Epílogo
L os rayos del sol bañaban las ondulantes colinas y el lago Ness con una luz maravillosa. Había llegado el gran día.
Stuart se colocó frente al espejo y se observó por última vez. Había llevado la falda escocesa en muchas ocasiones, pero hoy era diferente. Hoy era un día especial. Normalmente vestía el traje tradicional con orgullo, aunque nunca se había sentido tan cómodo con él.
Deirdre se acercó silenciosamente por detrás y rodeó su cuerpo con las manos.
—Me temo que tengo que irme —dijo en un susurro—. Aún hay muchas cosas que comprobar. Queremos que la boda sea todo un éxito.
Stuart se giró hacia ella y sonrió, sus ojos brillaban con calidez.
—Nadie pone en duda que lo será. ¿Te he dicho hoy lo mucho que te quiero?
La sonrisa de Deirdre se ensanchó, iluminando aún más la habitación.
—Cuéntamelo otra vez —respondió, exhalando suavemente.
—Te quiero. Te quiero tanto que siento que voy a reventar.
Deirdre rio entre dientes, y el sonido llenó el aire con música.
—Yo siento lo mismo.
—Estás preciosa —dijo Stuart, admirándola.
—¿Entonces no te parece mal que no vaya vestida con el traje tradicional? —preguntó ella, arrugando ligeramente la frente.
—Para nada. Debes ponerte lo que te haga sentir cómoda.
—Quizá lo intente una de las próximas noches en el Lantern, ¿qué me dices? —bromeó, mientras daba un paso al lado y sacaba un vestido con un tartán del armario.
Deirdre se había mudado con él, ya no tenían ganas de hacer las cosas a medias.
La casita de campo donde vivía ella se había quedado vacía, pero no podía importarle menos.
Estaba encantado de que Deirdre hubiera metido en su casa todo lo que tenía, aunque no fuera mucho.
Los muebles de su piso de Londres los había dejado en un guardamuebles y había conseguido inquilino en menos de veinticuatro horas. Todo había fluido.
El vestido que sostenía se lo había regalado hacía una semana y Deirdre solo lo había usado una vez, para que él se lo quitara.
El recuerdo de esa noche llenó su mente, y su cuerpo respondió al instante.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Deirdre, mirándolo con curiosidad.
Stuart sonrió, sin poder evitar el brillo travieso en sus ojos.
—En que no me importa lo que te pongas, siempre y cuando estés a gusto. Aunque, si soy sincero, me gustas más desnuda.
Deirdre soltó una carcajada y le dio una palmada juguetona en el pecho.
—¡Serás tonto!
Stuart se rio mientras se ajustaba el chaleco.
—¿Crees que voy bien? Al fin y al cabo, conduzco el coche nupcial.
Deirdre se puso de puntillas para alcanzarle, aunque ya llevaba unos tacones de infarto que complementaban perfectamente su vestido de verano hasta la rodilla.
—Estoy muy orgullosa de ti. Y, por supuesto, estás fantástico.
Le dio un beso en la punta de la nariz, haciéndolo sonreír.
—Entonces cumpliré con mi deber.
—Ellie probablemente aún no haya terminado. Tengo que ir a ver cómo está. Estaba muy nerviosa.
—Entonces te llevo yo.
A Deirdre se le iluminó la cara.
—Me encanta, estaba deseando que me lo dijeras.
Salieron juntos hacia el coche, uno blanco de época, un Rolls Royce del 72 decorado con un arreglo floral que hacía juego con las flores de la iglesia y la decoración festiva del castillo, rosas rojas.
Los últimos días habían sido estresantes, pero también hermosos.
Deirdre había estado al pie del cañón sin descanso para asegurarse de que todo saliera a la perfección en esta boda.
Profesionalmente, aún no sabía exactamente hacia dónde dirigirse, pero, gracias a Matt, tenía un colchón bastante aceptable, se había encargado de negociar una generosa indemnización para ella.
Stuart abrió la puerta del acompañante y ayudó a Deirdre subir al coche.
Un día, deseó en silencio, sería ella la novia.
Pero aún no le había dicho nada al respecto, de momento era el turno de sus amigos.
Ellie y Kenneth llevaban mucho tiempo esperando su propio final feliz, y él se alegraba de poder formar parte de ello.
Después de sentarse junto a Deirdre y arrancar el motor, ella comenzó a hablar con una mezcla de asombro y emoción.
—No tenía ni idea de que los sueños pudieran hacerse realidad tan rápido aquí, en el lago Ness. Sueños que ni siquiera sabía que tenía. —Suspiró y Stuart notó el brillo de sus ojos—. Casi no puedo creerme todo lo que ha pasado. Tú y yo y todo —añadió con la voz cargada de emoción.
—¿A qué te refieres con todo? —preguntó él, entre curioso y divertido, mientras le cogía la mano.
Deirdre lo miró con una sonrisa enamorada que le hizo palpitar el corazón.
—Sabes, creo que hacemos un equipo perfecto. Estamos haciendo lo que más nos gusta. No sé qué te parecerá que convierta tu piso en una oficina cuando terminemos la reforma y nos mudemos.
