Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Joyce

El domingo amaneció con esa luz gris y perezosa tan típica de Londres, filtrándose a desgana por las rendijas de las persianas del apartamento de alquiler. En la cocina, el ruido de la cafetera italiana y el olor a tostadas quemadas hacían lo posible por despabilarnos.

—¿Habéis visto el mensaje de Aiden en el grupo?

Lo ha puesto tempranísimo —comentó Arthur, con la voz tomada por el sueño mientras untaba mantequilla en el pan—.

Dice que tiene sesión obligatoria de recuperación en las instalaciones del Kingsford para soltar los músculos tras el partido de ayer, pero que después está completamente libre.

Hemos quedado para comer todos juntos antes de emprender la vuelta a casa.

Dice que vayamos a The Churchill Arms , en Kensington.

Yo no abrí la boca. Tenía los ojos hinchados y una taza de café negro caliente entre las manos que utilizaba más para calentar dactilarmente mis dedos que para beber.

Estaba muerta de sueño. Al cerrar los ojos, todavía podía sentir el vaivén del taxi de madrugada y la conversación susurrada que había mantenido con Anne hasta casi las cuatro de la mañana en la cama del apartamento.

Anne lo intuía todo. Hacía años que sospechaba que aquella amistad tan profunda y obsesiva que Aiden y yo compartíamos en la adolescencia encerraba algo más, un fuego soterrado que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar antes de que todo volviera a surgir a causa del entierro de su abuelo.

Anoche, tras confesarle el amago de beso frustrado en el vestíbulo y el roce de nuestras manos, mi amiga no me juzgó.

Se limitó a abrazarme de lado y a darme el empujón que necesitaba.

—Estás temblando, Joy —dijo en un susurro suave, rompiendo el silencio que nos envolvía—. Y no es por el frío de este apartamento. ¿Qué ha pasado en el vestíbulo con Aiden?

Me abracé a las rodillas, hundiendo la barbilla en la colcha. El calor de los dedos de Aiden todavía me escocía en la palma de la mano.

—Casi nos besamos, Anne —confesé, y acto seguido noté que las lágrimas me quemaban los ojos de pura frustración—.

Estábamos a esto. Me pidió que me quedara a dormir en su casa...

y por un segundo quise mandar todo a la mierda y hacerlo.

Pero no puedo. No soy como esa gente con la que se junta ahora.

Siento que si cedo, si dejo que vuelva a entrar en mi vida, me voy a romper del todo cuando se vuelva a marchar.

Anne suspiró, con el brazo extendido para acariciarme la espalda con ternura.

—Aiden no se va a marchar, cariño. Al menos, no como la última vez.

Se os nota a la legua que os seguís queriendo de la misma forma salvaje que cuando teníais dieciséis años.

Pero entiendo tu miedo. Entiendo que te sientas en desventaja porque él lo tiene todo y tú sientes que vuelves al pueblo con las manos vacías. ¿Verdad?

—¡Ay, Anne! ¿Por qué es tan difícil? Dios sabe que lo he intentado; creí que estaba enamorada de Paul y ya ves. Soy un fracaso.

—No, nena, no digas eso. Lo que pasa es que no sabías que lo que sentías por él hace años sigue ahí dentro.

Pero eso no debe impedirte ser feliz y seguir luchando por tus sueños, con él o sin él.

Ahora estás rota por más motivos; quizás necesites encauzar tu vida antes de saber si ese sentimiento es que estás enamorada o solo nostalgia de lo que hubo. Eso nos ha pasado un poquito a todos.

Se incorporó un poco sobre los cojines, mirándome con una seriedad absoluta a través de las sombras del cuarto.

—Para empezar —me dijo en la oscuridad del cuarto, con voz firme—, vas a enviarle ese currículum a Jess en cuanto te levantes. Olvídate de Aiden por un segundo. Esto es por ti, Joyce. Necesitas salir del pueblo, soltar a los fantasmas que no te dejan tranquila, y esta es tu oportunidad.

Así que, allí mismo, entre el olor a café de la mañana y con las manos todavía temblorosas por el recuerdo de la noche anterior, saqué el móvil.

Busqué el contacto de Jess, adjunté el archivo de mi CV en PDF y, antes de que el orgullo me hiciera arrepentirme, pulsé enviar.

Crucé los dedos bajo la mesa, con un nudo de anticipación y pánico en el estómago. A saber qué pasaría.

La verdad era que me sentía en carne viva.

Apenas había dormido un par de horas seguidas.

Cada vez que conciliaba el sueño, me despertaba de golpe con la sensación táctil de sus dedos rozando mi palma en el vestíbulo, con el calor de su cuerpo bloqueándome la salida y la vibración grave de su voz suplicándome que me quedara.

Me dolía el cuerpo de pura tensión. Experimentaba una mezcla de alivio por haber mantenido las distancias y una punzada de arrepentimiento tan egoísta que me daba vergüenza admitirla.

¿Había hecho bien en protegerme, o simplemente estaba huyendo de algo que seguía vivo dentro de mí?

¿Tenía miedo de lo que sentía por él, o de todo lo que rodeaba su vida que me era tan ajeno y difícil?

A las dos de la tarde, el pub de Kensington era un hervidero de gente y flores colgantes, pero en la mesa del rincón solo estábamos nosotros.

Los seis de siempre. Sin los hermanos Brooks, sin parejas influencers , sin futbolistas de élite ni azafatos de alta costura.

Solo Steven, Arthur, Camila, Anne, Aiden y yo, los de siempre desde los catorce años.

Al principio me mantuve a la defensiva, esperando que Aiden intentara forzar otra situación a solas, una mirada cómplice o un comentario con doble sentido que me obligara a levantar el muro de nuevo. Pero no lo hizo.

