Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 20
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Capítulo 20

O lía maravillosamente cuando Stuart entró en la casa. Nada más cruzar la puerta besó los labios de Deirdre.

—Hola, preciosa.

Ella sonrió. Al ver el champán, preguntó:

—Vaya, ¿hay algo que celebrar?

—De hecho, bastante. Déjame darme una ducha y te lo cuento todo.

—Qué intriga. Me encantaría acompañarte, pero tengo la comida al fuego.

Stuart deslizó una mano por su nuca y apoyó la frente en la suya.

—Me parece increíblemente sexy esa propuesta. Te he echado de menos.

Deirdre dio un paso atrás y lo miró. No parecía asustada, pero sí muy nerviosa. ¿Por qué estaba nerviosa? Intentó no darle demasiadas vueltas. ¿Se habría pasado con esa pequeña confesión?

«No, no voy a dudar ahora», se dijo. «Voy a hacerlo».

—Ahora vuelvo —murmuró, desapareciendo en el baño.

Por suerte, tenía algo de ropa en casa de Deirdre que había dejado en las últimas semanas.

A veces estaban juntos en su casa, a veces en la de ella, pero pocas veces dormían separados.

Todo entre ellos fluía con naturalidad, sin discusiones por tonterías.

Tenía la impresión de que ella sentía lo mismo, lo cual reforzaba sus planes.

Se duchó a toda velocidad. Aún con el cabello húmedo, salió al salón en vaqueros, poniéndose una camiseta blanca mientras caminaba.

Deirdre sonrió al verlo.

—Aquí estás. Ven y siéntate, está todo listo.

Fue entonces cuando Stuart se dio cuenta de que había decorado la mesa con esmero. Había servilletas, un jarrón con flores silvestres y una vela encendida en el centro.

—Vaya, esto parece... muy romántico —dijo, sorprendido.

—Vamos, siéntate —le instó ella.

—¿Puedo ayudarte?

—Llegas tarde para eso, aunque puedes fregar los platos después —respondió con un guiño.

Stuart no dijo nada; estaba totalmente absorto observándola.

Mientras dejaba la comida en la mesa, no podía apartar los ojos de ella.

Le habría encantado dejar a un lado la sopa y arrastrarla directamente a la cama.

Pero no se trataba solo de deseo, era algo más.

Deseaba a Deirdre de una forma que nunca antes había experimentado.

Si alguna vez pensó que lo que sintió por Sandra era intenso, ahora sabía que estaba equivocado. Lo que tenía con Deirdre era mucho más profundo, algo que iba más allá de todo lo que había conocido. Era aterrador, pero a la vez increíblemente hermoso.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, pasándose nerviosa los dedos por los labios—. ¿Tengo algo?

—No, no tienes nada, eres perfecta —respondió Stuart, notando lo áspera que sonaba su voz.

Deirdre lo miró brevemente con una expresión dubitativa, pero luego sonrió.

—¿Y el champán?

—¡Oh, mierda, casi lo olvido! —Stuart se levantó de un salto y fue hacia la nevera.

Mientras él descorchaba la botella, ella sirvió la comida en los platos. Como no había copas de champán en la casa, cogió dos de vino y lo sirvió. Luego volvió a la mesa y se sentó.

—¿Brindamos? —preguntó él, notando que su propia voz titubeaba.

Deirdre parecía tensa. Tenía los hombros encorvados y sus ojos no brillaban como de costumbre. El estómago de Stuart empezó a revolverse.

—Te pasa algo, ¿verdad? —preguntó con cuidado.

—Sí. De hecho, hay algo que quería comentar contigo. Pero, ¿y tú? ¿No ibas a contarme tus buenas noticias?

—Tú primero —exigió él, sintiendo un nudo en el pecho.

Deirdre tragó saliva y forzó una sonrisa mecánica. Stuart bajó su copa y la miró fijamente.

—Tengo que ir a Londres, tengo una cita con mi jefe. Mi proyecto aquí está, um, bueno, más o menos terminado. Quiere hablar sobre un aumento de sueldo... Por supuesto, no puedo faltar.

La palabra Londres le golpeó como un mazo.

Sabía que este momento llegaría, pero el hecho de que fuera precisamente ahora lo pilló desprevenido.

¿Su proyecto había terminado? ¿Se trataba solo de un aumento de sueldo?

Esas palabras dieron vueltas en su cabeza y formaron una nueva imagen de Deirdre.

No, no exactamente una nueva. Se acababa de dar cuenta de que su burbuja había estallado.

La realidad les había alcanzado. Su tiempo había terminado.

¿Por eso había cocinado y preparado la mesa así? ¿Como despedida?

Era posible.

No, no solo posible, era más que probable.

Habían acordado que se divertirían juntos mientras pudieran. Se suponía que, igual que debía haber hecho él, Deirdre no había invertido ningún sentimiento. Ahora quería darle las gracias por lo bien que lo había pasado con él, y despedirse.

De hecho, no se podía denominar separación, ya que ni siquiera estaban oficialmente juntos. Y hoy quería hablar de ello con ella. Menos mal que aún no había dicho nada. Habría hecho el ridículo.

Otra vez.

Aunque no lo pretendía, los paralelismos con su pasado aparecieron de inmediato. A pesar de la tormenta de emociones que se desató en su interior, no se movió.

Se sentía fatal.

Sinceramente, no era ninguna sorpresa que Deirdre no quisiera quedarse en Kiltarff, pero él había deseado que lo hiciera. No quería que ella lo supiera, no quería hacer el idiota. Sus sentimientos eran asunto suyo.

