Capítulo 3
Aiden
El rugido del motor de mi coche deportivo solía ser mi terapia favorita para desconectar, pero ese día el zumbido en los oídos me resultaba insoportable.
Subí el volumen de la música para intentar acallar mis propios pensamientos, pero fue inútil; las canciones pasaban una tras otra sin que yo registrara una sola letra.
En el club me habían dado tres días de permiso por el fallecimiento del abuelo, tres días que me tomé como un suspiro y a la vez como una condena.
Apreté el volante de cuero con rabia mientras devoraba los kilómetros de autopista hacia el pueblo.
El asfalto huía bajo las ruedas a toda velocidad, pero la distancia parecía no acortarse nunca.
Tenía los ojos secos, inyectados en sangre de tanto contener unas lágrimas que se me acumulaban en la garganta como cristales rotos.
La culpa me estaba destrozando las entrañas, arañándome el pecho con una fuerza implacable: el abuelo se había ido para siempre y yo ni siquiera había sido capaz de estar allí para sostenerle la mano, para escuchar su última palabra o despedirme de él.
Recordé las llamadas perdidas de los últimos meses, los «luego te llamo, abuelo, que entro a masaje» o los «a ver si subo en el próximo descanso».
Había estado tan estúpidamente obsesionado con los entrenamientos diarios, con la presión asfixiante de los partidos de la Premier y con cumplir a rajatabla las exigencias de la directiva y los patrocinadores, que mi vida se había convertido en un aplazamiento constante.
Siempre posponía el regreso a casa para «la semana que viene», convencido de que el tiempo era eterno y de que mi familia me esperaría sentada en el mismo sitio.
Y ahora, de golpe, la realidad me pegaba un bofetón: ya no había más semanas que viene, ni más prórrogas, ni más oportunidades.
El hombre que me ponía parches en las rodillas de crío se había marchado mientras yo jugaba a ser Dios bajo los palos de un estadio de Londres.
A medida que las señales de tráfico pintadas de verde empezaron a mostrar los nombres familiares de los pueblos vecinos, el estómago se me terminó de cerrar por completo, provocándome una náusea física.
La música que escupían los altavoces del coche se transformó en un ruido de fondo molesto y la apagué de un manotazo, buscando un silencio que acabó resultando aún peor.
Iba a volver a pisar las calles de mi infancia y a reencontrarme con mi pandilla de siempre, con esos amigos con los que me había criado compartiendo tardes enteras sin más preocupación que exprimir el día.
Pero regresaba en las peores circunstancias posibles, con el ánimo por los suelos y el peso de una muerte en la familia.
Me intrigaba y, al mismo tiempo, me aterraba a partes iguales, imaginar cómo reaccionarían al verme aparecer después de tantos meses de silencio y de no dar señales de vida.
Me preguntaba si todavía me considerarían el Aiden de siempre o si, por el contrario, la distancia habría cambiado las cosas y ahora me verían solo como a ese tipo inaccesible que salía en las portadas de los periódicos.
Quería ser el de siempre, ni que me trataran con admiración ni con desprecio por haberme comportado tan ajeno al pueblo.
No era desprecio a mis orígenes, en absoluto, me pudo esa manía mía de encerrarme y blindarme a los demás que provocaba interpretaciones erróneas desde fuera.
Cruzar el cartel con el nombre de mi pueblo fue como retroceder en el tiempo.
Aparqué frente a la casa de mis padres y el contraste de mi coche de gama alta en la modesta calle residencial me pareció casi obsceno.
En cuanto crucé el umbral, el ambiente pesado del luto me golpeó el rostro.
Mis padres estaban rotos. Abracé a mi madre con fuerza, sintiéndola temblar entre mis brazos, y luego a mi padre, que parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
Fue entonces cuando me fijé en mi hermano pequeño. Estaba allí, apoyado en el mueble del recibidor, sosteniendo la mano de una chica rubia que me miraba con timidez.
—Aiden, ella es Sophie, mi novia —dijo mi hermano Ben con voz baja.
Me quedé congelado un segundo antes de forzar una sonrisa y saludarla.
No tenía ni puta idea de que mi hermano tenía novia.
La revelación me dolió como un puñetazo directo al orgullo.
¿Me lo habrían dicho y no presté atención?
¿Cuántas cosas me había perdido de la vida de los míos por haberme encerrado en mi burbuja de Londres?
Había estado tan ciego, tan centrado en mí mismo, que la vida de mi propia familia había seguido rodando sin que yo me enterara de nada.
—Mucho gusto, Sophie —saludé, intentando que mi tono no sonara tan extrañado como me sentía por dentro.
Ella asintió con una sonrisa tímida y murmuró algo sobre ir a la cocina a ayudar a mi madre con el té, dejándonos a mi hermano pequeño y a mí solos en el pasillo.
Se hizo un silencio denso, incómodo, de esos que duelen porque antes habríamos solucionado la distancia con un empujón cariñoso o un chiste verde.
Pero ese día ni nos saludamos. Nos quedamos mirándonos como dos extraños que comparten el mismo apellido.
