SIETE
—Invítame a entrar, Cass.
Evan la había acompañado hasta la puerta, y su ronco susurro le provocó un escalofrío de placer. La exigencia casi la hizo llorar de alivio. Se había pasado todo el trayecto a casa preocupada, intentando encontrar una forma casual de invitarlo a entrar.
—Oh, pero el conductor.
—Le dije que cabía la posibilidad de que entrara, y que si lo hacía, esa sería su señal para irse.
—Oh.
«Deja de decir eso, Cass».
—Sí, me gustaría que entraras.
La sonrisa de Evan le iluminó el rostro, deslumbrándola. No sabía cómo había logrado abrir la puerta sin que se le cayeran las llaves ni errar el ojo de la cerradura con las manos temblándole así. Sintió el cuerpo cálido de él a su espalda mientras entraban.
—Puedo preparar café, o prefieres…
Evan cerró la puerta de un empujón y echó el cerrojo antes de que ella pudiera levantar el brazo.
—A ti. Te quiero a ti.
Evan le puso las manos suavemente en las caderas y la atrajo hacia sí.
El deseo descarnado en su voz le encendió las entrañas; las bragas, húmedas desde hacía rato, ahora estaban empapadas.
Ella se lanzó sin reservas: se quitó los zapatos de una patada y le rodeó el cuello con los brazos. Él le deslizó las manos por las caderas, le agarró el trasero y la levantó en vilo.
—¡Evan!
Soltó un gritito y le rodeó la cintura con las piernas.
—¿Por dónde?
—Arriba, segunda puerta a la izquierda.
—Una vez que estemos arriba, Cass, no sé si podré ir despacio. Dime que quieres esto. Los dos, desnudos en tu cama.
Apoyó la frente en la de ella y esperó. Sus respiraciones agitadas se mezclaban en el aire entre ambos.
Sin hacerlo esperar ni un segundo más, ella le alzó la cara hacia la suya y susurró:
—Sí.
Los labios de Evan se estrellaron contra los suyos, devorándola mientras la llevaba escaleras arriba hasta sentarla en la cama. Ella lo observó asombrada mientras él inspiraba con un temblor antes de retroceder. En un parpadeo, la chaqueta salió volando, seguida de la corbata.
Fue a por el cinturón, y el movimiento la sacó de su estupor. Se puso de pie, asegurándose de dejar el espacio justo entre ellos para desvestirse.
Cuando los pantalones cayeron y la prueba de cuánto la deseaba pugnaba por liberarse, ella dejó escapar un gemido ante la perfección del momento. Se inclinó, agarró el dobladillo del vestido y se lo sacó por la cabeza.
Se quedaron mirándose, devorándose con los ojos. Los pechos le dolían, ansiosos de sus caricias; el cuerpo le exigía ser llenado. Evan se acercó y le bajó lentamente los tirantes del sujetador, sembrando besos a lo largo de la clavícula, en el valle entre los pechos; luego le acunó los senos y le rozó cada pezón endurecido con los pulgares. Cassidy dejó escapar un pequeño gemido y suspiró.
—Qué hermosa eres.
Evan le atrapó un pezón, lo chupó con suavidad y luego pasó la lengua por cada punta electrificada.
Retorciéndose contra él, desesperada por acercarse más, Cassidy le recorrió los brazos musculosos con las manos, luego bajó más y le rozó la polla rígida con el dorso de los dedos.
—Necesito esto, que estés dentro de mí.
Le rodeó la erección y lo masajeó de la base a la punta.
Evan gimió su nombre.
—Para. A la cama, ya.
La empujó con suavidad hasta que las rodillas de ella tocaron el borde de la cama.
Cassidy le tomó la mano y él la siguió, doblando una rodilla para no caer. Se cernió sobre ella con los brazos a cada lado de su cabeza. Sus labios se encontraron en un beso frenético. Él le separó más las piernas, interrumpió el beso y fue deslizando los labios por el estómago de ella, hasta la cara interna de los muslos; se detuvo un momento y la miró.
—Llevo toda la noche deseando hacer esto.
Los ojos de Evan relampaguearon justo antes de hundir la cabeza.