Aiden llegó vestido con una sudadera gris básica y unos vaqueros gastados, con el pelo todavía algo húmedo del entrenamiento y esa sonrisa relajada que ponía cuando jugábamos de niños en el patio del instituto.

Se sentó enfrente de Arthur y se pidió una pinta de cerveza y una hamburguesa normal, exactamente igual que los demás.

Durante las dos horas que duró el almuerzo, no intentó nada.

No buscó mis ojos con urgencia, no sacó a colación la noche anterior, ni hizo gala de los millones que costaba su contrato en el Kingsford.

Se limitó a escuchar las quejas de Steven sobre el jefe del taller mecánico, a reírse con las anécdotas de Camila y a recordar la vez que nos colamos en la piscina municipal a los catorce años.

La conversación fluía entre risas y recuerdos compartidos, hasta que trajeron una segunda ronda de bebidas. Fue entonces cuando Steven le dio una palmada en la espalda.

—Menudo viaje, Brooks. La verdad es que da pena volverse al pueblo después de ver cómo te las gastas por aquí. Este pub está genial, pero tu chalet de ayer... joder, sigo flipando, tío.

Aiden sonrió de lado, jugueteando con el posavasos de cartón. Dejó caer la mirada sobre la mesa y, de forma casi imperceptible, sus ojos se cruzaron con los míos.

—Bueno, no es mía, y no flipéis, que a muchos los compromisos y la soledad nos aprietan. Tenemos la vida demasiado milimetrada. No es tan ideal como parece.

—Ya, supongo que cada uno tiene lo suyo. Aun así, no te privas de nada. Gracias por invitarnos.

—Sí, tío, después de seis años ya era hora —bromeó Arthur dándole una palmada en la espalda y todos rieron, menos yo que sentí una punzada en el pecho.

—Tienes razón,  os agradezco que me hayáis perdonado.

Se me vino todo encima. Ya os lo he dicho, esta es vuestra casa.

Venid a Londres siempre que queráis, o cuando lo necesitéis.

Las puertas están abiertas las veinticuatro horas —dijo, ensanchando la sonrisa hacia el grupo, aunque luego bajó el tono de voz, clavando sus ojos verdes en mí con una fijeza que me erizó la piel—.

Para todo el mundo. Especialmente para los que creen que están muy lejos o que no pertenecen a este lugar.

A veces solo hace falta un mensaje o una llamada para darse cuenta de que las distancias no son tan grandes como parecen.

El corazón me dio un vuelco. Era un mensaje directo, con una segunda intención tan clara que me quemó las mejillas. Él sabía perfectamente que yo no le había escrito, y me estaba lanzando un salvavidas en mitad de todo el grupo sin que los demás notaran absolutamente nada.

—Bueno, yo desde luego me apunto a repetir —saltó Camila, ajena a la corriente eléctrica que cruzaba la mesa—. Aunque la próxima vez nos llevas a dar una vuelta en ese coche tuyo.

—Hecho —respondió Aiden, relajando la postura, pero sin romper el contacto visual conmigo durante un par de segundos más—. Solo tenéis que avisar. A mí me gusta cumplir mis promesas, aunque a veces llegue con un poco de retraso.

Apreté los dedos alrededor de mi vaso. Otra indirecta. Otra alusión a esa misteriosa nota de febrero y a los asuntos pendientes que, según él, yo me negaba a escuchar.

Mirándolo de reojo mientras se limpiaba la salsa de los dedos con una servilleta de papel, sentí que algo se me ablandaba en el pecho de forma inevitable.

En ese restaurante ruidoso de Londres, entendí algo fundamental: el Aiden de siempre no había desaparecido.

No se había convertido en un monstruo de ego y ambición devorado por la gran ciudad.

Solo se había escondido muy bien detrás de los focos, de las ruedas de prensa, de los chalets de alquiler minimalistas y de los muros infranqueables de la fama.

Pero debajo de todo eso, el chico de siempre, el que conocía más que a mí misma, seguía intacto.

—Bueno —dijo Arthur, mirando el reloj de pulsera y dando un suspiro—. Albert está llegando. Hay que ir tirando hacia los coches si no queremos que nos pille el atasco de salida en la autopista. Mañana hay que trabajar.

Aiden se levantó el primero para pagar la cuenta antes de que Steven pudiera sacar la cartera, ganándose el habitual bufido de protesta de todos.

Salimos a la acera, como cualquier grupo de amigos, donde el frío de la tarde londinense ya empezaba a picar.

Las despedidas fueron rápidas, llenas de abrazos y promesas de hablar por el grupo de WhatsApp.

Cuando llegó mi turno, me quedé quieta frente a él. Aiden me miró con una suavidad que me desarmó por completo. No había reproche en sus ojos, solo una paciencia infinita.

—Buen viaje de vuelta, Joy —dijo, dando un paso atrás para respetar mi espacio, sin intentar tocarme—. Avísame cuando llegues, por favor.

Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra, le di dos besos que se convirtieron en un abrazo.

Cerré los ojos para aspirar su aroma, por si era la última vez, y le susurré un gracias al cuello.

Me subí al coche de Albert, que había ido a recogernos a la puerta del pub.

Mientras el coche arrancaba y dejábamos atrás la silueta de Aiden, inmóvil en la acera con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera, miré la pantalla de mi móvil.

Tenía un mensaje nuevo de un número desconocido de Londres.

« Hola, Joyce. Soy la asistente de Jess. Hemos recibido tu CV y nos encaja tu perfil para el puesto de asistencia en la Fashion Week. ¿Podrías pasarte por la oficina el jueves para una entrevista presencial? ».

Sujeté el teléfono contra mi pecho, sintiendo que el coche me alejaba de Londres a toda velocidad, justo cuando mi destino parecía empeñado en hacerme volver.