—No me habías dicho nada —solté al fin, rompiendo la tensión pero sin acercarme.
Mi hermano se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón negro. Tenía la mirada cansada y los ojos enrojecidos de haber llorado al abuelo.
—Tampoco es que llames mucho, Aiden. Siempre estás viajando o concentrado. No quería molestar a la gran estrella con mis cosas.
El reproche, dicho sin gritos pero con una honestidad aplastante, me golpeó directo en el pecho. Iba a replicar, a buscar una excusa cualquiera sobre los horarios de la Premier, pero él se dio la vuelta antes de que pudiera abrir la boca y caminó hacia la cocina.
Tragándome el orgullo herido, agarré mi bolsa de viaje y subí las escaleras hacia mi antigua habitación.
En cuanto empujé la puerta, un olor a limpio y a madera vieja me recibió de golpe.
Mi madre lo mantenía todo impecable, como si esperara que fuera a volver a dormir allí cualquier noche.
Dejé la maleta sobre la cama de siempre, una cama que ahora me parecía ridículamente pequeña para mi estatura, y me acerqué al escritorio.
Los recuerdos me asaltaron de golpe. Sobre la balda de madera seguían mis viejos guantes de portero gastados, los primeros que me compró el abuelo con sus ahorros, remendados con cinta aislante por las palmas.
En la pared, un póster descolorido de la selección y, medio oculta tras una lámpara, una foto pequeña en la que salíamos la pandilla en el río, con Joyce sentada a mi lado riéndose con los ojos cerrados.
Sentí una punzada feroz de nostalgia. Aquel cuarto pertenecía a un Aiden que ya no existía; un chico que no tenía una cuenta bancaria con seis ceros, pero que era inmensamente más rico de lo que yo era ahora.
Un alboroto de pisadas rápidas, risas ahogadas y portazos en la planta de abajo rompió mi burbuja de recuerdos. Reconocí los ruidos enseguida. Supe que mi hermano mayor acababa de llegar.
Bajé las escaleras a zancadas, buscando huir de los fantasmas de mi propio cuarto, y al entrar al salón me encontré con la escena.
Albert, mi hermano mayor y su mujer estaban dejando las chaquetas mientras los gemelos de cuatro años correteaban por la alfombra, ajenos a la tragedia del luto.
En cuanto los niños alzaron la vista y sus ojos tropezaron conmigo, sus caras de pena se transformaron en puro entusiasmo.
—¡Es el tío Aiden! —gritaron al unísono, corriendo hacia mí con los brazos abiertos.
—Chicos, cuidado, dejad a vuestro tío en paz, que no es momento de molestar —les cortó su padre enseguida, con un tono tenso que buscaba no incomodar a la gran estrella de la familia.
Se acercó y me dio un abrazo golpeándome la espalda, y lo agradecí.
Después di dos besos a mi cuñada Beth, a quien conocía desde que era un crío y me trataba como a un hermano.
El comentario de Albert me picó en lo más hondo.
Me dolió ver que mi propio hermano sentía la necesidad de marcar una distancia conmigo, como si yo fuera un extraño o una visita importante a la que no se podía incordiar.
Me di cuenta, con una claridad espantosa, de lo al margen que había estado de todo.
Tragándome el nudo de dolor por la pérdida del abuelo y por mi propia ausencia, me agaché a la altura de los gemelos y los atrapé en un abrazo enorme, revolviéndoles el pelo y cargándolos en vilo.
—A mí nunca me molestáis, campeones —les aseguré, esforzándome para que mi voz no temblara.
Jugué con ellos unos minutos en el suelo, permitiéndome ese pequeño respiro de normalidad en mitad del caos.
Mientras los escuchaba reír, miré de reojo a mis padres.
Me di cuenta de que no todo consistía en mandarles transferencias mensuales para que pudieran vivir bien desde la distancia; lo que de verdad importaba era estar, y yo no había estado.
Llegó el momento de prepararse para el funeral.
Mi madre había organizado un catering para después de la iglesia; quería recibir a los vecinos y a los conocidos en el jardín trasero de la casa, bajo una gran carpa blanca que ya habían terminado de montar.
Todo parecía demasiado pulcro, demasiado preparado para contener un dolor tan desgarrador.
El trayecto hasta la iglesia lo hice en un coche compartido con mis hermanos, en un silencio respetuoso.
Al bajar, me quedé sin aliento. La plaza estaba a reventar y la iglesia se veía completamente llena.
En cuanto puse un pie en el suelo, sentí decenas de miradas clavándose en mí.
La gente se giraba, susurraba mi nombre y me observaba con una mezcla de curiosidad y respeto.
Saludé con la cabeza a los vecinos más cercanos mientras caminaba hacia la entrada al lado de mi madre, pero por dentro sentía una náusea insoportable.
Me sentía fatal. Toda esa atención, todas esas cabezas girándose a mi paso, deberían haber estado centradas en la memoria de mi abuelo, en el hombre maravilloso que nos había dejado, y no en el maldito futbolista de la Premier League en el que me había convertido.