Capítulo 8
Joyce
Los nervios llevaban anidados en mi estómago desde las tres de la tarde, retorciéndose como un nudo de espinas cada vez que miraba el reloj.
Cuando escuché el rugido ronco del motor de la vieja camioneta de su padre deteniéndose frente a mi porche, el corazón me dio un vuelco violento.
Agarré la manta de lana a cuadros y salí antes de que tocara el timbre, para evitar que mi madre nos viera desde la cocina con esa mirada llena de expectativas que tanto me agobiaba.
El trayecto en la camioneta fue una tortura silenciosa y cargada de una electricidad estática que hacía que el aire pesara el doble.
Las manos de Aiden, grandes y firmes, se aferraban al volante desgastado, y el contraste entre su perfil imponente de atleta y el habitáculo destartalado me resultaba extrañamente doloroso.
Miré por la ventanilla, viendo pasar los árboles y los senderos de tierra batida.
—Tendríamos que haber venido en bicicleta —solté de pronto, rompiendo la mudez, para buscar refugio en los códigos de nuestra infancia—. Como hacíamos de niños.
Aiden soltó una carcajada limpia, girando el rostro hacia mí un segundo. Su sonrisa hizo que los ojos se le achicaran de esa forma tan suya.
—Me temo que la mía se me ha quedado un poco pequeña, Joyce —bromeó, mirándose las piernas—. Parecería un oso de circo intentando pedalear por estas cuestas. Pero bueno, habrá que solucionarlo para la próxima vez.
Me tensé en el asiento, clavándole una mirada cargada de recelo.
—¿Próxima vez? —pregunté, con un hilo de voz que pretendía sonar desapegado, pero que delató mi desconcierto.
Aiden no respondió, solo me dedicó una mirada enigmática de soslayo antes de desviar los ojos de nuevo hacia el camino.
Cuando por fin aparcó cerca de la orilla, el sonido del agua fluyendo entre las piedras nos dio la bienvenida.
Caminamos unos metros hasta nuestro rincón de siempre, bajo la sombra protectora de los viejos sauces.
Extendí la manta sobre la hierba húmeda con movimientos mecánicos, mientras él dejaba a un lado una cesta con algo de picar y bebida que su madre le había preparado.
Nos sentamos manteniendo una distancia prudencial, casi un metro de tela vacía entre los dos, como si cruzara una línea invisible que pudiera hacernos saltar por los aires.
Miré el cauce del agua, buscando desesperadamente un tema de conversación neutral.
—El río baja con mucha fuerza para esta época del año —comenté, abrazándome las rodillas.
—Es por las lluvias de la semana pasada en el norte —contestó Aiden, apoyando las manos atrás, sobre la manta—.
¿Te acuerdas de la excursión que hicimos cuando teníamos catorce años?
Aquella vez que Steven juró que había visto una nutria gigante y terminamos todos metidos en el agua hasta la cintura buscándola.
—¿Cómo no me voy a acordar? —una pequeña sonrisa nostálgica se me escapó a mi pesar—. Camila perdió una zapatilla y estuviste buscándola río abajo durante una hora para que su padre no la castigara. Volviste con los pies congelados y el calzado lleno de fango.
—Era un caballero andante en toda regla —apuntó él, y el tono de su voz bajó y se volvió más cálido, más íntimo.
Aiden se giró sobre la manta, poniéndose de lado, apoyando su peso sobre un brazo para quedar de frente a mí.
Al verlo cambiar de postura, sentí que mis defensas flaqueaban; el calor del sol y el arrullo del agua me hicieron bajar un poco más el cuerpo, apoyándome en el codo, perdiendo parte de la rigidez defensiva que me había protegido desde que regresó al pueblo.
Fue entonces cuando alargó la mano. Sus dedos, cálidos y de una suavidad que no encajaba con el fresco de la tarde, rozaron mi brazo desnudo. El contacto me provocó un escalofrío inmediato. Empezó a acariciarme la piel con una lentitud exasperante, subiendo y bajando por mi antebrazo.
—Joyce... ¿Por qué siento esta distancia tan enorme contigo? —preguntó, clavando sus ojos claros en los míos, con una mezcla de súplica y frustración—. Lo entendí en el hotel, estabas trabajando, pero ¿aquí? ¿Por qué?
Me apoyé con más firmeza en el codo, sosteniéndole la mirada un segundo antes de apartarla con brusquedad, y centrarme en el discurrir del agua del río. El estómago me dio un vuelco amargo.
—¿De verdad lo preguntas, Aiden? —mi voz sonó cargada de un reproche amargo—.
¿Pretendías que seis años no fueran nada?
El tiempo pasa para todos y todos cambiamos.
Tú eres otro totalmente, y yo he pasado por muchas cosas, igual que los demás.
No puedes aparecer aquí y pretender retomar las cosas exactamente en el punto en el que las dejaste.
