Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 23
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Capítulo 23

D eirdre odiaba las grandes despedidas, así que eran más de las nueve cuando se montó en el coche.

El pequeño y destartalado medio de transporte no parecía especialmente fiable, pero confiaba en que la llevara donde hubiera un futuro mejor para ella.

Primero iría a ver a su familia, hacía tiempo que no visitaba a sus padres.

Echó un último vistazo a la casa. Intentó impedir que ciertas imágenes invadieran su mente, pero no pudo. Algún día, sin duda, sería capaz de recordar su estancia como algo bonito, pero hoy estaba muy lejos de sentirse así.

«No tengo por qué irme», pensó, pero entonces recordó por qué no podía quedarse. Kiltarff era demasiado pequeño para Stuart y ella. Él ni siquiera soportaba compartir estancia, de lo contrario habría aparecido el día anterior.

«No pienses más en él», se dijo a sí misma y arrancó el motor.

Percibió un movimiento con el rabillo del ojo que reclamó brevemente su atención, pero cuando se volvió, no había nada.

Seguramente solo una ilusión. Otra. Por supuesto que Stuart no había venido.

Y esta había sido la última oportunidad.

Era una estúpida por seguir albergando una mínima esperanza. Pero se acabó.

Metió primera y puso el coche en marcha. Debía ir en dirección sur, no podía equivocarse demasiado, aunque tampoco tenía prisa.

Deirdre consiguió dejar atrás Kiltarff sin llorar. No había mirado a izquierda ni a derecha, no quería ver nada. Solo quería alejarse.

No había avanzado mucho cuando dos camiones de bomberos la adelantaron a gran velocidad con las luces azules y las sirenas encendidas. Debía haber sucedido algo.

«Estupendo».

Esperaba que no hubiera ningún obstáculo en la carretera.

Por desgracia, su temor se confirmó tras la siguiente curva. Los camiones rojos de los bomberos estaban parados en medio de la carretera reteniendo el tráfico. Tampoco es que tuvieran gran cosa que hacer en la zona en esa época del año.

Deirdre frenó y suspiró. El viaje había comenzado bien, apenas cinco minutos en el coche, y ahora esto.

Se recostó en el asiento y cerró los párpados. No es que estuviera cansada después de haber pasado la noche en vela, es que estaba agotada emocionalmente.

—¡Deirdre, por favor, sal! —escuchó una voz retumbando por los altavoces del coche de bomberos.

Reconoció la voz al instante, pero no era Stuart, sino Lewis.

Cuando lo vio sentado en el camión, saludándola alegremente, se enfadó.

«¿De qué va esto? ¿Qué clase de espectáculo han montado ahora?».

Deirdre salió del coche, visiblemente molesta. Llevaba un cómodo conjunto de jogging de dos piezas, zapatillas a juego y el cabello recogido en una trenza. Era el atuendo perfecto para un largo viaje, no para un espectáculo.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, cruzándose de brazos mientras miraba a Lewis, quien bajó la ventanilla del camión y sacó la cabeza.

—Auque lo parezca, no es ninguna broma. Por cierto, ya era hora —respondió Lewis con una sonrisa de suficiencia.

Deirdre puso los ojos en blanco.

—Lo siento, Lewis, pero hoy no estoy de humor.

Él asintió paciente, como si estuviera tratando con una niña pequeña.

—Cielo, no pagues tu frustración conmigo. Las quejas a él —dijo señalando detrás de ella.

Deirdre sintió un nudo en el estómago mientras se giraba lentamente. La puerta del copiloto del coche de Stuart estaba abierta, y él estaba allí, a unos cinco metros de distancia. No le había oído acercarse.

«¿A qué viene esto ahora?».

Su confusión dio paso al vértigo. Las rodillas le temblaban y el corazón le latía desbocado. Quizá se tratara de un sueño. Después de todo lo que había pasado, no podía ser real.

—Deirdre —empezó Stuart, y solo el sonido de su voz fue suficiente para marearla —. ¿Puedes escucharme un momento? —preguntó él sin moverse.

