Capítulo 4
Joyce
Tener una semana libre a las puertas de terminar mi contrato en el hotel había sido una coincidencia casi milagrosa, aunque el motivo de mi regreso al pueblo fuera el más triste de todos.
Caminar hacia la iglesia rodeada de caras conocidas me removía el estómago.
Hacía meses que no pisaba aquellas calles, huyendo de los comentarios tras mi ruptura con Paul pocos días antes de la boda, pero la muerte del abuelo de Aiden lo cambiaba todo.
Le debía esa despedida. Fueron muchas las tardes que pasé en su casa y siempre fue cariñoso conmigo.
Llegué a la plaza justo cuando la familia Brooks bajaba del coche.
Me quedé un paso atrás entre la multitud, observando la escena de perfil.
En cuanto Aiden puso un pie en el suelo, el ambiente pareció cambiar.
Vi cómo la gente se tensaba, cómo los murmullos se extendían en oleadas y cómo todos reclamaban su atención.
Los vecinos se acercaban a saludarlo, algunos le tocaban el hombro o le daban la mano con un respeto absoluto por el momento, pero sin poder ocultar esa fascinación reverencial ante la gran estrella de la Premier League.
Aiden respondía con la cabeza, pálido y con la mandíbula apretada, arrastrando una pesadumbre que le encorvaba los hombros a pesar de su imponente planta.
Dentro de la iglesia, el olor a cera y a flores inundaba el ambiente, algo asfixiante.
Conseguí sentarme en uno de los bancos laterales junto a mis amigos de siempre, pero mi mirada se desvió, magnética e inevitable, hacia las primeras filas.
Desde mi posición, no podía dejar de mirarle la nuca.
El corte de pelo impecable, la tensión rígida de su cuello, la forma en que entrelazaba los dedos sobre las rodillas o abrazaba a su madre... Todo en él gritaba contención.
—¿Estás bien? —el susurro de Anne llegó acompañado de un leve codazo en mi brazo, sacándome de mi ensimismamiento.
Giré la cabeza despacio y le dediqué una sonrisa suave, intentando restarle importancia al asunto.
—Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —respondí en un hilo de voz. Ella arqueó una ceja sin darme más explicaciones.
Pero por dentro, la procesión iba por otro lado.
Al margen de la enorme pena por la pérdida, la presencia de Aiden abría compuertas que creía haber sellado.
Cerré los ojos un segundo mientras el párroco empezaba la liturgia, y la voz ronca y bondadosa del abuelo me resonó en la memoria.
Recordé las tardes de invierno en las que Aiden y yo nos encerrábamos en su salón a estudiar para los exámenes del instituto.
El abuelo siempre entraba con una bandeja de chocolate caliente y se sentaba con nosotros a contarnos historias descabelladas de su juventud, haciéndonos reír hasta que nos dolían las costillas.
Éramos inseparables. Su casa era mi casa.
Por eso, mirar ahora esa nuca tan familiar y a la vez tan lejana me provocaba una punzada de incredulidad.
¿Cómo era posible? ¿Cómo habían podido dos mejores amigos, dos personas que lo compartían absolutamente todo, dejar de verse y de hablarse de una forma tan radical?
La respuesta me escocía en el orgullo: Londres y el éxito lo habían devorado, borrando el mapa de nuestro pasado.
Al terminar el funeral, la comitiva se trasladó a la casa de los padres de Aiden para la recepción posterior.
Mientras caminaba por el sendero lateral con Anne, Steve y los demás, me fijé en los detalles de la vivienda.
Todo el mundo en el pueblo sabía que Aiden, en cuanto firmó su primer contrato millonario, había intentado comprarles a sus padres una mansión a las afueras, pero ellos, orgullosos y apegados a sus raíces, se habían negado en redondo a mudarse.
Lo único que aceptaron fue que su hijo les financiara una reforma de la casa de siempre.
El resultado era evidente al llegar al jardín trasero: un espacio precioso, salpicado de parterres donde la madre de Aiden cuidaba flores con mimo, y un rincón resguardado bajo los sauces que se había convertido en el lugar ideal para refugiarse del mundo.
Para el día del funeral, habían instalado una carpa blanca impecable con un servicio de catering que servía té y pastas en absoluto silencio. Los invitados nos agrupamos en pequeños corrillos sobre el césped, hablando en voz baja.
—Sigue pareciendo mentira lo del abuelo —comentó Steve, removiendo su taza con la mirada perdida—. El viejo era el alma de este barrio.
—Ya ves. Y ver a Aiden aquí después de tanto tiempo se hace rarísimo —añadió Arthur bajando aún más la voz—. Está enorme el tío. En la tele parece fuerte, pero de cerca impone. Mira cómo lo tienen rodeado los del club local.
Alcé la vista y vi a Aiden al otro lado del jardín, de pie junto a sus hermanos, soportando con paciencia los pésames de medio pueblo. Sabía que no podía evitarlo más tiempo; era el momento de cumplir con la educación y el cariño que le tenía a su familia.
—Voy a darles el pésame —anuncié a los chicos, despegándome del grupo.
Caminé despacio sobre la hierba, sintiendo que las piernas me pesaban más de la cuenta a cada paso que daba hacia él. Cuando estuve a un par de metros, su madre me vio y abrió los brazos con los ojos empañados.
—¡Oh, Joyce, cielo, gracias por venir! —exclamó, estrechándome en un abrazo cálido que olía a lavanda y a pena—. Al abuelo le habría hecho tanta ilusión verte aquí...
—No podía faltar, Margaret. Sabes lo mucho que lo quería —le susurré al oído, acariciándole la espalda.
