Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Aiden

El pitido final en el Kings Crown Stadium me había dejado exhausto, pero con la adrenalina disparada.

Mantener la portería a cero contra el Chelsea siempre era una batalla física, un desgaste de reflejos, saltos y gritos que me dejaba el cuerpo dolorido, pero lo único en lo que había podido pensar mientras me duchaba a contrarreloj en el vestuario era en el trayecto hacia mi casa. En ella.

Cuando aparqué el coche en la entrada del chalet de las afueras que tenía alquilado a medias con Ethan, el jaleo ya se escuchaba desde el jardín.

Había dejado la llave a Albert para que ejerciera de anfitrión mientras yo terminaba de atender a la prensa de la Premier, y mi hermano se había tomado el papel al pie de la letra.

Al cruzar el umbral del salón, el contraste entre mis dos mundos me pegó un puñetazo directo en el estómago.

La música flotaba a un volumen moderado, mezclándose con el murmullo de las risas.

En la zona de los sofás de diseño ya se había instalado el grupo del pueblo: Albert charlaba animadamente con Steven y Arthur, mientras Beth y Sophie compartían confidencias con un par de copas de vino.

Recorrí el espacio con una mirada rápida, casi frenética, buscando una cabellera oscura. Nada. No estaba allí.

—¡Ahí está el héroe del día! —gritó Ethan, el central de nuestro equipo y mi compañero de piso, entrando por la puerta de la cocina justo detrás de mí, flanqueado por su novia, Jess, una influencer de moda londinense que ya estaba grabando un story para sus redes mostrando las enormes cristaleras de la casa.

Detrás de ellos aparecieron Noah con Maia, y Seb con Olivia, todos compañeros de la plantilla con sus respectivas parejas. Los chicos del Chelsea todavía debían de tener pesadillas con mis estiradas, y mis compañeros venían dispuestos a celebrarlo por todo lo alto.

—Menudos dos paradones, Brooks —me felicitó Seb, dándome un empujón cariñoso en el hombro—. Nos has salvado los tres puntos, cabrón.

—Hago mi trabajo, nada más —respondí con una sonrisa a medias, intentando mantener la compostura mientras hacía las presentaciones pertinentes.

Cruzar a los futbolistas de élite con mis amigos de la infancia del pueblo fue un ejercicio curioso.

Presenté a Arthur y Steven con Ethan y Seb; la timidez inicial de los chicos del pueblo duró exactamente lo que tardaron en darse cuenta de que a todos les gustaba hablar de coches y de las mismas marcas de cerveza.

Se dieron cuenta de que los futbolistas famosos son personas normales como ellos, solo que los conocía más gente.

Jess y Olivia enseguida arrastraron a Camila, Beth y Sophie hacia la zona del comedor, comentando el último desfile de la semana de la moda.

Yo seguía con el piloto automático encendido, respondiendo a las felicitaciones, pero con los ojos clavados en el pasillo. No me atrevía a preguntar por ella; no quería levantar las sospechas de mis amigos ni ganarme una mirada de advertencia de Anne, a la que tampoco había visto aún.

Me giré al oír el sonido de la puerta del aseo del vestíbulo.

Joyce salió primero, seguida muy de cerca por Anne, que se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

Al verme allí plantado, rodeado de mis compañeros de equipo, Joyce se detuvo en seco.

Llevaba unos pantalones negros ajustados y un top sencillo de color burdeos que le sentaba de escándalo, pero lo que me encogió el pecho fue la rigidez inmediata de su postura.

El aire pareció volverse denso entre los dos.

Sostuvo mi mirada dos segundos, indescifrable, antes de desviar los ojos hacia la barra de la cocina.

—Voy a por un vino —le susurró a Anne, utilizándola como escudo para rodear el salón y evitar cruzarse conmigo.

—Poneos cómodos, por favor. Voy a enseñaros el resto de la casa a los que no la conocéis —anuncié en voz alta, aunque mis ojos seguían el sutil movimiento de las caderas de Joyce alejándose hacia la cocina.

Guié al grupo por la planta baja, utilizando la arquitectura como una distracción para aliviar mi propia ansiedad.

Aunque el chalet era de alquiler —un capricho moderno de hormigón visto, líneas minimalistas y una piscina infinita que daba al jardín trasero—, a los chicos del pueblo les pareció una mansión sacada de una revista de lujo.

Les enseñé el pequeño gimnasio donde pasaba las tardes de recuperación, que contaba con una pequeña sauna, y la terraza acristalada que daba a la piscina.

Todos hacían preguntas, maravillados, pero Joyce se mantuvo siempre en la retaguardia del grupo, pegada a los ventanales, mirando hacia el exterior, como si la opulencia de la casa la asfixiara.

Cada vez que yo daba un paso en su dirección para intentar integrarla en la conversación, ella encontraba la excusa perfecta para moverse: hablar con Camila, pedirle más hielo a los camareros que había contratado para la cena o revisar su teléfono con fingida urgencia. Me rehuía descaradamente.

