Capítulo 9
Aiden
No quise presionar. Cuando subimos a la camioneta, decidí que era mejor no remover el terreno ni preguntarle a qué se refería exactamente con ese muro de reproches.
Prefería esperar a hablar con calma cuando ella estuviera mejor, menos a la defensiva.
O quizá, simplemente, Joyce tenía toda la razón del mundo y yo estaba jugando a un juego peligroso, pretendiendo usurpar una vida sencilla que ya no me correspondía.
Era verdad que no podía entrar en su mundo y creerme con derecho a ser uno más; yo era el impostor, la pieza que no encajaba.
Mientras conducía de vuelta, las preguntas me golpearon el pecho: ¿Podría volver a vivir en el pueblo?
¿Qué hubiera pasado con mi vida de no haberme llamado el Kingsford a los diecisiete años?
No quise entrar en ese bucle. Era un callejón sin salida que no me iba a aportar nada.
Al llegar a la puerta de su casa y apagar el motor, me volví hacia ella.
—Me gustaría volver a verte antes de irme, Joy —admití, mirándola a los ojos.
Ella, armada con una frialdad que me caló los huesos, apoyó la mano en la maneta de la puerta y me dedicó una última mirada distante.
—Ya sabes dónde vivo, Aiden. No tiene pérdida.
El día siguiente amaneció gris y todo fue a contrarreloj. Tenía que estar de vuelta en Londres antes de la noche; al día siguiente me esperaba un entrenamiento de máxima intensidad y sabía perfectamente que el míster me haría sudar el doble para compensar los tres días de parón por el funeral.
Toda la mañana se nos fue en trámites. Mis padres, mis hermanos y yo nos reunimos con el notario para gestionar las últimas voluntades del abuelo.
Fue un proceso largo, tedioso, lleno de firmas y lecturas de testamentos que nos dejaron el ánimo de plomo.
Al salir, decidimos comer juntos en el restaurante de la plaza para despedirme, con mis cuñadas y los gemelos.
—Pues al final el abuelo os ha dejado el huerto a los tres, un tercio a cada uno —comentó mi padre, mientras cortaba un trozo de carne con parsimonia—. No sé qué vas a hacer tú con tres hectáreas de patatas en el pueblo, Aiden.
—Puedo contratar a alguien para que las vigile —bromeé con una soberbia impostada que no se creyeron, aunque la comida se me hacía una bola en el estómago—. O dejar que Albert y Ben amplíen su jardín. A mí con que no me quitéis los recuerdos de las barbacoas que hacíamos allí, me basta.
—Ni hablar, ese terreno no se vende —sentenció Albert, mirándome de frente—. Cuando tengas vacaciones en verano, te quiero aquí con el azadón, estrella . A ver si tienes tanta fuerza en los brazos como presumes.
Mi madre sonrió de lado, aunque me miraba con esa pena flotante de las madres que ven a sus hijos con la maleta hecha, listos para marcharse.
—Solo cuídate, Aiden. Y llámame en cuanto llegues a Londres, por favor.
A las tres de la tarde, con la maleta ya en el maletero del coche, decidí pasar por casa de Joyce para despedirme en condiciones. Al llamar al timbre, fue Susan quien me abrió la puerta. Tenía un trapo de cocina en las manos y una expresión de lástima al verme.
—Oh, Aiden, cielo... Joyce no está. Ha salido hace una hora a hacer unos recados con Camila y no creo que tarde, pero...
—Vaya, qué pena —la interrumpí, sintiendo un bajonazo real en el pecho—. Lamento no haber venido antes, de verdad, le prometí que pasaría hoy, pero he tenido la mañana completísima con el notario, las firmas y la comida familiar.
Me quedé un segundo quieto en el porche, mirando el piso de arriba. No quería irme así. No con el sabor de ese beso a medio terminar flotando en la memoria.
—Susan... ¿Te importa si subo un momento a su cuarto a dejarle una cosa?
Susan, con la total confianza de haberme visto correr descalzo por los pasillos de su casa durante miles de veces cuando éramos niños, me sonrió con ternura y se apartó para dejarme vía libre.
—Claro que sí, hijo. Sube, estás en tu casa.
Subí los peldaños de madera, que crujieron exactamente igual que en mi adolescencia.
Al empujar la puerta de su habitación, el olor a mandarina me golpeó las fosas nasales con una fuerza arrolladora.
Me quedé quieto en el umbral, observándolo todo.
Me vinieron a la mente las horas interminables que pasamos allí metidos, estudiando para los exámenes finales o simplemente hablando de cualquier tontería tirados en la alfombra, aunque lo normal en nuestra época era ir a mi casa o al río.
Miré a mi alrededor: los libros en las baldas, los detalles en los estantes...
todo en ese espacio hablaba de ella, de su esencia, de la mujer en la que se había convertido y de la chica que recordaba y que aún vivía en mi memoria.
