Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Joyce

No vi su mensaje hasta la mañana siguiente.

Me había acostado temprano, abrumada por los nervios del viaje y con la necesidad de apagar la cabeza para poder rendir en la entrevista.

Mi tren hacia Londres salía a primera hora, así que cuando sonó el despertador a las seis, fui directa a la cocina a prepararme un té.

Fue allí, entre el silencio de la casa y el zumbido de la tostadora, cuando desbloqueé la pantalla.

Al leer el texto de Aiden, sentí que la taza me temblaba ligeramente entre las manos.

Me quedé helada, con el corazón acelerado, repasando cada palabra.

« Si necesitas alojamiento... mi casa está disponible. Cuenta conmigo para lo que sea » .

—¿Te pasa algo, Joyce? —La voz de mi madre me sobresaltó. Había entrado en la cocina con paso suave, mirándome de reojo mientras se ajustaba la bata—. Tienes una cara rarísima. ¿Ha pasado algo con el trabajo?

—No, no es nada —mentí rápido, bloqueando la pantalla con un movimiento instintivo—. Solo repasaba los detalles de la dirección. Estoy muy nerviosa, mamá, creo que es una buena oportunidad.

Ella no pareció muy convencida, pero no insistió.

Media hora después, mi padre ya me esperaba en la puerta con el motor del coche en marcha.

El trayecto hasta la estación fue corto y silencioso, solo interrumpido por sus recomendaciones de que tuviera cuidado con el bolso en el metro y sus deseos de buena suerte.

Al despedirse con un beso en la mejilla en el andén, sentí la dimensión real de la situación: estaba yendo a buscar un futuro en la ciudad de la que juré no querer saber nada.

Una vez instalada en el vagón, mientras el paisaje verde del norte empezaba a pasar a toda velocidad a través de la ventanilla, saqué el móvil.

Llevaba media hora debatiéndome sobre qué contestarle.

Al principio pensé en ponerme a la defensiva, en soltarle alguna frase cortante para marcar distancias.

Pero la verdad era otra. Habíamos sido amigos durante media vida; no había nada en el Aiden de antes que yo no supiera, y fingir una frialdad absoluta a estas alturas resultaba ridículo. Opté por la verdad.

Ya voy en el tren camino de la estación de Euston.

Te agradezco el detalle, pero no hace falta que me alojes.

La agencia me ha reservado una noche

en un hotel cerca de la oficina. Deséame suerte.

La respuesta tardó apenas dos minutos en llegar, como si estuviera pegado a la pantalla esperando mi señal.

Cancela ese hotel. En casa tienes espacio

de sobra y vas a estar mil veces más cómoda.

No puedo ir a recogerte a la estación

porque entro a entrenar en media hora,

pero te mando ahora mismo un

Uber a Euston para que te traiga directamente aquí.

Me froté las sienes, soltando un bufido entre la risa y la desesperación. Típico de él. Mandón, protector y acostumbrado a que las cosas se hicieran a su manera.

Aiden, no. Ya te he dicho que tengo hotel.

Y yo te he dicho que lo canceles.

El conductor ya va de camino a la zona de taxis,

te paso los datos del coche.

Tuve que pararle los pies antes de que la situación se le escapara de las manos a los dos. Me acomodé en el asiento del tren, suspirando, y escribí con una firmeza que esperaba que entendiera.

Aiden, para. Tengo que hacer esto sola.

No es por ti, y de verdad que te agradezco muchísimo el gesto,

es por mí. Necesito demostrarme

que puedo conseguir este trabajo y

moverme por Londres por mis propios medios,

sin depender de nadie. Espero que lo entiendas.

Pasaron unos minutos largos de silencio. Me quedé mirando los tres puntos suspensivos que aparecían y desaparecían en la barra de chat, imaginándolo inclinado sobre el móvil, frustrado pero procesando mis palabras. Por fin, el teléfono vibró.

Está bien. Lo entiendo. Tienes razón.

Pero al menos déjame verte cuando termines la entrevista.

Podemos cenar algo rápido. Por favor.

Miré la pantalla durante un instante, con la sensación de que la coraza se me agrietaba un poco más. Tomar algo. Sin lujos, sin presiones. Solo nosotros. Dos buenos amigos recordando viejos tiempos.

Vale. Te aviso cuando salga de la oficina.

El trayecto restante se me pasó volando mientras miraba por la ventanilla, perdida en mis propios pensamientos.

Londres me recibió con su habitual ritmo frenético.

Al bajar en la estación de Euston, el rugido de la multitud, el pitido de los taxis y el laberinto del metro me golpearon de golpe, obligándome a espabilar a la fuerza.

Me moví por la ciudad arrastrando mi maleta de mano hasta llegar al hotel que la agencia me había reservado: un sitio pequeño, moderno y funcional, a apenas quince minutos a pie de las oficinas.

En la habitación, el zumbido de los nervios empezó a pasarme factura.

Me metí en el baño, me lavé la cara con agua fría para espantar el cansancio del viaje y me dediqué un buen rato a arreglarme.