Aiden detuvo el movimiento de su mano en mi brazo, dejándola apoyada, pesada y tibia. Su ceño se frunció por completo.
—¿Y qué ha pasado, Joyce? Dime qué ha pasado exactamente, porque me estoy volviendo loco intentando adivinarlo.
Al escuchar su pregunta, la rabia contenida durante meses me golpeó el pecho como un latigazo. Me enderecé de golpe, sentándome por completo, herida por la absoluta ignorancia que mostraba. La indignación me quemaba por dentro.
—Muchas cosas, Aiden. Muchas cosas —solté, y las palabras empezaron a salir atropelladas, preñadas de un dolor que ya no cabía en mis pulmones—.
Para empezar, ya te he dicho que tú ya no eres el mismo chico que se fue de aquí, y yo tampoco soy la misma.
He luchado por salir del pueblo, los demás tampoco lo han tenido fácil.
Además, yo… No sé si es que vives en una burbuja tan grande en Londres que no te enteras de nada, pero cancelé mi boda unos días antes y he sido la comidilla, el maldito cotilleo de todo el pueblo hasta que tú llegaste hace dos días y pasé a un segundo plano.
Así que no me vengas a hablar de normalidad —solté de carrerilla al abrir las compuertas de lo que me estaba ahogando.
Aiden me escuchó en silencio, asimilando el golpe de mis palabras sin apartar los ojos de mi rostro. Su mandíbula se apretó.
—Sé todo eso, Joyce. Sé lo de tu boda cancelada y sé el infierno que ha debido ser para ti —admitió y se acercó un poco más hacia mí sobre la manta, acortando la distancia de manera peligrosa—.
Pero sé que hay algo más. Lo siento aquí dentro.
Hay algo que me ocultas, algo que te duele y que tiene que ver conmigo.
Apreté los labios con tanta fuerza que casi me hice daño.
El secreto de la última nota que me dejó, de la promesa rota de aquella noche y de la humillación de su plantón me quemó la garganta.
Estuve a punto de escupírselo a la cara, de romper el dique y soltarlo todo, pero el miedo a mostrarme completamente vulnerable ante él me contuvo.
Nos quedamos en silencio, respirando de manera agitada, con el aire cargado de una tensión que amenazaba con aplastarnos.
—No todo ocurre en torno a ti —mascullé.
Él, en lugar de responderme, se acercó del todo.
Antes de que pudiera reaccionar o apartarme, se inclinó sobre mí y me plantó un beso suave en la mejilla que no esperaba.
La calidez de sus labios me tomó por sorpresa, congelándome los pensamientos.
Sin darme tiempo a tomar aire, sus labios se deslizaron milímetros por mi piel hasta posarse en la comisura de mi boca.
Comencé una batalla interna desesperada.
Noté cómo mi cuerpo se ablandaba por segundos bajo su cercanía, reconociendo el peso, el olor y el tacto del único hombre al que de verdad había querido.
No quería ceder, me repetía a mí misma que no debía hacerlo, que no lo merecía.
Una lágrima rebelde e insoportable pugnó por salir de mis ojos, nublándome la vista, pero me obligué a contenerla con puro orgullo.
Giré la cara hacia el lado contrario con esfuerzo, rompiendo el contacto de sus labios.
—Aiden, no —rogué en un susurro ahogado, sin mirarlo.
—¿Por qué? —murmuró él contra mi oído, con una voz rota y suplicante que me erizó el vello de la nuca—. Solo en los labios, Joyce. Como antes. Solo un beso. Los he echado de menos.
Lo enfrenté, girando la cabeza para mirarlo cara a cara, dispuesta a exigirle que se apartara, pero él aprovechó ese milisegundo de exposición para atrapar mi boca con la suya.
—No... —intenté protestar contra sus labios una vez más, pero la palabra se perdió en el espacio que nos separaba.
Aiden continuó el beso, presionando con una firmeza pausada, y yo cedí.
Cedí porque lo deseaba más que a nada en este mundo, porque la sed de él me estaba consumiendo por dentro, aunque mi mente gritara que era un error imperdonable.
No quería que lo notara, no quería que descubriera el poder absoluto que seguía teniendo sobre mí, pero mi cuerpo ya no obedecía a la razón.
Su mano firme subió por mi costado, extendiéndose por mi espalda para asegurar el contacto, atrayéndome hacia su pecho con una urgencia contenida.
Aiden profundizó el beso, y yo abrí la boca, dejándolo hacer, permitiendo que su lengua reclamara la mía.
El roce húmedo y ardiente de nuestras lenguas me recorrió la boca entera, inundándome con su sabor tan característico, un sabor a café y aire libre que despertó un alud de recuerdos dormidos en lo más profundo de mi ser.
El dolor y la rabia se difuminaron, sustituidos por una necesidad salvaje.
