Capítulo 19
D eirdre estaba terriblemente nerviosa. Después de hablar el día anterior con Lewis y elaborar una especie de plan, había llamado a Maggy por teléfono.
Pensó un instante en Stuart, y en su expresión cuando los vio juntos.
No habían sido celos lo que leyó en su rostro, sino desconfianza.
Estuvo a punto de contárselo todo, pero entonces sonó su móvil y tuvo que marcharse.
Hoy estaba contenta, aunque no del todo.
Deirdre odiaba los secretos y odiaba aún más tenerlos con Stuart.
Aunque, por otra parte, temía su reacción cuando le contara el desastre que era su vida.
Afortunadamente, la situación había cambiado un poco desde que Lewis le había dado la noticia sobre su compañera.
Deirdre gimió y se frotó las sienes. Tanto pensar le había provocado un fuerte dolor de cabeza. Esperaba que llegara el día en que pudiera reírse de todo aquello, porque de momento, no le apetecía nada. Al mismo tiempo, tenía miedo incluso de pensar en el futuro.
El sonido de su teléfono la sobresaltó. Era el número de la oficina de Londres.
—¿Hola?, ¿Maggy? —contestó Deirdre.
—Hola, Deirdre, ¿cómo estás?
—Bien, gracias. —Aunque no era cierto del todo. Aún estaba lejos de estar bien.
—¿Podríamos hacer una videollamada? —quiso saber Maggy.
—Sí, por supuesto.
Deirdre había configurado las aplicaciones para ello hacía tiempo y las había utilizado innumerables veces para planificar la boda y la campaña del hotel. No obstante, sus dedos temblaban al enviarle a Maggy el enlace con los datos de acceso desde su dirección de correo electrónico privada.
Solo tardaron unos segundos en encontrarse en una sala de reuniones virtual.
Maggy era la de siempre, con sus gruesas gafas de pasta colgando de la nariz y su traje oscuro perfectamente planchado.
A Deirdre se le pasó por la cabeza que, como muestra de gratitud, debería invitar a Maggy a ir de compras cuando todo aquello terminara.
Pero la duda sobre el «cuándo» bastó para mantenerla callada.
—¿Has conseguido algo? —preguntó Deirdre finalmente.
Maggy asintió y sonrió de forma alentadora.
—Efectivamente, pero creo que deberías escucharlo por ti misma. Espera un momento.
Se levantó y salió de la imagen. Entonces, la cámara se movió y aparecieron dos sillas frente a la pantalla. Maggy se sentó en una de ellas y... Lucy tomó asiento en la segunda.
Deirdre abrió la boca, su pulso se aceleró. No se le llegó a revolver el estómago, pero se sentía mal.
Maggy retomó la palabra.
—He hablado con Lucy, y quiere explicártelo todo ella misma.
Lucy estaba tan rara como siempre. Su cabello negro caía sobre su cara, y estaba tan pálida como si la luz del sol nunca la tocara.
—Hola, Deirdre —comenzó Lucy.
Deirdre apretó los dedos, no sabía qué más hacer para contenerse.
—Hola —respondió con dificultad.
—Me gustaría pedirte disculpas. He intentado ponerme en contacto contigo varias veces, pero nunca contestabas al teléfono.
—Una simple disculpa no bastará en este caso —refunfuñó Deirdre.
Lucy asintió, con expresión culpable.
—Lo siento. Fue estúpido, pero no pensé que pudiera tener esas consecuencias. Aquí todo el mundo te quiere; eras la favorita del jefe.
Deirdre hizo un ruido antes de contestar.
—Gracias a ti ya no soy la favorita de nadie y estoy en paro.
Maggy levantó una mano para calmarla.
—Deja que Lucy te lo cuente todo primero, por favor.
—¿Ahora estás de su lado? —rugió Deirdre.
—¡No, pero, maldita sea, Deirdre, escucha! —regañó Maggy, dándole la palabra a Lucy.
Deirdre se quedó callada.
—No quise hacerte daño, por favor, créeme, pero comprendería que no quieras volver a hablarme.
Los remordimientos no me dejan dormir —dijo Lucy, jugueteando nerviosa con su jersey negro de cuello alto—.
Utilicé tus cuentas porque quería hacer pública esa información.
No sé si lo sabes, pero trabajo para una organización ecologista en mi tiempo libre, y llevábamos mucho tiempo detrás de esa empresa.
Cuando nos encargaron la campaña, lo vi como una gran oportunidad para hacer algo realmente grande.
Deirdre no podía creer lo que estaba oyendo.
—¿Y tenías que hacerlo a mi costa? ¿Sin consultarme? Fuera una causa noble o no, es mi vida la que has arruinado.
Nada más decir esto, se dio cuenta de que no era cierto.
Claro que había estado desesperada al principio, pero habían cambiado muchas cosas desde entonces.
En el lago Ness era más feliz de lo que había sido en mucho tiempo, quizá, incluso, que en toda su vida.
Tragó el nudo que se había formado en su garganta y se mordió los labios a la espera de la respuesta de Lucy.
