Capítulo 6
Joyce
El calor de su hombro contra el mío fue una descarga eléctrica para la que no estaba preparada.
A través de la tela de mi ropa, sentí la firmeza de su cuerpo, esa masa de músculo imponente que no tenía nada que ver con el chico flacucho con el que me crié, pero que reaccionaba a mi cercanía con la misma frecuencia de siempre.
Cuando sus dedos rozaron el dorso de mi mano sobre la madera de la barra, el corazón me dio un vuelco violento.
Dejé mis dedos allí una milésima de segundo, atrapada en el magnetismo de su piel tibia, antes de que el orgullo me pegara un latigazo y me obligara a retirarme.
Lo miré de reojo y lo pillé observándome con una intensidad salvaje que me encendió las mejillas.
Desvié la vista de inmediato hacia las botellas del estante, tragando saliva para disimular la náusea de pura adrenalina que me recorría el cuerpo.
La noche empezó a declinar y el bullicio del Black Dog se fue apagando.
Arthur y Camila se despidieron los primeros entre bostezos, quejándose de la hora a la que el despertador sonaría al día siguiente, seguidos por Steven y el resto de los chicos que tenían turnos tempranos en la fábrica o niños pequeños esperándolos en casa.
Poco a poco, las mesas se quedaron vacías y el dueño del local empezó a recoger los vasos, dejándonos a Aiden y a mí en un reducto de silencio que me resultó demasiado íntimo y peligroso.
Aiden se terminó el último trago de su pinta, y se giró a medias hacia mí en la barra.
—¿Y tú qué, Joyce? —preguntó, con esa voz ronca que parecía meterse debajo de mi piel—. ¿Cuándo tienes que volver a Liverpool? ¿Cómo va el trabajo en el hotel?
—Tengo una semana libre —respondí, intentando mantener un tono neutro, casi desapegado—. Estoy a las puertas de terminar el contrato, así que me he tomado unos días que me debían.
Por una fracción de segundo, vi cómo las pupilas de Aiden se dilataban y le brillaban los ojos con una chispa de auténtica satisfacción.
Una punzada amarga me atravesó el estómago en ese mismo instante.
«¿De verdad?», pensé para mis adentros, sintiendo cómo la rabia contenida florecía en mi pecho.
«¿De verdad se cree que puede aparecer después de años de silencio absoluto y retomar nuestra amistad justo en el punto en el que se quedó?
¿Se piensa que puede ignorar lo que pasó, actuar como si no hubiera una brecha enorme entre nosotros, sin dar una sola explicación, sin poner orden al desastre que dejó atrás? ».
Ajeno por completo al torbellino de reproches que me quemaba por dentro, Aiden esbozó una sonrisa sincera y dio un paso más hacia mí.
—Me alegro mucho, Joyce. Así podremos quedar estos días, tomar algo y hablar con calma.
«Sí, claro, quedar», resonó una voz ácida en mi cabeza, dándole un vuelco doloroso a mis entrañas.
«Como la última vez que planeamos quedar.
Como esa cita a la que nunca te presentaste.
Como esa noche en la que me dejaste tirada esperando una explicación que jamás llegó».
El recuerdo de la humillación y de la promesa rota me sirvió como un escudo de hielo instantáneo.
—Ya veremos, Aiden. Tengo bastantes cosas que organizar por aquí —corté, marcando una distancia evidente con mis palabras.
El tabernero colocó las sillas sobre las mesas con un ruido seco, indicándonos sin palabras que era hora de marchar.
Salimos al aire fresco y cortante de la noche norteña.
La calle estaba desierta, iluminada apenas por las farolas amarillentas que dibujaban nuestras sombras alargadas sobre el suelo de piedra.
—Te acompaño a casa —se ofreció él, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera. No era una pregunta, era su instinto protector de siempre, ese que solía reconfortarme y que ahora me ponía la guardia en alto.
Caminamos despacio, manteniendo una distancia física prudencial de un par de pasos entre los dos.
Al principio, el silencio se volvió espeso, roto únicamente por el eco de nuestros zapatos contra el asfalto.
Yo miraba fijamente al frente, con un millón de ideas y de verdades a medio masticar quemándome la garganta, pero me obligué a morderme la lengua.
No era el momento. No iba a echarle en cara su cobardía el mismo día en que había enterrado a su abuelo.
—Me remueven muchas cosas el estar aquí de nuevo —soltó Aiden de repente, rompiendo la quietud con un hilo de voz que delataba una vulnerabilidad absoluta.
—Ya —respondí con un monosílabo seco, sin mirarlo—. Supongo que es normal.
—Hacía demasiado tiempo que no pisaba estas calles. Me resulta... extraño. Siento que todo ha seguido adelante y yo me he quedado congelado en otra parte.
—Ajá.
Aiden suspiró, notando mi muro de frialdad, pero decidió no presionarme. Sabiendo que el terreno de nuestra amistad, o lo que fuera lo que tuvimos, era una mina a punto de estallar, decidí desviar el rumbo hacia un lugar más seguro pero igualmente emotivo.
—El funeral del abuelo ha sido muy emocionante —dije, y esta vez mi voz sonó más auténtica, desprovista del escudo de hielo que me esforzaba por mantener—. Ver la iglesia tan llena... Todo el pueblo lo quería de verdad.
Aiden pareció aliviado por el cambio de tema y sus hombros se relajaron visiblemente, dejando caer esa rigidez de soldado que llevaba arrastrando desde que se bajó del coche por la mañana.
—Aún no me creo la cantidad de gente que había en la plaza —admitió él, mirando al suelo mientras caminábamos a paso lento—. Pensaba que... no sé, que al ser un día de diario estaría más vacío.