Olvidando mis propios escudos, levanté las manos y lo tomé con fuerza por la nuca, hundiéndome los dedos en el pelo corto de su cuello para acercarlo todavía más a mí, para fundirme en ese contacto que me devolvía la vida.
Nos besamos con desesperación, con la urgencia de los años perdidos, olvidándonos del río, de la manta y del pueblo.
De golpe, la lucidez me pegó un puñetazo en el estómago. Me separé de él con un movimiento brusco, rompiendo el beso y jadeando en busca de aire. Tenía los labios encendidos y el corazón desbocado contra las costillas.
—No —dije, con las manos apoyadas en su pecho para mantenerlo a raya, negando con la cabeza Aiden se quedó completamente inmóvil, con el torso inclinado hacia mí y los labios entreabiertos, teñidos del rojo vivo de los míos.
Tenía las pupilas tan dilatadas que casi le borraban el azul de los ojos, y su respiración, fuerte y acompasada, golpeaba contra mi cuello.
Vi cómo subía y bajaba su nuez al tragar saliva, procesando el freno de mano que le acababa de echar—.
Ya está. Esto no puede ser, Aiden. No puede ser.
—¿Por qué no puede ser, Joyce? —su voz era tan grave que me vibró en el pecho. Alargó la mano hacia mi cara, con los dedos temblando ligeramente—. No me digas que no lo has sentido. No me digas que esto no es lo mismo de siempre.
—Precisamente porque ya no hay un «siempre», Aiden, ¿es que no te das cuenta?
—le corté, apartando la cara antes de que su mano tocara mi mejilla.
El frío del aire golpeó la piel donde antes estaba su rastro húmedo, y la culpa empezó a suplantar la adrenalina—.
Lo que acabamos de hacer... es un error.
Un maldito error de manual provocado por la nostalgia y el sitio en el que estamos.
Me puse en pie de un salto, ignorando el mareo que me produjo el cambio brusco de postura, y él se levantó también.
Me temblaban las rodillas de una forma humillante, así que me agaché de inmediato y empecé a sacudir la manta con rabia, doblando las esquinas con movimientos torpes y espasmódicos, solo para mantener las manos ocupadas y no mirar el desastre que tenía delante.
Aiden se acercó despacio, con esa elegancia felina que ahora poseía, y se colocó frente a mí, obligándome a detenerme si no quería chocar contra su pecho.
—No metas la nostalgia en esto —dijo, y esta vez su tono abandonó la súplica para volverse exasperado—.
Llevo seis años besando a otras personas en Londres, ya lo imaginarás.
—Por supuesto que lo sabía, pero escucharlo dolió más—.
Sé perfectamente cuándo un beso es por nostalgia y cuándo es porque te quema la boca si no lo das.
A ti te pasa lo mismo, lo he visto en tus ojos.
¿Por qué te empeñas en castigarme? ¿Por qué me tratas como si fuera un maldito extraño que ha venido a hacerte daño?
Sus palabras me escocieron como si me hubiera frotado sal en una herida abierta.
«¿Que por qué te castigo?», grité para mis adentros, sintiendo las lágrimas agolparse detrás de mis párpados con una fuerza insoportable.
«Porque tú me rompiste primero. Porque me dejaste tirada, Aiden.
Porque me diste esa maldita nota citándome la noche del 14 de febrero, prometiéndome que querías decirme algo importante, y nunca apareciste.
Te marchaste a Londres a jugar con las categorías inferiores del Kingsford sin dar la cara, sin decir un mísero adiós, y me dejaste sola con todas las promesas rotas».
Apreté la manta doblada contra mi pecho, usándola como un escudo físico entre los dos.
—No te estoy castigando. Me estoy protegiendo para no tener que recoger pedazos de mi corazón otra vez —le solté, mirándolo fijamente a los ojos, dejando que toda la frialdad de la que fui capaz tiñera mis palabras—.
Eres una estrella del fútbol que está aquí de paso por un funeral.
En uno o dos días te vas a volver a tu burbuja de ochenta mil personas gritando tu nombre y yo me voy a quedar aquí, lidiando con mi vida deshecha, a punto de dejar un trabajo que no me gusta y sin tener nada claro mi futuro.
Así que hazme el favor de coger la cesta. Nos volvemos ya.
Él sostuvo mi mirada durante unos segundos eternos.
Su mandíbula estaba tan apretada que le blanqueaba la piel de la línea del mentón.
Quiso hablar, vi la intención en el movimiento de sus labios, pero terminó soltando un suspiro cargado de una frustración ciega.
Se giró, agarró la cesta de mimbre con un movimiento brusco que delató la fuerza que estaba conteniendo y caminó hacia la camioneta sin esperarme.
El camino de vuelta fue diez veces peor que el de ida.
El silencio ya no era expectante; era una guerra de trincheras donde el olor a mandarina de mi pelo y el aroma a café de su piel seguían flotando en el habitáculo, recordándonos a cada segundo el sabor exacto que nos acabábamos de dejar en la boca.