—Ahora me doy cuenta de que fue un error, pero, como dije, pensé que recibirías una pequeña reprimenda y ya está. No quería que te pusieran una demanda.
—Por desgracia, ya es demasiado tarde —refunfuñó Deirdre con tristeza.
Maggy intervino.
—No del todo, Deirdre. Lucy acaba de ir a ver a Mike y le ha contado todo. Ha asumido toda la responsabilidad y reconocido su culpa. Has sido absuelta de todos los cargos, por así decirlo, y, por supuesto, se hará oficial en los próximos días.
—¿Y mi supuesto despido? —preguntó Deirdre, abrumada por la emoción.
—Ya me ocuparé de eso —respondió Maggy con naturalidad.
Lucy bajó los hombros y añadió:
—Lo siento de corazón, Deirdre. Sé que estuvo mal.
Pero no te preocupes, mantendré mi palabra, incluso en los tribunales.
Aun así, me enorgullece que esa gente tenga que responder, por fin, de sus actos.
Debería haberlo hecho de otra manera. Comprendo que no aceptes mis disculpas, pero lo digo en serio.
No esperaba que te pasara nada. Lo habíamos planeado de otra manera.
Deirdre suspiró. Su enfado con Lucy se había desvanecido.
—Hasta cierto punto puedo ver que, aunque sea extraño, lo que querías hacer era noble.
A mí también siempre me dio mala espina la campaña.
Aunque también te digo que no habría aceptado tu plan en absoluto.
Sin embargo, me ha servido para aprender algo.
Solo desearía... —dejó escapar un profundo suspiro— que hubieras tenido el valor de hacerlo en tu nombre y no arrastrar el mío por el barro.
Lucy bajó los ojos.
—Lo sé.
—Pero bueno, tampoco podemos cambiar el pasado —continuó Deirdre—. Ninguna de las dos supo hacerlo mejor en su momento. Me alegro de que al menos hayas contado la verdad y espero que mantengas tu palabra.
La puerta del despacho de Maggy se abrió, y el jefe entró.
—Deirdre, cariño, me alegro de verte —ronroneó Mike Miller ante la cámara—. Tienes buen aspecto. Te hemos echado mucho de menos.
Deirdre no podía creer lo que veía y oía. Después de su última conversación, en la que la había echado de la empresa, no había vuelto a saber nada más de él.
—¿Cuándo vuelves? Todos te estamos esperando. Esto no ha sido lo mismo sin ti —continuó.
Deirdre parpadeó.
—Yo... no lo sé.
De hecho, no sabía qué más decir. Era demasiado lo que tenía que asimilar. De repente, parecía como si todos los problemas se hubieran desvanecido en el aire. Nunca en su vida habría esperado este desenlace.
«Eso es lo que has estado deseando durante semanas», dijo una vocecita en su cabeza.
Sí, era cierto, pero, de algún modo, ya no era lo que quería. No podía pensar con claridad.
—Hasta pronto, Deirdre —se despidió finalmente Mike, después de pasar varios minutos contándole lo mucho que la había echado de menos en la empresa—. Estamos encantados de que te reincorpores al equipo y, por supuesto, tu despido ha sido anulado.
¿Así de fácil?
«No me lo puedo creer».
Deirdre no respondió.
Al cabo de unos minutos, Lucy también se marchó.
—¿Estás contenta? —quiso saber Maggy.
—Yo... um, sí, por supuesto.
—Pues no lo pareces.
Deirdre se abanicó con una mano. Tenía calor y frío al mismo tiempo.
—Estoy un poco abrumada. ¿Tan fácil es retroceder un despido?
Maggy guardó silencio durante unos segundos antes de responder con un leve encogimiento de hombros.
—En realidad, no debería contarte esto, pero estoy de tu parte.
Sinceramente, no es tan sencillo. Si yo fuera tú, vendría aquí y exigiría una indemnización y un aumento de sueldo como es debido, como mínimo.
Te lo has ganado, y te lo deben. También es verdad lo que ha dicho el jefe, la empresa no ha sido la misma sin ti, y los clientes también lo han notado.
Deirdre se sorprendió al oírlo, pero también se alegró.
—Ni siquiera sé qué decir.
—Piénsalo. Concertaremos una cita con Mike donde podrás poner tus demandas sobre la mesa. Y créeme, dirá que sí a casi todo. Está en deuda contigo, Deirdre. Porque tú quieres volver, ¿verdad?
No podía dar una respuesta sincera a esa pregunta.
—Claro —respondió, pero su voz no sonó convincente.
Maggy también se dio cuenta.
—Escucha, voy a citarte para el próximo lunes. Con eso debería ser suficiente para resolver tus asuntos actuales y volver a Londres, ¿no?
Deirdre aún estaba en shock , pero asintió. Viajar a Londres no significaba que tuviera que aceptar el trabajo de nuevo. Aunque, por otra parte, ¿qué otra cosa podía hacer?
«Quédate aquí» , le susurró la vocecita.
