Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 22
95%

Capítulo 22

—¿ C rees que vendrá?

Deirdre se dio cuenta de lo esperanzada que sonaba su voz. Durante los días anteriores había estado al borde de un ataque de nervios, pero hoy estaba aún más tensa. Era viernes, su última noche en el pueblo.

«O no».

Eso dependía de Stuart. Le había servido su corazón en bandeja. Lo único que tenía que hacer él era aceptarlo. Si no aparecía, ya tendría su respuesta.

De pie frente al espejo, Deirdre ajustó su vestido y respiró hondo.

—No has sabido nada de él, ¿verdad? —preguntó Michelle con una expresión preocupada.

Deirdre suspiró.

—No, por desgracia, no. Y estoy segura de que sabe que la fiesta es esta noche.

—Sí, eso seguro.

—Bueno, pues entonces, es mi despedida. No creo que venga. Seguro que estábamos equivocadas y no me quiere. Si lo hiciera, ya se habría puesto en contacto conmigo. Te aseguro que estar ahora mismo aquí me parece una tontería.

Michelle la miró con empatía.

—También son tus amigos, Deirdre. Si planeas irte, es justo que les des a todos la oportunidad de despedirse.

—Volveré para la boda —murmuró Deirdre, aunque ni siquiera estaba segura de eso. ¿Podría soportarlo?

—Deberías quedarte, con o sin Stuart.

Deirdre apretó los labios.

—No me lo pongas más difícil de lo que ya es. No puedo hacer nada más. Además, si él no me quiere, será lo mejor.

—Tenía una opinión diferente de él.

—Bueno, todos la teníamos… o no. Desde el principio me dejó claro qué podía esperar.

—Aun así, el sentido común dicta que al menos hablara contigo.

—No sé si podría soportarlo. Se mostró tan... frío la última vez. Tal vez ese es el verdadero Stuart.

Michelle se encogió de hombros.

—Entonces todos nos equivocamos con él. Ahora, vamos. Tú eres la protagonista esta noche.

Deirdre se miró al espejo una última vez. Se había recogido el pelo en un elegante moño y llevaba un vestido azul oscuro que caía holgadamente sobre sus curvas. Unas sandalias plateadas de tiras y tacón estrecho completaban su look .

Estaba fantástica, pero el brillo en sus ojos había desaparecido. Probablemente tardaría en recuperarlo, si es que alguna vez lo hacía.

Sin Stuart, muchas cosas le parecían inútiles. Siempre había creído que no necesitaba a un hombre para ser feliz, pero lo había sido, y mucho, con él. El problema no era la ausencia de un hombre. El problema era que quería a Stuart.

—Sí, estoy lista —suspiró, aunque estaba lejos de estarlo.

Deirdre se alegró de haber entrado en el lugar de la fiesta junto a Michelle. La mansión era grandiosa, pero también acogedora e increíblemente agradable. Sabía, por Ava, que Matt y Maisie la habían remodelado con su ayuda.

La pequeña reunión se celebraba en el comedor, donde un bufé cuidadosamente preparado por Ellie y su equipo ocupaba el centro. Alejandro y Kendra habían cerrado el pub esa la noche y encontrado un sustituto en el hotel para que Ellie y Kenneth pudieran asistir.

Matt charlaba con Colin, mientras Ava servía una copa a Deirdre y Michelle. Una música suave sonaba desde altavoces invisibles y, en la chimenea, el fuego crepitaba.

Era una velada perfecta. Excepto por una cosa. Stuart no estaba allí.

Deirdre no podía dejar de mirar el gran reloj de péndulo. La manecilla pequeña marcaba las once. Ya era muy tarde. Probablemente no aparecería.

A pesar de todo, Deirdre sonreía con valentía, charlaba y bromeaba con todo el mundo. Cuando le preguntaban por el futuro, se encogía de hombros y respondía:

—Ya veremos.

Pero realmente no tenía ni idea. Ya no quería quedarse en su antigua empresa. Londres le había puesto tan nerviosa en solo dos días que se alegró de regresar. Porque, en el fondo, seguía esperando que Stuart entrara en razón.

Pero se equivocaba. No la quería.

La verdad cayó sobre ella como un jarro de agua fría. De repente se sintió mal. Se había agarrado a un clavo ardiendo y ahora se estaba quemando. Solo había sido un maldito sueño, una ilusión.

