Capítulo 5
Aiden
El olor a madera vieja, cerveza derramada y humo de turba del Black Dog seguía siendo exactamente el mismo que recordaba de mis dieciséis años.
Apenas crucé la puerta, el bullicio del pub pareció amortiguarse por un segundo.
Esperaba las miradas inquisidoras, los cuchicheos o la distancia que me había impuesto el alcalde por la mañana, pero lo que me encontré fue un muro de afecto tosco y sincero.
Viejos conocidos de mi abuelo y de mi padre me palmearon la espalda con brusquedad, hombres con las manos encallecidas por el trabajo me dieron el pésame con un apretón de manos firme y los habituales de la barra levantaron sus jarras hacia mí, felicitándome por el último partido pero tratándome, por encima de todo, como al hijo de Margaret y John.
Allí dentro, despojado del traje del funeral y vistiendo unos vaqueros y una sudadera oscura, no era la estrella de la Premier League que facturaba millones.
Era solo Aiden. Y ese anonimato familiar me reconfortó tanto que sentí cómo el nudo perenne de mi estómago se aflojaba un par de centímetros.
Nos apiñamos en una de las mesas altas cercanas a la barra. Pedimos una ronda de pintas y, aunque mi nutricionista en Londres habría tenido un síncope de haberme visto levantar el cristal, decidí que un día es un día. El abuelo merecía un brindis con cerveza de verdad, no con agua mineral.
—Venga, Brooks, suelta algo —dijo Steven tras darle un trago largo a su pinta—. Cuéntanos cómo es la vida en la cima del éxito. ¿Es verdad que el estadio tiene calefacción en el césped?
Me reí, apoyando los antebrazos en la mesa, con el calor del alcohol que empezaba a hacerme efecto recorriendo mi cuerpo.
Les hablé de la locura de los entrenamientos a puerta cerrada, de la disciplina militar de las dietas y de la presión de tener a ochenta mil personas gritando tu nombre o insultándote según hacia dónde soplara el viento.
—A mí los entrenos me dan igual —intervino Anne, apoyando la barbilla en su mano con una sonrisa pícara—.
Lo que queremos saber las chicas es otra cosa.
Ese delantero tuyo, Noah... Madre mía. ¿Es tan guapo en persona como sale en los anuncios de calzoncillos?
Porque Camila y yo tenemos un debate serio.
—Oye, que estoy aquí delante —se quejó Arthur, ganándose un beso rápido y consolador de Camila, que no tardó en volverse hacia mí, picada por la curiosidad.
—Es verdad, Aiden, cuida los detalles. ¿Es así o le ponen filtros?
—Es insoportable de lo perfecto que es, no os voy a mentir —bromeé, ganándome las risas del grupo—. Y se cuida más que todas vosotras juntas. El tipo no toca un carbohidrato ni aunque lo maten. Su novia se desespera.
Mientras ellos hablaban, yo me dediqué a escucharlos, fascinado y extrañado a la vez por cómo el tiempo había seguido corriendo para todos.
Escuché a Arthur hablar de las humedades de su piso nuevo con Camila, a Steven quejarse de su jefe en la fábrica y a otros amigos de la infancia, que se iban uniendo al grupo, contar cómo conciliaban los turnos de trabajo con los pañales de sus hijos.
Sus vidas eran reales, tangibles, llenas de problemas cotidianos y de una normalidad que yo, en mi burbuja de cristal de Londres, miraba con una envidia secreta que me escocía en el pecho.
La noche avanzó y el pub se llenó hasta los topes. El ruido de la música de fondo y las voces altas obligaron a la gente a apretarse. En un momento en que Steven fue a pedir otra ronda, me levanté y me apoyé contra la barra de madera oscura para dejar sitio en la mesa.
Un segundo después, Joyce se colocó a mi lado.
El espacio era tan reducido que su hombro chocó contra el mío.
Fue un roce sutil, pero el contacto a través de la tela de nuestras prendas me provocó una sacudida eléctrica que me recorrió la columna.
