Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Aiden

El eco de los sesenta mil aficionados coreando mi apellido en el Kings Crown Stadium todavía me resonaba en la cabeza, pero la verdad era que la victoria del sábado me sabía a medias.

De nada servía firmar el mejor arranque de temporada de mi carrera si, al mirar a la grada, la única persona que buscaba con la mirada se empeñaba en volverse invisible.

El domingo en el pub de Kensington, verla allí sentada con los chicos, riéndose de las mismas tonterías de siempre, me había devuelto por unas horas al Aiden de los dieciséis años; el chaval que no tenía un contrato millonario ni la presión del país sobre los hombros, sino solo unas ganas locas de hacerla sonreír.

Pero la rigidez con la que me había esquivado durante la fiesta seguía ahí, grabada a fuego, recordándome que el muro que nos separaba era mucho más alto que cualquier barrera defensiva que pudiera colocar en el campo.

Esa frustración contenida la arrastré directamente al entrenamiento del martes por la mañana en la ciudad deportiva del Kingsford.

Durante la sesión de porteros, canalicé toda la ansiedad en el barro.

El entrenador nos estaba machacando con ejercicios de reflejos a quemarropa, y yo me lancé a por cada balón con una agresividad que rozaba la imprudencia.

—¡Cuidado, Brooks! ¡Que solo es un partidillo de entrenamiento, no te dejes los piños en el poste! —me gritó Seb tras ver cómo me estrellaba contra el suelo para atajar un misil que iba directo al palo.

Me levanté de golpe, escupiendo un trozo de césped y limpiándome el barro del guante con el pantalón, sin decir nada.

Tenía la respiración desbocada y los músculos calientes.

Esa agresividad brutal dio sus frutos: volé a la escuadra para sacar dos tiros cruzados más y mis reflejos estuvieron más afilados que nunca.

Al terminar, me descubrí sonriendo, exhausto pero liberado, bajo los gritos de aprobación del cuerpo técnico.

Había una ligereza en mis movimientos que hacía semanas que no experimentaba.

Volar a la escuadra para sacar un tiro cruzado de Seb ya no me costó el esfuerzo agónico de los meses anteriores; mis reflejos estaban afilados, el cuerpo respondía con una precisión milimétrica y me descubrí sonriendo a los gritos del entrenador de porteros mientras completábamos las series de potencia.

—Míralo, está insoportable —bromeó Ethan mientras nos dirigíamos a los vestuarios, arrastrando los tacos sobre el césped húmedo—. Deja algo de optimismo para los demás, Brooks. Cualquiera diría que te ha tocado la lotería y no que venimos de correr series de trescientos metros.

Me limité a reír, sacudiendo la cabeza. En el fondo, Ethan no iba desencaminado; no me había tocado la lotería, pero pasar el domingo con los cinco de siempre en aquel pub de Kensington me había devuelto la vida.

Sentarme a la mesa y volver a ser solo Aiden, sin el peso del escudo del club ni las expectativas millonarias de la prensa, había recolocado todas mis piezas.

Y ver que Joyce me miraba con un poco menos de hostilidad al final de la comida había sido el verdadero motor de mi energía.

Ya bajo la ducha del vestuario, el vapor caliente ayudó a relajar los músculos tensos, pero la conversación que cambió todo mi día llegó unos minutos después, mientras me abrochaba las zapatillas junto a mi taquilla.

—...no te digo que no, pero si el míster vuelve a meternos la sesión de vídeo a las ocho de la mañana, me pego un tiro —estaba quejándose Ethan mientras se pasaba la toalla por el pelo.

—Es lo que hay tras un partido duro, toca aguantar —respondí yo, agachándome para abrocharme las zapatillas.

—Ya, ya... —Ethan se sentó en el banco de madera y desbloqueó el móvil—. Oye, por cierto, hablando de otra cosa. Me dijo Jess anoche que tu amiga... Joyce, ¿no? Que le ha gustado mucho a la agencia el currículum que mandó.

El nudo de los cordones se me congeló entre los dedos. Por dentro, sentí una brasa ardiente encenderse de golpe en el estómago, un chispazo de adrenalina puro. Joyce lo había hecho. No solo se lo había enviado a Jess el mismo domingo, sino que el proceso ya estaba en marcha.

Me obligué a mantener el rostro completamente inexpresivo, terminando de hacer el nudo con lentitud para disimular el vuelco que me había dado el corazón.

—Sí, Joyce —respondí con una voz que sonó sorprendentemente estable, casi casual—. ¿Le ha encajado el perfil?

—Sí, Jess dice que tiene buena pinta y que la van a llamar para una entrevista presencial esta misma semana, el miércoles o el jueves, creo. Dice que la ve con ganas —añadió Ethan, encogiéndose de hombros mientras se ponía la sudadera del club—. Estará a punto de llegar, ¿no?

—Pues no tengo ni idea, la verdad —mentí, intentando que mi voz sonara lo más natural e indiferente posible—. No hemos hablado de eso.

