estómago.

Al principio Joyce se tensó, sorprendida por el impacto, pero un segundo después soltó un leve suspiro contra mi boca y se entregó por completo, aferrándose a las solapas de mi chaqueta como si temiera caerse.

Sus labios sabían exactamente como los recordaba, pero con una madurez que me volvió loco de golpe.

Cuando nos separamos por falta de aire, ninguno de los dos fue capaz de decir una sola palabra.

Joyce respiraba agitada, con las mejillas encendidas y los labios húmedos, mirándome como si acabara de comprender que la distancia que nos habíamos impuesto era una farsa.

Esta vez no me dijo que no, como hacía apenas unos días en el río.

—Sube conmigo —pidió en un susurro casi inaudible.

—¿Estás segura, Joy?

—Sí, muy segura.

Dejé el coche en el aparcamiento privado del hotel en un tiempo récord.

Subimos en el ascensor sin articular palabra, pero nuestras manos se buscaron de forma instintiva, entrelazando los dedos con una fuerza que lo decía todo.

En cuanto Joyce pasó la tarjeta por la cerradura de la habitación y la puerta se cerró detrás de nosotros, el mundo exterior desapareció.

La tiré hacia mí, acorralándola contra la madera de la puerta mientras nos enredábamos de nuevo con una urgencia que me quemaba las venas.

Ya no había frenos, ni pasado, ni dudas.

Joyce soltó un gemido ahogado cuando mis manos bajaron por su cintura, atrayendo sus caderas contra las mías, demostrándole la fuerza con la que la deseaba.

Ella me quitó la gorra, tirándola al suelo, y hundió los dedos en mi pelo, profundizando el contacto.

Le quité la cazadora con torpeza, dejando que cayera a la alfombra, y mis manos viajaron por debajo de su jersey de punto, buscando el roce directo con su piel.

Su tacto suave me hizo soltar un gruñido.

La levanté en vilo y Joyce rodeó mi cintura con sus piernas de inmediato, sin romper el ritmo de nuestras bocas, guiándome a ciegas por la penumbra de la habitación hasta que caímos juntos sobre la cama de matrimonio.

El contraste entre la frialdad de las sábanas del hotel y el calor abrasador de nuestros cuerpos me nubló el sentido.

Me coloqué entre sus piernas, desabrochando los botones de mi camisa con desesperación mientras ella se deshacía de su jersey.

Verla allí, bajo la luz tenue que entraba por la ventana, con los ojos oscuros de deseo y la respiración desbocada, fue la imagen más hermosa de mi vida.

En mi cabeza se desató un torbellino de incredulidad.

Durante seis años, imaginar su cuerpo había sido mi castigo privado, una silueta borrosa que intentaba evocar en las noches más solitarias de mi nueva vida; no me había dado cuenta de que era ella la que me visitaba en sueños hasta ese momento, de tan distanciado que estaba del Aiden de antes.

Tenerla ahora debajo de mí, real, sentir el calor que desprendía su piel y escuchar cómo pronunciaba mi nombre entrecortadamente, me hizo comprender la magnitud de lo que había intentado enterrar bajo contratos de fútbol y entrenamientos extenuantes.

No había fama en el mundo que pudiera competir con el roce de sus dedos recorriéndome la espalda.

Nos amamos sin prisa, pero con una intensidad desbordante.

Al principio, mis movimientos tenían esa urgencia torpe de quien teme que todo se evapore al parpadear; la besaba con desesperación en el cuello, en la clavícula, buscando reafirmar que no era un sueño.

Pero cuando Joyce enredó sus dedos en mi pelo y me obligó a mirarla a los ojos, el ritmo cambió.

Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, cargados de una vulnerabilidad que me encogió el corazón.

Ya no era solo el deseo acumulado de dos adolescentes que se habían quedado a medias; era la colisión de dos adultos que arrastraban cicatrices, silencios y un dolor profundo por la distancia, curándose a golpe de caricias.

Cada uno de sus gemidos ahogados contra mi oído borraba de golpe los años de soledad en Londres.

Sentir sus manos aferrándose a mis hombros mientras nos fundíamos en un solo compás me devolvió una paz que creía perdida desde los diecisiete años.

Reconocí cada rincón que el tiempo había madurado en ella: la curva más pronunciada de sus caderas, la firmeza de su piel, los pliegues que lamí y la forma en que suspiraba cuando mi boca encontraba ese punto exacto junto a su oreja.

No era solo sexo, ni una noche de desahogo tras la tensión del reencuentro.

Era una rendición absoluta. Era la certeza, grabada a fuego en la piel y en el pecho con cada embestida y cada abrazo asfixiante, de que a pesar del ruido del mundo, de los kilómetros y de las vidas tan distintas que habíamos construido, nos seguíamos perteneciendo.

Por fin, después de una prórroga interminable que había durado seis años, me permitía volver a casa. O eso creía.