Ninguno de los dos se apartó. El calor de su cuerpo pareció filtrarse de inmediato, reclamando un territorio que solía ser suyo por derecho propio, aunque no supe reconocerlo en su momento.
—Vaya vida de sacrificios llevas, Brooks —murmuró ella, mirando al frente, hacia las botellas de la estantería—. Sin carbohidratos, sin salir... Qué aburrimiento.
—Se sobrelleva —contesté, tratando de controlar la voz para que sonara más serena de lo que realmente sentía.
Me giré un poco hacia ella al apoyar el codo en la barra.
Al hacerlo, mi antebrazo rozó el suyo. Su piel estaba tibia y ese simple contacto físico, tan jodidamente familiar y a la vez tan prohibido después de lo de Liverpool, hizo que el aire se volviera denso entre los dos.
Podía oler su perfume, esa mezcla de vainilla y algo limpio que me devolvía los veranos en el río a golpes de martillo en la memoria.
Joyce movió la mano sobre la madera para alcanzar su copa de vino y, por el camino, la punta de sus dedos rozó el dorso de mi mano.
Fue un contacto mínimo, por lo bajo, oculto a los ojos de la pandilla que seguía discutiendo a un metro de nosotros.
Se me cortó la respiración. Ella dejó los dedos ahí un segundo más de lo estrictamente necesario, una fracción de tiempo minúscula en la que sentí su pulso acelerado antes de retirar la mano despacio, como si se hubiera quemado.
Alcé los ojos de golpe y la pillé mirándome. Sus ojos oscuros estaban fijos en mis labios, clavados con una intensidad que me encendió la sangre. En cuanto se dio cuenta de que la había descubierto, desvió la mirada hacia el fondo del pub con una rigidez repentina, aclarándose la garganta.
Unos segundos después, fui yo quien no pudo evitar buscarla de reojo, recorriendo la línea de su cuello, la curva de su mandíbula y el mechón de pelo que le caía sobre la frente.
Y entonces fue ella quien me atrapó a mí.
Nuestros ojos volvieron a colisionar en el espacio, sosteniéndose el pulso en un desafío silencioso cargado de reproches no verbalizados, de recuerdos compartidos y de una atracción animal, salvaje, que el tiempo y la distancia no habían hecho más que enterrar bajo una capa muy fina de orgullo.
Tenía los nudillos pegados a su cadera por la falta de espacio y podía sentir cómo su respiración se acompasaba con la mía, pesada, contenida.
Estábamos rodeados de nuestra gente, en el pub de siempre, pero para mí el ruido del Black Dog se había apagado por completo.
Solo existía el calor de su cuerpo rozando el mío y la certeza absoluta de que estábamos jugando con fuego.
Sin embargo, justo cuando la tensión amenazaba con desbordarse, Joyce dio un paso sutil hacia atrás, rompiendo el contacto.
Una barrera invisible y fría se levantó entre nosotros en un parpadeo.
A pesar de la proximidad física de antes y de los destellos en su mirada, la notaba jodidamente distante.
Había una reserva en ella, una especie de coraza blindada que no recordaba de nuestra adolescencia y que me dejaba completamente descolocado.
Me miraba, sí, pero sus ojos ya no se abrían de par en par para mí; me observaban desde detrás de un muro de cautela, como si estuviera protegiéndose de un peligro inminente.
Había un abismo entre los dos que yo no alcanzaba a comprender.
La intuición me gritaba que no se trataba solo de los meses de silencio o de mi vida en Londres; había un dolor más profundo y enquistado en la forma en que apretaba los labios al mirarme, una herida latente que parecía sangrar cada vez que nuestros mundos se rozaban.
Sentí la frustración quemándome la garganta mientras ella se giraba para atender a una pregunta de Camila, dejándome a oscuras, atrapado en la insoportable certeza de que había roto algo sagrado entre nosotros y ni siquiera era consciente de qué demonios era.