La cena, un buffet de comida fusión asiática que el catering había dispuesto en la isla de la cocina, sirvió para relajar el ambiente general, pero aumentó mi frustración.

Mientras el salón se llenaba de conversaciones cruzadas, como la de Ethan discutiendo con Arthur sobre los caballos de potencia de un motor, o Jess intentando convencer a Maia de ir a una tienda exclusiva en Mayfair al día siguiente, yo busqué mi oportunidad.

Aproveché que Joyce se había acercado a la mesa auxiliar para servirse un poco de sushi para arrinconarla sutilmente, cortándole la vía de escape con mi envergadura.

—Hola, Joyce —murmuré, bajando la voz para que no sobresaliera entre el bullicio de los demás—. Pensaba que no vendrías. No dijiste nada en el grupo.

Ella dio un pequeño respingo, pero no se apartó. Se limitó a pinchar un maki con el palillo de madera, manteniendo la vista fija en el plato.

—Anne insistió. Decía que me vendría bien salir del bucle de las cajas de mudanza de Liverpool —respondió con una voz monótona, desprovista de cualquier calidez—. Enhorabuena por el partido. Has estado... intratable.

—Gracias. —Sentía que el corazón me latía más rápido que durante el mano a mano contra el Chelsea—. ¿Leíste la nota que te dejé con tu madre?

Joyce apretó los labios, y por un microsegundo, la frialdad de su máscara se agrietó, dejando ver una chispita de esa rabia contenida que tanto me asustaba y me atraía a la vez. Elevó los ojos oscuros hacia los míos, desafiante.

—La leí, Aiden. Pero como te dije en el río, tú y yo vivimos en planetas completamente distintos ahora.

Mira a tu alrededor —añadió, señalando con un leve gesto de cabeza a Jess, que reía ruidosamente junto a Ethan—.

Esto es tu vida. Focos, chalets de alquiler que cuestan más que la casa de mis padres y amigos que salen en la televisión.

Yo mañana vuelvo al pueblo a buscar trabajo de lo que sea para no morir de asco.

No sé qué pretendes buscando respuestas a estas alturas.

Quise responderle, quise agarrarla de la muñeca, arrastrarla al despacho y explicarle que nada de todo este lujo significaba una mierda si ella seguía mirándome como a un extraño, pero el destino volvió a jugar en mi contra.

—¡Brooks! ¡Ven aquí un momento, joder! —me llamó Seb desde el sofá, levantando su copa—. ¡Noah dice que el segundo paradón ha sido suerte y tenemos que revisar la repetición en la pantalla grande!

Joyce aprovechó mi milisegundo de distracción para dar un paso atrás, liberándose de mi cercanía.

—Ve con tus amigos, Aiden —me cortó con una sonrisa amarga y educada—. Es tu noche. Disfrútala.

Se dio la vuelta y se mezcló de nuevo entre la multitud del salón, dejándome allí plantado, con el sabor de su rechazo quemándome la garganta en mitad de mi propia fiesta.

La fiesta continuó su curso, pero para mí la música y las risas de mis compañeros se habían convertido en un ruido de fondo difuso.

Fui al salón a cumplir con el expediente, bromeé sobre la repetición del partido en la pantalla gigante y me tomé una cerveza mientras los chicos rivalizaban en la Play, pero mi atención seguía dividida.

A lo lejos, vi que el alcohol empezaba a surtir efecto en el ambiente.

La rigidez inicial de Joyce pareció desvanecerse un poco tras la segunda copa de vino.

La vi reír de verdad con una ocurrencia de Camila y, para mi sorpresa, entablar una conversación en la barra con Jess y Olivia.

Me acerqué a la cocina con la excusa de reponer los hielos, lo suficientemente cerca para escuchar de qué hablaban sin resultar intrusivo.

—...es que Liverpool es precioso, pero el mercado allí está imposible —estaba diciendo Joyce, con el tono de voz más suave, relajado por el vino—.

Yo estaba en la recepción del hotel, pero no estudié para eso y...

bueno, lo dejé para hacer otras cosas. Ahora vuelvo a casa de mis padres a ver qué sale.

Tampoco es que tenga una gran experiencia en despachos o gestionando grandes proyectos.

—¿Y qué te gustaría?

—Estudié gerencia de hoteles en Turismo y organización de eventos, que me encantan, pero no tengo experiencia.

Jess, que estaba apoyada en la encimera con una copa de champán, negó con la cabeza y le dio un trago antes de hablar con esa seguridad tan suya.

—¿Y qué más da? Todo se aprende, chica —dijo la influencer , gesticulando con las manos—.

Mira, la agencia para la que trabajo está organizando la Fashion Week y nos estamos volviendo locos buscando gente de apoyo para el equipo de producción.

Mándame tu currículum mañana mismo. Así conoces el oficio de primera mano.