Pero eso significaría que tendría que hablar con Stuart sobre sus sentimientos. ¿Y si él no la correspondía?
Estaba claro que Stuart era un gran hombre y que la vida con él era estupenda, pero todo se basaba en la premisa de que solo se divertirían juntos mientras ambos quisieran. Nunca se habían hecho ninguna, ni mucho menos hablaron de un «para siempre».
Deirdre cerró el portátil y se levantó. Se sentía mal. Realmente mal. Tenía casi más miedo de hablar con Stuart que el que había sentido al pensar en enfrentarse a un tribunal.
* * *
Stuart estaba sentado en la trastienda de la gasolinera, navegando por internet. En realidad, hoy quería haber seguido trabajando en la reforma, pero era imposible. Le había dado un tirón mientras remolcaba un coche, el mismo punto en la ingle que ya le había molestado en otra ocasión.
Tal vez debería considerar pedir una cita con Michelle.
Si había ayudado a sus compañeros, ¿por qué no a él?
No tenía necesidad de soportar una molestia que tal vez pudiera solucionarse con uno de esos «tratamientos mágicos» en su camilla.
Así que no lo pensó más y cogió el teléfono para marcar el número de la consulta.
La recepcionista le dio cita para mediados de la semana siguiente. Hasta entonces, tendría que armarse de paciencia, ya que no era una urgencia. Stuart no quería darse más importancia de la necesaria, así que aceptó y anotó la hora en la agenda de su móvil.
—Genial, tarea hecha —murmuró, volviendo a hacer abrir el sitio web de coches clásicos que había visitado tantas veces.
«Era ahora o nunca», pensó.
Deirdre tenía razón. Podía empezar a trabajar en en ello cada vez que encontrara un hueco. Si bien su agenda estaba apretada, entre la reforma y todo lo demás, si no lo intentaba, acabaría arrepintiéndose en algún momento.
Decidido, escribió un correo electrónico mostrando interés en comprar un coche y solicitando una cita para verlo in situ . Al pulsar «enviar», respiró hondo. Se sintió aliviado y expectante. Había hecho bien.
Stuart cerró la ventana del navegador y se dirigió a su abuela.
—Me voy, abuela.
—Está bien, muchacho. Ah, por cierto... —Se recolocó las gafas en la nariz.
—¿Sí?
Esperaba que no volviera a hablar de matrimonio ni nada por el estilo. Aunque la idea empezaba a disgustarle menos que antes.
—¿Has pedido por fin el surtirdor de gasolina?
Stuart entrecerró los ojos.
—¿Perdón?
—¿Quién es ahora el viejo y duro de oído, tú o yo?
Exhaló suavemente.
—¿Quieres decir que puedo comprarla e instalarla? ¿No será hoy el Día de los Santos Inocentes y me estás tomando el pelo?
La abuela hizo un gesto con la mano, señalando el calendario detrás de ella.
—Para mí todavía es quince de agosto, así que no, no estoy bromeando. Pide esa cosa antes de que cambie de opinión.
Stuart se quedó estupefacto.
—¿Estás enferma? —preguntó sin pensar.
—¡Ya basta, Stuart!
Levantó las manos.
—Vale, de acuerdo. Yo me encargo.
Se retiró a la oficina y revisó todo cuidadosamente antes de decidirse por un modelo y enviar el pedido.
Era increíble todo lo que había conseguido y organizado ese día.
Sentía que se le acababan de abrir muchas puertas.
Nada podía ir mejor. Se levantó, sonrió y cogió una botella de champán de un estante de la gasolinera.
Quería brindar con Deirdre por todas las cosas maravillosas que había puesto en marcha hoy.
Cuando salió al sol del atardecer, tomó otra decisión, no iba a engañarse más.
Lo que estaba experimentando con Deirdre iba mucho más allá de la mera atracción física.
Estaba enamorado de ella. Cerró los ojos brevemente.
Aunque sus sentimientos aún le asustaban, estaba dispuesto a admitirlos.
Esperaba que ella sintiera lo mismo y que estuviera dispuesta a que se dieran una oportunidad.
No sabía cómo sería el futuro, pero ya no quería fingir que no le importaba. Porque eso no era cierto. Deirdre era importante para él. No quería que se fuera de Kiltarff.
El corazón de Stuart latía desbocado mientras se dirigía a su casa.
Era una tarde fría que dejaba claro que el verano llegaba a su fin.
También se acercaba la boda de ensueño de sus amigos.
Hacía tiempo que temía ese momento porque el tema del matrimonio evocaba malos recuerdos.
Sin embargo, se daba cuenta de que ya no luchaba contra el pasado.
Estaba preparado para el futuro. Un futuro en el que, con suerte, Deirdre también estaría.
Stuart estaba emocionado.
Si no fuera por esas dudas… esa última reticencia.
No. Hoy no podía pensar en eso. Por fin le confesaría a Deirdre lo que sentía por ella. Y un cosquilleo en el estómago le decía que era muy probable que ella sintiera lo mismo.