Capítulo 2
Aiden
El partido de Liverpool no había sido uno más de la temporada; jugábamos un amistoso benéfico que, para Noah, significaba cerrar el capítulo más doloroso de su vida.
Al pitar el final, lo busqué con la mirada entre la neblina del césped.
Tenía los ojos empañados en lágrimas, pero su rostro reflejaba una paz que nunca antes le había visto.
Después de tantos años cargando en secreto con el peso de su pasado, con el miedo a ser juzgado por la sombra de su padre y por ese apellido que tuvo que cambiar para protegerse, ver a todo el estadio en pie, aplaudiendo y arropándolo sin un solo reproche, fue un momento de una emotividad devastadora.
Se me hizo un nudo en la garganta al verlo abrazar a los chicos.
Noah por fin estaba libre de sus fantasmas.
Conmovido todavía por la fuerza de mi amigo, caminé hacia la zona de familiares con el corazón a flor de piel.
El abrazo con mis propios padres lo sentí el doble de real, de urgente y de frágil.
Sin embargo, por dentro me carcomía una ausencia.
Eché muchísimo de menos no haberme despedido de Joyce en el hotel; cuando nos marchamos hacia el estadio, su turno ya había terminado y ella no estaba trabajando.
Me había quedado con las ganas contenidas de saber más, con la impotencia de no haber tenido el valor de pedirle el teléfono y con la necesidad desesperada de poder charlar con ella, aunque fuesen cinco minutos.
Sentía que la volvía a perder por no haber actuado a tiempo.
El reencuentro en el hotel la noche anterior me dejó el alma del revés, pero el fútbol profesional no entiende de nostalgia y seguí la rutina del equipo.
Horas después, me tocó despedirme de Liverpool una vez más.
Caminé hacia la salida del estadio con la vista fija en la multitud, con la esperanza estúpida de descubrir sus ojos entre la gente, por si había decidido ir a vernos.
Pero no, Joyce no estuvo allí para verme marchar.
Quienes sí acudieron a la zona de familiares fueron mis padres y mis dos hermanos.
El abuelo no pudo viajar esta vez; los años no perdonan y el trayecto, aunque no era largo, a él se le hacía un mundo; prefería verme en el televisor desde el mismo sillón en el que guardaba caramelos para dárnoslos a escondidas.
Abracé a mi familia en el palco, rodeados del lujo artificial que mi nueva vida les brindaba.
Yo sonreía, cumplía con el papel de hijo próspero, pero mi cabeza seguía atrapada en el mostrador de aquella recepción.
No sabía cómo preguntar por ella sin levantar sospechas, el nombre de Joyce me quemaba en la garganta.
Por suerte, mi madre leyó mi inquietud, aunque se desvió por otro camino.
—En el pueblo te echan mucho de menos, hijo —comentó mientras me recolocaba el cuello de la chaqueta—. Quieren poner tu nombre al polideportivo municipal. Si te llama el alcalde, por favor, no lo trates mal.
—No seas reticente, Aiden —intervino mi padre con una palmadita en la espalda—. Es un reconocimiento bonito. Ya sé que no te gusta exponerte y todo eso, pero, chico, acéptalo. A ellos les hace ilusión.
Aspiré el aire acondicionado del palco y forcé una sonrisa cansada. Era cierto que tendía a encerrarme en mí mismo para no dejar ver mis emociones.
—Vale, que me llame. Ya veremos qué hago.
Aproveché la brecha. Necesitaba saber si Joyce tenía una vida lejos de mí, si pertenecía a otro, si llevaba una alianza en el dedo.
—¿Y cómo están las cosas por allí? —solté con falsa indiferencia—. ¿Qué tal la pandilla de siempre?
Mi madre se entusiasmó y me puso al día con un torrente de cotilleos sobre bodas, trabajos y mudanzas de mis antiguos amigos. Escuché de fondo, hasta que el nombre grabado a fuego en mi memoria salió de sus labios.
—Y Joyce —añadió mamá con ternura— sigue tan buena chica como siempre. La vemos de vez en cuando. Estuvo a punto de casarse, ¿sabes? Pero el mes antes de la boda rompió con el novio. Lo dejó todo y se vino a Liverpool a trabajar a un hotel.
El corazón me dio un vuelco tan violento que temí que lo escucharan. Libre. Joyce no se había casado.
El viaje en el tren de vuelta a Londres fue un torbellino de pensamientos mudos. Apoyé la frente contra la ventanilla, mientras el paisaje inglés se emborronaba a través del cristal. Repasé cada palabra de mi madre, cada detalle de la silueta de Joyce en la recepción.