—¿Escucharte? —repitió ella, incapaz de formar un pensamiento coherente.

Desde el camión, la bocina retumbó y la voz de Lewis interrumpió el momento.

—¡Stuart, dile ya que la amas!

Deirdre miró a Stuart. Tenía las cejas fruncidas y parecía cansado, pero había calidez en su mirada.

—¿Por qué no te callas, Lewis? —gruñó Stuart, claramente irritado—. Ya puedes irte. Lo que tengo que decirle es privado.

—No, mejor me quedo antes de que vuelvas a liarla —respondió Lewis desde el camión, haciendo que a Deirdre se le escapara una sonrisa involuntariamente.

Stuart avanzó hasta ella, ignorando el bullicio detrás.

—No le hagas caso —dijo suavemente.

Había tanta calidez e incertidumbre en sus ojos que Deirdre sintió una oleada de emociones.

—¿Qué quieres? —preguntó ella, tratando de mantener la compostura mientras su corazón luchaba por salir de su pecho.

—¡Maldita sea, Deirdre! Te quiero —dijo Stuart con una intensidad que parecía dolerle.

La bocina volvió a sonar, tan oportuna como antes.

—¡Por fin! —gritó Lewis con entusiasmo.

Stuart soltó un suspiro exasperado, pero luego sonrió.

—Te pido disculpas por él —murmuró, con un atisbo de humor en su voz—. Es un idiota. Pero me gustaría olvidarme de Lewis por un momento.

Le tomó la mano y, para sorpresa de Deirdre, se arrodilló ante ella.

—No quiero perderte, Deirdre. Siento lo que dije, lo que hice, y lo que dejé de hacer. Por favor, dame una oportunidad para compensarlo. Por favor, no me dejes.

Deirdre tragó saliva, mientras sus ojos se nublaban por lágrimas a duras penas contenidas. Lo levantó con suavidad, sin soltar su mano.

—Ven aquí, idiota. Lewis tiene razón.

Ella sonrió, y desde el camión se escuchó el claxon una vez más, en señal de aprobación.

Ambos rieron al unísono, liberando semanas de tensión acumulada. A continuación, Stuart tomó sus mejillas entre sus manos y la miró directamente a los ojos.

—Te quiero, Deirdre. Te quiero más de lo que puedas imaginar.

Lágrimas de felicidad rodaron por las mejillas de ella mientras contestaba:

—¡Te quiero, Stuart!

Se besaron, profunda y apasionadamente, sellando lo que ambos habían tardado tanto en admitir.

El sonido del camión alejándose pasó desapercibido mientras ellos seguían abrazados, sin intención de separarse. Finalmente, Stuart rompió el silencio.

—¿Podrás perdonarme? —preguntó con la voz rota, aún sin aliento.

Deirdre asintió, con una sonrisa que no podía contener.

—Solo si me perdonas a mí por no ser sincera desde el principio ni decirte lo que siento. A los dos nos queda mucho por aprender.

—Solo te necesito a ti.

Deirdre sonrió, dejando que esas palabras calaran en lo más profundo de su ser. Se acurrucó contra él para sentir el calor de su abrazo.

—Entonces, el resto no será difícil —susurró.

—¿Vienes a casa conmigo?

—¿A casa? —repitió ella, con un atisbo de sorpresa.

—Kiltarff no es nada sin ti. Tú perteneces allí... me perteneces a mí.

El corazón de Deirdre se expandió, tan lleno de felicidad que sintió que iba a estallar.

—No tienes idea de cuánto anhelaba esas palabras.

Stuart acarició su mejilla con ternura, mirándola con una intensidad que la dejó sin aliento.

—A partir de ahora, no habrá un solo día en el que no te diga lo mucho que te quiero.

Antes de que pudiera responder, él selló su boca con un nuevo beso que hizo que olvidara lo que quería decir. Aunque nunca lo había creído del todo, ahora sabía que había encontrado en Stuart al amor de su vida.

Y nunca lo dejaría marchar.