Capítulo 10
Joyce
Las semanas habían pasado con la misma inercia gris y monótona de los últimos meses, pero el tiempo se me había agotado.
Con tanta alegría como pena, llegó mi último día en el hotel de Liverpool.
Me despedí de mis compañeras, entre abrazos rápidos y promesas difusas de mantener el contacto, y una punzada de vacío me atravesó el pecho al cruzar la puerta de salida.
De vuelta en mi piso, contemplé las cajas de cartón apiladas en el salón y me invadió una sensación de vértigo insoportable.
No sabía qué hacer con mi vida. Volvía al pueblo con las manos vacías, sin planes, sin futuro y con la etiqueta de la chica que canceló su boda flotando sobre mi cabeza. Estaba completamente desbordada.
Mientras recogía los últimos detalles del apartamento que debía dejar libre esa misma semana, encontré la caja metálica de galletas.
Saqué la nota que Aiden le había dejado a mi madre antes de marcharse.
Releí aquellas líneas, sintiendo el mismo escalofrío de la primera vez.
Grabé su teléfono privado en la agenda de mi móvil, pero el orgullo y el miedo a salir dañada me impidieron usarlo; no me había atrevido a escribirle ni un solo carácter.
Dejé el trozo de papel sobre el brazo del sofá y me tapé la cara con las manos, respirando el aire cargado de polvo del salón a medio desmantelar.
Ver su número privado grabado en la agenda de mi móvil me revolvió el estómago.
Quería borrarlo. Quería apretar el botón y hacer desaparecer esos once dígitos que me vinculaban a él, pero no fui capaz.
Me quedé allí quieta, rodeada de torres de cajas que contenían los restos de mi vida independiente, sintiéndome el ser más patético de la tierra.
¿Qué se suponía que debía hacer? Mi mente era un torbellino de dudas que me asfixiaba.
Seis años intentando construir una identidad lejos de él, lejos del pueblo, y ahora todo se derrumbaba a la vez.
No solo era la presión de tener a Aiden rondando de nuevo con sus notas y sus silencios cargados de promesas; era la absoluta incertidumbre de mi propio futuro lo que me devoraba por dentro.
Saber lo que no quería no era suficiente para seguir adelante.
El lunes tenía que entregar las llaves de ese piso y regresar a mi antigua habitación con una mano delante y otra detrás.
El sector de la hostelería y la gestión de eventos en Liverpool estaba saturado, y mi última experiencia en el hotel no había servido para abrirme las puertas que yo esperaba.
Necesitaba un trabajo con urgencia, algo que me permitiera recuperar la dignidad y no sentirme una carga para mis padres, pero las ofertas en nuestra región eran inexistentes.
¿De qué iba a trabajar en el pueblo? ¿De camarera en el Black Dog ?
¿Haciendo sustituciones administrativas en el ayuntamiento?
La falta de perspectivas laborales me pesaba en el pecho como una losa de hormigón.
Mi padre insistía en que me montara algo por mi cuenta, pero se me hacía un mundo.
¿Qué podía hacer? Siempre me quedaría la hotelería, donde no faltaba trabajo, aunque lo mío era la organización de eventos. Me fascinaba.
Me recosté en el sofá desvencijado, rodeada de cajas, con los recuerdos machacándome la cabeza, cuando el teléfono vibró en mi regazo.
Un nuevo mensaje había entrado en el grupo de WhatsApp de mis amigos del pueblo, y entonces me di cuenta de que Arthur había metido a Aiden en él.
Los chicos estaban como locos organizando un viaje de fin de semana a Londres para ir a verlo jugar.
Yo no había dicho nada en el chat; me limitaba a leer desde la sombra porque me aterraba la idea de que él viera que estaba escribiendo o supiera que nos íbamos a ver en Londres, si decidía ir. No sabía qué camino tomar.
En ese instante, la pantalla cambió y apareció el nombre de Anne. Lo descolgué al segundo tono.