—Eh, Aiden, vuelve a la Tierra. ¿Te ha poseído un fantasma o qué? —la voz de Ethan rompió mi burbuja.
Noah y Seb se sumaron a las bromas de inmediato.
Se rieron de mi seriedad, me lanzaron un cojín del asiento y aseguraron que tenía cara de haber visto a un fantasma.
No les faltaba razón, pero guardé silencio, como siempre.
Ellos solo veían al portero estrella de la Premier League; ninguno conocía al chico que dejó su corazón en un muelle de madera de un pueblo pequeño.
La noche cayó por completo cuando entré en la urbanización exclusiva a las afueras de Londres.
Era un vecindario de casas perfectas, vallas altas y una tranquilidad que a veces me asfixiaba.
Compartía el alquiler de la propiedad con Ethan, pero al cruzar el umbral, el silencio de las paredes de diseño me pareció inmenso.
Dejé las llaves sobre la mesa de la entrada.
Estaba en la cima del mundo, rodeado de lujos, pero por primera vez en seis años, me sentí verdaderamente solo.
—Me acuesto, tío, estoy molido.
—Sí, yo también, ahora subo —le aseguré a Ethan.
En cuanto escuché sus pasos alejarse hacia su zona de la casa y me quedé a solas en la cocina en penumbra, el peso de la soledad me hundió los hombros de golpe.
Subí los escalones arrastrando los pies y me senté en el borde de la cama de mi cuarto, con los ojos fijos en el gran ventanal que daba al jardín.
Estaba en la cima del mundo, rodeado de un lujo que antes ni alcanzaba a imaginar, pero ni las sábanas de algodón y satén lograban reconfortarme.
Me tumbé boca arriba, tapándome los ojos con el antebrazo, pero la oscuridad solo sirvió para proyectar los recuerdos que llevaba conteniendo desde que salí de Liverpool.
El dolor me retorció el corazón al revivir la nitidez de su mirada en la recepción del hotel.
Estaba tan cerca y a la vez tan jodidamente lejos.
Al cerrar los ojos, mi mente me arrastró sin piedad a las tardes de verano junto al río del pueblo.
Podía sentir el olor a tierra mojada, el calor del sol ocultándose entre los árboles y el sonido del agua fluyendo tranquila.
En mi recuerdo, Joyce estaba sentada sobre la manta que siempre cogíamos de su casa, con las piernas cruzadas y el pelo alborotado por la brisa.
Se reía de algún chiste malo mío, con esa risa limpia que tenía el poder de apagar todos mis miedos.
Recordé el tacto de sus dedos entrelazándose con los míos, la suavidad de su piel y la timidez de esos besos que a veces nos dábamos en los labios, con la dulce torpeza de dos mejores amigos que empezaban a descubrir un fuego nuevo, pero que nunca se juraron nada.
Entonces solo queríamos disfrutar de la vida y por mi mente jamás pasó la idea de pedirle que fuera mi novia.
Lo pasábamos bien, me gustaba estar con ella y eso era suficiente.
Recordar la calidez de su boca bajo la sombra de los sauces, el latido acelerado en el pecho y esa sensación de que el mundo entero se reducía a nosotros dos en aquella orilla me hizo darme cuenta de que en realidad no era suficiente, que debía haberle dicho lo que sentía, aunque en ese momento no lo supiera con certeza.
A veces el tiempo encaja las piezas cuando ya es demasiado tarde.
Una opresión insoportable me atenazó el pecho.
Fui un estúpido. La fama me emborrachó tan rápido que no supe ver el daño que hacía al distanciarme, al dejar que la marea de Londres me tragara y me alejara de lo único real que había tenido en la vida.
La culpa me arañaba por dentro; la había perdido, a ella y al resto de mis amigos, por mi propia soberbia, y ver la frialdad profesional con la que me había tratado en el hotel era el precio que me tocaba pagar.
El zumbido estridente de mi teléfono sobre la mesilla de noche rompió el silencio de la habitación, haciéndome sobresaltar. Alargué la mano esperando ver algún mensaje del mister sobre el entrenamiento del día siguiente o alguna notificación de mi agente.
Pero era la foto de mi madre la que parpadeaba en la pantalla.
Al descolgar, ni siquiera tuve tiempo de saludar. El tono quebrado de su voz al otro lado de la línea bastó para que se me helara la sangre en las venas.
—Aiden, hijo... —sollozó ella, con la respiración entrecortada—. Es el abuelo. Se nos ha ido.