Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 18
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Capítulo 18

E l cielo estaba cubierto y llovía a cántaros.

Deirdre permanecía sentada en la mesa de la cocina de su casa repasando la colocación de los invitados de la boda de Ellie y Kenneth.

Estaba satisfecha, había quedado perfecto.

Por supuesto, era de esperar alguna cancelación de última hora por enfermedad u otros motivos, pero entraba dentro de lo razonable y no presentaría dificultades insalvables.

Básicamente, su trabajo en Kiltarff había terminado.

Por supuesto, le gustaría seguir gestionando las campañas publicitarias del hotel, pero era algo que podía hacer desde cualquier parte del mundo.

Deirdre suspiró. Unos golpes en la puerta la sobresaltaron.

Al principio pensó en Stuart, pero le había dicho que no llegaría hasta las siete, y eran poco más de las seis.

Se levantó y abrió la puerta, encontrándose con Lewis que, aunque se había cubierto la cabeza con la capucha de la sudadera, estaba completamente empapado.

—¡Oh, corre, entra! —exclamó Deirdre, haciéndose a un lado para dejarle pasar—. No podías haber elegido peor momento para venir a verme.

Lewis se sacudió como si fuera un perro mojado y se quitó la sudadera.

—Pensé que querrías oír la noticia que traigo lo antes posible. ¿Puedo dejar esto en algún lado?

El corazón de Deirdre se detuvo un segundo, para enseguida latir a toda velocidad. No porque Lewis estuviera medio desnudo frente a ella, sino porque había venido a decirle que el hacker había descubierto algo. Ojalá fueran buenas noticias.

—Claro, dame; la voy a poner sobre el radiador —dijo con voz nerviosa.

Tomó la sudadera y corrió al baño, encendió el radiador y extendió la prenda sobre él. Regresó con una toalla grande.

—Toma, sécate un poco —le dijo con una sonrisa mientras le ofrecía la toalla—. Ven, vamos al salón; será más cómodo que quedarse en la entrada.

Lewis se quitó las zapatillas, también empapadas, y la siguió hasta el salón, tras colgarse la toalla al cuello.

Afortunadamente, Stuart ya no estaba celoso de su compañero, pero la forma en que Lewis estaba ahora podía dar lugar a malentendidos: con el torso desnudo, el cabello húmedo y las mejillas sonrojadas.

—¿Qué te trae por aquí? ¿Quieres algo de beber? —le preguntó—. ¿Por qué no te sientas?

Lewis retiró una silla y se sentó.

—No hace falta, solo he venido a darte un mensaje de mi compañero.

Deirdre también tomó asiento, sus rodillas amenazaban con fallarle.

—Mmmm —fue todo lo que pudo decir. Sentía la garganta seca y las manos húmedas.

Lewis sacó su móvil, desbloqueó la pantalla y buscó algo en él.

—Aquí está. Échale un vistazo. Mi amigo pudo rastrear la dirección IP que inició la filtración de Londres. Es un ordenador privado, o eso parece. Hackeó la cámara... Mira, ¿conoces a esta mujer?

Lewis le mostró una foto ligeramente borrosa. Deirdre se quedó sin aliento. Claro que la conocía.

—A juzgar por tu expresión, entiendo que sí —dijo Lewis mientras ella intentaba recuperar el habla.

Deirdre tragó saliva, parpadeó varias veces y se aferró al borde de la mesa antes de asentir.

—Es... —balbuceó—. Es Lucy. Mi compañera de trabajo.

—¿Por qué lo habrá hecho?

—Es lo que a mí me gustaría saber. ¿Puedo usar esto en el juicio? —preguntó.

—Tendrás que trazar un plan. Mi compañero no puede subir al estrado para testificar a tu favor. Lo importante es que sabemos que ella lo hizo, eso está claro.

Deirdre no sabía qué pensar. Estaba abrumada.

Por un lado, se sentía aliviada de saber quién se la había jugado, pero la respuesta al porqué seguía retorciéndose en sus entrañas.

Y luego estaba el hecho de que quería hacer borrón y cuenta nueva, aunque no tenía ni idea de cómo lograrlo.

Enterró la cara entre las manos y cerró los ojos.

—Necesito pensar —murmuró, confusa.

—Es normal. Una traición así duele mucho. ¿Erais amigas?

—No exactamente, pero tampoco nos llevábamos mal. No entiendo por qué lo hizo. ¿Qué conseguiría con ello?

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

—¿Y cómo se supone que vamos a hacerlo? —Deirdre bajó las manos y miró a Lewis.

—¡Pensemos! —dijo él, poniéndose de pie y empezando a pasear por la habitación.

Deirdre se alegró de que no la dejara sola.

Lewis irradiaba una confianza que le ayudaban a no perder la cabeza.

Hablaron sobre varias estrategias, evaluando pros y contras, hasta que acordaron que Deirdre debía contactar con Maggy y contárselo todo.

Juntas intentarían que Lucy confesara para que así se retiraran los cargos contra ella.

Estaban tan absortos en sus planes cuando un golpe en la puerta los interrumpió. Deirdre se levantó de un salto.

«Mierda».

Esperaba que Stuart no malinterpretara la situación.

No podía explicarle por qué Lewis estaba allí.

Contárselo significaría revelar sus problemas en el trabajo, y no quería hacerlo.

Estaba demasiado avergonzada y él podría acusarla de estar en Kiltarff solo por eso. Lo cual, en cierto modo, era verdad.