Te aviso de que es duro, muy duro, hay que meter mil horas y aguantar mucha presión, pero no hay nada mejor que trabajar en ello desde abajo para saber de qué va esto realmente. Y pagan bien.

Joyce se quedó cortada, parpadeando con sorpresa ante la oferta inesperada.

—Yo... bueno, claro. Puedo enviártelo —murmuró, y por primera vez vi un destello de auténtica esperanza en sus ojos, mezclado con un evidente desconcierto.

Me guardé esa información en la recámara. Si Jess le ofrecía algo en Londres, aunque fuera como personal de apoyo en el barro de la producción y de los eventos, la distancia que Joyce tanto insistía en poner entre nosotros dos se reduciría a nada.

Hacia las dos de la madrugada, los primeros taxis empezaron a llegar a la entrada de la casa.

Mis compañeros de equipo se despidieron entre abrazos y felicitaciones por el partido, dejando el chalet en un silencio repentino.

El grupo del pueblo empezó a recoger sus chaquetas.

Arthur y Steven estaban medio dormidos en el porche, y Albert, Ben y sus chicas ya habían subido a sus dormitorios y el catering hacía rato que tenía todo recogido.

Joyce se estaba poniendo una gabardina gris en el vestíbulo cuando me acerqué a ella. Anne, con esa intuición afilada que tenía, agarró a Camila del brazo y la arrastró hacia el jardín exterior con la excusa de encender un cigarrillo, dejándonos solos en la entrada.

La luz tenue del vestíbulo caía sobre el rostro de Joyce. El vino le había dejado las mejillas ligeramente sonrosadas y la mirada cansada, desarmada de esa frialdad cortante de unas horas antes.

—Joyce, quédate —le pedí en un susurro, dando un paso hacia ella. La urgencia en mi voz era real—. Los chicos van a ir al apartamento de alquiler, pero aquí hay espacio de sobra. Quédate conmigo esta noche. Solo para hablar, no hemos tenido tiempo.

Ella se detuvo con el botón de la gabardina a medio abrochar.

Elevó la vista y me miró. No había rabia en sus ojos oscuros, solo una tristeza profunda, una fatiga que me encogió el corazón.

Estábamos tan cerca que volví a respirar su aroma a mandarina, mezclado ahora con el toque dulce del vino.

Su mano derecha tembló levemente sobre el tejido del abrigo.

Por un instante, solo un maldito instante, creí que iba a ceder.

Vi cómo sus labios se entreabrían y cómo su cuerpo se inclinaba sutilmente hacia el mío, reviviendo la memoria eléctrica del beso en el río.

Por el rabillo del ojo vi que la mano de Joyce buscaba instintivamente la mía, buscando un apoyo, un anclaje en mitad de la tormenta que llevaba dentro.

Sus dedos rozaron la palma de mi mano, y una descarga conocida nos recorrió a los dos.

Estuvimos a punto de acortar los escasos centímetros que separaban nuestras bocas, a punto de mandar al demonio el orgullo y las barreras.

Pero entonces, Joyce cerró los ojos, soltó mi mano con un movimiento brusco, tomó aire y dio un paso atrás, rompiendo el hechizo. Su mirada se volvió de piedra.

—No, Aiden —dijo, a la vez que negaba con la cabeza despacio, con una firmeza que me dolió más que cualquier reproche—. No voy a quedarme.

—Joyce, por favor...

—He dicho que no —me interrumpió, y esta vez su voz vibró con una mezcla de dolor y orgullo—.

Venir a Londres ya ha sido un error. Ver este sitio, ver tu vida...

solo me recuerda todo lo que no tengo y todo lo que perdimos cuando pusiste distancia.

No voy a meterme en tu cama para que mañana me dejes en una estación y vuelvas a tu mundo.

—¡No te dejaría en ninguna parte! —repliqué, la frustración estallaba en mi pecho como una tormenta inesperada—. Fui a despedirme y no estabas. ¡Hay cosas de esa maldita noche de febrero que no sabes!

—¿Maldita? —su mirada se nubló por culpa de esa palabra tan mal elegida—. Pues ya es tarde para contarlas —zanjó ella, abriendo la puerta principal. El aire frío de la noche londinense se coló en el vestíbulo, congelándonos a los dos—. Buenas noches, Aiden. Enhorabuena por tu victoria.

Salió al porche sin mirar atrás, y se subió al taxi junto a los demás.

Me quedé apoyado en el marco de la puerta, mientras veía cómo los pilotos traseros del coche desaparecían por la avenida arbolada, dejándome solo en mitad de una casa demasiado grande, demasiado vacía, y con la oferta de trabajo de Jess quemándome en la cabeza como la única oportunidad para no perderla para siempre.

Qué broma de mal gusto. Mis reflejos valían millones de libras en el mercado, pero el mejor portero de la Premier acababa de demostrar que sus manos eran totalmente inútiles para detener lo único que de verdad le importaba conservar.