Aunque la fiesta aún no había terminado, no quería quedarse más tiempo. Quizás los demás lo entenderían. Agradeció que nadie hubiera preguntado por Stuart, pero, por las miradas de sus amigos, se dio cuenta de que ellos también estaban decepcionados.

Por desgracia, en la vida real, algunas personas no encontraban su final feliz y Deirdre iba a ser una de ellas.

Había salido de la mansión y caminaba por el sendero de grava. La luna brillaba y bañaba los árboles con una luz mágica. Un búho ululó a lo lejos. Las lágrimas brotaron, no pudo contenerlas más. Deirdre echó a correr. No le importaba llevar tacones altos. Solo quería escapar.

* * *

Stuart esperó escondido tras un muro cerca de la casa de Deirdre. Oyó el ruido de sus zapatos antes de verla. Se le encogió el corazón. No sabía por qué estaba allí. Se sentía como un acosador. No había ido para hablar con ella, pero tampoco era capaz de mantenerse alejado.

La echaba de menos. La echaba de menos tanto como si le hubieran amputado una pierna. Aunque tenía la sensación de que era más doloroso que una operación. Las ganas verla eran enormes, pero se resistió. ¿Qué sentido tenía?

No creía en el amor eterno. Solo existía el dolor.

Sus silenciosos sollozos llegaron hasta él al otro lado de la calle. Le temblaban los hombros. Solo cuando ella abrió la puerta y entró, volvió a respirar.

El coche de Michelle estaba aparcado delante de la casa.

Deirdre se lo había comprado porque quería viajar sin rumbo.

Supuestamente aún no tenía planes. Se iría al día siguiente por la mañana, le había dicho su abuela.

Por supuesto, todo el mundo estaba enterado de todo.

Stuart solo volvería a encontrar la paz cuando ella se hubiera ido. Esta vez para siempre.

Tuvo que tragar saliva al pensarlo.

—No sabía que fueras tan pervertido —le dijo alguien.

Stuart no vio a Lewis hasta que estuvo a su lado.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Yo también podría preguntarte lo mismo.

—Pero yo pregunté primero.

—Fui a buscarte a tu casa, idiota, quería ver cómo estabas. Pero no estabas allí, así que solo uní las piezas.

—Ya veo.

—¿No pensas entrar?

—No.

—Entonces, ¿por qué estás aquí de pie en la oscuridad? Esto no es sano, Stuart.

Ya se había dado cuenta.

—Bueno, ¿y qué?

—Nunca pensé que daría un consejo a alguien, pero contigo es muy obvio.

—¿Qué quieres decir?

—Deberías decirle cómo te sientes.

—¿Para qué?

—¿De verdad eres tan estúpido, o solo estás fingiendo?

—Me temo que soy así de estúpido.

—Sí, eso pensaba. Si la dejas ir, nunca te recuperarás.

—¿Hablas por experiencia?

Stuart no sabía exactamente qué le había pasado a Lewis, pero supuso que tenía que ver con un corazón roto.

Lewis le dio una palmadita en el hombro y suspiró:

—Todavía puedes arreglar las cosas, Stuart. No como yo, aunque tampoco se trata de mí. Te aseguro que empecé a creer de nuevo en el amor cuando os vi juntos.

—Siento si te decepciono.

—Te estás decepcionando a ti mismo ante todo, amigo mío.

—Tonterías. Está deseando volver a su vida de glamur. Kiltarff fue solo una escala para llenar su cuenta bancaria.

Sabía que no era cierto, pero intentó convencerse de que amar a Deirdre era una mala idea. Desafortunadamente, su corazón no estaba de acuerdo.

—¡Eres gilipollas! No cobró ni un euro por el trabajo que hizo a Ellie y Kenneth. Les hizo un favor.

Stuart se quedó con la boca abierta.

—Imposible.

Su castillo de naipes se derrumbó. Ahora ni siquiera tenía la excusa de la ambición por el trabajo y el dinero de Deirdre, como si no se hubiera dado cuenta antes.

—Eres una causa perdida.

Stuart podía responder porque Lewis tenía razón.

—Se va de Kiltarff mañana —fue todo lo que Stuart añadió —. Todo irá mejor a partir de entonces.

—Tú verás. Decidas lo que decidas, que sepas estoy aquí para lo que necesites. Tendré el teléfono cerca por si en algún momento quieres hablar o lo que sea.

Stuart asintió y vio cómo Lewis desaparecía.