Entonces, mis ojos repararon en la mesa de noche. Había una caja metálica de galletas, de esas que usaba para guardar sus pequeños tesoros, y la tapa estaba mal encajada, medio abierta. Entre el resquicio de metal, asomaban varios trozos de papel doblados.
El corazón me dio un brinco violento en mitad del pecho al reconocerlos.
Di dos pasos hacia la mesa. Sabía que violaba su intimidad, que no debía husmear, pero la curiosidad y una intuición salvaje me empujaron a alargar los dedos.
Saqué una de las notas. Al desdoblarla, reconocí mi propia caligrafía de los dieciséis años.
El pulso se me aceleró al leer las líneas que yo mismo había redactado una vida atrás:
Te espero en el viejo sauce del río la noche del 14 de febrero. No faltes, por favor. Tengo algo muy importante que decirte y algo que darte. No pienses nada raro, que te conozco. A.
Me quedé helado en mitad de la estancia, con el papel temblándome entre los dedos.
La mente me funcionó a mil revoluciones por segundo mientras encajaba las piezas del rompecabezas.
El 14 de febrero. San Valentín. La cita a la que jamás me presenté.
Caí en la cuenta con una lucidez espantosa y un sentimiento de culpa que me desgarró las entrañas: el Kingsford me había llamado de urgencia absoluta para incorporarme a las categorías inferiores hacía una semana y tuve que decidir rápido con mis padres.
Me marché dos días antes con las maletas hechas a toda prisa, deslumbrado por los focos del éxito, aturdido por los contratos y las expectativas de mi padre...
y olvidé por completo la maldita cita. Me fui sin despedirme, rompiéndole el corazón y dejándola plantada con una promesa suspendida en el aire.
Dios mío. Por eso me miraba así. Por eso su distancia. Por eso su dolor.
Guardé la nota exactamente donde estaba y cerré la caja metálica, con las manos temblorosas.
Pensé en escribirle una nota nueva y dejársela allí, pero si lo hacía, Joyce sabría de inmediato que había estado hurgando entre sus recuerdos y se cerraría aún más en banda.
Decidí que lo mejor era dejarle una carta en mano a su madre.
Saqué un bolígrafo del bolsillo y un papel limpio de mi agenda. Escribí desde el corazón, con una despedida bonita y sincera:
Joyce:
Me voy con el corazón encogido y la sensación de que nos quedaron demasiadas palabras por decir.
Lamento no haber estado a la altura en el pasado, y lamento la prisa de hoy.
Este es mi número privado, el que no tiene filtros ni representantes.
Llámame cuando estés lista para escucharme.
No me he olvidado de ti. Nunca lo hice. Me hubiera gustado verte más.
Aiden.
Bajé las escaleras a zancadas y le entregué el sobre doblado y cerrado con celo a Susan.
—Dale esto en mano cuando regrese, por favor. Es importante.
—Descuida, Aiden. Buen viaje, cariño.
Antes de enfilar la carretera hacia la autopista, hice una última parada en el Black Dog .
El pub estaba tranquilo a esa hora de la tarde, pero Arthur y Steven estaban allí, compartiendo una mesa cerca de la ventana.
Me acerqué a ellos y nos fundimos en un abrazo fuerte, de esos que crujen las costillas.
—Bueno, Brooks, no te olvides de los pobres ahora que vuelves al lujo —bromeó Steven, dándome una palmada en el hombro.
—Nunca —les aseguré, apoyándome en la mesa—. Además, tengo que volver con seguridad; el alcalde me dijo durante el funeral que va a proponer poner mi nombre al polideportivo municipal. Le he dicho que sí.
—¡Joder, qué nivel! —Arthur silbó, impresionado—. Tendremos que ir a la inauguración de etiqueta.
—Exacto. Cuando lo hagan, habrá una ceremonia y tendré que volver al pueblo —les prometí, mirándolos con fijeza—.
Pero mientras tanto, me gustaría que os organicéis para venir a Londres.
Hablad con las chicas y veníos un fin de semana para ver un partido desde el palco de familiares en el estadio del Kingsford y lo celebramos como Dios manda.
Les apunté mi teléfono privado en una servilleta y se la tendí a Arthur.
—Metedme en el chat de amigos de siempre, por favor. No quiero volver a perderos la pista. Espero veros muy pronto.
Nos despedimos con un último saludo apretado.
Salí al coche y, antes de enfilar la salida del pueblo, di una vuelta lenta por las calles principales, recorriendo la plaza, la zona de las tiendas y el camino del parque, con la vista clavada en las aceras por si veía la silueta de Joyce paseando con Camila.
Pero las calles estaban desiertas. No la vi.
Con el ánimo ensombrecido y una tristeza pesada instalada en el pecho, metí primera y aceleré hacia la carretera principal.
Ya casi era de noche y el entrenamiento de mañana no esperaba por nadie, pero mientras los focos de Londres se dibujaban en el horizonte, yo solo podía pensar en una caja de galletas oxidada y en una cita que llevaba seis años de retraso.