—Dime que vas a venir a Londres, Joy —disparó mi amiga sin rodeos. Ella había intuido perfectamente la verdadera razón de mi silencio absoluto en el grupo—. Sé lo que estás pensando, pero os queríais muchísimo. Erais uña y carne, los mejores amigos del mundo.
—Ya, Anne, pero eso ya no es así —respondí, pegando la frente a mis rodillas—. Las cosas cambiaron hace seis años. Y ahora mismo estoy mucho más preocupada por mi falta de trabajo y por tener que volver a casa de mis padres que por un partido de fútbol.
—Precisamente por eso te vendrá bien descansar con este miniviaje —insistió Anne, con ese tono firme que utilizaba para hacerme razonar—.
Tómalo como una escapada, te hace falta respirar.
Además, vamos a ir todos y allí siempre hay un montón de gente.
Habrá tanto jaleo que ni siquiera tendrás que hablar con Aiden a solas si no quieres. Aprovecha.
Una semana después, la realidad de mi regreso al pueblo se hizo palpable.
Mi habitación de la infancia amaneció invadida por las cajas de mis cosas traídas de Liverpool, un recordatorio físico de mi fracaso laboral.
Me pasé los siguientes días buscando ofertas por Internet sin abrir ni una de las cajas.
Días en los que Anne no dejó de intentar convencerme para ir con ellos hasta el punto de ir a mi casa y hacerme la maleta.
Con tanta presión, acepté. El día acordado, y a pesar de la desgana, arrastré la maleta pequeña por el pasillo para reunirme con los demás en la puerta de la casa de Anne.
El viaje se organizó en dos coches. Yo me metí en el de Albert, encajada en los asientos traseros con Anne y Camila, mientras las dos cantaban a voz en grito las canciones de la radio para rebajar mi evidente tensión.
Llegamos a Londres a media tarde y nos instalamos en un apartamento de alquiler vacacional bastante céntrico, mientras que Albert y Ben con sus chicas se fueron a casa de su hermano.
Esa noche salimos a cenar por el Soho, rodeadas del bullicio de las luces de neón, los teatros y el murmullo incesante de la capital, una distracción que agradecí con el alma.
Al día siguiente, dedicamos la mañana a hacer algo de turismo rápido por los lugares más emblemáticos, pero para mí las horas pasaron como un suspiro borroso. A las cinco de la tarde, la cita era ineludible en el Kings Crown Stadium.
El palco de familiares del Kings Crown Stadium era una burbuja de opulencia que me hacía sentir completamente fuera de lugar.
La pared frontal era un inmenso ventanal de vidrio blindado que ofrecía una panorámica tan perfecta del césped que daba vértigo, suspendido sobre una marea de sesenta mil cabezas que rugían al unísono.
Dentro, el lujo era casi obsceno: sofás de cuero blanco que olían a coche nuevo, pantallas gigantes que repetían las jugadas al milisegundo y una barra de mármol donde un catering privado desplegaba bandejas de comida gourmet que yo ni siquiera sabía cómo pronunciar.
Por si fuera poco, el azafato encargado de atendernos, un chico rubio con el físico de un modelo de pasarela y un traje a medida impecable, se movía entre nosotros ofreciéndonos copas de champán con una cortesía tan ensayada que me ponía enferma.
—¡Joder, mirad esto! —exclamó Steven, con los ojos como platos mientras se servía el cuarto canapé de trufa—. ¡Aiden vive como un auténtico rey en esta ciudad! Si el viejo Denver viera esto, se caía de espaldas.
—Es una locura —coincidió Arthur, apoyado en la barra con una cerveza de importación—. A este paso, nos va a costar conseguir que vuelva al pueblo aunque le pongan su nombre al polideportivo.
Todos reían, se hacían fotos y disfrutaban de la experiencia como niños en un parque de atracciones.
Yo, en cambio, me mantuve apartada de la barra, con el estómago cerrado y una copa de agua entre las manos que ya se había calentado de tanto apretarla.
Me acerqué al cristal y apoyé la frente contra la superficie fría, intentando buscar un anclaje.
