Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Joyce

El pasado tiene una forma muy rara de volver a por ti. Siempre elige el peor momento, el día en que crees que por fin tienes las riendas de tu vida y que los fantasmas de la adolescencia se han cansado de perseguirte.

Para mí, ese fantasma medía un metro noventa, llevaba el escudo del club de moda de Londres cosido en el pecho y me miró con unos ojos que no había olvidado ni una sola noche desde que tenía quince años, aunque nos conocimos siendo unos críos.

Cuando Aiden Brooks apareció en la recepción del hotel en Liverpool, se me congeló la sangre.

Había pasado semanas preparándome mentalmente para la llegada del Kingsford FC.

Sabía que los futbolistas de la Premier League eran exigentes, que venían blindados por la seguridad y que el vestíbulo se llenaría de tensión antes del partido en Anfield.

Lo que no calculé fue el impacto de ver su nombre en la lista de huéspedes.

El gran Aiden Brooks. El guardián del Kingsford.

El chico que solía sentarse a mi lado en la última fila de clase y que compartía conmigo las patatas fritas en el banco del parque del pueblo.

Lo reconocí enseguida a pesar de que estaba muy cambiado.

El chico flacucho y de hombros caídos que recordaba se había esfumado; en su lugar, frente al mostrador, se alzaba un hombre imponente, con una espalda anchísima y una planta atlética que llenaba el espacio por completo.

El fútbol de élite lo había esculpido a golpe de gimnasio, pero lo que más me dolió no fue su cambio físico, sino su mirada.

Sus ojos seguían siendo del mismo azul intenso, pero ya no tenían la timidez de antes; ahora reflejaban la madurez de alguien acostumbrado a soportar la presión de estadios enteros.

Tenía la mandíbula más marcada, una barba de un par de días perfectamente recortada y una presencia tan magnética que hacía que todo lo demás en la recepción pareciera borroso.

Seguía siendo mi Aiden, sí, el que me partió el corazón, pero convertido en una versión inalcanzable y deslumbrante que me hizo sentir increíblemente pequeña.

Durante los tres minutos que duró nuestro encuentro frente al mostrador de madera noble, utilicé toda la disciplina que me habían enseñado en la formación de recepcionistas del hotel.

Me obligué a sonreír con la cortesía fría y prefabricada que se esperaba de mí.

Le hablé de usted. Marqué una distancia tan fría y profesional que juraría que el aire se volvió escarcha entre los dos.

Vi la decepción cruzarse en su mirada, vi cómo palidecía y cómo buscaba rozar mi mano sobre el mostrador, como si necesitara comprobar que la chica normal que había dejado atrás seguía siendo de carne y hueso.

—Gracias, Joyce —me dijo antes de que su compañero de equipo se lo llevara hacia los ascensores.

Esa misma noche, encerrada en mi modesto piso de Liverpool con el turno de tarde terminado, fui incapaz de cenar.

Me senté en la cama y saqué del fondo del armario una vieja caja metálica de galletas.

Estaba oxidada por las esquinas y los cierres chirriaban.

Dentro no había joyas ni dinero; solo recortes de periódicos locales de cuando él jugaba en las categorías inferiores y unas notas de papel cuadriculado, arrugadas y gastadas de tanto releerlas.

Tenía su letra descuidada de cuando teníamos quince años: « Sé que hoy tienes el examen de Historia.

Lo vas a bordar. Te veo en el banco de siempre a las cinco. No me faltes » .

«Gracias por hacerme sonreír hoy cuando peor lo pasaba en clase. Contigo todo es más fácil y más bonito, Joyce. Qué suerte tengo de tenerte. Te quiero».

«Cuando los demás se vayan, me gustaría celebrar contigo la victoria de hoy. ¿Viste cómo lo celebré para ti? Nos vemos luego».

Y la última, esa que no llegó a cumplir y que ya estaba desteñida de tanto leerla y llorar sobre ella.

Me quedé mirando los papeles durante horas, con una punzada de amargura clavada en el pecho.

Me repetí mil veces que aquello había sido una chiquillada de críos.

Una bonita historia de instituto que se rompió el día en que un ojeador de Londres se lo llevó a la capital y el éxito lo absorbió por completo.

Él se convirtió en una estrella inalcanzable; yo me quedé en el pueblo, estudiando y trabajando el doble para salir adelante.

Pertenecíamos a mundos diferentes, separados por un abismo invisible de millones de libras, palcos VIP y portadas que yo solo veía en la sección de deportes de los informativos. No tenía sentido remover el pasado.

No sé cuánto tiempo estuve rascando en la herida.

Mirar aquellas notas escritas con su letra de quince años era como tocar una cicatriz que todavía escocía cuando cambiaba el tiempo.

Sentía una ambivalencia feroz que me partía en dos: por un lado, la calidez de recordar el único amor puro que había conocido —de eso me di cuenta después de salir con otros chicos—, el brillo de sus ojos antes de que el éxito lo devorara; por el otro, el frío punzante de la distancia y de lo inaccesible que resultaba ahora su mundo, tan diferente del mío.

Su marcha dolió tanto que pasé el duelo de ver morir a la persona que fue para convertirse en otra distinta, al menos por lo que los medios decían de él, ya que apenas se dejó caer por el pueblo y no volvimos a hablar.

Un pueblo cuyo aire se me volvió tan asfixiante tras su partida, que me juré no encallarme allí.

Por eso elegí estudiar una carrera que me abriera las puertas de par en par, que me conectara con viajes, con la gestión de grandes proyectos y con mundos nuevos.

Estudiar Turismo significaba poder volar lejos, construirme un escudo a base de independencia y demostrarme que mi vida podía ser inmensa, sobre todo después de comprometerme con Paul cuando acabé los estudios.

Desde que hablamos de boda se me instaló un nudo en el estómago que no se deshizo hasta que me di cuenta de que no quería atarme tan pronto, que aún no había vivido libre ni había tenido experiencias que me hicieran crecer.

Rompí con él con el típico «no eres tú, soy yo. Necesito tiempo» que él no entendió.

El destino, sin embargo, es un jugador muy caprichoso.

Apenas dos semanas después de aquel terremoto silencioso en la recepción, la vida siguió su curso con la misma monotonía de siempre.

Acepté que lo de Aiden había sido solo un parpadeo, un recordatorio de que mi realidad de clase media no tenía nada que ver con sus focos de estrella del fútbol.

Él estaba en su galaxia y yo en la mía, y estaba bien así.

Mi verdadera preocupación no era un amor del pasado, sino mi futuro.

Sabía que me quedaban muy pocas semanas de contrato en el hotel y tenía claro que no iba a renovar.

Estaba cansada de los turnos rotatorios, de las sonrisas de compromiso y de la sumisión detrás de un mostrador.

Había estudiado Turismo y Gestión Hotelera como vía de escape de la cárcel en la que me sentía en el pueblo y desde el principio me convencí de aspirar a algo más grande, tener mejores oportunidades y tomar las riendas de mi carrera profesional en condiciones.

Necesitaba un cambio urgente, salir de la rutina del hotel y buscar un reto real que me permitiera avanzar.

En eso tenía que concentrar todas mis fuerzas y no en el chaval del que me enamoré con la ingenuidad de una niña.