Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Aiden

Me desperté con los pies colgando por el borde del colchón y las rodillas ligeramente encogidas.

Tardé unos segundos en recordar dónde estaba; mi cuerpo se había acostumbrado tanto a las camas de los hoteles de concentración y a mi dormitorio en Londres que volver a dormir en mi cuarto de la infancia era como intentar encajar en una ropa tres tallas más pequeña.

A través de la madera del suelo, el traqueteo sutil de las tazas y el olor a pan tostado y mantequilla derretida subieron desde la planta baja.

Eran los ruidos y los aromas de una rutina que ya no existía para mí, pero que conservaba el poder instantáneo de hacerme sentir protegido.

Bajé las escaleras descalzo, vistiendo un pantalón de chándal gris. Al entrar en la cocina, vi a mi madre de espaldas, afanada frente a la cafetera con su eterno delantal de flores.

—Buenos días, mamá —murmuré, acercándome por detrás para abrazarla.

Se giró con un leve sobresalto, pero en cuanto me vio, sus ojos cansados se iluminaron.

Rodeé sus hombros menudos con mis brazos y le planté un beso en la sien.

Al entrar en contacto conmigo, sentí cómo daba un largo suspiro, relajándose visiblemente en mi abrazo, como si el peso del luto se aligerara un poco al tenerme allí.

—Buenos días, mi amor. Menudas horas de levantarse, ya pensaba que te habías vuelto un señorito de ciudad —bromeó, acariciándome el brazo con ternura—. Venga, siéntate.

Hizo un gesto hacia el taburete de la barra y, antes de que pudiera rechazarlo, empezó a sacar de la nevera los ingredientes de mi desayuno favorito de adolescente: huevos revueltos con bacon bien crujiente, tortitas caseras y una jarra de zumo de naranja natural.

—Mamá, sabes que el nutricionista del club me tiene una dieta estrictísima... —empecé a protestar por pura inercia, aunque la boca ya se me hacía agua.

—Hoy aquí no hay dietas que valgan, Aiden Brooks —me interrumpió, clavando las manos en sus caderas con esa autoridad materna que nadie en la Premier League se atrevería a cuestionar—. Ya volverás a pasar hambre en Londres. Hoy desayunas como Dios manda en tu casa.

Sonreí de oreja a oreja, rindiéndome sin oponer resistencia, lleno de una calidez y un cariño que me hicieron olvidar por un momento la pesadez de los últimos días.

Me apoyé en la encimera mientras la observaba cocinar, disfrutando de ese mimo tan puro.

Fue entonces cuando me fijé en varias cajas de cartón blanco que descansaban sobre el borde de la barra de la cocina.

—¿Y esas cajas, mamá? ¿Qué son? —pregunté, señalándolas con la barbilla.

Mi madre dejó la espátula un segundo y suspiró, mirando los paquetes.

—Ha sobrado muchísima comida de la carpa del catering de ayer, hijo. Ya sabes cómo son estas empresas, preparan el triple de lo necesario. No quiero que se eche a perder nada en esta casa, así que he estado organizando porciones para repartirlas entre algunos vecinos.

Se giró hacia mí, tomó un par de ellas y las dejó a mi lado con una mirada cargada de intención.

—Tenemos que repartirnos el trabajo, hijo.

Hazme un favor. Llévale este par de cajas a los padres de Joyce, a Susan y a Denver.

Ayer estuvieron ayudándome muchísimo antes de que llegara el coche fúnebre y sé que hoy Denver tiene el turno de tarde y le vendrá bien no tener que pensar en la cocina.

Además... —añadió, entornando los ojos con una sonrisa cómplice—, sé que no pudiste hablar con ellos en la iglesia. Te vendrá bien pasar a saludarlos.

—Mamá, es que he quedado con Albert para jugar al fútbol con los niños esta mañana... —le repliqué, mirando el reloj de la cocina.

—Te da tiempo de sobra a ir antes de que tu hermano llegue con los críos —cortó ella con firmeza, metiendo las cajas en una bolsa grande y tendiéndomela—. Venga, espabila.

Terminé el desayuno a contrarreloj, subí las escaleras corriendo para pegarme una ducha rápida y me cambié de ropa.

Agarré las llaves del coche y las dos cajas de catering, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago mientras recorría el trayecto hacia la casa de Joyce.

Era una ruta que mis manos se sabían de memoria; cuántas veces habré pedaleado por estas mismas calles con el balón colgado del manillar.