—Claro, no hay problema. Diviértete en Londres. ¿Vas a volver alguna vez, o ya está todo hecho aquí en Kiltarff? —dijo Stuart de forma automática, sin mirarla a los ojos.

Clavó la mirada en su copa de champán, observando cómo las pequeñas burbujas subían, flotaban y finalmente estallaban. Como sus sueños.

Al sentir que Deirdre no respondía, levantó la cabeza y la miró.

Podía ver en la línea que formaban sus labios que la había herido. Stuart se arrepintió de su tono insensible, pero no podía evitarlo. El miedo a mostrarse vulnerable delante de ella y luego sentirse decepcionado era demasiado grande.

De acuerdo, lo aceptaba, ya estaba decepcionado.

Solo podía imaginar lo malo que habría sido si realmente le hubiera confesado lo que sentía.

Se alegró, en parte, de no haberle dicho que estaba enamorado de ella.

Durante las semanas que habían pasado juntos en el lago Ness, Deirdre no había dado ni una sola señal de que pudiera imaginarse quedándose.

Y él no se lo iba a preguntar. No después de lo que acababa de decirle.

—Entonces brindemos por eso —dijo, intentando sonar indiferente mientras levantaba su copa—. Por tu aumento de sueldo y tu vida en Londres. Qué bien que pronto se acabe tu estancia aquí, ¿verdad?

Deirdre enderezó la espalda. Parecía conmocionada, algo que Stuart no supo entender del todo. Pasaron uno, dos, tres segundos antes de que ella también levantara su copa.

—Por ti, y por el hecho de que me hayas aguantado durante tanto tiempo. Lo hemos hecho bien, así que brindemos por ello. Por lo bien que lo hemos pasado juntos.

Stuart se sorprendió de lo fría que sonaba Deirdre, pero decidió seguirle el juego. Años de práctica le permitían ponerse una máscara sin apenas esfuerzo.

—Que aproveche —dijo, mientras comenzaba a comer.

—Igualmente —respondió ella, removiendo la pasta con el tenedor, pero sin llegar a comer nada.

Pero no podía. Quería irse. Sentía una roca en el estómago.

El ambiente no era tenso, sino algo peor, parecía un funeral. Stuart no pudo aguantar más. Dejó los cubiertos a un lado y habló:

—Creo que no deberíamos engañarnos, Deirdre.

Ella levantó la mirada y, por un instante, le pareció que estaba triste, pero su expresión cambió rápidamente. Su rostro se volvió indescifrable.

—¿Qué quieres decir?

—Esto ha estado bien, pero se acabó. —Se levantó de la silla—. Si quieres, lavo los platos y me voy.

Deirdre alzó una ceja y se recostó en la silla.

—No hay problema, Stuart. Puedo ocuparme yo misma. No hace falta que estés aquí más tiempo del necesario.

Vaya. Así que estaba deseando que se se marchara. ¿Lo habría planeado durante las últimas semanas? Tal vez. Entonces, era mejor actriz de lo que él había supuesto. Menos mal que todo había terminado. La función no había terminado, precisamente era ahora cuando empezaba.

Recogió su plato y su vaso y los llevó a la cocina. Tiró las sobras directamente a la basura.

—Por favor, no hagas eso —siseó Deirdre detrás de él.

Stuart dio un paso atrás, encogiéndose de hombros.

—Vale, claro. Recogeré mis cosas y me iré. Seguro que tú también tienes... mucho que recoger.

Sin mirarla, salió del salón. Le bastaron menos de cinco minutos para meter todas sus pertenencias en una simple bolsa de plástico.

Mientras tanto, escuchó a Deirdre en la cocina, haciendo sonar la vajilla.

No quería marcharse sin despedirse, pero tampoco sabía qué decir.

Una parte de él quería quedarse, pero la acalló rápidamente.

No tenía intención de hacer el ridículo, había aprendido la lección. Esta vez sería más listo.

Stuart volvió al salón y se detuvo a unos tres metros de ella. Carraspeó, prefiría mantener una distancia prudencial. Sabía que si se acercaba más, acabaría dejándose llevar por sus deseos.

—Ya estoy listo —refunfuñó.

Deirdre se giró lentamente para mirarlo. Estaba inusualmente pálida.

—Genial. ¿Lo tienes todo?

—Sí, eso creo.

—¿Nos vemos entonces?

Stuart arrugó las cejas. ¿Y esa pregunta?

—No, no lo creo. Ya sabes que estoy muy ocupado. Ah, por cierto...

—¿Sí?

—He encargado el surtidor automático. La abuela dijo que no tenemos que casarnos para que la acepte.

Deirdre pareció brevemente sorprendida.

—Oh, bien. Entonces eso que te ahorras.

Y ahora, sarcasmo en sus palabras. No entendía por qué se comportaba así. Era ella quien había anunciado que regresaba a Londres.

—Te deseo lo mejor, Deirdre —consiguió decir, aunque le resultó difícil. Pero no iba a detener a una mujer que quería irse. Era inútil, como él bien sabía.

—Yo también.

Su voz sonaba débil. Casi triste.

Stuart no volvió a mirarla. Salió de la casa con sus pocas pertenencias y se arrastró hasta la suya. Se sentía vacío. Impotente. Como si hubiera perdido todo su vigor junto con el fin de aquella aventura.

No quería pensar en ello. Se tumbó en la cama y trató de dormir. Se obligó a cerrar los ojos y se dijo una y otra vez que debía estar contento de volver a estar en paz.

Ni siquiera se dio cuenta de lo húmeda que estaba poniéndose la funda de su almohada.

Los hombres como él no lloraban.