Capítulo 14 #2
Cumplió su palabra. Condujo unos veinte minutos alejándose de las zonas más turísticas hasta detenerse en una callejuela apartada.
El lugar era un local pequeño, escondido detrás de una fachada discreta sin apenas carteles.
Por dentro era el polo opuesto al lujo minimalista de su casa, con paredes de ladrillo visto, mesas de madera gastada y un olor delicioso a comida casera italiana, a guiso y a pan recién hecho.
Era el típico rincón privado que los famosos utilizaban en Londres para poder cenar temprano y tranquilos, sin fotógrafos en la puerta ni miradas indiscretas.
Nos sentamos en una mesa al fondo, bajo una luz tenue. Pedimos una ensalada de tomate y burrata, unos antipastos y un risotto de setas con trufa. En cuanto el camarero nos dejó a solas, Aiden apoyó los antebrazos en la mesa, inclinándose hacia mí.
—Venga, cuéntame. ¿Cómo ha ido la entrevista? Quiero todos los detalles.
Le conté todo del tirón, desde las preguntas del panel, hasta mis nervios al ver las pantallas gigantes, cómo había defendido mi experiencia en el hotel y la sensación de flotar que me había quedado al salir. Él me escuchó sin parpadear, con una sonrisa de orgullo que no se molestó en disimular.
—Te lo dije —comentó cuando terminé, dando un trago a su bebida—. Sabía que les ibas a encantar. Tienes una fuerza que esa gente de ciudad no ve todos los días, Joyce.
La comida llegó, pero a medida que cenábamos, el ambiente informal empezó a transformarse. La burbuja que nos rodeaba se volvió más densa, más íntima. Las risas por la entrevista dieron paso a silencios más largos, de esos que pesan porque están llenos de cosas que no nos atrevíamos a decir.
Aiden dejó los cubiertos a un lado y se apoyó en el respaldo de la silla, observándome con esa mirada limpia que solo ponía cuando estábamos a solas.
—Necesitaba esto —admitió en voz baja, mirando alrededor del local—.
Estar aquí cenando contigo, en Londres. Te juro que los dos primeros años en esta ciudad fueron una maldita locura.
Aterrizar en la élite con diecisiete años, es demasiado.
En las categorías inferiores exigen mucho y nos observan con lupa.
Hubo meses en los que me sentía un fraude absoluto.
Volvía a la habitación de la residencia donde sí, lo pasábamos bien todos, pero en la habitación estaba solo, sin mi familia, y me acuerdo que daba lo que fuera por estar en el banco del pueblo congelándome de frío mientras hablábamos de cualquier tontería.
Luego, en el equipo grande, con tantas estrellas a mi alrededor y jugándome la carrera cada minuto.
Un puto estrés. Todo eso me aisló, lo sé.
¿Sabes?, eché de menos tu sensatez cada puto día, Joyce.
Aquí todo el mundo quiere algo de ti, nadie te conoce de verdad.
Le escuché en silencio, conmovida por la honestidad de sus palabras. Ver al portero del que todo el país hablaba admitiendo esa vulnerabilidad me recordó al chico que quedó congelado en mi memoria.
—Para mí tampoco fue fácil, Aiden —confesé, jugando con el borde del vaso y regalándole una sonrisa de medio lado—.
Cuando te fuiste... joder, se me cayó el mundo encima.
Te eché muchísimo de menos y, para colmo, sentía que me ahogaba en el pueblo.
Veía que todos avanzabais y yo seguía atrapada en la misma rutina, con la vida rota y sin saber hacia dónde tirar.
Por eso me fui a Liverpool, necesitaba huir de las paredes de siempre, aunque al principio me costara la misma vida adaptarme a los turnos del hotel y a buscarme la vida sola. Lo pasé mal, la verdad.
Aiden se inclinó hacia delante, apoyando los brazos en la mesa. Sus ojos verdes brillaron con una mezcla de cariño y un deje de culpa que no pudo ocultar, pero su tono fue infinitamente dulce.
—Siento no haber estado ahí para verlo, de verdad. Pero mirándote ahora... joder, Joyce. Has salido de ahí tú sola. Tienes una fuerza increíble, siempre la has tenido.
—Bueno, hemos sobrevivido —dije, sintiendo una calidez preciosa en el pecho, libre de reproches—. Cada uno a su manera.
Él sonrió, una sonrisa abierta y sincera que le relajó por completo las facciones.
—Sí, hemos sobrevivido. Y ahora estás aquí.
—Pero ya no somos los mismos, sobre todo tú.
—No, Joy, somos mejores. El Aiden que está aquí sentado contigo no ha cambiado.
La fama, el dinero, los estadios llenos...
todo eso es ruido. Un ruido ensordecedor que a veces me vuelve loco.
Pero cuando estoy contigo, el ruido se apaga.
Si vienes a Londres y quieres, podrás comprobarlo por ti misma.
Sigo siendo el mismo tío que no podía pasar ni un día lejos de ti, y aun así ha aguantado seis años. Contigo puedo quitarme la máscara.
Mis ojos se humedecieron ligeramente ante la intensidad de sus palabras. Había tanta verdad en su mirada, tanta vulnerabilidad escondida detrás del portero implacable, que el muro que me había empeñado en levantar durante todo el viaje empezó a agrietarse de forma definitiva.
—No supe ver lo unidos que estábamos hasta que te fuiste y me dejaste plantada bajo el sauce. ¿Cómo no me dijiste nada, Aiden? Eso me dolió tanto que nada ha podido sanarlo. Ni siquiera otras relaciones.
—Por eso no te casaste.
—Supongo que sí.
—No sabes cuánto he lamentado eso. No era consciente de lo que pasaba, me metí en un río que tiraba de mí y me dejé llevar. Tú eras lo más importante de mi vida y no te cuidé como debía.
—Aiden, lo más importante era el fútbol, no yo.
—Supongo que me lo merezco. Era un chaval estúpido y me arrepiento cada minuto.
—No lo hagas.
—¿No? ¿Qué quieres decir?
—Si me hubieras puesto por delante, te habrías arrepentido. Era tu gran oportunidad y tenías que cogerla. Solo…
—¿Qué?
—Que podías haber acudido a la cita y despedirte de mí. Eso no te lo perdono. Por cierto, todavía no sé qué era eso tan importante que me querías decir.
—¿Que me iba a Londres? —bromeó y vi en sus ojos un brillo especial. No era eso, y yo lo sabía.
Pasamos el resto de la cena hablando sin prisa, entrelazando anécdotas de sus partidos con recuerdos de una vida que disfrutamos los dos a una edad en la que no nos planteábamos si éramos algo más que amigos.
No hacía falta forzar nada, ni hablar de lo que vendría mañana.
La complicidad seguía ahí, intacta, como si los seis años solo hubieran sido un paréntesis largo entre dos personas que, en el fondo, se seguían reconociendo con una sola mirada.