Aparqué justo enfrente. Al llamar a la puerta, no tardaron ni tres segundos en abrir. Susan, la madre de Joyce, apareció al otro lado con el pelo recogido y la misma sonrisa dulce de toda la vida.

—¡Aiden, cariño! —exclamó con los ojos iluminados.

Dejó las cajas a un lado en el recibidor y me envolvió en un abrazo apretado que me devolvió de golpe a mis catorce años. Al separarse, me miró de arriba abajo con orgullo, agarrándome de los brazos.

—Qué alegría verte, aunque lamente tanto lo de tu abuelo. Pasa, pasa, no te quedes ahí fuera. Y mil gracias por esto —añadió señalando la comida—. A Denver le va a venir de perlas para el turno de la fábrica. Quieres un té, ¿verdad? Siéntate en el salón, Joyce no tardará en bajar.

Me adentré en la salita, pero apenas tuve tiempo de sentarme.

El crujido de los escalones de madera anunció su llegada.

Cuando Joyce entró en la estancia, el aire pareció evaporarse de mis pulmones.

Llevaba unos vaqueros sencillos y una camiseta blanca básica, pero estaba preciosa.

Tenía el pelo todavía húmedo, peinado hacia atrás, y un aroma familiar a champú de mandarina inundó el espacio, el mismo olor que asociaba a nuestras tardes de verano.

Susan nos miró a ambos con una sonrisa de circunstancias y retrocedió discretamente hacia la cocina con la excusa de colocar las cajas en la nevera, dejándonos a solas.

Me quedé de pie, un tanto torpe debido a mi envergadura en mitad de aquel salón tan pequeño, aunque de niño me parecía enorme.

—Cuántos recuerdos me trae entrar aquí... —admití, paseando la mirada por los marcos de fotos y las estanterías—. Está exactamente igual que siempre.

—Sí —se limitó a responder ella, cruzándose de brazos en el marco de la puerta—. Mi madre no cambia un mueble de sitio ni aunque se caiga a pedazos.

El silencio amenazó con volverse incómodo, y la urgencia de romperlo me empujó a decir lo primero que me vino a la cabeza, sin filtrarlo demasiado.

—Podríamos ir al río luego. A pasar la tarde, como antes. ¿Aún tienes la manta?

Al escuchar la propuesta, Joyce curvó los labios en un gesto indescifrable, una mezcla de ironía y amargura que me puso en alerta. Una punzada de preocupación me golpeó el pecho al ver su reacción, temiendo haber metido la pata, pero preferí no presionar ni preguntar qué significaba esa mueca.

—Bueno... —murmuró ella, dejando la respuesta en el aire.

—He quedado con Albert y mis sobrinos para jugar al fútbol en el jardín de mis padres ahora en un rato —continué, buscando un terreno más neutral—. ¿Por qué no te vienes?

Joyce soltó una pequeña risa seca, negando con la cabeza.

—No sé qué pintaría yo ahí, Aiden. Es un plan familiar.

La miré fijamente, acortando un paso de la distancia que nos separaba. La firmeza de mis propias palabras me sorprendió.

—Te equivocas. Pintas mucho. Muchísimo.

No añadí nada más. Sabía que si seguía tirando de ese hilo acabaría diciendo cosas para las que ninguno de los dos estaba preparado.

La tensión se volvió física, densa, casi palpable en el espacio que nos separaba, flotando entre el olor a mandarina de su pelo y el peso muerto de todo lo que nos callábamos.

—Te recojo a las cuatro —le dije, dando por sentado el plan antes de que pudiera arrepentirse.

Joyce desvió la vista hacia el ventanal del salón que daba a la calle y se cruzó de brazos. Un destello de burla familiar cruzó sus ojos oscuros mientras señalaba con la barbilla hacia el exterior.

—No pensarás ir al río en ese coche, Brooks.

Solté una carcajada limpia al recordar el deportivo negro y ridículamente bajo que había dejado aparcado junto a la acera. En los caminos llenos de barro y piedras que subían hacia el bosque, los bajos de ese coche durarían exactamente dos minutos.

—Le pediré la camioneta a mi padre —le aseguré, incapaz de borrar la sonrisa—. Tú solo coge la manta.

Me despedí con un gesto, y aunque una capa de preocupación seguía instalada en mi pecho por esa distancia indescifrable que ella mantenía, salí de la casa con una extraña sensación de triunfo.

Conducir las tres calles que me separaban de casa de mis padres me llevó apenas un suspiro.