La primera lamida hizo que Cass levantara las caderas de la cama; la segunda le arrancó un gemido ronco. El cielo. Un cielo perverso. Evan le recorrió la hendidura con la lengua, arrancándole su nombre de los labios. Le acarició el clítoris con el índice, luego la penetró con el dedo, apuntando directo al punto G. Cuando ella gimió de nuevo, la trabajó hasta que pequeñas luces blancas estallaron tras sus párpados.
—¡Sí!
Ella meció las caderas, buscando más. Los labios de él le envolvieron el clítoris, elevándola más alto. Las paredes internas se le cerraron sobre el dedo mientras Evan tarareaba contra su carne. El aumento de presión en aquel botón sensible hizo que Cassidy alzara las caderas aún más, meciéndolas contra la mano y la boca de él, persiguiendo el orgasmo hasta que estalló, liberando mil pulsos agudos a la vez.
Evan siguió trabajándola; su toque rítmico le arrancó un grito. «¿Quién era ella en este momento?». Y más importante aún: ¿cómo iba a conservarlo?
Mientras se calmaba y respiraba hondo, abrió los ojos y encontró a Evan retrocediendo, dejando besos en ambos muslos. Su mirada ardiente volvió a encenderla.
—No te muevas.
Se bajó de la cama de un salto, recogió los pantalones y estaba de vuelta sobre ella antes de que pudiera preguntarse qué había querido decir.
Evan rasgó el envoltorio de un condón y se lo puso. Ella observó cómo se agarraba el miembro y se deslizaba lentamente dentro de ella, salía y repetía el movimiento una y otra vez.
—Tan mojada para mí.
Apoyó la frente en la de ella, deslizándose dentro y fuera, y soltó un gemido prolongado antes de acelerar el ritmo.
Ella levantó las rodillas y lo recibió hasta el fondo. Luego le agarró el trasero y lo apretó con las paredes internas. Un cosquilleo anunció el comienzo de otro orgasmo.
Evan se hundió en ella hasta el fondo. Deslizó una mano entre ambos y le frotó el clítoris, haciéndola estallar.
—Sí, por favor.
Su propia voz le sonó ronca y desconocida.
Él se corrió poco después, bramando su nombre. Sus cuerpos, perfectamente sincronizados, cabalgaron juntos los orgasmos. Ella se aferró con fuerza y meció las caderas, tomando todo lo que él le daba antes de desplomarse, feliz y sin fuerzas, en un charco de satisfacción.
Evan le besó el cuello, rodó hacia un lado y la mantuvo acurrucada contra él. Sus respiraciones agitadas llenaban el espacio entre ambos. No hacían falta palabras. Unos momentos después, le susurró al oído:
—Vuelvo enseguida.
Lo observó caminar hacia el baño, todavía aturdida por la intensidad de lo que acababan de compartir. Se acurrucó de lado y esperó a que regresara. ¿Querría irse? ¿Quería ella que se fuera?
Evan volvió caminando, o quizá pavoneándose. Fuera como fuese, parecía tan satisfecho como ella se sentía. Cogió la toallita que llevaba y le pasó el algodón tibio por el cuerpo con suavidad, sin dejar de besarle los labios magullados. Se metió de nuevo en la cama, la estrechó entre sus brazos y entrelazó las piernas con las de ella. Le acunó la cabeza y le pasó los dedos por el cabello enredado.
Acurrucándose contra su pecho, Cass suspiró.
—Me gustaría que te quedaras.
Contuvo el aliento. «Por favor, di que sí».
—Me gustaría.
Evan los tapó con el edredón ligero y, en un instante, ambos se quedaron dormidos.
Un cuerpo cálido y firme en su cama la despertó antes del amanecer. Cassidy se estiró y su cadera rozó a un Evan muy despierto. Se deslizó hacia atrás, pegándose a él, y meneó las caderas.
Él le puso una mano en la cintura y le rozó el cuello con la nariz.
—Hola.
—Hola a ti también.
Permanecieron tan quietos que ella pensó que él se había vuelto a dormir.
La mano de él empezó a recorrerla entre la cadera y el pecho.
—Tengo que confesarte algo. Cuando te pedí que me invitaras a entrar, no me refería solo a tu casa o a tu cuerpo. Y por cierto, gracias por eso. Tú, nosotros... fue increíble, Cass.