Al separarme, me encontré de frente con la mirada de Aiden.
Estaba a un palmo de mí. El dolor de la pérdida y el cansancio de los últimos días le marcaban unas ojeras profundas que humanizaban por completo al «guardián» del Kingsford.
El aire entre los dos pareció volverse denso, atrapado en el eco del encuentro en Liverpool que ninguno de los dos había olvidado.
—Lo siento mucho, Aiden —le dije con voz firme, sosteniéndole la mirada con una mezcla de respeto y esa distancia profesional que seguía usando como escudo.
Aiden tragó saliva, mirándome como si fuera la única persona real en mitad de ese jardín lleno de desconocidos.
—Gracias por estar aquí, Joyce —contestó en un susurro ronco, dando un paso casi imperceptible hacia mí—. Significa mucho. De verdad.
Reduje la poca distancia que nos separaba y lo rodeé con los brazos.
Fue un abrazo breve, pero sentí cómo su cuerpo enorme se destensaba por una milésima de segundo contra el mío, como si por fin pudiera soltar una parte del peso que cargaba.
El contacto con su cuerpo caldeó el mío.
Al separarnos, Aiden abrió la boca, con la mirada fija en mis ojos, como si fuera a decir algo importante que llevaba días guardándose.
Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, un par de directivos del club de fútbol local pasaron por nuestro lado carraspeando, esperando su turno para abordarlo.
Le dediqué una media sonrisa cargada de esa ironía tan nuestra, entornando los ojos con burla.
—Será mejor que te deje con tus fans, Brooks. La agenda de una estrella de la Premier League debe estar muy apretada, incluso en este pueblo perdido.
A Aiden le brillaron los ojos por primera vez en todo el día y una sonrisa leve, de las de verdad, le cruzó el rostro, borrándole por un instante la rigidez de la mandíbula.
—No me lo recuerdes, Joyce —murmuró, y su tono sonó tan parecido al del chico del banco del parque que me dio un vuelco el corazón.
En ese momento, Steven, Anne, Arthur, Camila y el resto de la pandilla llegaron detrás de mí, rompiendo nuestra burbuja.
Esperaron a que acabara de hablar con los del club antes de rodearlo entre palmadas en la espalda, abrazos apretados y palabras sinceras de aliento.
La tensión formal del principio se disolvió rápido entre ellos; al fin y al cabo, nos habíamos criado juntos.
—Te hemos echado de menos por aquí, cabronazo —le soltó Steven al separarse tras darle un abrazo, mirándolo de arriba abajo—. Aunque veo que en Londres te alimentan bien. Estás hecho un toro, Brooks.
—Es todo gimnasio, Steven, no te fíes —respondió Aiden, y por la forma en que se le relajaron los hombros supe que necesitaba ese compadreo como el respirar—. Me alegra mucho veros a todos juntos.
—Y a nosotros a ti, aunque ojalá no fuera por este motivo —añadió Anne con dulzura, tomándolo de la mano un segundo—. El abuelo habría estado orgullosísimo de ver la plaza llena hoy. Siempre decía que eras el orgullo del pueblo.
Aiden asintió en silencio, tragando saliva ante la mención del viejo, e intentó desviar la atención para que la emoción no lo venciera en medio del jardín.
—¿Y vosotros dos qué? —preguntó Aiden, mirando a Arthur y Camila, que se mantenían un poco más atrás agarrados de la mano—. Me he enterado por mi madre de que por fin os habéis mudado juntos.
Arthur soltó una risa nerviosa y se rascó la nuca, contagiando un poco de ligereza al grupo.
—Ya tocaba, tío. Aunque Camila ya ha tomado el control de la decoración y me ha desterrado la Play al trastero. No sabes lo que te ahorras viviendo solo en Londres.
—No le hagas caso, Aiden, que sigue teniendo su cuarto de juegos intacto —replicó Camila, dándole un codazo cariñoso a su novio antes de mirar al futbolista con una sonrisa cálida—. Nos alegra mucho tenerte en casa, de verdad. Te hemos echado de menos en los cumpleaños.
—Y yo a vosotros —admitió Aiden, y por la forma en que nos miró a todos, supe que lo decía desde lo más profundo del corazón—. Siento haber estado tan desconectado.
—Bueno, pues eso se arregla fácil —intervino Steven, volviendo a tomar la palabra para proponer el plan—.
Tenemos que vernos estos tres días que vas a estar por aquí, tío.
Aunque sea para tomarnos una pinta rápida en el pub y recordar las burradas que te decía el abuelo cuando fallabas un gol de crío.
—Eso está hecho —aseguró Aiden, mirando de reojo hacia donde yo estaba—. Contad con ello. Necesito salir un poco de...
No pudo terminar la frase. El alcalde del pueblo, un hombre bajito y con el traje demasiado planchado, apareció de la nada abriéndose paso entre los corrillos con una sonrisa de circunstancias y una palmada condescendiente en la espalda de Aiden.
—Aiden, hijo, disculpa que te interrumpa con tus amigos —dijo el político, agarrándolo sutilmente del antebrazo para tirar de él—. Pero han venido los periodistas del diario regional y querían saludarte un momento antes de irse; además, quiero hablarte de algo. Es solo un minuto, acompáñame.
Aiden suspiró, entrecerró los ojos con frustración, y me dedicó una última mirada de disculpa antes de dejarse arrastrar por el alcalde hacia el centro de la carpa.
Lo vi alejarse de nuevo, engullido por las exigencias de su estatus, mientras nosotros nos quedábamos allí, sobre el césped, con nuestras tazas de té a medio terminar.