Stuart rio suavemente.
—Eso suena fantástico, pero te has equivocado en algo.
—¿En qué? —preguntó ella, con las cejas alzadas.
—No es mi piso, es nuestro.
Deirdre se inclinó hacia él, sus ojos brillaban con cariño.
—Te amo, ¿lo sabes?
—Yo te amo más —respondió Stuart, sonriendo.
—Eso tendrás que demostrarlo.
Stuart dejó ese comentario sin respuesta y centró su atención en conducir el coche nupcial hacia el castillo.
Cuando llegaron, Kenneth apareció por la puerta, acompañado por Matt y Colin. El novio parecía nervioso, pero increíblemente feliz.
—¡Ya verás cuando te toque! Estoy enfermo, no me encuentro bien —dijo Kenneth, pasándose nerviosamente la mano por el cabello.
Deirdre lo abrazó con calidez y le sonrió.
—Todo irá bien. Puedes estar tranquilo. Nada se interpondrá en tu día perfecto.
Todo está controlado. A partir de ahora, dedícate a disfrutarlo al máximo.
Y puedes estar seguro de que tu novia llegará a tiempo.
Deberías ir a la capilla a saludar a los invitados.
¿Quieres que esté a tu lado? —le ofreció con amabilidad.
Stuart observaba, admirado por la calma y pericia de Deirdre. Su lado empático hacía maravillas, y hasta Kenneth pareció relajarse un poco.
—Gracias, eres muy amable —respondió Kenneth, sacudiendo la cabeza—, pero será mejor que vayas a ver cómo está Ellie.
A mi prometida aún le preocupa que con el título que compartirá conmigo venga algún tipo de maldición o que sea demasiado exigente.
Yo, en cambio, no veo la hora de tenerla como condesa a mi lado.
Deirdre le dedicó una sonrisa alentadora.
—¡Estupendo! Entonces nos vemos luego en la capilla. Y no te preocupes, estaré allí para asegurarme de que todo salga perfecto. Disfruta, eso es todo lo que tienes que hacer. Y, por supuesto, recuerda decir que sí.
Kenneth rio suavemente.
—Hasta donde yo sé, ese es el principio básico del matrimonio.
Stuart, que había estado observando en silencio, se sorprendió al darse cuenta de que no se sentía incómodo ante esa conversación sobre bodas. Hasta ahora, había intentado evitar ese tipo de ceremonias y todo lo que las acompañaba.
Sin embargo, le era imposible que su mente no viajara al pasado, a aquella vez en que todo salió mal. Pensó en Sandra, en cómo había creído que ella se estaba arreglando el pelo mientras él la esperaba, cuando en realidad había huido, dejando atrás Kiltarff sin mirar atrás.
Hoy, en cambio, Stuart se sentía feliz por ello. Exultante, para ser más preciso. El hecho de que ella lo hubiera dejado plantado era lo mejor que le podía haber pasado —aparte de Deirdre, por supuesto—, porque gracias a ello, había estado libre para ella.
Stuart sabía con certeza que solo quería decir el sí, quiero una vez en su vida. Y sería en su boda con Deirdre.
Como si intuyera sus pensamientos, Deirdre volvió la mirada hacia él. Él le sonrió y asintió suavemente con la cabeza.
—Iré a ver a la novia. Parece que todo va bien por aquí —dijo ella, dirigiéndole una mirada cómplice antes de desaparecer del castillo.
* * *
Una hora más tarde, Deirdre estaba de pie en la entrada de la capilla.
Los invitados ocupaban los bancos y charlaban en voz baja mientras esperaban.
Kenneth estaba ya frente al altar, elegante pero visiblemente nervioso.
El padre de Maisie oficiaría la ceremonia, y todo estaba preparado.
Un violinista esperaba la señal en un rincón.
Deirdre miró su reloj. Todo iba según lo previsto. Sin embargo, no podía evitar sentirse algo inquieta. A su lado, el padre de Ellie esperaba, listo para acompañar a su hija al altar.
Por fin, el sonido de un coche rodando por la grava interrumpió el murmullo de los invitados.
El coche de época decorado con flores llegó frente a la iglesia, y Deirdre vio a Ellie asomarse por la ventana.
Levantó la mano para saludarla con una sonrisa cálida.
Ella le devolvió la sonrisa tímidamente, aunque los nervios eran evidentes en su rostro.
Deirdre lo entendía. Aquella era la boda de ensueño de Ellie y Kenneth, y se sentía orgullosa de haber ayudado a hacerla realidad.
Mientras observaba la escena, no pudo evitar imaginarse a sí misma en ese lugar, casándose con Stuart.
Siempre había soñado con una boda en una playa de arena blanca, pero eso fue antes de conocerlo.
Ahora, ningún escenario caribeño le parecía tan atractivo como este rincón de Escocia.
La idea de una boda con una gran puesta en escena había perdido su encanto; lo que realmente importaba era estar con la persona con la que quería pasar el resto de su vida.
Desde que Stuart le había confesado su amor, su relación solo había mejorado.