El rugido del estadio era un sonido físico, una vibración que me subía por las suelas de los zapatos y me retumbaba en las costillas.
Y allí abajo, en el centro de ese coliseo, estaba él.
La figura de Aiden destacaba por encima de todos bajo los tres palos.
Vestido con la equipación de portero de color verde fosforito, parecía un gigante.
Moviéndose de lado a lado del área pequeña, ordenaba a sus defensas a gritos, aplaudía con sus enormes guantes y transmitía una autoridad implacable que me costaba asociar con el chico que me había besado junto al río hacía unas semanas.
El partido contra el Chelsea era una auténtica carnicería de velocidad y fuerza, pero Aiden estaba soberbio.
En la segunda parte, la tensión en el palco se volvió insoportable.
El Chelsea se volcó al ataque y el murmullo de la grada se transformó en un grito ahogado cuando su delantero centro se plantó completamente solo en un mano a mano contra Aiden.
Sentí que el aire se me congelaba en la garganta.
Agarré el borde del marco de madera del cristal con tanta fuerza que las uñas se me tiñeron de blanco.
Aiden no dudó; aguantó la posición como una estatua de piedra hasta el último microsegundo y, cuando el delantero chutó a romper, sacó una pierna milagrosa, desviando el balón con el pie izquierdo en una demostración de reflejos sobrehumanos.
El estadio entero estalló en un rugido ensordecedor que hizo vibrar los cristales del palco.
—¡Madre mía, qué parada! —chilló Camila, saltando en el sofá.
No alcancé a recuperarme cuando, apenas dos minutos después, en el saque de esquina subsiguiente, un cabezazo potentísimo buscó la escuadra derecha de la portería de Aiden.
Fue un tiro perfecto, de esos que entran el noventa y nueve por ciento de las veces.
Pero Aiden voló. Fue una estirada sin motor, un cuerpo de casi dos metros suspendido en el aire que pareció desafiar la gravedad el tiempo justo para rozar el balón con la punta de los dedos y mandarlo por encima del larguero.
La grada se vino abajo, coreando su apellido una y otra vez. ¡Brooks! ¡Brooks! ¡Brooks!
—Por favor, Joyce, deja de morderte las uñas que te vas a hacer sangre —me susurró Anne al oído, apareciendo a mi lado y dándome un toque suave con el codo—. Relaja los hombros, que va ganando y lo está parando absolutamente todo. No estés tan nerviosa.
Me obligué a soltar el aire que retenía y bajé las manos, escondiéndolas en los bolsillos de mi chaqueta para que no notara el temblor.
—No estoy nerviosa —mentí, con la voz pastosa—. Es solo que... impresiona verlo así.
—Ya —murmuró Anne, con la vista perdida en el césped donde Aiden se golpeaba el pecho, jaleando a su afición—.
Impresiona ver que el chico con el que compartías los apuntes de geografía ahora es el héroe de sesenta mil personas.
Pero no te engañes, Joyce. Debajo de toda esa masa de gente y de los focos, sigue siendo el mismo Aiden. El que te dejó esa nota en un libro.
Miré a mi amiga de reojo, pero no tuve fuerzas para rebatirle nada.
El pitido final del árbitro desató el júbilo definitivo en el palco; Aiden había mantenido la portería a cero y asegurado la victoria.
Mientras los chicos celebraban y el azafato-modelo rellenaba las copas con más champán para el brindis, miré hacia abajo una última vez.
Aiden caminaba hacia los vestuarios, aplaudiendo al público, rodeado de cámaras de televisión que buscaban su primer plano.
Para mí, verlo allí abajo, siendo aclamado por sesenta mil personas, me recordó la distancia sideral que nos separaba del mundo real.
Al terminar el partido y tras el estallido de júbilo en el estadio, subimos de nuevo a los coches siguiendo las indicaciones que Albert había recibido.
Aiden nos esperaba en su casa de las afueras, un chalet impresionante, para una pequeña fiesta íntima con cena donde también acudirían algunos de sus amigos del equipo.
La verdadera prueba de fuego estaba a punto de empezar.