Amor en escocés (Pasión en el Lago Ness 6) Capítulo 17
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Capítulo 17

U nos días después, Stuart estaba sentado con Deirdre en su casa mientras alargaban el desayuno.

Se suponía que era un día laborable normal.

Aunque, por supuesto, estar con ella así, como si fueran un viejo matrimonio, no era algo demasiado habitual para él.

Lo más extraño era que no sentía pánico como cuando pensaba en otras ocasiones sobre ello.

Deirdre le dio la vuelta al portátil para enseñarle la pantalla.

—Mira, he estado haciendo cositas.

Stuart fruncía el ceño mientras miraba la página web. Las imágenes le resultaban familiares, muy familiares...

—¿Ese es mi taller?

Ella asintió y le miró tan emocionada como una niña.

—No es más que un primer borrador, por supuesto. —Se movió por la pantalla —. El texto es solo una sugenencia.

—¡Vaya!

A Stuart le pilló por sorpresa, pero no en un sentido negativo. Se había quedado sin palabras. Ella aún sonreía.

—Después de que me contaras que alguna vez habías soñado con especializarte en los coches clásicos, estuve echando un vistazo a tu posible competencia.

Es muy importante cómo se presenta el trabajo y esas cosas.

Por supuesto, tendrás que ser tú quien ponga los precios, yo solo soy la chica de marketing .

—Eres mucho más que eso, Deirdre. Eres alucinante.

Ella se ruborizó.

—Estudié Diseño y Comunicación, resulta que es mi trabajo hacer estas cosas. Pero mira, esto no se trata de mí, es por tú sueño.

Stuart observó lo que había hecho y las imágenes empezaron a volverse borrosas. No... ¿estaba llorando? Joder. Se limpió los ojos con disimulo, como si algo se hubiera metido en ellos. Después, se aclaró la garganta. Le avergonzaba lo emocionado que estaba.

—¿Te gusta la idea para tu nuevo negocio? Puedes desarrollarlo mientras sigues con el trabajo normal del taller, así tampoco correrás ningún riesgo.

Era muy extraño hablar con el sueño de su vida con Deirdre. No lo había compartido con nadie desde hacía bastante tiempo, por varias razones. Incluso ahora, no estaba seguro de lo que decir.

—Creo que la página web es genial, aunque no sé si valdrá para algo.

—¿Por qué no? —Deirdre pareció decepcionada.

—Porque la situación con la abuela no ha cambiado. No puedo vivir mis sueños cuando tengo tantas cosas de las que ocuparme.

—El otro día le comenté a tu abuela lo del surtidor.

—¿Y? —¡Por favor!, si hasta su voz había sonado esperanzada.

Se llevó la taza a los labios y miró a Deirdre. Ella parecía nerviosa mientras apartaba un mechón de pelo de su cara y sonreía tímidamente.

—Tu abuelita dice que si nos casamos aceptará poner el surtidor.

Stuart se atragantó y empezó a toser. Ella evitó su mirada e hizo un gesto para decirle que iba a seguir hablando.

—No te preocupes, ya le dije que eso no iba a pasar. Pero al menos no hay un no rotundo por su parte. Ha admitido que sabe que no podrá trabajar en la gasolinera para siempre.

Stuart estaba completamente desubicado. No era capaz de encontrar las palabras para expresar lo que estaba sintiendo.

Algo se había resquebrajado en su interior.

Su abuela hacía constantemente comentarios de ese tipo, sobre que debía casarse, y nunca se lo había tomado en serio, nunca le había afectado. ¿Por qué ahora?

Stuart no quería analizarlo ni quería pensar en ello. Se levantó, dejó la taza en el fregadero y besó a Deirdre.

—Debo irme, tengo trabajo que hacer. ¿Te veo después?

Si ella se había enfadado, lo escondió con una sonrisa.

—Claro, por supuesto. Yo también tengo lío, aunque he avanzado bastante con la boda y todo va bien con el hotel. Por desgracia, no puedo ayudarles con el tema del personal, así que... Perdona, te estoy entreteniendo, vete, nos vemos después.