Él era tan intenso y cariñoso que Deirdre daba gracias al universo cada día por haberlo encontrado en este pequeño pueblo escocés.
No solo amaba a Stuart, sino todo lo que le rodeaba, su familia, sus amigos, este lugar.
Era curioso cómo, tras una gran crisis, la vida podía cambiar de una manera tan hermosa.
El coche se detuvo frente a la iglesia, y Stuart salió para ayudar a Ellie a bajar. Deirdre dio una señal al violinista, quien comenzó a tocar las primeras notas, y el oficiante indicó a los invitados que se pusieran de pie.
Mientras la música llenaba la capilla, Deirdre sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
Ellie era una novia preciosa. El vestido largo y sencillo, con un sutil escote, le quedaba a la perfección.
Habían elegido juntas cada detalle, y el velo, el único elemento lujoso de su atuendo, completaba la imagen.
El padre de Ellie abrazó a su hija con fuerza antes de secarse los ojos rápidamente y ofrecerle el brazo. Deirdre le dedicó una última sonrisa a la novia antes de girarse hacia Stuart, quien acababa de cerrar la puerta del coche y se acercaba a ella.
—Eres fantástica —le susurró él, inclinándose en su oído.
—Hoy la novia brilla —respondió Deirdre con una sonrisa.
—¿Qué novia? —replicó Stuart, mirándola intensamente—. Yo solo tengo ojos para ti.
El corazón de Deirdre se aceleró. Podía sentir con cada fibra de su ser que hablaba en serio.
—Puedes ir a la parte delantera —dijo ella suavemente—. Aún quedan asientos libres, y así no te perderás nada.
—¿Y tú?
—Yo vigilaré, me quedaré cerca de la puerta.
—Entonces me quedo, quiero estar a tu lado.
Stuart tomó la mano de Deirdre durante toda la ceremonia.
A lo largo de esta, sintió su mirada sobre ella una y otra vez.
Esa conexión constante la hacía sentirse segura.
La llegada de ese día le había causado cierto temor porque conocía su pasado.
Habían hablado de ello, pero él siempre se mostraba algo reservado, así que había decidido no insistir.
Sin embargo, hoy, al verlo allí con ella, sintió que este momento era importante para él.
Estar ahí juntos era, en cierto modo, una sanación.
—...y por eso te pregunto, Ellie Schröder, ¿aceptas...?
Deirdre contuvo la respiración.
Cuando Ellie respondió con un firme «Sí, acepto», Deirdre sintió el impulso de aplaudir, pero se contuvo. Luego, Kenneth respondió con un claro «Sí, quiero», y el conde, finalmente, besó a su condesa.
El fotógrafo capturó cada instante de la pareja, moviéndose discretamente entre los invitados. Deirdre no podía estar más contenta, todo estaba saliento a la perfección.
De repente, Stuart se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—Un día, esos seremos nosotros.
Deirdre sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Volvió los ojos hacia él, claramente sorprendida. No estaba preparada para aquellas palabras, pero Stuart parecía haber anticipado su reacción y sonrió suavemente.
—Eres todo lo que quiero. Hoy lo sé, Deirdre.
Bueno, lo supe desde que nos conocimos, pero tenía miedo de admitirlo.
Quiero pasar el resto de mi vida contigo, y un día nos casaremos aquí mismo.
—Stuart le apretó la mano, añadiendo con un tono ligero —.
Pero no te preocupes, esto no es una propuesta de matrimonio.
.. todavía. Hoy tampoco es el momento, no quiero robarles el protagonismo a ellos.
Deirdre le devolvió una sonrisa nerviosa, aliviada de no tener que responderle en ese instante.
Los novios se habían levantado y comenzaban a salir de la iglesia, mientras dos pequeñas damas de honor del pueblo esparcían pétalos de rosa por el camino.
Deirdre y Stuart salieron al sol por una puerta lateral. Las campanas de la iglesia repicaban, anunciando a todo Kiltarff que el conde por fin tenía a su condesa.
De repente, Stuart la empujó suavemente contra la pared de piedra, bloqueándola con su cuerpo. Sus ojos se encontraron, y él le dijo con una intensidad que la dejó sin aliento:
—Te amo, Deirdre. Te amo más cada día, aunque no creí que eso fuera posible.
—Eres más de lo que podría soñar —respondió ella, con voz temblorosa—. Quiero envejecer contigo, con o sin licencia matrimonial.
Stuart sonrió con picardía.
—Primero disfrutemos de ser jóvenes —bromeó, mientras mordisqueaba suavemente su labio inferior.
Antes de que pudiera responder, él selló sus labios con un beso profundo y apasionado. Con ese gesto, Stuart le demostró todo lo que sentía, sin necesidad de más palabras.
Sin embargo, el deber les llamaba. Ella lo apartó suavemente, respirando con dificultad.
—Cumple con tu deber, mi querido chófer.
Stuart sonrió, feliz.
—Hoy soy el chófer de Ellie y Kenneth, pero a partir de mañana, soy todo tuyo.
—¿Todo mío?
—Conduciría hasta el fin del mundo por ti.