Opté por un traje de chaqueta sencillo y profesional, me retoqué el maquillaje y me recogí el pelo en una coleta.

Al mirarme al espejo, intenté creerme el papel de mujer decidida que había venido a comerse la gran ciudad, aunque por dentro me temblaran hasta las pestañas.

A las tres en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, crucé las puertas de cristal de la agencia.

El edificio era impresionante, todo paredes blancas, techos altos y pantallas gigantes que proyectaban desfiles de moda y campañas publicitarias de nivel internacional, con fotos de gente muy famosa.

Los nervios se me agarraron a la boca del estómago en cuanto di mi nombre en el mostrador de recepción, convnecida de que yo ahí no pintaba nada.

Me hicieron esperar unos minutos en unos sofás de diseño que resultaban sumamente incómodos, rodeada de carpetas con bocetos y catálogos de marcas de lujo.

—¿Joyce? Acompáñame, por favor —me indicó una mujer joven sin apenas mirarme.

La entrevista fue un torbellino. Me recibió un panel de tres personas del departamento de producción, además de la asistente de Jess.

Al principio, al ver la envergadura del lugar, temí que mi falta de experiencia en el sector fuera un obstáculo insalvable, pero recordé las palabras de Anne y me obligué a mantener la compostura.

Me preguntaron por mi capacidad para trabajar bajo presión, mi nivel de organización y cómo gestionaba las crisis de última hora en la recepción del hotel en Liverpool.

Defendí mi postura lo mejor que pude, demostrando que, aunque no supiera de moda, sabía perfectamente lo que significaba dejarse la piel trabajando desde abajo.

No obtuve ninguna respuesta definitiva al terminar; se limitaron a tomar notas, a sonreír con cortesía y a decirme que me comunicarían su decisión muy pronto.

Salí de allí una hora después, con las piernas un poco flojas y una tremenda descarga de adrenalina recorriéndome el cuerpo. Necesitaba respirar. En lugar de volver directa al hotel, decidí dar un largo paseo por las calles de la zona para despejar la cabeza y asimilar todo lo que acababa de vivir.

El aire de la tarde me sentó de maravilla.

Caminé sin rumbo fijo hasta que me topé con una cafetería pequeña y muy cuqui en una esquina, con la fachada pintada de verde pastel y mesas de madera junto al ventanal.

Entré, me pedí un café con leche bien caliente y me senté a observar el ir y venir de la gente a través del cristal.

Solo en ese momento, rodeada del murmullo pausado del local y con el pulso por fin relajado, saqué el teléfono y abrí el chat con Aiden.

Ya he salido de la entrevista.

La respuesta tardó apenas unos segundos en iluminar la pantalla.

¿Qué tal ha ido? Bueno, me lo cuentas ahora.

Te recojo en la puerta de tu hotel en una hora. ¿Bien?

Ok. Te paso dirección.

Una sonrisa involuntaria me asomó a los labios al leer su tono protector de siempre. Guardé el móvil en el bolso, apuré el café y regresé al hotel a paso ligero. Tenía el tiempo justo.

Una vez en la habitación, me metí en la ducha para quitarme de encima la tensión acumulada de todo el día.

El agua caliente me devolvió la energía.

Al salir, me planté frente al armario con una duda nueva bailándome en la cabeza: ya no tenía que impresionar a ningún comité de expertos, pero la perspectiva de volver a ver a Aiden a solas hacía que mi corazón latiera con una fuerza totalmente distinta.

Elegí unos vaqueros oscuros, un jersey de punto cómodo y una cazadora, y me dejé el pelo suelto y natural. Estaba lista.

Aproveché los minutos de espera en la recepción del hotel para abrir el chat de Jess. Le debía un agradecimiento, independientemente de lo que decidiera el comité de la agencia.

Hola, Jess. Acabo de salir de la entrevista en la agencia. Quería darte las gracias en persona por pasar mi CV y por la oportunidad. Ha sido una experiencia increíble. ¡Un beso gigante!

Guardé el móvil justo cuando un coche negro de cristales tintados se detuvo en doble fila frente a la entrada del hotel.

La puerta del copiloto se abrió desde dentro.

Salí a la acera a paso rápido y me deslicé en el asiento de cuero, envuelta al instante por el olor a limpio y a ese perfume masculino tan familiar que siempre usaba.

Aiden estaba al volante, vestido con ropa cómoda y una gorra oscura calada hasta las cejas para pasar desapercibido. En cuanto cerré la puerta, me miró de arriba abajo, relajando los hombros como si el simple hecho de verme allí dentro le quitara un peso de encima.

—Hola —dijo, con esa voz grave que siempre me ponía la piel de gallina—. Puntual, como siempre. ¿Qué tal estás?

—Con la adrenalina todavía un poco alta, la verdad —admití, ajustándome el cinturón mientras él se incorporaba al tráfico de Londres—. ¿Adónde vamos? Espero que no me lleves a otro sitio donde tenga que ponerme un vestido de gala porque todo lo que he traído es lo que ves.

Aiden soltó una carcajada suave, negando con la cabeza.

—Tranquila. Vamos a un sitio informal.