Deirdre volvió su atención al ordenador, estaba mirando algo y parecía de repente muy ocupada.

¿Se habría ofendido? No podía quitarse el extraño presentimiento de que algo había cambiado entre ellos, aunque no tenía claro el qué exactamente.

Eso sí, lo único seguro ahora mismo es que tenía que tener unas palabras con su abuela. Esto no podía seguir así.

Tras salir de la casa de Deirdre, Stuart se pasó por la gasolinera de la abuela, como de costumbre. Por supuesto, ella ya estaba ocupada trabajando en una de sus muchas tareas cuando llegó.

—Buenos días —saludó, dándole un beso en la mejilla.

—Oh, buenos días, muchacho. Se te ve fresco y descansado.

—¿Eh? —fue todo lo que respondió.

No podía decirle que dormía mucho mejor desde que se acostaba con Deirdre. Pero su comentario le dio pie para tratar el tema para el que había ido a verla.

—Abuela —empezó, y su tono sonó severo—. No puedes decirle a Deirdre que debería casarse conmigo.

Shona levantó ambas cejas.

— ¿Y por qué?

—¿Cómo que por qué? —¡Dios mío, su abuela era realmente agotadora!— Esa chica es perfecta para ti, y, además, es la primera que no me responde espantada un no cuando saco el tema. Hasta un ciego podría ver lo mucho que os gustáis.

Stuart frunció los labios e inhaló audiblemente.

—Gustar no es suficiente para casarse hoy en día, abuela.

Shona le hizo un gesto para que se fuera.

—No digas tonterías, Stuart. Enseguida vi que por fin había aparecido una chica que podía llegar a tu corazón. Desde la primera vez que Deirdre compró en mi gasolinera, supe que estabais hechos el uno para el otro.

Tuvo que resistirse a poner los ojos en blanco. Además, su pulso se había acelarado y no era algo que pudiera explicar. Tal vez fuera porque estaba alterado. Maldita sea, la abuela tenía que parar antes de que él mismo empezara a creérselo.

—Te agradecería de veras que no te metieras en mis asuntos. ¿Qué condiciones son esas? ¿No aceptarás instalar un surtidor automático hasta que me case?

Shona puso cara de no haber roto un plato.

—Que sepas que he oído ultimátums más escandalosos. Mucha gente solo deja su dinero a sus herederos si cumplen ciertas condiciones. ¿Por qué no voy a poder hacer yo lo mismo?

—En primer lugar... —respiró hondo—. Porque, afortunadamente, sigues viva. Y en segundo lugar, porque ves demasiadas telenovelas. Son tonterías, abuela.

—¿Ah, sí? ¿Tonterías? ¡Entonces dime que no te importa la chica!

«¡Maldita sea!». Stuart apretó los dientes.

—Sabes muy bien que me preocupo por ella, pero hay una gran diferencia entre que te importe alguien y una boda.

De repente, la sonrisa de la abuela, que dejaba entrever algunos huecos entre los dientes, lució radiante, como si hubiera conseguido una pequeña victoria, lo que no ayudaba precisamente a los nervios de Stuart.

—Llegará el momento en que te des cuenta —explicó con calma.

Stuart ya había oído suficiente.

—Si tú lo dices.

Se ahorró el explicarle que era muy probable que Deirdre hiciera las maletas para marcharse de Kiltarff muy pronto.

Al fin y al cabo, acababa de contarle que todo iba bien en el hotel y que la boda de Ellie y Kenneth estaba prácticamente organizada.

¿Por qué iba a quedarse Deirdre? No había ninguna razón.

«A menos que...».

No. No podía dejar sus pensamientos ir por ahí.

Stuart resopló y se dirigió al taller de mal humor.

El primer cliente ya estaba esperando con su Land Rover de dos años para que Stuart sustituyera un fusible.

La verdad es que no tenía muchas ganas de hacerlo.

Pensó en la página web que Deirdre había creado para él.

No. Tampoco era una opción. Tenía que dejar de soñar con una vida que nunca podría llevar.