Cuando aparqué, el jardín trasero ya era un absoluto caos de risas, gritos y balones rodando.

Los gemelos, Leo y Toby, corrían de un lado a otro con las camisetas de mi equipo puestas; les quedaban tan grandes que les tapaban los pantalones cortos, haciéndolos parecer dos gnomos hiperactivos.

Albert estaba sentado en el porche, con una taza de café entre las manos y cara de no haber dormido en tres años, observándolos con una mezcla de orgullo y puro agotamiento.

—¡Tío Aiden! —gritó Leo en cuanto me vio bajar del coche.

Dejó caer el balón que llevaba en las manos y corrió hacia mí a toda velocidad, seguido de cerca por su hermano. Me agaché a tiempo para recibir el impacto de los dos cuerpos pequeños contra el mío. Los levanté a la vez, uno en cada brazo, mientras ellos se reían a carcajadas.

—¡Por fin llegas! ¡Papá dice que eres el mejor portero de la Premier League pero que eres un tardón! —protestó Toby, tirándome del pelo.

—Tu papá no sabe lo que dice —bromeé, bajándolos al césped y dándole un choque de manos a Albert, que se levantaba del porche estirando las piernas.

—Menos mal que estás aquí, estrella —dijo mi hermano, dándome un abrazo corto con el brazo libre—. Llevan desde las ocho de la mañana preguntando a qué hora veníamos. Tienen una lista de tiros que quieren que les pares.

—Bueno, a ver si es verdad que tienen potencia en esas piernas —los desafié, quitándome la sudadera y quedándome en camiseta de manga corta—. ¡A los tres palos! ¡El primero que me meta un gol elige el postre!

El jardín de mis padres se convirtió en nuestro estadio particular durante las siguientes dos horas.

Albert sacó la portería vieja que usaba yo y que mi padre aún guardaba en el garaje, y yo me coloqué entre los palos, arrodillándome para ponerme a la altura de los críos.

Leo tomaba carrerilla desde el árbol del vecino, concentradísimo, mordiéndose la lengua antes de chutar con todas sus fuerzas.

Yo hacía estiradas teatrales, arrojándome sobre la hierba húmeda y fingiendo que sus disparos eran misiles imposibles de detener, lo que provocaba que ambos saltaran celebrando cada tanto como si hubieran ganado la final de la Champions.

Entre tiro y tiro les enseñaba cómo chutar, cómo engañar al portero y otros trucos que seguro usarían con sus amigos.

Albert se unió al juego poco después, haciendo de defensa torpe y dejándose regatear por sus propios hijos, mientras me lanzaba miradas de complicidad por encima de sus cabezas.

—¡No vale, tío Aiden, tienes los brazos demasiado largos! —se quejó Toby después de que le atrapara un balón raso con la punta de los dedos.

—Es el entrenamiento, enano. Hay que desayunar más cereales —le respondí, sentándome un momento sobre el césped, jadeando y con la ropa manchada de tierra y briznas de hierba verde.

Miré a mi hermano, que corría detrás de Leo intentando quitarle la pelota de broma, y luego a la fachada de la casa de mis padres.

Por primera vez en muchos meses, la presión asfixiante de la prensa, los contratos, los entrenamientos al límite y la soledad de mi piso en Londres se disolvieron por completo.

Estar allí tirado, sintiendo el picor del césped norteño en las piernas y escuchando las risas limpias de mis sobrinos, me reconcilió con una parte de mí mismo que creía perdida.

Había estado tan obsesionado con mantenerme en la cima, tan aterrado por la velocidad a la que avanzaba mi carrera, que había abandonado lo que de verdad importaba.

La normalidad de mi familia, esa calidez tosca y sin condiciones, era el suelo firme que necesitaba pisar para no volver a convertirme de cartón.

—Oye —dijo Albert, acercándose a mí mientras los gemelos se peleaban por ver quién recogía el balón del seto—. Mamá me ha dicho que le has llevado la comida a los padres de Joyce.

—Sí. He estado hablando un rato con ella en el salón —admití, limpiándome el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Albert me miró de reojo, con esa sabiduría silenciosa de hermano mayor que sabe leer perfectamente entre líneas.

—¿Y qué tal?

—Bien. Vamos a ir al río esta tarde. A dar una vuelta.

Albert asintió despacio, dándome una palmada fuerte en el hombro antes de volverse hacia los niños.

—Me alegro, Aiden. Ya iba siendo hora de que empezaras a arreglar las cosas que dejaste a medias por aquí.