—Ah, pues pregúntale a ver qué te cuenta —añadió Ethan, encogiéndose de hombros antes de ponerse la sudadera del club—. Jess estaba contenta, dice que la chica le dio buen rollo el sábado en la fiesta y necesitan gente para la Fashion Week.

—Me alegro mucho —aseguré, clavando la mirada en mi taquilla—. La chica lo vale. De verdad.

Me obligué a mantener el rostro completamente inexpresivo, terminando de hacer el nudo con lentitud para disimular el temblor de mis manos. No quería que Ethan notara lo desesperado que estaba por cualquier mínima noticia que tuviera que ver con ella y que le fuera con el cuento a Jess.

Por la noche, la soledad de mi habitación en el chalet se me hizo más grande y silenciosa que de costumbre.

Ethan estaba con Jess, cada día pasaban más tiempo juntos y me temía que cualquier día se fuera a vivir con ella y me dejara la casa para mí solo.

Algo que no quería. Cené algo rápido en la cocina y subí a mi cuarto con el teléfono en la mano, incapaz de concentrarme ni en la televisión ni en la novela que tenía entre manos.

Me tumbé en la cama de matrimonio, apoyado contra el cabecero, con la pantalla iluminando las sombras del techo.

Entré en la agenda y busqué su nombre. Todavía no había una foto de perfil asociada a su número privado; solo la silueta gris por defecto.

Me quedé inmóvil, con el pulgar suspendido sobre el teclado, debatiéndome en una guerra interna que me estaba agotando.

«¿Le escribo? No, déjala respirar, Aiden, vas a agobiarla y va a volver a cerrarse en banda » , me decía una parte de mí. Pero la otra, la que competía cada fin de semana bajo la presión de sesenta mil personas, me gritaba que fuera valiente.

Me froté la cara con la mano libre, soltando un resoplido áspero. Qué ridículo. No me temblaban las piernas cuando un delantero de nivel mundial corría hacia mí en un mano a mano en el minuto noventa, pero me aterraba pulsar un botón para enviar un mensaje de texto de apenas tres líneas.

Me obligué a enderezarme en la cama. Pensé en el partido del sábado, en la estirada milagrosa a la escuadra, en la toma de decisiones en décimas de segundo que definía mi carrera.

Como el portero implacable que se suponía que era, me di una orden mental directa: «Tío, tienes un saque de puerta que tirar y no puedes permitirte perder esta oportunidad. El balón está en tu tejado».

Desbloqueé el teléfono, abrí el chat y escribí del tirón, antes de que el cerebro me boicoteara el impulso:

Hola, Joy: Sé por Ethan que la agencia de Jess te ha citado para una entrevista en la oficina de Londres esta semana.

Me alegro muchísimo, de verdad. Te escribo solo para decirte que, si necesitas alojamiento para no tener que pagar un hotel, mi casa está disponible.

Y si necesitas chófer para moverte por la ciudad o cualquier otra cosa, cuenta conmigo para lo que sea.

Mucha suerte, te va a salir genial. Un beso.

Contuve la respiración y pulsé enviar. La marca de «entregado» apareció al instante. Dejé el móvil sobre la mesita de noche, con el corazón golpeándome con fuerza las costillas, sabiendo que acababa de lanzar el balón lo más lejos posible hacia su campo. Ahora le tocaba a ella jugar.

Dejé el móvil sobre la mesita de noche con la pantalla hacia abajo, como si mirar el aparato pudiera retrasar la respuesta.

Me tumbé boca arriba, entrelazando las manos detrás de la nuca con los ojos clavados en las sombras del techo.

La casa volvía a ser ese cascarón de hormigón frío y minimalista que tanto parecía agobiarla, un espacio demasiado grande para un solo cuerpo.

Me costaba asimilar que mis reflejos valieran millones en la Premier y que, en cambio, fuera incapaz de calcular la trayectoria de un simple mensaje de texto.

Solo me quedaba esperar. Esperar a ver si decidía chutar de vuelta o si, como temía en el fondo de mi estómago, prefería dejar correr el reloj y dejarme jugando solo en una prórroga que no terminaba nunca.

Cerré los ojos, pero el silencio de la habitación solo sirvió para que su recuerdo se volviera más nítido.

Me costó no imaginarla allí mismo, ocupando el lado vacío de la cama, con su aroma a mandarina impregnando las sábanas y su piel suave cediendo por fin bajo mis manos.

Deseaba volver a tenerla cerca con una urgencia que me asustaba, rozando la obsesión.

Me preguntaba cómo sería su vida si se mudaba a Londres; si esta ciudad inmensa terminaría por engullirla y la perdería para siempre entre la multitud, o si decidiría dar el paso y buscarme para retomar esa amistad que nunca debimos romper.

Solo esperaba que mi mensaje fuera suficiente para recordarle que, en mitad de este caos, yo seguía siendo un lugar seguro para ella, y ella para mí, el puerto del que nunca debí partir.