Le dio un beso detrás de la oreja, le apretó suavemente el pecho y le acarició el pezón con el pulgar.
Sus caricias la estaban volviendo loca. Se retorció, se giró para mirarlo y pasó una pierna sobre su cintura, sobre su erección ya completamente despierta.
—Lo fue. Sigue.
Sonrió cuando él levantó las caderas y se apretó contra ella.
—Me lo estás poniendo difícil, literalmente. Es difícil pensar contigo a horcajadas sobre mí.
Le sujetó las caderas para que no se moviera.
—Sigue así y volveré a estar dentro de ti antes de poder pensar en otra cosa.
—Promesas, promesas. Vale, me portaré bien.
Se inclinó, lo besó con suavidad y apretó los pechos contra el torso de él. Casi cada centímetro de sus cuerpos se tocaba.
Evan levantó una mano y le acarició la mejilla.
—Quiero entrar en tu corazón, Cassidy Love. Tú ya estás en el mío y no pienso dejarte escapar.
Se le llenaron los ojos de lágrimas inesperadas. Rio, luego lloró y volvió a reír mientras le secaba las lágrimas de la cara a Evan.
—Entraste en él desde el primer día —susurró.
Evan la sorprendió, la giró y la puso debajo de él para cubrirle el cuerpo de besos.
Sin prisa, fue dejando besos húmedos por todo su torso hasta que ella no pudo más.
—Ahora. Te necesito, Evan.
—Qué exigente, señorita Love.
Rio con los labios pegados al valle entre sus pechos.
—Pero me gusta. Puedes exigírmelo siempre que estemos juntos. Deja que coja otro condón.
Sus palabras le dieron esperanza de algo más que solo esa noche. Cuando volvió a meterse en la cama, Cassidy se abrió para él, invitándolo de nuevo a su cuerpo y a su corazón.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, revisó Instagram mientras tomaba café y observaba a Evan en calzoncillos. Él le preparaba huevos revueltos y ella disfrutaba de las vistas.
Al desplazarse por el feed, se encontró con el selfi que él les había hecho la noche anterior.
¿Cuándo había subido esto?
—Oye, ¿Evan?
—¿Sí?
Miró por encima del hombro y sonrió.
—¿Cuándo subiste esta foto de nosotros?
No pudo evitar admirarle el trasero, la espalda y los brazos. Vaya distracción para empezar la mañana.
—Mis ojos están aquí arriba, nena.
La risa llenó la cocina.
—Sí, bueno, creo que te gusta que te mire.
Se levantó y fue hacia él. Le rodeó la cintura con los brazos y se acurrucó contra su espalda. Él le cubrió las manos con una de las suyas mientras removía los huevos con la otra.
—La subí anoche.
—Ya, ¿pero a qué hora? ¿Antes o después de que nosotros...?
—¿Te refieres a antes o después de que me invitaras a entrar?
Asintió contra su espalda.
—Antes.
Cassidy contuvo un sollozo. La alegría la inundó. Prácticamente habían dicho la palabra con «A». Y por muy loco que pareciera, lo sentía en lo más profundo de su alma. Era algo que jamás habría creído posible antes de conocerlo. Pero ahí estaba. Cuando lo sabes, lo sabes.
Debajo de la foto de los dos en su página estaba la palabra «Mía» seguida de un corazón rojo.
El corazón le latió con fuerza y eso le dio valor.
—Eso fue muy atrevido por tu parte. Debe de ser algo que te quedó de tus tiempos de deportista, ¿no?
Evan dejó la espátula, apagó el fuego, se giró y la estrechó con fuerza contra él.
—Nena, llámalo confianza, destino, sino o lo que quieras. Solo sé que te quiero y quería que todo el mundo lo supiera.
Su declaración debería haberla asustado, pero no fue así. Cuando esas palabras le envolvieron el corazón y su cabeza estuvo de acuerdo, le enganchó una pierna a la cintura, le sujetó la cara con ambas manos y tiró de él hasta tenerlo tan cerca de sus labios que casi se rozaban.
—Me alegro mucho de que me ignoraras. Te quiero, Evan.
Por suerte para ellos, el amor no necesitó más tiempo.