—¿Estás loco? —le respondí, y por primera vez en toda la noche, mi tono perdió el filo cortante—. Era el abuelo. Medio pueblo le debía algún favor. ¿Te acuerdas de cuando a la señora Miller se le rompió la tubería principal en pleno invierno?
Aiden soltó una risa corta, una de esas risas profundas que le nacían del pecho y que tanto echaba de menos escuchar.
—Dios, sí. Mi padre le rogó que esperara al fontanero, pero el abuelo ya se había puesto las botas de agua y el cinturón de herramientas. Terminó inundando todo el sótano de los Miller y teniendo que invitarla a cenar para que no le denunciara.
—Pasó tres semanas disculpándose y llevándole tomates de su huerto —añadí, sintiendo cómo una sonrisa nostálgica me ablandaba los labios a mi pesar—. Tenía un corazón que no le cabía en el pecho.
Caminamos unos metros en silencio, pero ya no era ese silencio tenso y cargado de reproches de antes, sino uno más cálido, lleno del eco del anciano. La noche era fría, pero caminar al lado de Aiden, escuchando el roce de su chaqueta contra la mía, creaba una extraña burbuja de calor.
—¿Te acuerdas de la que armó con el tejado? —preguntó de pronto, girando un poco la cabeza hacia mí. La luz de una farola le dio de lleno en la cara, destacando la curva de su sonrisa.
—¿Cuándo intentó arreglar la gotera del porche? —me reí, recordando la escena como si fuera ayer—. Por favor, Aiden, casi me da un infarto. Estábamos estudiando en tu salón y de repente vimos pasar un cuerpo volando por la ventana.
—Cayó de cabeza contra el seto de los vecinos —completó él, y esta vez su voz sonó limpia, desprovista de la pena del funeral—.
Se quedó allí encajado, con las piernas colgando y quejándose no porque se hubiera hecho daño, sino porque se le había derramado la lata de cerveza que se había subido para el trabajo.
—¡Es verdad! Tu madre gritándole desde la cocina y él preocupado por la lata de la cerveza —la carcajada se me escapó antes de que pudiera frenarla, limpia y libre, rompiendo la última capa de hielo que nos separaba—. Era incorregible.
—Lo era —susurró Aiden, y el tono de su voz bajó hasta hacerse un susurro más íntimo—. También era el único capaz de hacerme entrar en razón cuando me ponía insoportable con el fútbol. ¿Te acuerdas de cómo se ponía cuando el equipo del pueblo perdía el derbi local contra los del valle?
—Se tiraba dos días sin hablarle a nadie —asentí, recordando al viejo sentado en su sillón orejero con el ceño fruncido—. Y si tú fallabas un gol en los juveniles, te obligaba a quedarte en el jardín chutando contra la pared del garaje hasta que se ponía el sol.
—«Si no sabes definir con la zurda, chico, acabarás de reponedor en el supermercado» —imitó Aiden, clavando la voz ronca y el deje norteño de su abuelo con tanta precisión que sentí un escalofrío de pura morriña—. Me lo decía siempre.
—Bueno, al final parece que la zurda funcionó —comenté de perfil, intentando aligerar el peso que de repente volvió a instalarse en sus ojos.
—Funcionó, sí, aunque luego me hiciera potero —contestó él, pero no había orgullo en sus palabras, solo una tremenda fatiga—.
¿Sabes?, a veces pienso que el viejo preferiría haberme tenido aquí, entrenando en el jardín y fallando goles, que viéndome por la televisión desde un estadio a ochocientos kilómetros.
La confesión me golpeó el estómago. Quise decirle que no, que el abuelo presumía de él con cada vecino que se cruzaba, pero la cercanía de mi casa nos cortó el paso.
Casi sin darnos cuenta, llegamos a la puerta de mi casa.
La hiedra de la fachada lucía oscura bajo la luz de la luna y la realidad del presente nos cayó encima como una losa, congelando las sonrisas que el recuerdo del abuelo nos había regalado.
Nos detuvimos y la tensión regresó de golpe, concentrándose en el espacio que nos separaba.
Miré a Aiden y me di cuenta de lo mucho que imponía su estatura en la penumbra de la entrada, pero también del cansancio infinito que arrastraba en la mirada.
Fue él quien dio el paso adelante, y acortó la distancia con esa familiaridad que mi cuerpo reconoció al instante.
Se inclinó despacio hacia mí. Sentí el tacto ligeramente áspero de su barba de pocos días rozando la piel de mi cara cuando me plantó un beso cálido y pausado en la mejilla.
El olor de su colonia, mezclado con el aire frío de la noche, me nubló los sentidos por un segundo.
—Dale un saludo muy grande a tus padres de mi parte, Joyce —me susurró al oído, y su aliento templado me erizó el vello de la nuca—. Los vi de lejos en la iglesia, entre la multitud, pero con todo el jaleo y la gente no pude acercarme a decirles nada.
Se separó muy despacio, con sus ojos fijos en los míos, como si buscara una rendija en mi muro, una invitación a quedarse o una señal de que el hielo se había derretido del todo.
O eso quise imaginar. Estaba parado en mitad de la acera, mostrándose más vulnerable de lo que jamás lo verían las cámaras de televisión.
—Se los daré —atiné a responder en un hilo de voz, aferrándome a las llaves que llevaba en el bolsillo para no estirar la mano y tocarle el brazo.
Di un paso, abrí la puerta protectora de mi casa y entré sin mirar atrás, cerrando de golpe antes de que mis propias emociones me traicionaran y me obligaran a confesarle que, a pesar de la rabia y de la promesa rota, todavía me dolía tenerlo tan cerca y sentirlo tan lejos.