«¡Maldita sea! ¿por qué todo es tan complicado?».

* * *

Stuart había tenido un día largo y tedioso en el taller. Y el tiempo lluvioso no ayudaba precisamente a mejorar su humor. Estaba acostumbrado a los aguaceros repentinos en su pueblo, el tiempo en Escocia era impredecible. Pero ese día no paraba de llover a cántaros.

Cuando llegó a la casa Deirdre, se dio cuenta de que, a pesar de su mal humor, le apetecía pasar una noche tranquila con ella.

Antes, se daría una ducha caliente y, tal vez, podría convencerla de que lo acompañara a ver el coche antiguo con el que quería ponerse a trabajar.

Quería compartir con ella unas cuantas ideas que tenía en mente, solo pensar en ello ya le levantaba el ánimo.

Llamó a la puerta y Deirdre tardó menos de diez segundos en abrir. Enseguida se dio cuenta, por cómo había abierto sus ojos, de que algo iba mal.

—Oh, hola —balbuceó ella, parecía no solo disgustada, sino de algún modo... descubierta.

—¿Interrumpo? —No sabía por qué lo había dicho, pero daba la impresión de que no lo esperaba. Lo cual era extraño, ya que habían quedado a las siete.

—No, tú nunca —respondió, dándole un beso rápido que, desafortunadamente, no logró calmarlo.

Stuart entró y se quitó el impermeable. Vio un par de zapatillas en el pasillo.

Preguntar si tenía visita era, pues, innecesario.

Por una fracción de segundo temió que hubiera otro hombre sentado en la cocina.

Tal vez su novio de Londres. Pero enseguida lo descartó, estaba rememorando algo del pasado.

Deirdre no era una mujer que mintiera. Ella no era Sandra.

Sin embargo, una pequeña duda permanecía; en realidad, no sabía mucho de Deirdre.

Era posible que tuviera un novio en Londres del que no le hubiera hablado.

—¡No te mosquees, ya me voy! —La voz de su compañero lo sacó de sus divagaciones.

Casi se alegró de ver a Lewis saliendo del dormitorio de Deirdre mientras se ponía un jersey mojado.

—Vaya, si eres tú —murmuró Stuart.

Lewis puso cara interrogante al principio, pero luego contestó.

—Tenía que comentar unas cosas con Deirdre. Pero no os preocupéis, tortolitos, ya desaparezco.

Stuart, por supuesto, no tenía ni idea de lo que ambos tenían que comentar, pero por la forma en que Deirdre se miraba los pies, estaba claro que se sentía incómoda.

—Estaba mojado, así que colgué el jersey en el baño —explicó ella, nerviosa.

Esa era la razón de su nerviosismo. Ella temía que tuviera otro ataque de celos. Por suerte, era algo que ya había superado y le alivió ser consciente de ello. Sin embargo, algo en la situación le escamaba, aunque todavía no sabía qué era.

—Que sepas, Lewis, que no eres competencia para mí —le dijo Stuart, dándole una palmada en el hombro con una sonrisa burlona.

Lewis le dio un golpe en el costado.

—Eres un idiota arrogante, ¿lo sabías?

—Claro, soy consciente de ello —respondió Stuart.

Por el rabillo del ojo, notó que Deirdre parecía tranquila.

Sin embargo, tenía curiosidad por saber qué hacía Lewis en su casa.

Dudaba mucho que se hubieran convertido en grandes amigos en tan poco tiempo; era él quien pasaba muchas horas a solas con ella.

En la cama. Durante el sexo. No. No era cuestión de celos, estaban fuera de lugar.

Sin embargo, intuía que había algo extraño en esa visita, aunque no sabía qué era.

Cuando Lewis salió de la cabaña, Stuart se quitó los zapatos.

—¿Qué quería? —preguntó sin poder evitarlo.

—Era una visita de trabajo —explicó ella escueta.

—¿Ah, sí? ¿Va a ser cliente tuyo?

Deirdre cruzó los brazos delante del pecho.

—¿Necesitas que te dé todos los detalles?

Stuart estaba a punto de replicar cuando sonó su móvil. Lo miró, era la policía. Como estaba de guardia, ató cabos. Probablemente había pasado algo, lo cual no era raro con ese tiempo.

—Perdona un momento —le dijo a Deirdre mientras respondía la llamada.

Su primera suposición resultó correcta. Un hombre de ochenta y tres años se había salido de la carretera en una curva. Estaba ileso, pero el coche estaba destrozado.

—Lo siento, Deirdre, pero tengo que irme.

—Está bien, tranquilo, no pasa nada. ¿Te espero para cenar? Hice algo de compra. Sabes que no soy muy buena cocinera, pero me las puedo apañar para preparar un poco de pasta con pesto.

Stuart se alegró por su oferta y dio un paso hacia ella. Le puso las manos en las mejillas y la miró profundamente a los ojos.

—Me encantaría que me esperaras, pero puedes ir comiendo. No sé cuánto tardaré.

Luego la besó. Stuart sintió que Deirdre se derretía bajo su contacto, y él sintió lo mismo.

No, no tenía por qué preocuparse. Probablemente le inundaban las dudas y las sospechas por culpa de los malos recuerdos, pero todo estaba bien entre ellos, significara lo que significara para ambos en esa situación.

—Hasta luego entonces —le dijo antes de besarla de nuevo.

Se calzó y se puso el impermeable y salió hacia la grúa.