Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3) Prólogo
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Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3)

Amor en la prórroga (Offside hearts: Corazones en fuera de juego 3)

Por Scarlett Simmons

© inepub.com

Prólogo

Aiden

El ruido del tren de camino a Liverpool siempre me daba dolor de cabeza, pero ese día el ambiente en el vagón era especialmente sofocante.

Tenía a Noah Hayes sentado enfrente, jugando con el móvil y con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse un diente.

Lo entendía. El chaval volvía al norte con la prensa pisándole los talones por el escándalo de su padre y el partido en Anfield iba a ser una carnicería emocional.

Le solté un par de vaciles para rebajar la tensión, intentando hacer honor a mi maldito papel de «el alma del vestuario», pero la realidad era que yo tampoco las tenía todas conmigo.

Volver al norte siempre te escupe los recuerdos a la cara.

Y yo llevaba demasiados años huyendo de los míos.

Cuando el autobús oficial nos dejó en el hotel, respiré aliviado.

El sitio era el típico despliegue de opulencia de cinco estrellas que el club reservaba para los desplazamientos: mármol brillante, lámparas de cristal que costaban más que mi primer coche y un olor a perfume caro que me resultaba asfixiante.

Mientras el cuerpo técnico se peleaba por la distribución de las habitaciones, le di un toque con el codo a Noah, con quien me tocaba dormir esa noche.

—Acompáñame a la recepción un segundo antes de subir, Noah. Quiero pedir unas almohadas extra, las de estos sitios suelen ser demasiado blandas para mi cuello.

Nos acercamos al largo mostrador de madera noble.

Había una chica de espaldas, atendiendo el teléfono, vestida con el uniforme azul de la cadena: chaqueta oscura entallada, blusa blanca y el pelo castaño recogido en un moño pulcro y profesional.

Cuando colgó el auricular y se giró hacia nosotros, su rostro tenía dibujada esa sonrisa ensayada de cortesía comercial.

—Buenas tardes, bienvenidos al hotel. ¿En qué puedo...?

Y entonces, el mundo se detuvo. El suelo de mármol pareció abrirse bajo mis pies y juraría que el corazón me dio un vuelco tan violento que se me cortó la respiración por completo.

Toda mi apariencia de futbolista de la Premier League, mi carisma arrollador y la soltura de la que tanto presumía ante las cámaras se evaporaron en un abrir y cerrar de ojos.

Me quedé pálido, inmóvil, mirándola fijamente como si estuviera viendo un fantasma.

Un fantasma bendito y doloroso del que llevaba seis años sin saber nada.

—¿Joyce? —articulé. Mi propia voz me sonó extraña, un hilo de voz cargado de una nostalgia y un dolor tan puros que hasta Noah se giró a mirarme.

Tenía el mismo rostro angelical que recordaba de las tardes de instituto, esas facciones suaves que transmitían una dignidad y una sencillez que hacían que todo el lujo artificial de ese hotel pareciera una puta broma.

Pero sus ojos, de ese azul grisáceo precioso y profundo que tantas veces me había desvelado por las noches, se abrieron de par en par.

El color abandonó sus mejillas y vi cómo apretaba las manos contra el borde del mostrador.

Estaba levantando una coraza implacable, gélida y blindada contra mí.

—Hola, Aiden —respondió con un tono muy educado, excesivamente formal, pero tan distante que me heló la sangre—. Bienvenidos al hotel. Espero que vuestra estancia sea agradable.

—Dios mío, Joyce... Estás... estás igual —balbuceé, completamente desarmado.

Estiré una mano sobre el mármol de manera instintiva, buscando rozarla, buscando comprobar que era real, pero me detuve antes de llegar a tocarla—.

No tenía ni idea de que estabas trabajando en Liverpool.

Hace tanto tiempo que no sé nada de ti, desde que me fui a Londres…

La verdad es que voy poco por el pueblo. Os he perdido la pista a todos.

En parte era mentira; me costaba ir porque ya no era el mismo chico que se fue con diecisiete años.

Me había refugiado en los focos de la capital porque mirar atrás dolía y ni me gustaba nada ser el centro de atención cada vez que iba y me trataban como a alguien especial, porque no lo era.

Ser el tipo exitoso puede gustar al principio, da una especie de adrenalina, un superpoder que te hace creerte superior, pero es una maldita farsa.

Ellos tenían su vida hecha, yo llegaba para recuperar la normalidad que una vez tuve, pero me trataban como a una estrella.

Y dejé de ir; no me gustaba ese teatro. Poco a poco me distancié de todos los que fueron mis amigos y lo lamentaba.

Joyce desvió la mirada por un segundo hacia el escudo del Kingsford que yo llevaba bordado en la sudadera y luego miró a Noah.

Una sombra de amargura y profunda inseguridad le cruzó los ojos.

Verme allí, con el traje de millonario de la Premier, solo parecía recordarle el abismo que se había cavado entre nosotros desde el día en que firmé mi primer contrato profesional y la dejé atrás.

Esa es la impresión que tuve y estaba seguro de no equivocarme.

—Me vine a Liverpool a estudiar Turismo y entré a trabajar aquí —me interrumpió, con una firmeza que no admitía réplica, aunque su voz temblaba ligeramente—. Veo que a ti te va muy bien. Todo el mundo habla de tus partidos y de tus goles en la televisión. En el pueblo te idolatran.

—Mi abuelo me tiene al día, pero con el calendario que tenemos se me complica visitarlos. Son ellos los que van a verme a mí. Un mal hijo, ¿no crees? Y qué tal, ¿cómo te va?

—Bien, no me quejo.

—Chicos, ¿qué estáis haciendo? —bramó la voz del Míster desde el centro del vestíbulo—. La cena es en media hora, subid ya a vuestra habitación.

—Enseguida —intervino Noah, salvándome del colapso—. Venga, Aiden, acelera o nos multan.

—Sí, esto… Yo —las palabras se me atropellaban en la boca, me sentía como un crío de quince años pillado en una gamberrada—, Joyce... que si nos pueden subir almohadas anatómicas, por favor.

—Enseguida os las pido. Habitación…

—Trescientos nueve —respondió Noah por mí.

—Os las suben enseguida.

—Gracias, Joyce —atiné a decir, estirando los dedos y rozando apenas el dorso de su mano sobre la madera. Un milisegundo de contacto que me quemó la piel—. Me alegro de verte. Saluda a los demás cuando los veas.

—De tu parte.

Noah me dio un empujón con el hombro para obligarme a caminar hacia los ascensores antes de que montara un espectáculo en mitad de la recepción.

Yo solo podía mirar las puertas de metal del ascensor, con el pecho ensanchado y el pulso desbocado.

Había pasado años siendo el guardián del Kingsford, parando balones imposibles ante sesenta mil personas sin pestañear.

Pero ahí, en el ascensor de un hotel de Liverpool, me di cuenta de que mi peor derrota no había sido en un terreno de juego.

Había sido perder a mis amigos y, entre ellos, a mi primer amor.